Recuerdo aquellos tiempos de hace muchos años, cuando Pedro era un joven sencillo, de costumbres sanas, sin vicios ni extravagancias. Al cumplir sus veinticinco años, sus padres le regalaron un piso en Madrid. Bueno, regalar, lo que hicieron fue ayudarle a reunir el dinero para pagar la entrada del préstamo hipotecario. Así empezó a vivir solo por primera vez.
Pedro trabajaba como programador y prefería una vida apacible, alejado del bullicio y de los encuentros sociales. Como el silencio comenzaba a pesarle, decidió adoptar un gatito para hacerle compañía. El animalito tenía un defecto en las patas delanteras; los dueños de la madre del gatito querían sacrificarlo, pero Pedro sintió lástima y lo llevó a su casa. Le puso de nombre Bello y juntos formaron una alianza inquebrantable. Pedro volvía de la oficina con ganas de llegar cuanto antes para ver a Bello, que siempre le esperaba paciente sobre el felpudo del recibidor.
Pasado un tiempo, Pedro empezó a salir con una muchacha del trabajo. La chica, llamada Inésaquellos nombres que sólo existen en nuestra tierraera decidida y en menos de un mes ya se había instalado con Pedro en el piso. Apenas llegó, Inés mostró un rechazo inmediato hacia Bello y le pidió a Pedro que lo diera, pero él se negó rotundamente, explicando que el gato era parte de su vida.
Sin embargo, Inés no desistía y volvió a insistir en que Pedro se deshiciera del animal. Pedro le dijo que Bello se quedaría sí o sí. Inés argumentó que el gato arruinaba la imagen de la pareja, porque los invitados reaccionaban con desagrado ante sus patas. Pedro se debatía entre el cariño que sentía por Inés y el amor por su compañero felino.
Por su parte, los padres de Pedro nunca estuvieron de acuerdo con su elección. Les pareció que Inés tenía un carácter arrogante y poco educado. Le aconsejaron no precipitarse en formalizar la relación, que tomara tiempo para conocerla mejor.
Cuando los padres de Inés fueron a visitar Madrid, Pedro comprendió finalmente que no quería unir su destino al de ella. El padre de Inés, apenas cruzó el umbral del piso, soltó una carcajada al ver a Bello y lo llamó raro. Pedro se sintió obligado a defender a su gato.
Durante la visita, tanto Inés como su padre no pararon de burlarse de la apariencia de Bello, animando a Pedro a deshacerse del animal y proponiendo ideas disparatadas sobre dónde dejarlo. Incluso la madre de Inés se sumó a las bromas.
Al día siguiente, Pedro volvió del trabajo y Bello ya no estaba. Preguntó a Inés por el gato y ella le dijo que lo había llevado a una clínica veterinaria y lo había dejado allí.
Pedro recorrió media ciudad buscando a su amigo durante cinco largas horas… hasta que al fin lo encontró. Bello ronroneó tranquilo al ser abrazado por Pedro, sabiendo que su dueño había venido a por él.
De vuelta en casa, Pedro pidió a Inés que recogiera sus pertenencias y se marchara. No quería volver a verla. Había llegado a detestarla profundamente. A la mañana siguiente, Inés hizo sus maletas y se fue sin protestar, resignada. Nunca imaginó que un gato pudiera ser más importante que ella.
Desde entonces, Pedro y Bello han vivido juntos. El gato espera feliz cada día la llegada de su dueño tras el trabajo y el hogar sigue siendo un refugio tranquilo en la ciudad madrileña.






