Hace ya más de una década que me casé. Vivíamos mi esposo y yo en nuestro piso de Madrid, todavía pagando la hipoteca. Aún no nos atrevemos a traer hijos al mundo; preferimos primero tener una estabilidad sólida. Mi hermano también está casado. Ellos viven en un apartamento pequeño, de una sola habitación, en un barrio antiguo de Valladolid. Mi hermano trabaja en dos sitios y además tiene un empleo a media jornada. La esposa de mi hermano, Leonor, no trabaja; parece que su único oficio es parir con más velocidad que ninguna otra mujer que haya conocido. Ya tienen tres hijos, está embarazada del cuarto y le ronda el pensamiento del quinto.
Además de la creciente familia, han acumulado préstamos para electrodomésticos, televisores, y otros caprichos. Mi esposo y yo les ayudamos a menudo, unas veces enviando dinero, otras llevando comida. Ocasionalmente, Leonor tiene el descaro de exigir cosas, ni siquiera pedirlas.
En esas ocasiones, hay que recordarle la realidad y denegarle la petición. Ella y mi hermano se ofenden, claro está, pero a las pocas semanas vuelven con otra solicitud. Como vosotros no tenéis hijos, y nosotros pronto seremos cuatro, deberíais darnos vuestro piso, me dice Leonor.
¿Y dónde vamos nosotros? ¿A vuestro minúsculo apartamento? pregunté, incrédula ante semejante despropósito. Vosotros lo alquiláis, y también podéis dejar inquilinos en el vuestro, contestó segura de sí. ¿Quieres decir que pagaremos la hipoteca y el alquiler por vosotros? Por supuesto. ¿Cuándo vais a dejar el piso? ¿Cuándo vais a marcharos? Tu sitio no está en una casa, sino en un hospital psiquiátrico. Sal de mi piso, le dije yo. Pues me voy y me deshago del niño respondió, y salió de mi casa.
Y así fue. Se marchó sin avisar, allá por el tercer mes de embarazo. La encontraron en el hospital a medianoche, los doctores apenas lograron salvarla. A las dos de la mañana, apareció mi hermano en la clínica y me echó en cara todo lo que había pasado. Mi esposo no tardó en frenarle los ánimos, preguntando qué ocurría. Le expliqué la historia. Mi marido, después de intentar calmarle, lo sacó del piso tras meterle la cabeza bajo agua fría, como hacían nuestros abuelos para que se serenara. Desde aquel día, no volví a tener hermano.
Parece mentira cómo los recuerdos pueden pesar, y cómo las familias cambian cuando la ambición y el descaro superan el cariño.







