Mermelada de cereza

Elena, ¿y dónde está la palangana de mamá? ¿Te acuerdas? Esa de metal donde siempre hacía la mermelada Marina abría uno tras otro los armarios de la minúscula cocina de la casa de campo. ¡No está en ningún sitio! ¡Ya he mirado hasta bajo el fregadero!

Igual la subió al desván. Decía que desde que papá se fue de casa, ya no tenía para quién hacer mermelada.

Claro, es que nosotras no contamos como personas Marina se levantó con un quejido de las rodillas, tras haber estado hurgando en el último armario.

¿Qué te pasa, Mari? preguntó Elena, algo preocupada.

La espalda otra vez. Tranquila. Simplemente me he quedado un rato encorvada y, claro

Deberías ir al médico.

¿Para qué? Siempre dicen lo mismo. Eso ya me lo sé.

¡Eres igual que mamá! Elena agitó la mano indignada. Las gotas del agua en la que lavaba las cerezas salpicaron la cocina y alguna fue a parar a los bigotes de Don Quijote, su rechoncho gato, que dormía plácidamente en la silla junto a ella. El felino refunfuñó, entrecerró un ojo amarillo y, viendo que sus dueñas reñían poco, se tapó la nariz con una pata y siguió soñando.

Tú eras la que le insistía una y otra vez para que fuese al médico. Y cuando no te hacía caso, ¡te enfadabas un montón! Mira cómo acabó la cosa

Elena, no empecemos. La espalda la tengo fastidiada hace tiempo y ya está. Será lo que tenga que ser. Busquemos la palangana mejor. Probé a hacer la mermelada en otra y, vale, rica, sí, pero no es igual.

Igual mamá tenía algún truco

Nunca dijo nada. Y mira que la hemos hecho veces juntas. Todo igual que siempre.

Elena se levantó resuelta y salió de la cocina.

¿Dónde vas? preguntó Marina a voces, estirando el cuello.

Al desván.

Podría ir yo

Quédate sentada, anda. Si te da un tirón ahí arriba, habría que llamar a una grúa.

Marina soltó una carcajada. Las dos hermanas no eran dadas a dulzura ni reverencias; se decían las cosas como eran, sin tapujos. Físicamente, eran la noche y el día: Elena, esquelética y alta, a menudo pinchaba a Marina por sus curvas de pan de pueblo. Marina había heredado los ojos claros y cristalinos de la madre y los rizos oscuros del padre. Pero lo suyo venía de abuela: gordita, blandita, con carácter de bollo recién hecho y con el genio de la abuela Dolores marcado a fuego. El primer grito independiente de Marina no fue un mamá, sino un tozudo ¡yo sola!, enarbolando una cuchara. Fue su lema vital.

Siempre supo rastrear su árbol genealógico: la abuela Dolores era leyenda familiar. Viuda con veintitrés años y dos mellizas a cuestas, solaporque los abuelos políticos ni agua, ensimismados en su duelo, Doña Dolores no se vino abajo. Sabía que no llegaba con lo que ganaba cosiendo y fue a casa de la vecina.

Doña Mercedes, usted que conoce a tanta gente, ¿sabe si necesitan a alguien para limpiar o ayudar en casa? De verdad que soy pulcra y no me dan miedo los trabajos duros.

Te conozco, hija tronó Mercedes. Pero mira que a las amas que buscan muchacha a veces les falta un tornillo A ver si vas a aguantar los caprichos de alguna histérica.

¿Qué opción tengo, si no?

Ninguna. O trabajas, o ¿Y por qué no dejas a tus hijas una temporada en la casa cuna? Cuando te estabilices, las recoges.

Dolores palideció, luego se erguió y, con dignidad, respondió:

No me han educado para apartar a mis hijas como si fueran gatitos bajo el seto. Gracias, pero yo me apaño.

Así me gusta, Dolores Mercedes le sirvió té sonriéndole. Tienes carácter y seso. Te ayudo.

Mercedes cumplió: encontró donde colocarla. Su jefa resultó ser Carmen, una ex cantante de ópera, excéntrica, despistada, de mucho genio y todo corazón.

Dolores, ¿y tus niñas? le preguntó Carmen. ¿Quién las cuida mientras trabajas aquí?

La vecina.

Pero mujer, ¿eso está bien? ¡Tráelas contigo! Aquí sobran habitaciones.

¿De verdad no le molestarán?

¿Molestarme? Al contrario, así se acostumbran a la buena música. ¡Eso es alma!

Dolores, al principio cortada ante la insistencia de Carmen, pronto entendió. Carmen estaba sola; triunfadora, sí, pero de puertas para dentro, sola. Un día de Nochevieja, Carmen, entre brindis, confesó a Dolores su secreto: ni hijos ni marido; la música era su único consuelo.

Aquellas mellizas llegaron a ser como sus propias hijas. Carmen quiso ser su madrina, y aunque en el pueblo ya no se llevaba, Dolores aceptó. Carmen malcriaba a las niñas y las metió en la escuela de música.

Con los años, Dolores prosperó y encontró trabajo mejor, pero Carmen ya era familiala única que Dolores tenía. Cuidó de su patrona hasta el final, como quien cuida de una niña.

Cuando Carmen falleció, Dolores heredó el piso y la casa de campo, ambas propiedas a nombre de las mellizas. El notario la consoló.

No se extrañe. Carmen las sentía hijas. Tome las llaves y diga simplemente: gracias. Es lo que querría.

Gracias musitó Dolores.

Las mellizas, Isabel y Catalina, se hicieron mayores, optando por carreras bien distintas de la música. Se casaron lejos, y sus propios hijos llenaron al fin de nietos la vida de Dolores. Sin embargo, en la familia de Catalina las cosas no rodaban tan bien: su marido, Pablo, era de los de no salir adelante, y convivir con la suegra le ponía los pelos de punta. Así que Dolores, abuela práctica, ofreció a Catalina el piso de Carmen.

La vida dará muchas vueltas, hija, pero tú aquí estarás mejor. Y ya está.

Marina recordaba bien la primera vez que cruzó el umbral del piso de la difunta Carmen, con cinco años y cara de asombro ante el imponente piano de cola que parecía una ballena dormida. Mientras los adultos cargaban cajas, ella abrió la tapa y tocó una tecla. El piano suspiró y, aunque lo que salió no era música, a Marina le pareció maravilloso. Pero un grito súbito la interrumpió; la tapa le pilló los dedos de puro susto y rompió en llanto.

¡No toques el piano! bramó su madre Catalina.

Dolores, que lo vio, le reprendió:

¿Pero, hija? ¡Carmen nunca prohibió nada!

Yo no soy Carmen. Igual algún día nos hace falta el instrumento, y no quiero que lo estropee.

Ese fue el final de la vocación musical de Marina. A pesar de los ruegos de su abuela, Catalina nunca cedió: la música, para la pequeña Elena; para Marina, otra cosa. Al nacer Elena, la preferencia de Catalina fue abrumadora:

¡Mi tesoro! ¡La niña más guapa, más lista, más todo!

Cuando Dolores reclamaba justicia para Marina, Catalina se encogía de hombros: su alegría era tener por fin una niña para ella sola.

¿No quieres también a Marina?

Claro, mamá. Pero con Elena es distinto.

Dolores, compasiva, se llevaba a Marina a la casa de campo y le explicaba:

Hija, la hermana nueva necesita muchas cosas de mamá ahora, pero tú también eres importante.

Marina era demasiado lista. No compitió, aceptó. Se hizo excelente estudiante, probaba todomenos música, vetada. Su madre nunca se fijó: vivía para la pequeña Elena, sobre todo cuando ésta aprendió música y tocaba el piano.

Los reproches de Dolores nunca lograron nada, pero, al menos, mantuvo el lazo entre las hermanas. Hasta que la vida, como el buen gazpacho, dio vuelta la cuchara: Isabel, la otra melliza, regresó a la ciudad.

Aquí están mamá y Caterina; yo, sola allá. No hago amigas confesó Isabel.

Será que tienes un marido demasiado guapo O, ¿no será que te has vuelto arisca? bromeó Catalina.

Isabel no picó el anzuelo. La cosa es que ambas ahora debían compartir herencia y la casa de campo, la misma que Dolores acostumbraba a llenar de nietas: Marina y Elena por parte de Catalina; Nieves y Paula de Isabel.

Pero la muerte de Dolores lo trastocó todo. Un ramalazo de viento, una rama astillada y, tras una desafortunada caída, la familia se quedó huérfana de abuela, de magdalenas, de sabias palabras y de consejo en el momento justo.

El tiempo pasó. El caos reinó un tiempo. Catalina, finalmente abandonada por Pablo, descargó su propia amargura sobre Marina y hasta sobre Elena.

¡No quiero que veáis a vuestro padre! ¡Si os atrevéis, no volváis a casa!

Marina, ya adulta, le plantó cara. Elena se unió. Aquella fue la gota que desbordó el vaso en casa de Catalina, que, aunque rabió por dentro, tuvo que tragarse su orgullo. Intentó que Elena se pusiera de su parte, pero aquí la ironía: ahora era Elena quien defendía a capa y espada la familia unida.

Yo seguiré viendo a papá y a Marina. ¡Somos familia!

Catalina, cabizbaja, acabó por resignarse.

Bueno, haced lo que os dé la gana Nadie piensa en la pobre madre.

Elena localizó la palangana de cobre, la de toda la vida, en el desván.

¿Era esta? dijo, polvorienta pero triunfal, bajando el último peldaño.

¡Qué alivio! suspiró Marina. ¡Sin ese cacharro no hay mermelada auténtica!

Dos horas después, hermanas, en la cocina, té y charlas entre cucharones. La palangana relucía llena de mermelada de cereza, perfumando la casa. Don Quijote, que prefería el olor de los botes de perdiz escabechada que Catalina hacía en otoño, desapareció a la terraza, ofendido por el dulzor.

¿Te acuerdas de mamá haciendo mermelada? empezó Marina. Hacía para alimentar medio barrio; llenaba las baldas de tarros.

Sí, y a papá le encantaba la de cereza. Se la comía a cucharadas.

Y mamá se enfadaba

No le gustaba que cogiera el tarro directamente. Esto es para todos, decía siempre.

Y mientras, hacía todo, todo para que al final él se quedara solo

No lo consiguió, Mari. Nos tiene a nosotras.

Bueno, pero lo intentó Ahora solo nos tiene a nosotras. Isabel ya no le habla y ni ve a los sobrinos. Ni amigas le quedan. ¿Por qué será, Elena?

Quién sabe Nunca la entendí del todo.

Es curioso. Ella siempre decía que solo tú la entendías.

¡Anda ya! ¿Cómo se puede entender que nos haya intentado enfrentar? Eso de Elena, no mires a Marina, que no es tu amiga ¿Celos, quizá?

Puede. Qué tontería…

Y qué de juegos y juguetes que tú me devolvías a escondidas porque mamá te los daba diciendo Marina ya es mayor Pero a mí nunca me sirvieron. Ni la muñeca Lulú, ni el oso Benito

Ambas rieron. Elena imitó a su madre con tanta gracia que casi la veían allí, regañando:

¡Marina, fuera de la sala, que molestas! ¡Elena, hija, estudia!

Y mientras, tú eras la que me enseñaba a tocar el piano Todo lo hacíamos juntas.

Te gustaba más el piano a ti

¡Qué va! Si los números también tienen ritmo. Hago el cierre anual en la asesoría y es como una sonata de Vivaldi.

Riéndose, se callaron un instante.

Mari, ¿por qué crees que mamá es así?

No lo sé. Dolores nos quería a todas igual. Isabel tampoco lo entiende. Pero ella es más lista: ha decidido no mirar atrás. Dice que si un día Catalina viene a ella, le recibirá sin reproches.

¿Y tú qué opinas?

Marina suspiró, cambiando las tazas de sitio automáticamente.

Creo que tiene razón. Si fuese más joven y tonta, diría otra cosa. Pero el tiempo corre, y cuando quieras pedir perdón, igual ya no hay a quién.

¿Y eso?

Me lo enseñó la abuela Dolores. Siempre decía: A nadie vas a querer más en este mundo que a tu familia. Igual te quieren poco o mal, pero tú puedes quererles el doble si quieres.

Eso hace Isabel.

Quizá un día Catalina también lo entienda. El tiempo aprieta.

¡Ay, madre! Marina miró el reloj y saltó. ¡Que en nada vienen todos y no hemos preparado nada! ¡Tú, ponte con la ensaladilla; yo, con las empanadillas!

Y así, mientras anochecía el sol sobre la tapia de la casa, un furgón frenó a la puerta y una marabunta de nietos y bisnietos inundó la terraza.

¡Abueelaaaaaa! gritaron a coro bajo los cerezos, y Don Quijote desapareció entre los arbustos.

Sabía lo que venía: niños por docenas, tazas de colores con nombres en la base (prohibidas todo el año, excepto para las visitas), mermelada para dar y regalar y huesos de cereza volando por el jardín. Siempre llegaba la misma excusa:

¡Es para que crezca un árbol y hacer más mermelada, abuela!

Y luego, todos por la casa, pero de dormir, nada. Se sentaban las noches enteras en la escalera a cantar bajito mientras los más chicos se quedaban dormidos en brazos ajenos. Y solo entonces, Don Quijote, muy digno, podía salir de su escondite y acomodarse junto a algún nieto, dejarse acariciar, ronroneando feliz, espantando sueños feos y escuchando el murmullo callado de la felicidad compartida.

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