– No me has herido. Me has traicionado. Es distinto, – le dijo ella a su marido.

No me has ofendido. Me has traicionado. Que no es lo mismo dijo ella a su marido.

El teléfono sonó a las siete y media de la mañana, cuando Carmen Robles aún estaba en la cocina removiendo la avena. Miró la pantalla, vio el nombre de su hija y, por alguna razón, sintió que algo no iba bien. Lucía nunca llamaba tan temprano porque sí.

Mamá, ¿estás en casa?

En casa, ¿dónde iba a estar? Estoy haciendo el desayuno. ¿Qué ha pasado?

Pausa. Carmen bajó el fuego para no quemar la avena.

Mamá, ¿está papá contigo?

No. Se fue anoche, dijo que se quedaba en casa de Andrés. Iban al garaje a arreglar el coche.

Otra pausa, arrastrada, espesa.

Mamá. No está en casa de Andrés. Me llamó hace una hora. Dice que no va a volver, que… Bueno, que lleva tiempo con otra vida. No sé cómo decírtelo.

Carmen dejó la cuchara cuidadosamente en el soporte, porque si no dejaría marca en el mantel. Siempre lo hacía así. Era una costumbre imposible de erradicar.

¿Cómo que no va a volver?

Que tiene otra mujer. Desde hace dos años. Que quiere el divorcio.

La avena empezó a hacer burbujas. Carmen se fijó en ellas, pensando que tenía que apagar el fuego antes de que se pegara. Lo apagó, volvió a coger el teléfono.

Lucía, espera. ¿Estás segura de que has entendido bien?

Mamá.

¿Qué mamá? Igual solo… igual estaba alterado. Ya sabes cómo es tu padre, que a veces suelta cosas de más.

Hablaba tranquilo. Muy tranquilo. Dijo que ya tiene piso alquilado. En el barrio del Pilar. Vive allí desde noviembre.

Noviembre. Ahora era marzo. Cuatro meses.

Carmen se asomó a la ventana. Fuera todo era gris y húmedo, ese Madrid de principios de marzo cuando la lluvia no se decide si irse o quedarse. Enfrente, al lado de la panadería, una mujer con carrito de bebé miraba el reloj del móvil. Carmen pensó que Juan siempre decía que en primavera respiraba mejor, que necesitaba menos aliento.

Mamá, ¿me escuchas?

Te oigo, Lucía.

Voy a ir esta tarde. ¿Quieres que vaya hoy?

No hace falta. Tienes trabajo.

El trabajo puede esperar.

Te digo que no hace falta. Estoy bien.

Era mentira. Pero Carmen pronunció esas palabras tan firme que casi se las creyó.

Cuando colgó, se quedó un rato mirando por la ventana, pensando en nada. Luego fue al dormitorio, miró la cama, el lado de Juan con la almohada arrugada, porque anoche se fue a toda prisa. Cogió la almohada, la sostuvo y la dejó de nuevo donde estaba. Después volvió a la cocina, tiró la avena a la basura y puso el hervidor de agua.

Treinta y siete años. Habían compartido treinta y siete años de vida.

Carmen Robles había sido jefa de contabilidad en una constructora durante veintidós años, y en todo ese tiempo había aprendido una lección: cuando no sepas qué hacer, haz lo que seguro tienes que hacer. Haz una lista. Pon prioridades. Ahora habría hecho otra lista, pero tenía la mente vacía, en silencio, como la oficina después del cierre.

La gata, Lola, vino del pasillo, se frotó contra sus piernas y maulló. Carmen le puso comida.

Pues así, Lolita. Así estamos.

La gata se puso a comer, panza arriba. Carmen pensó que fue Juan quien le regaló la gata, hacía cinco años, para su cumpleaños. Que un gato da calor al hogar, decía. Lola era pelirroja y vaga, y solo dormía en el lado de Juan del sofá.

Y ahora, a ver qué significa eso.

Lucía vino esa tarde. Sin avisar, simplemente llamó a la puerta. Carmen abrió y vio a su hija: ojos de Juan, pómulos suyos, esa mezcla que dolía más de la cuenta.

Que te dije que no hacía falta.

Mamá, déjame pasar.

Sentadas en la cocina. Carmen preparó té y puso en la mesa mermelada de membrillo que aún quedaba del verano. Lucía la miraba, sin saber por dónde empezar.

Mamá, ¿estás bien de verdad?

Estoy bien. He comido, no me caigo, no me mareo.

Hablo en serio.

Y yo también. ¿Quieres que te diga que lloro? No lloro. De momento.

Lucía cogió la taza con las dos manos, como hacía desde niña.

Seguro que te llama. Quiere hablar contigo.

Que llame.

¿No quieres saber… quién es?

Carmen la miró.

Quiero. Pero ahora no. Ahora no puedo escuchar eso y poner cara de que no me afecta.

Mamá, es un sinvergüenza.

Lucía.

¿No? ¿No lo es? Treinta y siete años y avisa por teléfono a la hija.

Seguramente no sabía cómo decirlo de otra forma. Ya conoces cómo es tu padre, nunca supo dar malas noticias a la cara. Siempre fue igual.

Lucía no dijo nada. Luego, bajito:

Mamá, le defiendes.

No le defiendo. Le explico. Que no es igual.

Se quedaron un rato más. La mermelada intocable. Lola se subió al taburete y miró por la ventana.

¿Vas a vivir sola?

Lola está conmigo.

Mamá, en serio.

Y yo. Lucía, tengo cincuenta y ocho años, no treinta. Saldré adelante. Llevo treinta años en este piso. Me conozco cada cañería, cada interruptor. Aguantaré.

Lucía se fue tarde. Carmen fregó las tazas, limpió la mesa, puso comida para la gata y se fue a la cama. Se quedó mirando el techo, escuchando el murmullo del televisor de la vecina, doña Asunción, a través de la pared. Asunción llevaba ocho años viuda y siempre dejaba la tele puesta, decía que así no parecía tan sola. Ahora Carmen la entendía de otra manera.

Juan llamó dos días después. Por la mañana, mientras Carmen repasaba papeles de la empresa, porque aún debía entregar informes hasta final de abril. Vio su nombre en la pantalla y dudó, pero contestó.

Carmen.

Dime.

¿Cómo estás?

¿Llamas para preguntar cómo estoy o para decir algo en concreto?

Pausa.

Quería explicarme.

Pues explica.

Carmen, tú y yo desde hace tiempo… vivimos como vecinos. Lo sabes. Ya no hablamos, caminamos en paralelo. No te culpo. Y tampoco me culpo. Simplemente, ha pasado.

Carmen miraba la pila de informes ante sí, todo ordenado, subrayado.

¿Cómo se llama?

Carmen

¿Cómo se llama, Juan?

Rocío. Es viuda, tiene dos hijos, tiene cuarenta y cuatro.

Vale.

No quería hacerte daño.

No me has hecho daño. Me has traicionado. Que no es lo mismo.

Se sorprendió de lo sereno que le salió el tono. Como si leyera lo que tenía escrito.

Carmen, lo entiendo

No, Juan. No lo entiendes. Pero da igual. Para los papeles, habla con un abogado. No te voy a montar un numerito ni voy a pelear por manteles. El piso es mío, ya lo sabes. Me queda la pensión, aunque sea poca. Sobreviviré.

Carmen, que

Ya, Juan. Estoy ocupada.

Colgó despacio. Fue a poner el hervidor y, para su sorpresa, las manos no temblaban.

Una semana después salió a por pan y coincidió en el portal con Asunción, que volvía de la farmacia con una bolsa enorme.

Carmen, ¡qué mala cara tienes! ¿Estás mala?

Bien, doña Asunción. No es nada.

Asunción tenía tres años más, robusta, voz alta, siempre teñida de pelirrojo y orgullosa de ello porque las canas no eran para ella. Veinte años siendo vecinas, hablando en el rellano y, a veces, compartiendo té, pero nunca grandes amigas.

Ven, que tengo tarta de manzana de ayer. Asunción la miró sabiendo leer hasta bajo la piel.

No quisiera molestar.

No digas tonterías y pasa.

La cocina de Asunción era una galería de plantas, figuritas, fotos, cortinas imposibles, mucho desorden; a Carmen jamás le habría gustado ese caos, pero aquel día se sentía cómoda.

Juan se ha ido dijo Carmen, sin preámbulo, porque había que decirlo en voz alta.

Asunción se limitó a servirle té y cortar un buen trozo de tarta.

¿De hace mucho?

Desde noviembre, fíjate.

¿No lo sabías?

No. Todo el día entre reuniones y amigos, trabajo Yo me lo creía.

Suele pasar dijo Asunción, sin un gramo de juicio.

Doña Asunción, ¿cómo fue para usted el principio, cuando se quedó sola?

El primer mes lloré, el segundo estuve enfadada, el tercero apenas lo recuerdo. Y luego pues, te acostumbras. No es que estés bien, es que es diferente.

No me apetece llorar.

Eso también es normal. Si llega del todo, llorarás.

Da miedo que llegue.

¿Cuántos tienes? ¿Cincuenta y ocho?

Cincuenta y ocho.

Yo me quedé sola a los cincuenta y nueve y pensé que era el fin. Pero mira, no lo es. Vamos, no te voy a decir que esto sea la maravilla, pero no es el fin.

Carmen comió tarta. El borde bien dorado.

¿Y cuando está todo perdido… qué hace usted?

Me voy al mercado. Allí hay bullicio, gente, vida. Se te pasa.

Yo siempre fui de lista y a casa.

Pues igual es momento de probar lo que nunca te apeteció.

Ni tono ni consejo. Pero Carmen se llevó la frase a casa.

En abril se jubiló oficialmente. Coincidió con la cita en el juzgado, a principios de mayo. La abogada, amiga de Lucía, le dijo que sería rápido: el piso estaba a su nombre desde los noventa, apenas había propiedad compartida y Juan no iba a discutir.

Si tiene tanta prisa es que quiere instalarse ya, le dijo Lucía por teléfono.

Ay, Lucía. No empieces.

Mamá, ¿le defiendes otra vez?

No pienso gastar mi rabia en lo que no tiene remedio.

¿Estás enfadada?

Un poco. Pero está todo revuelto. No lo distingo.

Con la jubilación, lo difícil era el hueco. No el dinero, la pensión era mil doscientos euros, poco pero suficiente si una se apaña. El problema era la agenda: toda la vida a las ocho en la oficina, agarrada a la disciplina. Ahora se despertaba, miraba el reloj y sentía que el suelo era blandito.

Trató de hacerse un horario: desayuno, paseo, lectura, labores varias. Lo reescribió veces porque nunca lo cumplía. Se sentaba con un libro y a los veinte minutos, la mente se iba a noviembre, pensando dónde estaría Juan cuando decía que hacía horas extra.

Un día Lucía llamó:

Mamá, tienes que buscar una actividad. Apúntate a algo.

¿A qué me voy a apuntar, Lucía?

Pues, yo qué sé. Yoga.

¿Yoga, yo? Venga ya.

Hay mujeres, socializan mucho.

¿Yo haciendo el saludo al sol?

O cursos. O ser voluntaria en la biblioteca, que siempre te han gustado los libros.

Lo pensaré.

Pero no lo pensaba. Lo que sí hizo fue ordenar armarios, encontró una caja con fotos en blanco y negro. Aquí Juan, joven, pelo espeso y oscuro. Aquí ellos dos, en la playa en el 92. Aquí Lucía en brazos de su padre, jugando con un helado. Carmen miró las fotos mucho rato, luego cerró la caja y la subió a lo alto del armario.

Descubrió su enfado al romper un platillo. Lo puso al borde de la mesa y se precipitó al suelo. Mira tú qué vajilla más frágil me compré, seguro que era mejor una más robusta, pensó. Bajó a recoger los trozos y, allí agachada, se le oprimió la garganta. No lloró. Se quedó así un rato, luego se levantó, arrojó los pedazos y fue a comprar aceite y arroz.

En mayo, el juzgado fue rápido. Juan llevaba una chaqueta azul que ella misma le había regalado el último cumpleaños juntos. No hablaron. Sólo al salir, él pidió:

Carmen, no quise hacerte mal.

Ya lo sé.

Era verdad. Él nunca quiso hacerle daño, sólo quiso otra cosa. Y no es lo mismo. Ella lo entendía con la cabeza, pero por dentro no confortaba.

Después, entró en una cafetería cercana. Sola. Era la primera vez. Pidió café con leche y una porción de tarta de Santiago. En la mesa de al lado dos señoras hablaban de farmacias y del precio de los antihipertensivos.

Yo los consigo por quince euros en la de la calle Mayor.

Pues en la mía son veintidós…

Carmen escuchaba y pensaba que eso era lo real, lo que quedaba cuando el mundo se desmonta: precios de farmacias y cosas que no cambian.

Acabó la tarta, el café, y salió. El sol de mayo calentaba la espalda. Paseó despacio, mirando el escaparate de una mercería, los árboles del parque, la vida. Un anciano daba de comer a las palomas, una señora sacaba un galgo miniatura. La vida seguía y aquello, por fin, parecía bien.

En junio, la llamó Pilar, su amiga de la infancia, casi cinco años sin verse y solo un mensaje de vez en cuando. Pilar vivía en el distrito Sur, su mundo, marido, nietos, casa en La Granja.

Carmen, ¿cómo estás? Lo he oído por Rosa, lo de que Juan se ha ido.

Vaya radio patio que os gastáis.

Es que te echo de menos, mujer. ¿Por qué no te vienes a la casa de campo unos días? Se está bien, hay jardín, aire… desconectas.

Pero si yo nunca valí para eso de la huerta. Juan era el del campo, yo iba por compromiso.

¡No hace falta que trabajes! Vamos a charlar. Te preparo una tortilla de patatas como a ti te gusta.

Venga. Me paso el sábado.

Cogió la RENFE, bolso pequeño, un libro atrasado de leer. Pilar la recibió en la verja, con la misma sonrisa de siempre, aunque con más arrugas.

Carmen, sigues igual.

Venga, mujer, no exageres.

Has adelgazado, pero tienes la mirada más viva.

En la terraza, comieron tortilla fría, bebieron té con mermelada de cereza. El marido de Pilar, siempre apodado Santi, estaba en el huerto y ni asomó.

Cuéntamelo todo dijo Pilar.

Y Carmen habló. Por primera vez con sinceridad. Que en noviembre Juan decía tener gripe y que ella iba y le llevaba infusiones mientras él descansaba. Que en febrero lo veía arreglarse más pero lo atribuía a un repentino remonte de vanidad. Que en los últimos años la mesa estaba callada y eso lo creyó normalísima rutina. Matrimonio largo, lo tomaba como madurez.

No es igual en todos los matrimonios dijo Pilar.

¿No peleáis tú y Santi nunca?

Alguna vez. A gritos. Y luego discutimos de cine porque tenemos gustos contrarios. Pero eso es vida.

Pues nosotros nunca discutíamos.

Igual tuvo que haber alguna.

¿Crees que si hubiéramos discutido, no se hubiese ido?

No lo sé. Pero cuando hay algo vivo, al menos hay pelea. Si no, es sólo silencio, y después nada.

Creí que lo nuestro era madurez. Que crecer era dejar de pelear.

No, Carmen. Eso es costumbre, no madurez. Dejas de verte.

Carmen miraba el huerto, la parra, la albahaca.

¿Entonces tengo la culpa?

Mira, yo creo que los dos la tenéis y los dos no. O la vida va en común, o cada uno a lo suyo. Él eligió irse, pero tú no te diste cuenta de que había algo que arreglar.

Creía que nada necesitaba arreglo. Que lo importante era no pelear. Trabajo, casa, salud.

Pues resulta que nada va solo.

No va.

Carmen volvió el domingo, con algo de color en la cara y un tarro de mermelada. La casa estaba en silencio. Lola la esperaba con cara de has tardado demasiado. Le pasó la mano por el lomo.

En julio pasó lo inesperado. Carmen caminaba por delante del centro cultural del barrio y se fijó en un cartel: CLUB DE ACUARELA. Viernes, 17:00. Material incluido. Lo leyó dos veces, siguió andando, luego volvió atrás y le hizo una foto.

En casa se lo mostró a Lucía por videollamada.

¡Mamá, tienes que ir!

Pero si yo no sé pintar.

¡Pues por eso! Allí pone que es para todos.

Sí, claro. Para todos los que, por lo menos, llenan un cuaderno en línea recta.

¡Vas! ¿Qué pierdes?

Quiso negarse, pero cayó en la cuenta: ¿Qué perdía?

El primer viernes fue. Siete personas, casi todas jubiladas, pinceles, papeles y paletas, todo dispuesto en una mesa larga. La profe, una chica jovencísima, Marta, saludó encantada:

¡Bienvenida! Hoy pintamos una manzana.

Carmen se sentó, cogió el pincel y miró un folio en blanco. A su lado, una señora mayor con gafas murmulló suave:

¿Primera vez? Yo llevo tres semanas y ya no me parece raro.

Carmen, me llamo.

Yo, Isabel. Fui mecánica, ahora artista/free-lance, supongo y se rió, Carmen también. Sus ojos eran claros y sus manos curtidas.

La manzana de Carmen salió deforme, torcida y con demasiado color a un lado. Marta la animó:

Es un gran comienzo. Aquí, con más agua, ¿ves cómo cambia todo?

Añadió agua y el color se volvió suave, casi transparente. Muy satisfactorio.

Al acabar, Carmen e Isabel salieron juntas.

¿Qué autobús coges tú? preguntó Isabel.

El 12. ¿Y tú?

Vivo cerca, en la Avenida de la Fuente. ¿Te acompaño un rato?

Anduvieron por el Madrid veraniego, Isabel le contó que vivía sola, viuda hacía seis años sin hijos, pero sí una sobrina en Barcelona. Lo contaba sin drama.

¿No te aburres?

Echo de menos a mi marido, sí. Pero la soledad que dolía antes, ya no. Le he encontrado su punto. Mira, el club, la biblioteca, la perra de mi vecina, que saco los jueves. Todo suma.

¿No sientes que podrías haber hecho otra cosa, que algo se te ha escapado?

Isabel se lo pensó.

Siempre da la impresión de haber dejado cosas sin hacer. Mira, ni un solo verano al mar en veinte años. Siempre trabajo, siempre una excusa. Ahora digo: algún día iré, aunque sea sola.

¿Y te atreves sola?

¿Por qué no?

Carmen no contestó. Al llegar a la esquina, Isabel propuso:

¿Vienes el viernes que viene?

Vendré.

Mientras andaba al bus, pensaba en el mar. Solo fueron una vez, a Valencia, en el 93. Lucía era un bebé, le daban miedo las olas, lloraba. No volvieron: casi nunca había tiempo, dinero u ocasión. Carmen nunca insistió, igual que nunca insistía en nada.

En agosto, Lucía llamó:

Mamá, ven el sábado. Es el cumple de Nando Nando era su nieto, cinco años, terremoto de ciudad, ven porfa.

Vale. ¿Qué le regalo?

Algo de coches. Un juego de bloques.

Y… ¿va a venir papá?

Pausa.

Le he invitado. Es su abuelo. ¿Te importa?

Ni me hace daño ni hago como si no existiera. El niño necesita a su abuelo.

¿De verdad, mamá, lo llevas bien?

A estas alturas, ya está. No pienso montar escenas.

El día del cumpleaños Carmen llegó con un circuito y una tarta casera de galleta y chocolate, el favorito de Nando. Juan estaba allí, hablando con el yerno, mirando el suelo. Cruzaron la mirada, se saludaron con un leve gesto. Luego Carmen se fue a la cocina.

En la comida, Juan estaba en frente. Carmen lo miró y se dio cuenta de que estaba más flaco y algo desconcertado. No lo celebró con malicia, solo lo notó. Nando empezó a montar el coche en medio del jaleo, Lucía trajinaba de un lado a otro.

Carmen musitó Juan cuando nadie miraba, estás bien.

Gracias.

No, en serio. Estás diferente.

Ahora hago acuarela.

¿Acuarela? ¿En serio?

Cada viernes.

Él la miró con sorpresa genuina.

Me alegro.

Yo también dijo ella, serena.

No era orgullo ni venganza: era verdad. Había aprendido a valorarse ella misma. Aunque a Juan le sorprendiera.

En septiembre se apuntó al club de lectura; como le había contado Isabel. Se reunían unos doce, incluso dos hombres, uno exprofesor de historia, otro médico jubilado, muy correcto. Allí podía opinar: me parece, yo pienso nada de verdades absolutas.

Tienes una perspectiva muy interesante, Carmen decía el profesor, Don Rafael. Has leído la novela con otros ojos.

No sé si será lo correcto.

En los libros solo hay ecos, no respuestas.

Después tomaban café en la esquina, charlando. De los libros, de la vida, de la compra, del precio del aceite.

Un día, Isabel comentó:

Te veo cambiada, Carmen.

¿En qué sentido?

Mejor. Más tú. Como si antes esperases algo de fuera, y ahora sencillamente vivieras.

Qué filosófica.

Mecánica, querida. Eso marca carácter.

Carmen se echó a reír, sincera.

Yo también lo noto. Voy a los talleres, leo, camino… y no estoy sola ni triste. Temía estar perdida una vez jubilada. Y no, me encuentro.

Has encontrado tu espacio.

No sabía que no lo tenía. Creía que el trabajo, la casa y era un engranaje más.

Muy bien dicho.

Me da rabia haberme dado cuenta a los cincuenta y ocho.

Mejor ahora que nunca.

En octubre, Marta llevó a clase folletos sobre una pequeña exposición de acuarelas del club, en diciembre en el centro cultural. No tenéis que participar todos, pero sería estupendo.

Carmen miró lo que había pintado: manzanas torcidas, pero también vistas desde su ventana, el parque y la vieja higuera. Marta le dijo que tenía buen sentido del espacio.

Tienes que exponer ese dibujo animó Isabel.

¿Tú crees?

Hay vida ahí. No es sólo un ejercicio.

Carmen reflexionó y acabó llevándolo.

En noviembre se fue de viaje al mar. Sola. Una semana a Cádiz, porque era barato y no demasiado lejos. Lucía al principio se asustó.

¿Al mar? ¿Tú sola y en noviembre?

¿No se puede?

¿No hace frío?

No voy a bañarme. Voy a mirar. Hace veinte años que no huelo el mar, Lucía.

Mamá…

Ahora decido yo, luego te cuento.

Viajó en tren. Compartió trayecto con una familia y una abuela que hacía punto. Miró el paisaje, los campos que pasaban, las estaciones, las casas, y pensó que hacía mucho que no se subía a un tren.

Cádiz, en noviembre, estaba medio vacío y precioso a su manera. Olas grises, poca gente, olor a sal e historia. Carmen paseaba por la playa con bufanda, miraba el agua, pensaba en lo que fue, lo que es, lo que venga. Sin agobios.

Una tarde, entró en un bar pequeño, comió sopa de pescado, habló con la dueña, una señora de rostro surcado:

¿Usted sola de vacaciones?

Sola. Es la primera vez.

Pues bien hecho. Hay que ser dueña de una misma.

Eso intento.

Compró unas postales de acuarela hechas por el hijo de la dueña: vistas del puerto, atardeceres. Se llevó tres, una para Isabel, otra para Asunción y una para ella misma. Pensó que la acuarela, ese hobby de otros, le resultaba lo más suyo de todo lo nuevo.

Regresó con el ánimo en silencio, fuerte. Lola la saludó oliéndole la maleta y luego ignorándola deliberadamente.

¿Has echado de menos a tu humana? le preguntó Carmen. Lola no contestó, sólo se tumbó a sus pies.

En diciembre, la exposición. Carmen fue con Isabel, doña Asunción, Lucía y Nando. El niño corría entre los cuadros señalando lo que más le gustaba y arrancando sonrisas.

El dibujo de Carmenel parque visto desde su ventanacolgaba en el centro. Lucía lo miraba sin despegarse:

Mamá, ¿ese es nuestro parque?

Lo es.

Lo has dibujado tú. El tobogán del que yo me caía.

El mismo.

Mamá, está precioso.

Dicen que tengo talento. No sé. A mí el proceso me gusta.

Te va de maravilla.

Doña Asunción ajustó las gafas:

¿Eso es tuyo, Carmen?

Mío.

¡Madre mía, lo que no sabía de ti!

Ni yo.

Al acabar fueron todos al bar del centro cultural. Nando se zampó dos dulces y estaba pletórico; Lucía fingía regañarle mientras reía. Isabel contaba historias del club de lectura y Asunción opinaba. Carmen, en medio de aquel follón entrañable, recordó aquella mañana en marzo, de pie con la cuchara en la mano, donde no imaginaba este diciembre tan… ¿feliz? No. Tan correcto, tan suyo.

Antes de Nochevieja llamó Pilar.

Carmen, ¿cómo vas? Me han contado que has expuesto. Lucía lo puso en el grupo de WhatsApp.

¡Tengo grupo y ni lo sabía! Anda que… me tengo que poner al día.

Vente en enero unos días, a la casita. Silencio, nieve y cervecita.

Lo haré, seguro.

Nochevieja la pasó en casa de Lucía: Lucía, su marido, Nando y ella. Juan estaba con Rocío y sus hijos. Todo en orden. Nando aguantó hasta el final entre petardos, Lucía le tapó para dormir en el sofá.

Mamá, ¿cómo ha ido el año?

De todo. Bastante malo. Pero también muchas cosas buenas.

¿Por ejemplo?

La exposición. El mar. Isabel. Asunción y sus bizcochos. El club de lectura. Y tú y Nando, claro.

¿Y lo malo?

¿Para qué hablar de lo malo? Ya pasó. O casi.

Lucía la miró.

¿Echas de menos a papá?

Carmen lo pensó.

Al de antes sí. Al de ahora, no. Echo de menos lo que tuvimos los tres, cuando tú eras pequeña. Aquello fue real. Lo de los últimos años, ni falta me hace. Ahora me doy cuenta.

¿Te duele decirlo?

Poco. Pero la verdad duele menos que las mentiras a gusto.

El yerno brindó con sidra y cambiaron de tema.

En enero fue a casa de Pilar. Cafés largos en la terraza, bajo mantas gruesas. Pilar insistía en que el aire fresco despeja el alma.

Antes todo iba con plan: trabajo, luego jubilación y envejecer con Juan. Todo claro. Ahora no tengo plan. Y no me asusta. Es casi interesante.

Eso es estupendo.

Quizá temo no asustarme lo suficiente. No lo sé.

No te das cuenta, pero has soltado el pasado.

Un poco sí. No puedo tirar las fotos.

No las tires. Es tu vida.

¿Crees que Juan está feliz?

Ni idea. ¿Te importa?

Carmen dudó.

Antes sí. Ahora no tanto. Si le va bien, que le vaya bien. Su desgracia no me arregla nada.

Estás creciendo, Carmen.

A los cincuenta y ocho, ya era hora.

Nunca es tarde para madurar.

Rieron juntas. Santi asomó a ver si pasaban frío, y desapareció al verlas tan animadas.

¿Te arrepientes alguna vez de tu vida, Pilar?

Quise ser arquitecta. No entré, así que me hice maestra, luego la vida me llevó por otro lado. A veces me pesa. Pero menos de lo que crees ahora mismo, sentándome contigo, igual algo de arquitecta queda, que me gusta diseñar los parterres y rieron.

Es tarde para más carreras.

¿Pero qué tarde ni qué niño muerto, Carmen? ¡Tarde cuando ya no estamos! Y aquí estamos.

Carmen miró el huerto nevado. Un palito de madera marcaba calabacines.

Me sorprende estar bien ahora. Uno piensa: enero, en la terraza ajena, envuelta en una manta. Y estoy bien. Hace un año no lo hubiera entendido.

La vida se deja vivir.

Eso parece.

Silencio confortable.

¿Has pensado qué harás después, largo plazo?

Marta quiere que ayude a la gente nueva en el grupo de acuarela. Dice que explico bien.

¿De veras?

No se trata de dar clase. Solo echar una mano.

¡Eso es genial!

Aún no he dicho que sí. Estoy pensando.

Ya solo pensarlo es la respuesta.

En febrero, al volver a Madrid, hubo una alumna nueva en arte: una mujer de unos sesenta y tres, Icíar, alta, nerviosa, con la mirada de quien no sabe si está donde debe.

Carmen se sentó cerca.

¿Primera vez?

Sí. Mi hija me apunta a todo, dice que tengo que salir de casa. Así que aquí estoy.

Las hijas a veces tienen razón.

¿Tú también caíste así?

No, yo vine por mi cuenta. Pero puedes echarle la culpa a las hijas perfectamente.

Icíar respiró algo más tranquila y miró el folio vacío.

Nunca he pintado. Ni de niña. Lo veía para otro tipo de gente.

Yo también. Pero no es tan diferente. A veces, lo torcido queda mejor.

Empezó la clase y Carmen le explicó lo básico: cómo mojar el pincel, que la acuarela es experimentar, que no hay errores imposibles.

Al salir, Icíar le dijo:

Explicas fenomenal. ¿Eres profesora?

No, soy contable. Bueno, era.

Tienes pinta de entender a la gente.

Gracias, se agradece.

Iban caminando por Madrid; la nieve caía lenta, los faroles teñían de amarillo el asfalto.

¿Vives sola? preguntó Icíar.

Sola. Con mi gata.

También sola. Mi marido falleció, los hijos están lejos. Silencio por todas partes.

Al principio cuesta. Luego la aprecias. Ya no es ruido vacío.

Me alegro de haberme animado a venir.

Me alegro yo. ¿Vienes el viernes?

Vendré.

Se despidieron en el cruce. Carmen siguió andando. Nieve suave, luces ambarinas, y pensaba que hacía un año su vida se había hecho trocitos; que algunos seguía recogiéndolos, y otros, quizá, aún por encontrar. Pero ya no daba tanto miedo.

Al llegar, Lola la esperaba en la cocina, cara de indignada ya era hora de volver, humana. Carmen puso la comida, preparó té, cogió su taza.

En la nevera colgaba el dibujo de Nando: una señora cabezona y sonriente con el nombre yaya Carmen. Lo miró y mandó un mensaje a Lucía:

Llámame cuando puedas. Quiero hablar.

Lucía la llamó enseguida.

¿Todo bien, mamá?

Todo bien, hija. Oye, ¿os gustaría hacer un viaje en semana santa? He visto que a Zaragoza le gusta mucho a los niños, podríamos ir juntos unos días.

Mamá.

¿Qué?

¿Dices de ir los tres a Zaragoza?

Eso digo. Hay museos chulos y los precios no están mal.

Silencio, y Carmen casi la oye sonreír.

Mamá, has cambiado.

Sigo siendo yo.

No. Ahora eres tú de verdad.

Miró por la ventana. En la farola, bajo el árbol del patio, la nieve caía lenta y suave.

Pensadlo. A ver si os animáis.

Lo hablaremos. Yo creo que sí.

Genial.

Mamá.

¿Sí?

Me alegro de verte así.

Yo también.

Colgó. Lola se subió al taburete. Silencio, hervidor, libro. Miró su página señalada, preparándose para el club del miércoles. Y al otro lado del cristal, la nieve seguía cayendo, despacio.

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– No me has herido. Me has traicionado. Es distinto, – le dijo ella a su marido.
No te preocupes, señora. La niña es prematura, pero está fuerte. Todo saldrá bien. Con tu hija y con…