No te preocupes, señora. La niña es prematura, pero está fuerte. Todo saldrá bien. Con tu hija y con…

13 de octubre de 2025

Querido diario,

Hoy vuelvo a pensar en la historia de mi sobrina, Zoraida, la niña prematura que llegó al mundo como un puñal de incertidumbre. No te asustes, todo acaba bien, tanto con la pequeña como con su madre, mi cuñada, y con la abuela, Doña Bárbara.

Todo comenzó hace seis meses, cuando la vecina curiosa, Doña Inés, entró a la casa de Doña Bárbara a tomar un té con mermelada de manzana. Sin querer, soltó la frase: «¿Cuándo esperas al engendro? ¿Ya vas a comprar pañales?». Doña Bárbara, desconcertada, respondió: «¿De qué hablas?». Inés, con su lengua afilada, replicó que la criada Clotilde, que había trabajado en la granja la semana pasada, había sido vista corriendo del establo con la boca cubierta por un delantal. Doña Bárbara intentó defenderse diciendo que tal vez la niña había comido algo raro, pero Inés la ridiculizó, diciendo que ella nunca había sufrido dolores de parto y que no entendía nada.

Esa tarde, Doña Bárbara interrogó a la enfermera Clara, y luego lloró desconsolada, maldiciendo a la hija que no había nacido, al hijo ilegítimo de un hombre de sol, y a todo el clan masculino que la rodeaba. La llegada de la diminuta y ronca Zoraida no trajo alegría, solo problemas, resentimiento y una vergonzosa sensación de culpa. Clara, sin mucho cariño, le tomaba el brazo cuando la alimentaba o cuando lloraba, pero nada más. Doña Bárbara la miraba con indiferencia, sin ofrecerle amor. Era la cuarta nieta que llegaba, y ya no había mucho que celebrar. La hija de la propia madre también había tenido pocos logros. Así, Zoraida nació en un mundo donde el amor no la buscaba, y sus pequeños pies tambaleantes se arrastraban sin apoyo.

Al año siguiente, Clara se mudó al poblado industrial de Alhama de Granada en busca de una vida mejor. Zoraida quedó al cuidado de Doña Bárbara, quien pese a no ser su madre biológica, la trató como a una nieta. La niña no pedía cuidados especiales; comía lo que le daban, dormía a su hora, y no enfermaba. La doctora confirmó que Zoraida era robusta, aunque, como todos, seguía sin ser querida.

Zoraida vivió con su abuela hasta los siete años. Mientras tanto, Clara aprendió el oficio de pintora, se casó con Carlos y tuvo a su hijo, Koldo. Fue entonces cuando recordó a Zoraida, ahora una adolescente que podría ayudar en casa. Viajó al pueblo para recogerla, pero Zoraida, que solo veía a su madre dos veces al año, no mostró gran entusiasmo. Clara la reprendió: «¡Zoraida, pareces una extraña! La otra niña se habría puesto contenta, se habría acercado, y tú estás allí como una desconocida». Al despedirla, Doña Bárbara derramó alguna que otra lágrima, pero pocos días después dos nuevas nietas, Lucía y Óscar, llegaron del hijo mayor. La abuela, ocupada con sus cuidados, dejó atrás a Zoraida, que ya no era la niña más odiada, sino simplemente una más.

En el poblado, Zoraida no halló mucho consuelo, pero no tuvo opción. Con el tiempo hizo amistades, empezó la escuela, hacía los deberes, corría al mercado por pan y leche, y pelaba patatas para su madre. Cuando creció, acompañaba a Koldo al guardería y, imitando a su madre, decía a los chicos mayores: «Cuidado con tus pasos, que yo también tengo mis límites». Nunca escuchó palabras de amor de su hermano, y Zoraida, sin esperarlas, aceptó su condición de no amada. Apenas notaba la falta, pues nunca supo que pudiera ser de otra manera.

Sin embargo, escuchaba a sus amigas llamarse cariñosamente «cariña», y su madre referirse a Koldo como «mi sol» o «mi gatito». Zoraida, antes llamada Zinnia, creía que nunca podría ser el sol de nadie; ella era la sombra.

En casa la trataban sin crueldad, aunque tampoco con dulzura. No le quitaban el pan, ni la regañaban por un trozo, pero tampoco le consentían con golosinas o ropa nueva. Era una niña sin privilegios, pero tampoco una mendiga.

A los quince años Zoraida abandonó la casa fría y ajena, y, después de ocho años, ingresó en el instituto técnico de Alcoy para estudiar pastelería. Soñaba con comer pasteles hasta reventar. En el residencia compartía habitación con tres chicas más, y pronto conoció a Javier, un joven de mirada profunda que, pese a ser noviembre gris, le hacía sentir el sol en la piel. Las compañeras se reunían en la sala roja para ver la tele, y él le susurraba: «Eres mi amada», y Zoraida, acostumbrada al desdén, se fundía de felicidad.

Al poco tiempo la náusea le volvió a aparecer cada mañana. No acudió al médico a tiempo y, a los dieciocho, tuvo que presentar justificantes para casarse con Javier en el Registro Civil. Así empezó su vida matrimonial, y al mismo tiempo se apagó su breve amor juvenil. La pareja se mudó a la casa del padre de Javier. La madre y la abuela de él no la recibieron con cariño, pero la aceptaron como nuera.

Una amiga del pueblo le dijo: «Qué suerte tienes, vivirás en la ciudad». Zoraida no refutó; la vida en el barrio de viviendas sociales era modesta: el agua se sacaba de una bomba al final de la calle, el calefón chirriaba y el inodoro crujía. Sin embargo, aceptó la rutina, y un día, mientras llevaba al bebé a cuestas, el agua fría del cubo le heló los pies. Así, entre risas y lágrimas, vio nacer a su hijo.

Javier, al principio, la trató con cierta gentileza, pero pronto se cansó, se juntó con sus amigos y la abandonó. La suegra la regañó, pero Zoraida, habituada al rechazo, empaquetó sus pocas cosas y cerró la puerta tras de sí. Se mudó a la residencia de la fábrica, donde la cantina estaba a la vuelta de la puerta y el club social a pocos pasos. Allí la vida le sonreía: trabajaba, iba al cine, compartía con las compañeras. Apenas visitaba a su madre, su padrastro y su hermano; nadie la esperaba con ansias.

Doña Bárbara falleció cuando Zoraida cumplió veintiún años. Asistió al funeral, recorrió los viejos caminos y vio la casa que la abuela dejó a sus nietas queridas, Lucía y Óscar. Zoraida no guardó rencor; esas niñas eran la manzana de la vida de su abuela, mientras ella se sentía como una rama seca.

Al no reclamar herencia, los descendientes de Doña Bárbara se pelearon por los pocos quinientos euros que quedaban. La madre de Zoraida, Clara, lloró y maldijo que la abuela no había dejado cuchara para su hijo, aunque él también era nieto. Zoraida, sin embargo, aceptó que no le correspondía nada de eso.

Intentó varias veces formar una familia, pero los hombres con los que salió eran o bebedores o agresores. No hubo boda, y ni siquiera quiso volver a los registros civiles. Después de tres intentos fallidos, decidió no buscar más pareja.

Una día, la tía Asunción, que trabajaba limpiando suelos en la fábrica, le propuso a Zoraida que se casara con su sobrino, Matías, un hombre sencillo que solo bebía en fiestas. Zoraida aceptó y, tras pintar la habitación de primavera, compró cortinas de flores y ropa de colores para la pequeña Aurora, la hija de Matías. Aurora pronto empezó a balbucear y a llamar a Zoraida «mamá».

Matías era un marido amable, pagaba su sueldo, nunca la insultó y, aunque no le decía palabras dulces, le mostró su cariño con hechos. Tres años después, mientras Aurora abrazaba a Zoraida con diente de león en la mano, susurró: «Mamá, te quiero más que a todo». Ese primer «te quiero» rompió el muro que llevaba dentro.

Un año después nació Iker. Matías se levantaba de madrugada para cambiar pañales, colgar ropa y ayudar con la cochecita. La fábrica les concedió un amplio piso con luz natural. La familia creció, los nietos llegaron y, en la casa de campo, Zoraida preparaba mermeladas mientras los niños jugaban.

«Abuela, te quiero», gritaba Olga.
«Yo también te quiero, querida», respondía Denis.
«Abue, te quiero», murmuraba la pequeña Martina.
El abuelo, Matías, concluía: «Todos amamos a la abuela, aunque a veces lo guardemos tras una sonrisa».

Al borrar una lágrima que se había colado sin que me diera cuenta, comprendí que, aunque desde pequeña fui la niña no amada, el tiempo me devolvió el amor que nunca recibí. La vida me enseñó que el cariño no siempre llega al primer intento, pero que la paciencia y la entrega pueden transformar el destino.

Lección personal: no importa cuán fría haya sido la infancia; con constancia, humildad y apertura al futuro, uno puede construir su propio calor y, a su vez, ofrecerlo a los demás.

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No te preocupes, señora. La niña es prematura, pero está fuerte. Todo saldrá bien. Con tu hija y con…
Hay personas que irradian y transmiten desdicha… (como lo contaba mi abuela) Ay, deja que tu abuela te lo cuente… En este mundo hay gente que, sólo con aparecer, hacen que el aire pese. No porque den miedo… sino porque su energía es pesada. Y tras ellos, parece que dejan un rastro oscuro. No es superstición, ni un cuento. He vivido lo suficiente para ver lo mismo una y otra vez: después de cruzarte con ciertas personas, las cosas siempre van mal. Te los encuentras y, después: algo se rompe, algo se pierde, algo se estropea, empiezan discusiones, enfermedades, desdichas… Y te preguntas: “¿Pero qué me pasa, por qué siempre tengo tan mala suerte?” ¿Y sabes qué es lo más inquietante? Que muchas veces, sólo con pensar en cierta persona… lo ves claro. La intuición no engaña. El corazón siente cuando algo no es limpio. 1) La primera razón – la envidia y la maldad oculta Muchas veces es envidia, mi niña. Puede que te sonría. Puede que te hable con dulzura. Pero por dentro piensa: “¡Ojalá fracases! ¡Ojalá caigas!” Y eso, claro, no lo dice. Pero lo transmite. Y por fuerte que seas, sientes esa energía. ¿Y sabes qué pasa entonces? Todo en tu cabeza se confunde. Empiezas a ponerte nerviosa sin saber por qué. Te distraes. Cometes errores. Te tropiezas. Y luego dices: “Desde que hablé con esa persona, nada me sale bien…” Y así es: porque la envidia es como veneno, pero gotea en silencio. 2) La segunda razón – la persona arrastra un “programa negro” Hay otros… no son tan maliciosos de carácter. Pero siempre son infelices. Todo les pesa. Siempre quejan. Siempre se lamentan. Siempre la culpa es de otro. Y cuando se sientan a tu lado… es como si te chuparan la energía. Empiezan con: “Uf, no hay solución…” “Uf, irá a peor…” “Uf, la vida es sufrimiento…” Y sin darte cuenta, esa oscuridad entra en ti también. Mi abuela decía: “Aléjate del quejica, que te va a arrastrar con él.” No es magia, es energía. La emoción se contagia como una enfermedad. Antaño creían en el “Mal de ojo”, que se pega a este tipo de personas. Y luego – pueden pasártelo a ti, contándote todos sus males y cargándote. Y mi abuela repetía: “No escuches demasiadas penas ajenas. No las resolverás – te las llevarás contigo.” 3) La tercera razón – la persona es mala por dentro Y hay quienes simplemente… son malos. No por enfado. Sino almas que se alimentan de la maldad. Se alegran del fracaso ajeno. Manchan a todo el que triunfa. Hablan mal de todos. Y no hace falta que vayan contra ti – sólo con estar cerca de ese odio, te mancha. Hay un dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres.” Te lo digo sinceramente: si te acercas a una mala persona, si te rodeas de ella, le haces favores, le escuchas los chismes… en algún momento, su sombra caerá sobre ti. Y entonces llega el precio a pagar. No porque Dios castigue – sino porque la vida no soporta la suciedad cerca de la pureza. ¿Cómo saber si esa persona es señal o fuente? Aquí hay matices. A veces la persona no te trae el mal, sino que es como un aviso: “¡Cuidado!” Como el semáforo en rojo – no es culpable de que te atropellen, sino que te detiene para evitarlo. A veces, la vida te muestra a través de alguien: que no debes estar en ese sitio que no tienes que hacer ese trato que no debes confiar tus secretos que eres demasiado confiada Por eso, no hay que culpar enseguida. Hay que mirar con cabeza. ¿Qué hacer si tras alguien siempre te persigue la mala suerte? Te lo digo como lo dirían las abuelas – sencillo: ✅ 1) Fíjate en las señales Si después de cada conversación: te enfermas discutes en casa cometes errores llegan problemas …no es casualidad. ✅ 2) No te justifiques con “es incómodo” Muchos dicen: “Pero es familia…” “Es el vecino…” “Es el compañero de trabajo…” Escúchame: más incómodo es ver tu vida destruida. Tu paz vale más que los caprichos ajenos. ✅ 3) Cuida tus palabras A estas personas no se les cuentan cosas íntimas. No se les dicen planes. No se anticipan alegrías. Porque hay quienes, cuando oyen que te va bien – parece que les duele. ✅ 4) Límites, distancia, silencio No hace falta discutir. Ni dar explicaciones. Simplemente: menos trato, más cortedad, más frialdad. ✅ 5) Si puedes, ayuda… pero de lejos A veces la persona no es mala, sino está rota. Entonces puedes ayudar… pero sin sacrificarte. Mi abuela decía: “Primero sálvate tú, luego los demás.” Y lo más importante Si sientes que alguien te destruye – no te obligues a soportarlo. No tienes que demostrar tu bondad donde te pisan. No malgastes tu energía en quienes no te respetan. Si tu alma se encoge cerca de alguien – es que algo no va bien. Y recuerda esto, hija mía: El universo siempre nos habla, pero primero susurra. Luego comienza a gritar. Y si no lo escuchas a tiempo… te detendrá con lágrimas.