Entiendo, dijo Matilde, y se deslizó como una sombra hacia la cocina para agarrar el móvil. Tras enviar un mensaje a alguien, regresó flotando al salón. Desde entonces, Ricardo estaba aún más convencido de sus sospechas: pensaba que su mujer lo engañaba. Era extraño; ella le permitía salir con sus amigos y viajar por negocios sin dificultad alguna. No le reprochaba cuando volvía a casa con la cabeza nublada por el vino de Rioja. Sus amigos, reunidos en una terraza de Madrid, aseguraban sin dudar que mujeres así eran un tesoro insólito y que no había peligro oculto alguno. Pero Ricardo sentía el peso de las dudas y la culpa como un abrigo pesado.
Era ocho años mayor que Matilde. ¿Y si ella había encontrado a un hombre más joven que la enamorara? Quizás ya no le interesaba él. Por suerte, Ricardo era lo suficientemente prudente para reservar sus sospechas. Acusar sin pruebas sería un disparate total. Necesitaba la certeza absoluta. No pudo pensar en mejor solución que instalar cámaras por todo el piso, como si el apartamento en el centro de Salamanca fuera un escenario de teatro surrealista.
Ricardo partió en su viaje de negocios con el ánimo torcido. Incluso Matilde notó el aire sombrío y estuvo a punto de darle unas pastillas de valeriana. La preocupación de su mujer consiguió, por un instante, tranquilizarle. Pensó que tal vez todo estaba bien. No quería enfrentarse a los vídeos de vigilancia, y además, apenas tenía tiempo. Por la noche, Ricardo abría la aplicación, veía unos minutos de grabación y después apartaba el portátiltan lejos de su vista como del deseo de buscar respuestas.
La estancia fuera de casa pasó volando. El día del regreso, Ricardo vio salir a Matilde hacia el trabajo, luego encendió su portátil y se sumergió en las grabaciones, temiendo descubrir la verdad.
Abrió los archivos. Al principio, la rutina era familiar: Matilde despertando, desayunando pan con aceite de oliva, limpiando el domicilio. Luego, por la tarde, Ricardo la vio vestida de forma insólita, con pantalones cortos y una camiseta amplia de él, sentada delante del ordenador y jugando. Voces misteriosas de otros jugadores llegaban desde el más allá digital. Matilde resultó ser adicta a los juegos de azar online.
Esto no es bueno, claro, pero cada uno tiene sus costumbres, se intentó tranquilizar Ricardo. Repasó el resto de las grabaciones rápidamente. Nada nuevo surgía: el ordenador, tareas domésticas, rutinas. Lo más importante: ningún otro ser humano había cruzado el umbral durante su ausencia.
Ricardo cerró el portátil y suspiró. Ahora su único sentimiento era de culpa, por haber pensado así de su esposa. Decidió regalarle a Matilde un ramo enorme de rosas rojas y organizar una cena romántica con velas. Sin embargo, prefirió no quitar aún las cámaras. No sabía quePero Matilde, al volver esa noche y ver la mesa cubierta de rosas y el brillo nervioso en los ojos de Ricardo, se le acercó y le tomó las manos. ¿Sabes? susurró con dulzura. A veces, cuando te siento distante, juego para distraerme, y hablo con desconocidos porque imagino historias de gente que nunca conoceré. Pero tú eres el único personaje real en mi vida, el que no quiero perder.
Ricardo, al escucharla, se sintió absurdamente aliviado. Se dio cuenta de lo poco que había confiado y de lo mucho que había dejado crecer la duda. El ramo de rosas parecía pequeño frente al peso del perdón silencioso en aquella mirada que le dedicó Matilde. Por primera vez en meses, se atrevió a reír sin motivo. Las cámaras seguían ahí, pero en su pecho se instaló una certeza: la verdadera intimidad no necesita vigilancia, sino confianza.
Esa noche, entre risas y vino, Ricardo prometió buscar menos respuestas y disfrutar más de las preguntas que la vida les lanzaba juntos. Y mientras Matilde apagaba las últimas velas, él pensó, al fin, que el único tesoro insólito era la extraña paz de sentirse amado sin condiciones.







