Mi sobrino se quedó conmigo, y ellos se acordaron de él cuando ya había pasado bastante de las doce del mediodía.

Mi hermana, Celia, se casó hace cuatro años y ahora es madre de un niño de tres años llamado León, del que soy tía y madrina. Con veintitrés años, estudio en la Universidad Complutense de Madrid mientras trabajo en una librería escondida cerca del Retiro, lo que convierte los días libres en algo raro y valioso, como monedas antiguas que encuentras por casualidad en el bolsillo del abrigo. Mantener el equilibrio entre todo puede ser complicado; hago lo posible por encontrar tiempo para los amigos y la familia, como quien busca agua en mitad de un desierto de papeles y horarios. Por otro lado, mi hermana Celia, la madre del adorable León, está desempleada. Aun así, dedica mucho tiempo en salones de belleza, lo que me desconcierta, pues su marido, Félix, suele estar lejos por negocios durante largas temporadas, como un pez que cruza el océano y sólo vuelve por la marea.

Un día, Celia me llamó y me pidió ayuda porque tenía una cita en un salón y no podía recoger a León de la escuela infantil. Acepté, porque esa tarde me quedaba tiempo entre clase y clase y el sol parecía diluirse por encima de la Gran Vía. Una semana después, Félix regresó de sus viajes y me pidió nuevamente que cuidara a León; necesitaban estar solos, como si la casa flotara sobre nubes y sólo ellos dos pudieran aterrizar en ella. Accedí a quedarme con el pequeño hasta las ocho de la tarde. Sin embargo, cuando intenté contactarles para entregar el niño, ningún teléfono respondía y mis mensajes caían en un vacío que parecía el fondo de una piscina. León esperaba a sus padres con lágrimas que brillaban como cristales. Finalmente, volvieron pasadas las doce de la noche, alegres, después de una noche de fiesta por las calles de Madrid.

Pero aquel no fue el último giro de este sueño descabellado. Días después, volvieron a llamar. Esta vez querían celebrar el cumpleaños de la hermana de Félix. Me preguntaron si podía cuidar de León otra vez, pensando que no le interesaría asistir porque habría niños mayores en la fiesta. Dibujé una línea clara y les expliqué, con palabras que parecían un eco en una cueva, que aunque me alegraba por ellos, tenía mi propia vida y debía atender mis estudios y mi trabajo. Recordé a Celia que ella es madre y responsable de su hijo, y le sugerí llevar a León a la fiesta, donde otros niños podrían acompañarle en el juego. Celia recibió mis palabras como si fueran lluvia en plena feria, y se ofendió. Decidí buscar el apoyo de nuestra madre, que le repitió que se apoya demasiado en mí y no asume la responsabilidad de su propio hijo.

Celia sigue en casa, intentando cargarme sus deberes como si fueran piedras en mi mochila invisible. Sin embargo, mantengo mi postura: tengo mi propia vida y ella debe cuidar de León, porque en este sueño de plazas, relojes derretidos y calles que giran sobre sí mismas, cada uno debe cargar con su propio farol.

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Mi sobrino se quedó conmigo, y ellos se acordaron de él cuando ya había pasado bastante de las doce del mediodía.
La joven Liubov Proskurina permanecía ingresada en el hospital.