Los padres siempre tienen en mente a sus hijos; nunca dejan de preocuparse por ellos, aunque ya sean adultos. Recuerdo bien aquella historia de una madre española y sus tres hijas adultas.
La historia de la madre.
Isabel había criado a sus tres hijas en un pueblo de Castilla. Todas crecieron y acabaron llevando su propia vida lejos del hogar. La mayor, Clara, se había casado y vivía en París, junto a su familia. De vez en cuando, enviaba postales y fotos en Navidades. Isabel guardaba cada una de esas cartas con ternura y solía repasarlas en sus ratos de añoranza.
Hija, te echamos mucho de menos. ¿Tal vez podrías venir a visitarnos algún día? Nos gustaría poder conocer mejor a tus hijos y a tu esposo, le escribía Isabel a Clara con esperanza.
La hija del medio, Beatriz, estaba casada con un militar del Ejército de Tierra. No paraban mucho en ningún sitio, viajaban de ciudad en ciudad por los destinos del marido. Al menos, cada cierto tiempo traían a su pequeña hija de visita. El esposo de Isabel, Don Fernando, sentía un profundo respeto por su yerno militar. Beatriz ha elegido bien, solía decir.
La menor, Lucía, no había encontrado suerte en el amor. Se casó joven, tuvo un hijo, pero su marido la dejó poco después. Siguiendo el consejo materno, Lucía abandonó el pueblo para buscar una vida mejor en Madrid. Allí encontró trabajo como costurera en una fábrica, llevándose consigo a su hijo.
Un día, Isabel quiso ver a la pequeña de la casa. ¿Podrías apañarte sin mí una semana?, le preguntó a Don Fernando, Me gustaría visitar a Lucía, saber cómo le va. Él, aunque ya anciano y con dolencias, la acompaño hasta la estación y la despidió con un cálido Cuídate, mujer.
Isabel viajó durante horas en uno de aquellos lentos trenes de segunda clase de antaño. Llegó cansada, pero ilusionada de ver a su hija tras varios años de separación.
¡Mamá! ¿Por qué no avisaste que venías? Ahora mismo estoy en el trabajo y no podré ir a la estación hasta la tarde la reprendió Lucía, sorprendida por la inesperada visita.
Quería darte una sorpresa, hija. No importa, espero aquí hasta que puedas venir por mí respondió Isabel con una sonrisa resignada.
Solitaria, Isabel decidió al final buscar el camino hasta la casa por sí misma. Al llegar, la recibió en la puerta su nieto, Alejandro, ya adolescente y de porte serio, muy parecido a Fernando de joven.
¡Mi niño, cuánto has crecido! le dijo Isabel y lo abrazó.
Ya basta, abuela replicó Alejandro, apartándose un tanto incómodo. ¿Por qué no llegaste antes? He estado limpiando y poniendo la mesa para ti. Mamá salió antes del trabajo para hacer cocido y filetes de lomo.
Mientras cenaban, Lucía, sirviendo los platos con cocido madrileño, preguntó:
¿Comerás uno o dos filetes, mamá?
Isabel, hambrienta y agotada, hubiera engullido tres sin reparos, pero por pudor dijo: Ponlos ahí, hija. Ya veremos luego cuántos tomo.
La cena fue sobria: una fuente con cinco filetes y algo de pan. Para Isabel aquello confirmaba que no les sobraba el dinero y que debería ayudarles en lo posible. Sin embargo, nada más empezar la charla, Lucía le preguntó cuándo planeaba volver al pueblo. Isabel, herida en su orgullo, respondió: Si te molesto, me marcho mañana mismo.
El resto de la semana, Isabel estuvo muchas horas sola. Cada uno encerrado en su habitación. Alejandro se marchaba con amigos, Lucía salía al café con sus vecinas. A Isabel no le quedaba sino la compañía del viejo reloj de pie y los recuerdos.
Pronto comprendió que allí apenas la necesitaban. Una tarde, mientras preparaba su equipaje, escuchó a su nieto preguntarle a su madre: ¿Cuándo viene el tío? Tenemos que ir al partido.
Cuando se vaya la abuela respondió Lucía, pensando quizá que su madre no escuchaba.
Isabel, aún más apenada, recogió sus cosas en silencio y se marchó sin despedirse. De vuelta en su pueblo, Don Fernando, alegre de volver a verla, le abrió la puerta con los brazos abiertos.
Así aprendió Isabel como muchas madres en la vieja España que, por mucho amor y esmero que ponga una madre en sus hijos, los años corren y llega el momento en que los hijos dejan de necesitarte como antes, y el hogar queda, a veces, envuelto en el silencio y la memoria.







