Mi familia orbita en torno a mi padre, quien me crió, me cuidó y se convirtió en el pilar sólido sobre el que descanso. Después de mi nacimiento, mi madre se evaporó como el humo de una vela, y mi padre, temeroso de cualquier nueva herida, nunca quiso rehacer su vida. A veces la existencia pareció azotar a mi padre; yo sólo deseaba crecer rápido, poder sostenerlo como él me sostuvo y aliviar el peso que cargaba él como hombre cabal.
Por la precaria economía familiar, empecé a trabajar a los quince años. Escribía crónicas para los periódicos de Madrid, y tras tres años de tinta y papel, encontré un empleo mejor. Después de algunos años más, conseguí un puesto de oficina que me brindó independencia y me permitió mantenernos, a mi padre y a mí. Un día cualquiera, mi padre me llamó a una conversación solemne eso dijo, aunque la atmósfera en el sueño era espesa y ondulante. Me sentí inquieta, como si una corriente de aire helado atravesara el salón. Allí, en el rincón donde la lámpara proyectaba sombras ondulantes, aguardaba una mujer desconocida, que mi padre afirmó era mi madre.
Al verme, se desbordó en lágrimas, suplicando perdón y extendiendo sus brazos para abrazarme. Pero yo, llamada a la distancia por el eco surreal de mi propio sentir, no conseguía decidirme. Me deslicé suavemente fuera de su abrazo, y salí de la casa sin pronunciar palabra, dejando a los viejos entre sus recuerdos. Decidí que sería mi padre quien se enfrentara a esa escena, como él creyese mejor. Mi alma no podía perdonar a quien nos abandonó, a quien ni siquiera tuvo el gesto de felicitarme en mi cumpleaños tras tantos años, como si el tiempo se hubiera vuelto líquido y arrastrado toda bondad entre sus corrientes.







