Un sueño envuelto en azul

Un sueño en envoltorio azul

María Eugenia se apoyaba en la ventana de la cocina, con la lista de la compra arrugada entre los dedos, observando cómo los copos de nieve caían lentamente sobre las calles de Salamanca. Gruesos, suaves, se posaban en el alféizar formando una capa inmaculada, y el espectáculo la reconfortaba. Ese diciembre parecía sacado de su infancia, cuando los inviernos eran de verdad, de esos de bufanda, guantes de lana y tardes de timba familiar junto a la estufa de butano.

Maru, ¿te has quedado en Babia? la voz de Alfonso sonó desde el salón, donde él rebuscaba cajas de adornos de Navidad. Mira, ¡he encontrado aquel Papá Noel viejito! ¿Te acuerdas? El que compramos en El Rastro, en el 93.

Lo veo, lo veo respondió ella, sin darse la vuelta, su tono suave, casi nostálgico. Alfons, nos hemos quedado sin leche, y ya no queda pan decente. ¿Te das una vuelta hasta el Día?

¿Ahora? se quejó él, en ese tono aniñado que tanto la irritaba como le enternecía . Ya son casi las siete y hace un frío que pela Yo pensaba que íbamos a poner las luces juntos.

María Eugenia se giró. Alfonso estaba sentado entre bolas, hilos dorados, espumillones enredados por doquier. Tenía el pelo gris despeinado, las gafas torcidas y, en las manos, la figura desvaída de Papá Noel. El brillo y la autenticidad de su alegría hicieron a María sentir una punzada de culpa.

Ya voy yo, no te preocupes Pero monta al menos el árbol, ¿vale? Que ya estamos a veintinueve. Pasado mañana vendrá la familia y esto aún parece el almacén del Corte Inglés.

Vale, vale ¡Eh, Maru! Hoy he visto un anuncio en el bus. Un móvil nuevo, NieblaPhone se llama Alucinarías con la cámara: dicen que hace fotos de noche como si fueran de día. Y la memoria ¡trescientos doce gigas! Caben todas las fotos de los críos y más.

María Eugenia se quedó quieta un instante, a medio poner la chaqueta.

¿Trescientos doce? ¿Y cuánto cuesta el dichoso aparato?

Bueno pues Alfonso se rascó la cabeza. Unos ochocientos cincuenta euros, más o menos. Pero es que vaya pepino

Ochocientos cincuenta María Eugenia murmuró despacio. Alfons, si tu móvil es del año pasado Va de lujo.

Va, sí. Solo era por comentar. Me pareció curioso

Se abrochó la cremallera de su abrigo hasta arriba y cogió un gorro de lana.

Cosas curiosas hay mil, pero no podemos comprarlas todas dijo, en voz baja.

No he dicho que haya que comprarlo replicó Alfonso, levantando finalmente la mirada, con un resquemor infantil en los ojos. Solo lo contaba. ¿Ya ni soñar puedo?

Soñar, sí Pero nuestras prioridades son distintas. Yo sueño con un sofá nuevo para la espalda, o ayudarles a los nietos con las extraescolares Y tú, con tecnología.

Alfonso se volvió hacia las cajas.

Anda, vete ya. Yo aquí me apañaré.

María Eugenia lo observó un instante más, recogió el carro y salió, un suspiro silencioso evaporándose en el aire helado.

Bajo sus botas el hielo crujía, y ese estrépito glacial la hacía sentir más ligera. Caminaba despacio, evitando los charcos traicioneros de la acera. Llegar al supermercado no era lejos, si acaso tres manzanas, pero la oscuridad y el cansancio alargaban el trayecto.

Había pasado el día enredada en los preparativos: limpió cristal tras cristal aunque Alfonso dijera que nadie les miraba, planchó el mantel bueno, cortó embutido y patés para probar, y remató la lista de la compra: tres kilos de lomo para asar, patatas, zanahorias, remolachas, dos docenas de huevos, mayonesa, chorizo, guisantes, pepinillos, quesos, bacalao, manzanas, clementinas

En el supermercado, la marabunta. Carros chocando, colas desordenadas, familias peleándose por las bandejas de turrón. María Eugenia cogió su cesta, organizando todo de forma metódica, repasando cada artículo en su lista. Al llegar al mostrador de los embutidos se encontró con Encarnación, la vecina del sexto.

¡Maru! ¿Tú también haciendo el sprint final?

Ahí vamos Todo a última hora, como siempre. ¿Y tú qué? ¿Ya tienes el menú?

Casi todo, pero los ensaladillas para mañana. Y madre mía, ¡qué precios! El salpicón en la charcutería casi a dieciocho el kilo Antes ni llegaba a diez.

En fin, la inflación María Eugenia suspiró . Yo prefiero hacerlo en casa, sale mejor.

Mujer previsora asintió Encarnación, resignada . Yo este año paso, lo pido todo hecho. La salud es lo primero. ¿Vienen tus hijos?

Sí. Carolina, Javier y los niños. Y vendrán los amigos de Alfonso, Mariano y Teresa.

Buena tropa, entonces. ¿Alfonso ayuda?

María Eugenia tardó en responder, pero lo hizo con sinceridad.

A su manera, ayuda.

Encarna la miró con complicidad y nada más añadió. Se despidieron, y la cesta de María Eugenia pesaba cada vez más, tanto por los víveres como por los pensamientos. Calculó rápido la suma mental, frunció el ceño. La Navidad siempre hacía estragos en el monedero, pero ¿cómo negarse? Las fiestas, los hijos, los pequeños esperando magia Recordó el capricho del móvil de Alfonso. Ochocientos cincuenta euros. Madre de Dios, ¡cuántas cosas podrían hacer con ese dinero!

Se detuvo ante los chocolates. Cogió la tableta de frambuesas y almendras que siempre tenía ganas de probar. Miró el precio. Suspiró y la dejó en su sitio. Cogió la de chocolate con leche, la más barata.

La cola de la caja fue eterna. Cuando el datáfono mostró la suma final, los dedos de María Eugenia se crisparon. Sin chistar, pagó, y arrastró las bolsas a la salida.

El regreso fue todavía más agotador. El asa de las bolsas le cortaba los dedos, la nieve azotaba la cara, metiéndose por el cuello. A mitad de camino, se sentó en un banco. Depositó las compras al lado, recuperó el aliento. Notó el dolor en la espalda, el tirón que sólo sentía desde los sesenta.

Allí, bajo el cielo de Castilla cubierto de blancos copos, miró hacia los ventanales iluminados de su portal. Seguro que Alfonso ya había terminado el árbol, estaría en el salón con un café, jugueteando con su móvil perfectamente válido. La imagen fugaz de él abriendo jubilosamente el NieblaPhone la invadió: una mezcla de ternura y desazón.

Treinta y seis años. Se conocieron en una fábrica de piezas de automoción. Ella en administración, él ingeniero. Para María, Alfonso era casi un príncipe: alto, rizos rebeldes, ojos soñadores. Le recitaba a Machado, la llevaba a conciertos, flores los viernes Luego, una niña, la vida real: pañales, noches sin dormir, apretarse el cinturón. Él seguía soñando, ella hacía girar la casa. Jamás se quejó: en su papel encontró cierta dignidad. Pero algunos días, bajo la nieve y las bolsas, contemplaba a su marido y se preguntaba: ¿y tus sueños me incluyen alguna vez?

¡Maru! ¡Que te va a dar una cistitis ahí parada! ¿Quieres ayuda? Alfonso asomado al balcón, la voz con eco de barrio.

¡Ya voy! Rodó los ojos y cargó de nuevo con las bolsas.

Al entrar, el cálido olor a pino le acogió. El árbol relucía en el rincón, aún desnudo de adornos. Las luces, perfectamente liadas.

Muy bien, Alfonso le felicitó mientras se quitaba las botas. ¿Y las bolas?

Quería ponerlas contigo tomó las bolsas con parsimonia y las llevó a la cocina. ¿Te preparo un té?

Porfa. Colocó el abrigo a secar y añadió: Oye, ¿ya te han pagado la paga extra?

Se detuvo al llenar el hervidor.

El martes murmuró sin girarse. ¿Por qué?

Nada, pensaba que podríamos reservar algo. Para el sofá, o los cumpleaños de los niños…

Por supuesto. De hecho, ya guardé la mitad en un sobre; está en lo alto del armario.

¿La mitad? ¿Y cuánto era la mitad?

Ochocientos euros por fin se volvió, una sombra en los ojos . He guardado cuatrocientos. El resto lo quemamos estas fiestas.

María Eugenia asintió. Cuatrocientos para Navidad, cuatrocientos para reservas. Bien pensado. Rechazó el recuerdo del supermóvil de ochocientos y pico euros.

La noche fue tranquila, casi entrañable. Juntos colgaron bolas, Alfonso terminando por fin de desenredar las luces. El salón se llenó de chisporroteos de colores. María Eugenia, sentada en el sofá, se permitía saborear un instante de paz. Alfonso, remedando equilibrio, intentaba fijar la estrella.

Te queda torcida advirtió ella, con media sonrisa.

Bah, desde aquí ni se nota.

Pero haz el favor de girarla un poquito a la izquierda

No empieces replicó cansado . Llevo una hora con esta dichosa estrella

María Eugenia se mordió la lengua, conteniendo otro reproche. Alfonso bajó del taburete, evaluó el resultado.

Ha quedado estupendo, ¿verdad, Maru?

Sí. Está precioso.

Él se sentó a su lado, le rodeó los hombros. Permanecieron en silencio, viendo parpadear las luces. Fuera, el manto blanco saludaba al año nuevo, la ciudad se preparaba para la fiesta: por un instante, todo parecía correcto. María Eugenia se apoyó en su pecho, cerró los ojos. Tal vez exigía demasiado. Quizá, simplemente, debía valorar lo que tenía: hogar, la familia, el calor del cariño.

Maru susurró él, bajito. Estaba pensando los regalos este año, ¿los dejamos en simbólico? Algo pequeñito.

María Eugenia entreabrió los ojos.

Ya te compré a ti algo dijo, con cautela. Creo que te gustará.

¿Me lo has comprado ya? ¡Pero si pensé que íbamos a no gastar!

Tú lo has decidido ahora mismo. ¿Cómo va a haber Nochevieja sin regalos?

Bueno, sí pero aún no fui Mañana mismo salgo a buscar algo.

Mañana es día treinta le recordó. Va a estar hasta arriba.

Llego a tiempo, no te preocupes.

Ella recogió las tazas, llevándolas a la cocina. Alfonso se quedó mirando el árbol, María escuchó, resignada, el runrún de sus pensamientos. Sabía que al final él olvidaría el asunto, o que improvisaría con una caja de bombones comprada en la gasolinera. Como todos los años.

¿Por qué le dolía tanto? Ya no por el objeto en sí, sino porque a veces fantaseaba con que Alfonso se acordara realmente de lo que a ella le encantaba: un detalle pequeño, el perfume de siempre, una novela bien escogida Porque no era cuestión de dinero, sino de atención. María Eugenia se vio reflejada en el ventanal: la piel arrugada en los pómulos, cabellos grises que se negaba a teñir. ¿Cuándo se había convertido en esa mujer cansada de mirada ausente?

¿Cuánto vas a estar? inquirió Alfonso, asomándose por la puerta. ¿Dormimos? Mañana tenemos faena

Enseguida respondió María, apagando la luz.

El día treinta empezó antes del alba. Sólo el rumor lejano de coches rompía el silencio. Alfonso dormía de lado, roncando levemente. Ella se levantó, se colocó la bata y fue directa a la cocina.

Hoy terminaría los últimos platos, asaría el lomo, dejaría la mesa puesta. Por la tarde llegarían Carolina, Javier y los nietos Claudia y Samuel. Nada temía ni anhelaba más. Samuel, que ya tenía nueve años, se había vuelto introspectivo y no soltaba la pasarela de la tablet; Claudia, con siete, desbordaba capricho e inapetencia. Carolina se quejaba de la falta de tiempo, pero María creía que el trabajo los absorbía demasiado.

Puso a hervir el agua para el té, peló la remolacha y preparó la ensalada de bacalao y naranja, la favorita de Alfonso. Los movimientos los hacía casi con los ojos cerrados.

Él apareció cerca de las nueve, desgreñado y con marcas de la almohada.

Buenos días la besó en la cabeza. ¿Cómo es que estás ya liada?

Termino antes, descanso antes respondió, cortando patatas. Siéntate, te hago una tostada

No hace falta rebatió, untando mantequilla en pan del día anterior. Un café solo.

Alfonso se sentó, absorto en el móvil. María le observó de reojo y continuó.

Al cabo de un rato, preguntó sin mirarle:

¿Irás hoy por el regalo?

¿Eh? Sí, claro, después de comer.

No te olvides, Alfonso.

Que no, que no

No insistió. Ya sabía que, o lo dejaba para el final, o volvería con cualquier nimiedad. Pero discutir hoy le resultaba imposible. Mejor callar.

El día voló entre bandejas de canapés, ensalada campera, asados y llamadas de última hora preguntando si faltaba algo. Alfonso desaparecía y volvía, asegurando que ya salía en cuanto terminara el capítulo de la serie.

¡Alfonso! ¡Faltan dos horas para que lleguen! avisó.

Salió finalmente de casa, casi a regañadientes, y María se quedó sola ante la batalla final: ordenar la cocina, colocar la vajilla buena, repasar los regalos para los nietos. Y guardó el suyo para Alfonso, metido en una caja azul y elegante.

Se sentó exhausta un instante. Recordó las vueltas que dio por el centro para comprarle un buen abrigo, que resistiera los inviernos charros. Treinta y cinco euros costó el modelo Cierzo, acolchado, con forro y bolsillos amplios. Lo dudó, pero pensó: Alfonso se lo ha ganado, qué menos que vaya abrigado.

Quería verle sonreír sinceramente al abrirlo. Y, en su fuero interno, deseaba un poco de esa atención para sí. No bombones apresurados, algo auténtico.

Alfonso regresó hora y media después, con una bolsita minúscula. María Eugenia supo al instante que había sido una compra exprés.

Toma, esto es para ti. Espero que te guste.

Abrió el paquete. Una caja de colonia baratucha y chillona.

Gracias dijo, con voz tan llana como le permitieron sus emociones. Muy bonito.

¿Sí? Pues la dependienta dijo que era muy moderna

Muy moderna, sí dejó la caja sobre el aparador. Alfonso, ¿te acuerdas de qué perfume uso desde hace veinte años?

Se quedó callado.

Pues ¿el del frasquito aquel de marca? ¿El francés?

No uso perfume le atajó. Ya sabes que tengo alergia.

Silencio. Alfonso se ruborizó visiblemente.

Perdona Se me ha ido el santo al cielo. Voy mañana y lo cambio

Déjalo. Da igual.

Maru, anda, perdóname intentó acercarse, pero ella elevó la mano.

No pasa nada. Prepárate para la cena: Carolina y los niños llegan en una hora.

Él se retiró cabizbajo. María Eugenia se quedó a solas con la caja brillante: el regalo no le dolía por el objeto, sino porque ni se había parado a pensar en ella.

Se guardó las lágrimas, guardó la colonia en el armarito y fue a poner la mesa.

A las siete sonó el telefonillo. Gritos, abrigos sobre el suelo, carreras de niños.

¡Abuelaaa! Claudia entró en estampida. ¡¿Dónde está el árbol?!

En el salón, cielo. ¿Quieres ver lo grande que es este año?

Samuel vino detrás, sin despegar la mirada de su tablet. Carolina se encogió de hombros.

Samuel, deja la tablet. Estamos con los abuelos.

Déjale intervino Alfonso. ¡Carolina, Javier! Pasad, pasad.

Las rutinas de cada año: Javier traía jamón y una botella de cava, Carolina el postre de chocolate, los niños revoloteaban, Alfonso ponía cubiertos. María en la cocina, Carolina ayudando.

Mamá, déjame ayudarte. Tú ya has hecho demasiado por hoy.

Esto es el pan nuestro de cada año sonrió María.

Ya me gustaría a mí tu energía. No llego nunca a todo.

¿Curráis mucho? preguntó, preparando ensalada.

Hasta las tantas. Javier duplicó el turno; yo, con el nuevo proyecto. Los críos van a su aire Samuel está rarísimo.

¿Has probado a hablar? Quizá en el cole ha pasado algo

Siempre dice que todo bien. Se encierra en esos aparatitos y no hay quien le saque dos palabras.

Antes de que pudiera contestar, llamaron de nuevo. Era Mariano y Teresa. Las horas volaron: mesa repleta de manjares, historias, anécdotas, risas. Los críos encantados, las fotos sin parar.

A las once llegó la esperada entrega de regalos. Los nietos chillaron con sus juegos nuevos; Carolina y Javier obsequiaron a los abuelos con una cena en una bodega; Mariano y Teresa, una vajilla preciosa.

Ahora proclamó Alfonso, con solemnidad y una chispa de travesura ¡los regalos entre nosotros!

María sacó la caja azul y se la entregó a Alfonso.

Feliz año, cariño.

Él la abrió, sorprendidísimo; acarició el abrigo como si fuese de oro.

Pero ¡esto es un lujo!

Para que no pases frío esperando el bus. Pruébatelo

Alfonso, emocionado, no verbalizaba; se lo puso y Carolina le aplaudió.

Papá, te queda genial. ¡Mamá tiene un ojo!

Gracias, Maru la abrazó torpemente. No me lo esperaba, de verdad

A ver si puedo estar a la altura buscó bajo el árbol y, en un gesto grandilocuente, le tendió un paquete plateado enorme con copos azules. Venga, abre.

María Eugenia lo tomó, intrigada. Muy ligero. Al desplegar el papel, el corazón se le cayó a los pies: la caja de un NieblaPhone. La etiqueta, inconfundible: ochocientos setenta y cinco euros.

Alfonso susurró, incrédula.

Te lo regalo para que llenes el cacharro de fotos de los niños, ya verás Va fenomenal, la cámara es lo más

Abrió la caja. Allí estaba el móvil, reluciente. Un objeto magnífico e innecesario. Su móvil funcionaba. No necesitaba memoria, ni cámara ni ese gasto.

¿De dónde has sacado el dinero?

De la extra Ya te lo dije, puse una parte para esto

Pero María Eugenia lo vio en la mirada evasiva, el nerviosismo, la sonrisilla sobreactuada: era mentira. La paga extra no llegaba ni para la mitad. ¿Había tirado de la cuenta común? ¿De algún préstamo?

¡Vaya! aplaudió Teresa. ¡Eso es un regalazo!

Sí, muy bonito musitó María.

Tenía la voz atascada por la certeza amarga: Alfonso lo había comprado para sí mismo. Era su capricho. Y, al ver el abrigo, sintió culpa. Se lo regalaba a ella, para no tener que explicar nada.

Pidió permiso para ir al baño y allí se refugió con la caja en la mano, sentada, fría. Estaba decepcionada, furiosa. Pero sobre todo, cansada. Entre ellos dos solo quedaba hábito y pactos. Alfonso soñaba solo para sí. Y cuando la realidad le apuraba fingía regalarle el sueño a ella.

Cuando regresó, la fiesta ya estaba en declive. Los nietos, exultantes, jugaban con la tablet nueva. Nadie, excepto quizá Carolina, notó algo raro en ella. Brindaron. Comieron. Rieron. Alfonso, atento, la seguía con la mirada llena de miedo.

Cuando los invitados se marcharon y la casa por fin quedó en silencio, ella se apoyó contra la puerta, exhalando el peso de toda la noche.

En el salón, Alfonso trasteaba con el NieblaPhone. El suyo. Jugaba, iluminado por la luz azul de la pantalla, como un niño.

¿Lo estás configurando? preguntó, desde la puerta.

Él dio un respingo, bajó el móvil de inmediato.

Nada, sólo miraba cómo funciona Que esté todo bien para ti.

Ya Alfonso, ven, ayúdame a recoger.

Se pusieron a limpiar en silencio, como autómatas. Cuando ya guardaban los últimos platos, él rompió el hielo.

Gracias por el abrigo. De verdad, me ha hecho ilusión.

De nada.

Espero que el móvil te guste.

María Eugenia se quedó petrificada.

Alfonso, ¿lo compraste para ti?

Silencio. Él bajó los hombros.

¿Cómo lo sabes?

No importa ella dejó la esponja en la pila. Lo sé, y eso basta.

Perdóname, Maru Yo lo deseaba, y fui guardando poco a poco Y cuando me diste el abrigo me sentí fatal. Pensé: si me lo ves, te enfadarás Y lo envolví como si te lo hubiera comprado a ti.

Ella ahogó una risa sarcástica.

Me endosas tu sueño, y esperas que yo lo celebre

No era eso quería hacerte feliz

¿Feliz? Ni sabes lo que me haría feliz. No es tener el último gadget. Es que, después de treinta y seis años, recuerdes que tengo alergia a los perfumes. Que me preguntes qué me apetece de verdad.

Alfonso parecía un crío perdido.

Nunca he sabido acertar Soy un desastre casi sollozaba. Pero te quiero aunque parezca que no sé demostrarlo.

Ella lo miró, el corazón desgarrado. Quería gritarle que se acabaron los lo siento, los detalles de rebote. Pero lo vio: miedo, desamparo, una honestidad desmañada.

Déjalo, susurró. Me voy a dormir.

En la cama, el sueño tardó en llegar. Él, en la otra orilla del colchón, también resistía despierto.

Maru ¿estás dormida?

No.

No quería herirte. Soy torpe. Siempre.

Sí, torpe admitió ella. Yo tampoco soy perfecta.

Siempre fuiste más fuerte más lista Y, aun así yo te quiero, Maru.

En la penumbra, sus perfiles envejecidos se acariciaron con la mirada.

¿Cuándo fue la última vez que tuviste un detalle que fuera realmente por mí?

Él lo pensó, casi temblando.

No me acuerdo.

Eso decía yo. Hemos cambiado los gestos sinceros por cosas útiles, por salir del paso. Te regalo el abrigo porque lo necesitas; tú, el móvil que tú querías Son objetos, no son regalos.

¿Y entonces cómo se hacen los regalos de verdad?

Ella dudó, luego contestó:

Desde el corazón. Desde la memoria y la atención.

Nunca supe Pero quiero aprender. Si me ayudas.

María sintió que un hilo de ternura la envolvía. Sí, él nunca aprendió, pero lo intentaba como buenamente podía.

Lo aprenderemos dijo finalmente.

Él la abrazó torpe, y le permitió quedarse así, respirando despacio, juntos como tantas noches.

A la mañana siguiente, despertó sola en la cama. Desde la cocina llegaba el tintinear de tazas y olor a café. Alfonso freía huevos, el pan ya cortado, los platos listos. Se giró tímidamente.

Pensé que te vendría bien descansar. Hoy desayuno lo hago yo.

Gracias María se sentó, cálida por dentro. No por la comida, sino porque él, al fin, había hecho el esfuerzo.

Se comieron el desayuno callados, pero no pesaba el silencio. Alfonso retiró la loza sin que se lo pidieran. María fue al salón. Sobre la mesa, el móvil. Lo miró un rato. Un objeto bonito, y sin embargo ajeno.

Entró Alfonso, con los ojos humildes de niño grande.

¿Y si probamos? Lo usas tú. Si no te convence, lo cambio por algo que sí quieras ¿Trato?

Ella asintió.

Y tú prométeme que, si te apetece algo así otra vez, lo consultes conmigo. ¿Hecho?

Hecho suspiró aliviado Alfonso.

Cogió el móvil con venia infantil, ya sonriente. Se sentó en el sofá y se perdió en las opciones del menú.

María Eugenia le observaba. Han pasado treinta y seis años, tan distintos y tan iguales. Él, inconstante y sosegado; ella, constante y exigente. Vivieron de pactos y rutinas, pero debajo aún latía un rescoldo de amor.

Se acercó a la ventana con su té. Las calles blancas, niños con trineos, la vida seguía. Pensó que, hace mucho, se regalaban detalles de verdad. Flores de la Plaza Mayor, rosquillas un jueves sorprendente, caminatas de la mano por el Tormes. ¿Cuándo lo dejaron?

¡Maru, ven! ¡Mira qué fotos saca esto!

María Eugenia se acercó. Alfonso, iluminado, le enseñaba la foto del árbol. Los colores vibrantes.

Preciosa.

¿Verdad? Yo quiero aprender vídeo también. Para los peques No olvides que sus cumpleaños vienen enseguida.

Sí ella se sentó a su lado.

Lo miró, y la ternura la desbordó. Con sus defectos, sus manías era su compañero de toda la vida. Su familia.

Alfonssusurró. Te quiero.

Él paró, esbozó una sonrisa.

Y yo a ti, Maru.

Se miraron, sin distancia por fin. Solo ellos, imperfectos, juntos.

Seguía nevando en Salamanca. El invierno sería largo, como siempre. Pero en su piso de extrarradio, había calor. Un árbol centelleante, restos de tortilla y canapés, dos personas que seguían intentándolo.

María miró por la ventana, mientras la vida despertaba. La felicidad absoluta no existe, pensó. Sólo instantes: una taza de té, una foto, un abrazo a tiempo.

Alfonso, ¿me haces una foto en la ventana?

Él sonrió, móvil en mano.

Pero si eres guapísima…

Ella sonrió. Se colocó; Alfonso disparó.

La imagen apareció en pantalla: el reflejo de una vida, arrugas y luz, dignidad y cansancio pero ella, entera.

Qué bonita… marcó Alfonso.

Le abrazó. María se dejó.

¿Echa otra juntos?

Les retrató la cámara: dos siluetas ante el ventanal, el árbol de fondo, la Castilla nevada desperezándose tras el año nuevo.

¿Volverían a regalarse ilusión, en lugar de cosas útiles? Quizá un día. O tal vez la dicha verdadera era esto: compartir el desayuno, no necesitar explicaciones, sentarse juntos a ver cómo cae la nieve.

¿Nos quedamos hoy en casa? ¿Nada de prisas, sólo estar?

Claro que sí aceptó Alfonso.

Se arrellanaron bajo la manta, con el té, el último pedazo de turrón y una peli vieja. No hacía falta hablar.

Fuera, la nieve se detenía y el crepúsculo teñía de rosa la Salamanca fría. Mañana la rutina volvería, pero hoy, solo hoy, se permitían la quietud del que sabe que, sin ser perfecta, su vida tenía sentido.

Y mientras los astros titilaban sobre los tejados, María Eugenia cerró los ojos y se dejó querer. Eso le bastaba.

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Un sueño envuelto en azul
— ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué entramos en casa ajena?