En vez de a mí, eligieron a ella

Papá, ¿de verdad crees que esto es justo? Llevo doce años en la empresa. Doce. Alba apenas lleva aquí tres años.

Marta, hija, no es una cuestión de justicia. Es una cuestión de quién encaja mejor como directora en estos tiempos.

¿Y quién encaja mejor? Ni siquiera sabe leer un informe trimestral.

Pero sabe hablar con la gente. Los socios la adoran, los clientes la buscan. Tiene ese don para caer bien, ¿entiendes? Eso es algo que no todos tienen.

Me quedé en mitad del despacho de mi padre, observándole. Tomás Sánchez Gálvez seguía sentado en aquel sillón que compró hace veinte años en El Corte Inglés, del que nunca quiso desprenderse a pesar de que la empresa ya podría costearle un despacho entero. Me miraba con esa calma suya, casi con ternura, como quien procura no darle importancia al disgusto ajeno.

Papá, ¿te acuerdas del acuerdo que cerré con Ibérica Constructora hace tres meses? Un año entero sin querer tratar con nosotros, seis rondas de negociación y fueron veintidós millones de euros que entraron. Alba estaba en Mallorca en esas fechas.

Marta

El año pasado rehíce toda la logística, porque nos estábamos dejando miles de euros en cada envío. Conseguí tres nuevos proveedores y recorrí las rutas. Solo en seis meses ahorramos, ¿lo recuerdas? Ocho millones.

Marta, escúchame

La crisis con el suministrador de Valladolid, el año pasado. Fueron días sin dormir pero salvé los tres mayores contratos. Alba estaba haciendo un reportaje para Instagram.

Marta su voz fue más baja, lo que más dolía. Eres brillante en lo tuyo. Nadie lo discute. Pero no sabes ser la cara visible de la empresa. Eres exigente, Marta. Impones. Te temen, pero no te quieren. El negocio ahora son relaciones, confianza, simpatía. Alba sabe moverse ahí. Tú, no. Es así.

Guardé silencio.

Entonces, ¿no valen nada doce años de trabajo?

Sí valen. Seguirás aquí. Apoyarás a Alba. Sabes de sobra que sin ti

No, papá. No lo entiendo.

Salí cerrando la puerta suavemente. No la golpeé. Salí y ya está.

Tenía treinta y cinco años y acababa de escuchar de boca de mi padre que mis doce años valían menos que las sonrisas de Alba en las fiestas de la empresa.

Son historias de la vida cotidiana; no hace falta inventarlas. Ocurren en familias reales, en oficinas reales, por eso duelen tanto.

El pasillo de Sánchez Obras era tan familiar para mí como la última grieta del azulejo. Había supervisado la reforma, tenía veintitrés años y acababa de salir de la Universidad Autónoma de Madrid. Controlaba todo mientras mi padre estaba enfermo, y mi madre le llevaba caldo de pollo a casa. Yo ya entonces hacía de todo.

Cuando llegué a mi mesa, cerré la puerta, me senté y miré por la ventana. Madrid, noviembre, el cielo gris y los tejados mojados. Apoyé las manos sobre la mesa y permanecí así un rato.

Después encendí el portátil y seguí trabajando.

Porque tenía un proyecto. Uno del que nadie sabía nada.

Las reglas en los Sánchez eran firmes, aunque nunca habladas. Alba, la pequeña, la favorita. Guapa, ligera, risueña. Sabía entrar provocando miradas y risas, de esas que contagian y ayudan a relajar el ambiente. Yo sabía verlo. No le tenía envidia, al menos lo intentaba, pero era un trabajo interno diario.

Mi madre, Carmen Navarro, hablaba de mí diciendo: “Marta es lista, formal”. Era un cumplido, salvo por ese matiz en la voz que decía: lista y formal, pero no como Alba.

Si Alba sacaba un sobresaliente en el colegio, mi madre llamaba a media familia. Cuando yo me gradué con matrícula, soltó: “Bien hecho, lo esperábamos”. Recuerdo esos dos tonos, los aprendí de memoria.

Mi padre valoraba el resultado. Me felicitaba por logros tangibles, por resolver problemas. Pero incluso en la alabanza parecía hablar de una herramienta valiosa. Un martillo que cumple y funciona. Y el martillo está bien.

Alba no era una herramienta. Era un adorno; y el adorno tiene otro valor.

Alba entró en la empresa hace tres años. Antes había sido modelo (poco), había probado eventos, un blog de cocina. Todo breve. Después mi padre le ofreció dirigir marketing y comunicacion. Alba aceptó sin dudar.

Y lo cierto es que era hábil diseñando, proponiendo imagen, conectando con periodistas y preparando el stand de Sánchez Obras en ferias para que nadie se olvidara de la empresa. Era buena dejando huella.

Pero para que tras esa huella hubiese algo real, hacía falta trabajo, cifras, contratos, estrategia diaria Eso lo hacía yo.

Nunca lo hablamos. Simplemente sucedía: Alba llevaba los folletos, yo estudiaba los números, anticipaba objeciones y cerraba contratos. Alba abría puertas; yo las aseguraba.

Pensé durante años que complementarnos era lo lógico. Un equilibrio de roles, la historia de éxito empresarial en familia. Pero tras la conversación de noviembre con mi padre, algo cambió.

Aquella tarde fui en metro a casa. Podía pagarme taxi, pero necesitaba ruido y anonimato para pensar. Así se pensaba mejor.

Pensaba en mi proyecto.

Tres meses llevaba con una idea estratégica que podía revolucionar nuestra posición. Sánchez Obras se dedicaba a materiales de construcción y los dos últimos años habían sido duros: el mercado cambiaba, los grandes ahogaban y los márgenes caían. Mi padre preveía optimismo, sin mover la brújula.

Yo veía otra cosa: que nuestro valor oculto era la red de confianza con contratistas medianos de toda España, olvidados por los grandes proveedores. Si montábamos una red con ellos, podíamos ocupar un nicho inexplorado.

Lo trabajé por las noches, hasta la una: tablas, mapas, modelos financieros, estructura legal, un plan escalonado. Trabajo de verdad.

No lo conté a nadie. Intuía, quién sabe por qué, que si hablaba, algo harían mal, o mi padre diría: buena idea, mejor que la presente Alba, que se le da mejor. Y tenía razón.

En casa me esperaba Gato, Colorín, naranja, viejo, impasible. Calenté la sopa y Colorín se sentó cerca, con esa mirada de quien entiende todo pero calla.

No seré directora, han nombrado a Alba le dije.

Colorín parpadeó.

Eso pienso yo también.

Terminé de cenar, lavé y abrí el portátil.

Quedaba lo más importante: un modelo financiero a tres años con escenarios, la parte jurídica de los acuerdos. Trabajé hasta las dos y desperté a las seis pensando en la optimización fiscal.

Así era mi vida. Destino de mujer, supongo, aunque nunca le puse ese nombre. Trabajo, casa, Gato Colorín, portátil.

Tuve hombres, pero nada duradero. No porque me considerase fea o sosa. Era atractiva, con sentido del humor, aunque casi nadie se daba cuenta porque no solía mostrarlo. Las relaciones requieren tiempo, algo que nunca supe encontrar.

Luis Morales apareció justo cuando empecé el proyecto. Inversor, venía a la empresa como asesor de mi padre. Callado, agudo, de los que piensan antes de hablar. Eso me gustaba.

Una tarde nos quedamos a solas tras una negociación. Le expliqué una cláusula, escuchó y preguntó bien, como quien de verdad piensa.

¿Cuánto llevas aquí? me preguntó.

Doce años.

Eso es muchísimo. Tendrás la empresa en la cabeza mejor que nadie.

Puede aunque no a muchos les importa.

Me miró, asintió. Y ese gesto lo recuerdo.

Cuando se supo lo de Alba, todo cambió. Sesenta personas en plantilla y los secretos no existen. Algunos la felicitaron no sé si sinceramente. Otros me miraban con compasión.

Rosa López, la contable, toda la vida en la empresa, vino a verme:

Marta, esto no es justo. Que lo sepas.

Gracias, Rosa.

No sé qué harás. Pero sé que sabes lo que haces.

Le sonreí de verdad.

Alba vino ese mismo día, después de comer. Estrenaba chaqueta beis, ligera, elegante; siempre vestía para ser recordada.

Marta, quería hablar contigo dijo, sentándose enfrente.

Dime.

Sabes que esto es decisión de papá. Yo yo no lo pedí. Fue él.

Lo sé.

Quiero que sigamos trabajando codo con codo. Sin ti no podré con muchas cosas. Te necesito de verdad.

La miré. Alba era sincera, y justo ahí estaba el problema: nunca pensaba en lo que había tras su sinceridad, que su necesito tu ayuda era igual que llamarme herramienta. Como un buen martillo.

Alba, ¿alguna vez has pensado por qué te quieren tanto los clientes?

No sé porque conecto con ellos.

¿Y por qué firman los contratos?

Alba titubeó.

Bueno, porque trabajamos juntas.

Sí, justo eso.

Alba no entendió del todo, se fue y yo abrí el portátil de nuevo.

Diciembre en Madrid siempre pasa deprisa, entre prisas y luces. Yo seguí trabajando, de día en las ocupaciones de siempre, de noche en mi proyecto. La única diferencia era el nombre en la puerta: adjunta a dirección general de desarrollo en vez de directora de operaciones. Nada más.

Luis llamó a finales de diciembre.

Buenas tardes, Marta. ¿Molesto?

No, tranquilo.

He oído lo de tu hermana. Querría verte. Hay algo de lo que quiero hablar.

Quedamos en una cafetería cerca de la oficina, El Nube. Olía siempre a canela y café. Llegué antes, pedí un café con leche. Fuera nevaba de verdad.

Luis llegó puntual, pidió un café solo, se sentó.

¿Cómo vas?

Trabajando.

Dicen que Alba es la directora general.

Sí.

¿Y tú qué piensas de eso?

Le miré. Hablaba sin rodeos, era de agradecer.

Pensé que me rompería y no. Me ha liberado. Un poco. Si quieres te lo cuento después.

Quiero escucharlo.

Luis, ¿para qué me has llamado?

Bebió y se inclinó.

Llevo meses mirando la empresa, no solo como asesor de tu padre. Creo que vais en mala dirección. Tenéis potencial sin aprovechar. No entiendo por qué, porque la persona que lo ve sí está allí.

Me miró.

Te refieres a mí dije.

A ti.

Me quedé callada. Fuera la nieve cubría los coches.

Luis, tengo un proyecto. Llevo tres meses. Está casi completo.

Cuéntame dijo.

Le conté lo esencial. Escuchó, haciendo preguntas exactas donde correspondía. Tres horas estuvimos allí. Paró de nevar, luego volvió.

Al terminar, Luis meditó.

Es una idea potentísima. Y puedes implementarla fuera de Sánchez Obras.

Suspiré antes de contestar. Esperaba esas palabras.

Lo he pensado

¿Y?

No estoy lista. Espero el momento.

¿Cuál?

Lo verás, pronto.

En enero, Alba entró con una noticia. Venía radiante, como en su infancia cuando ganaba un concurso.

¡Marta! Tengo reunión con inversores de Capital Horizonte. Es una oportunidad enorme.

Enhorabuena. ¿Cuándo es?

En tres semanas, en febrero. Marta, necesitamos una presentación gorda, estratégica, que convenza, con datos, planes. ¿Puedes hacerlo?

La miré. Algo frío y lúcido se asentó dentro de mí.

Lo pensaré.

Se fue contenta. Cerré la puerta y apoyé la espalda.

Ya estaba. Era ese momento.

Abrí el portátil y llamé a Luis.

La reunión es en tres semanas. Sé lo que tengo que hacer.

En las siguientes tres semanas trabajé como nunca. Pulí el proyecto: tres escenarios, análisis minuciosos, gráficos claros y honestos. Estructura legal, dos regiones piloto, contactos de proveedores listos. Presentación de cuarenta y dos diapositivas, cada una con argumentos.

De noches, pensaba si hacía lo correcto; en el padre, en mi madre, en Alba. Pensaba si lo entenderían. Recordaba el despacho de mi padre y sus palabras: Eres dura, Marta. Te temen, pero no te quieren. Aquello me dio fuerza.

Llamé a Luis una semana antes de la presentación.

Necesito que estés presente, por si hace falta testigo de los hechos.

Allí estaré.

¿Sabes que puede acabar feo?

Lo sé.

¿Y aún así?

He visto cómo trabajas estos años. Sé quién sostiene la empresa. Allí estaré.

Dos días antes, Alba vino con su portátil.

Enséñame la presentación. Tengo que repasarla bien.

Le pasé la memoria USB.

Está todo ahí. Pero son muchos detalles, Alba. ¿Seguro que vas a exponer tú todo?

Por supuesto, soy la directora. Lo tengo que controlar.

Asentí.

Se fue.

Le escribí a Luis: Pasado mañana, a las diez. Estate allí.

La sala de juntas de Sánchez Obras era amplia, con vistas a la M-30. A mi padre le gustaba presumir de ese ventanal.

Vinieron los tres inversores de Capital Horizonte: un señor mayor, un joven analista y una mujer de mediana edad con mirada atenta. Mi padre les recibió. Luis entró como asesor externo; su presencia estaba prevista.

Alba entró en su mejor versión, sonriente y segura. Yo detrás, en silencio.

Mi padre la presentó como directora general. Alba dio la mano a todos y comenzó.

Los primeros slides, impecables: mercado, posicionamiento, números recientes. Hablaba con soltura.

Empezó la estrategia.

Escuché mis propias frases, mi hilo, mi trabajo. Alba lo exponía bien. Pero entonces el inversor mayor levantó la mano.

Aquí habla usted de red regional de socios. ¿Por qué un 40% de margen al inicio? Esa cifra es muy concreta.

Alba sonrió.

Es por un análisis de mercado

¿Qué análisis? ¿Fuentes? ¿Qué regiones valoraron primero?

Un segundo de pausa. Lo sentí físicamente.

Bueno, analizamos algunas regiones

¿Cuáles? insistió el inversor.

Alba miró al portátil, luego al slide, luego al inversor.

Alba dijo mi padre bajito.

Entonces me levanté.

No fue un gesto brusco. Me puse de pie y dije con voz serena:

Señor Ruiz, ¿le puedo responder?

El inversor me miró curioso. El analista levantó la cabeza.

El 40% de margen inicial viene de analizar a doce proveedores regionales de los últimos cinco años. Revisé sus números, estacionalidad, costes. Ese umbral nos permite mejorar sus condiciones frente a los grandes sin perder rentabilidad. Los pilotos son Castilla-La Mancha y Andalucía; justificación en las diapositivas 36 y 37 de la presentación.

Hubo silencio.

¿Y usted quién es?

Marta Sánchez Navarro, adjunta a la dirección de desarrollo y autora del proyecto.

El inversor miró a Alba, luego a mí.

La autora. Entendido. Entonces continúe usted, por favor.

Mi padre, rígido. Alba, cabizbaja.

Seguí hablando. Cuarenta minutos, todas las preguntas sin titubeos. Hablaba de memoria: vivía ese proyecto desde hacía meses. La inversora sonrió breve y supe que significaba mucho.

Al irse los inversores a descansar, Alba salió rápido. Mi padre vino hacia mí.

¿Qué ha sido esto? me preguntó, más cansado que enfadado.

La verdad, papá. Sólo la verdad.

¿Sabes lo que acabas de hacer ante los inversores?

Sé lo que he hecho durante estos meses.

Me miró. Y luego evitó mi mirada.

Luis vino mientras mi padre caminaba hacia la ventana.

¿Cómo estás?

Bien, Luis. Hace años que no estaba tan bien.

Al día siguiente redacté mi carta de dimisión.

Era una mañana tranquila, un nuevo día de nieve en Madrid. Con Colorín dormitando en el sofá, redacté el texto, lo imprimí y me fui al despacho.

Mi padre estaba en su oficina.

Papá, vengo a traerte mi carta de dimisión.

La leyó, la dejó a un lado.

Marta, hablemos. No lo hagas en caliente.

Estoy muy tranquila. Llevo meses pensándolo.

¿A dónde vas a ir?

A lo mío, papá. Y lo digo literalmente.

¿Y el proyecto? Ruiz llamó ayer, están interesados. Si te vas

El proyecto es mío. Fechas, archivos, material, todo creado en mi tiempo personal y equipo personal. Consulté con un abogado.

Permaneció callado. Supe que al fin entendía, no con la cabeza, sino con otra parte más honda.

Siempre te adelantabas a todo admitió. Eso que yo llamaba dureza.

Sí, papá.

Dejé la llave y salí del despacho.

Rosa me esperaba en el pasillo.

¿Te vas?

Sí.

Ya lo suponía. Me abrazó, olía a sus habituales colonias. Es lo que debes hacer. Adelante, Marta.

Mi madre llamó esa noche.

¿Qué ha pasado? Papá dice que te has ido. ¿Te vas de verdad? ¿A dónde?

Voy a montar algo propio, mamá.

Pero eso es arriesgado. ¿Y la empresa familiar? Has estado ahí tanto

Sí, mamá. Mucho tiempo.

Silencio.

¿Es por Alba? ¿Te dolió?

Mire por la ventana: Madrid negra, con estrellas dispersas.

No es por Alba. Es por mí. Tengo treinta y cinco años y quiero ser dueña de mi trabajo.

Tu padre dice que te llevas un proyecto. Eso no queda bien, Marta. Somos familia

Mamá mi voz fue firme. Es mi proyecto. Lo hice en casa, de noche, en mi portátil, con mi mente. Es lo normal.

¿Sabes cómo estamos nosotros? Alba está fatal

Lo lamento. Pero nada cambia.

Silencio lento.

Siempre fuiste así. Firme.

Sí, mamá.

La nueva empresa se llamó Puente. El nombre era sinceramente descriptivo: construir puentes entre fabricantes y contratistas regionales invisibles. Sin artificio ni brillo, sólo certeza.

Luis se convirtió en socio e inversor. Cogimos una oficina pequeña en Lavapiés. Éramos cinco: tres excompañeros, que me escribieron apenas una semana después de irme. Nadie les buscó; vinieron solos.

En abril, Ruiz, el inversor de Capital Horizonte, se sentó en mi nueva oficina.

Su padre nos ofreció el mismo proyecto sin usted.

Lo sé.

Rechazamos. Motivos obvios.

Ya.

¿El plan se ejecuta aquí?

Aquí.

Estamos listos para negociar.

Tardé en sonreír. Aprendí a no apresurar la alegría.

Le enviaré los materiales actualizados antes del viernes.

Sánchez Obras, tras mi marcha, comenzó a marchitarse. Lento, como una casa sin vigas maestras. No fue un derrumbe súbito sino un desgaste progresivo. Desde fuera se veía; dentro, parecía transitorio.

Alba ponía empeño, contrataba expertos, intentaba negociar. Pero negociar no sólo es sonreír y parecer simpática, sino conocer el contrato y saber dónde apretar. Eso no se aprende en meses.

Tuvimos tres bajas de socios importantes en verano. Uno me contó, a través de conocidos, que se lo había dicho directamente a mi padre: Confiábamos en Marta. Sin ella, no nos interesa.

A mi padre le llamé en julio. Estaba en Valencia, cerrando el primer contrato piloto, cuando vibró el móvil.

Marta, necesito verte.

Dime, papá.

No por teléfono. ¿Vienes el domingo?

Fui. La casa familiar en la sierra seguía igual: cuidada, llena de flores, con el huerto de mi madre. Agosto, calor, los rosales espléndidos.

Mi madre me abrazó en el porche, en silencio. Sacó el té.

Alba no vino. A veces eso significa más de lo que parece.

Mi padre salió, algo envejecido, me pareció.

Gracias por venir.

Tú has llamado.

Nos sentamos en la terraza. Mamá se fue al huerto.

Marta, quería decirte algo. He estado equivocado. En noviembre, y antes también.

Cogí la taza.

Siempre vi cómo trabajabas. Pensé que era evidente, que eres fuerte y podías con todo. Alba es distinta, le cuesta más.

Papá, Alba es adulta.

Sí. Tarde lo entendí.

Le miré. Pensaba que aquello me daría una sensación de triunfo o liberación. Pero no, era otra cosa, tranquila. Como estar ante un árbol que ya no crecerá.

Te escucho, papá.

¿Y tu negocio?

Bien. Mejor de lo que imaginé.

Me alegro. De verdad.

No te guardo rencor. Quiero que lo sepas.

¿No?

Hubo. Ya no. Encontré otra cosa.

Mi madre nos llamó a comer. Cocina sencilla y fresca. Hablamos de trivialidades: jardín, tiempo, que por fin arreglaron la carretera del pueblo. Observé la cocina, las cortinas de mamá de toda la vida, y sentí algo muy complejo. Ni rencor ni perdón. Algo para lo que no tenía palabra.

Era como un suspiro lento, al fin posible.

Luego mamá me llevó a ver las rosas. Llevaba toda mi vida cultivándolas y siempre eran distintas.

Preciosas.

Este año han brotado mejor. Mi madre cortó una rama. ¿Estás sola en el trabajo?

No. Somos cinco.

¿Y Luis, el socio?

Sí.

Me miró de lado.

¿Solo socio?

Sonreí.

Mamá

Ya sabes. Demasiado tiempo sola, Marta. No es bueno.

No estoy sola. Estoy con gente que me respeta. Antes no lo valoraba.

Asintió y volvió a sus flores.

En septiembre Puente firmó el primer acuerdo relevante con una red regional en Castilla-La Mancha. No era un contrato gigante, pero sí la prueba viva de la idea nacida en tantas noches de noviembre frente al portátil.

Lo celebramos con tarta y cava en la oficina. Dima, ex analista, brindó:

Por Marta Sánchez, que lo ideó y tuvo valor.

Levanté la copa. Fuera, Madrid en septiembre, dorado y fresco.

Luis se quedó a fregar tazas tras irse todos. Mientras retiraba la mesa, me dijo:

Marta

¿Qué pasa?

¿No crees que después de trabajar juntos tanto deberíamos tomar café alguna vez sólo por gusto?

Le miré la espalda.

Lo creo.

Se giró.

¿Mañana por la noche?

Mañana.

Colorín me recibió en casa como siempre, con su aire sabio. Me puse cómoda, preparé té. Observé mi piso, pequeño, acogedor tan yo en cada detalle.

Me senté en el sofá con Gato Colorín en el regazo. Empezó a ronronear.

No pensaba en mis padres ni en Alba. Pensaba en la reunión de mañana en Sevilla, en el nuevo socio, en comprarme botas para el invierno, porque las antiguas ya no aguantaban. Pensaba en cómo Luis rara vez sonreía, pero cuando lo hacía era de verdad.

Pensamientos sencillos y buenos.

Las historias reales no acaban en discursos melodramáticos. Terminan en tardes cotidianas, con el gato, una taza de té y la certeza de que el día siguiente lo he construido yo.

En octubre Alba llamó. Sin avisar, contesté porque así tocaba.

Marta, hola.

Hola.

Silencio.

Quería llamarte antes. No sabía cómo.

No pasa nada. ¿Qué tal?

Mal, la verdad. Su voz sonaba insegura, poco común en ella. Sé que lo de la presentación estuve fatal. No entendía lo que hacía hasta que sucedió y tú hablaste.

Guardé silencio.

Marta, cogí tu trabajo y lo mostré como mío.

Lo sé.

¿Sabes lo que fue?

Sí.

Papá me dijo que presentara. Me asusté y pensé que, siendo familia, se entendería.

Pero no es así, Alba.

Lo sé lo sé. Noté en ella un desamparo nuevo.

Estuve callada. Colorín mascaba aire.

¿Cómo va la empresa? pregunté.

Difícil. Perdimos dos clientes más esta semana. Papá está mal.

Lo siento.

Marta, ¿no conocerás a algún buen consultor en negociación? Pagado, claro ¿Podrías recomendarme alguien?

Cerré los ojos.

Lo pensaré y te diré.

Gracias, Marta.

Alba hice una pausa. Aprende a leer el informe trimestral. Es menos difícil de lo que crees. Habla con Rosa. Si se lo pides bien, te lo explicará.

¿Tú crees?

Seguro. Ella quiere que la empresa sobreviva.

Vale susurró Alba. Lo intentaré.

Nos despedimos. Miré por la ventana: noviembre otra vez, cielo gris, los primeros copos. ¿El círculo se cerraba? No lo sabía. La vida continuaba, algo hacia delante, algo de lado, y la gente hacía lo que podía, a veces aprendía cosas nuevas, a veces no.

A la mañana siguiente, fui a la oficina antes que nadie. Puse la cafetera, abrí el portátil, revisé el día: llamada con Sevilla, retoques de contrato, reunión a las tres, café con Luis por la noche.

Abrí el primer documento y empecé a trabajar.

A la hora llegaron Dima, luego Lucía, luego los otros. Voces, llamadas y olor a café de la máquina que habíamos comprado todos juntos.

Un día cualquiera. Mi día. El día era mío.

A las tres, entre reuniones, Luis me escribió: Esta noche, a las ocho y media. Encontré un sitio bueno.

Le contesté: Perfecto. Espero.

Después, pensando, añadí: Gracias.

Respondió pronto: ¿Por qué?

Miré la pantalla, solté el móvil y sonreí. Escribí: Ya te lo diré.

Al irme, Lucía preguntó en la puerta:

¿Estás contenta con cómo va todo?

Cerré el portátil, cogí el abrigo.

¿Sabes, Lucía? Sí. Lo estoy.

Me alegro.

Muchísimo dije yo.

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En vez de a mí, eligieron a ella
Nada personal, solo trastos