Cucarachas

Cucarachas

Las cucarachas en la cabeza de Lucía bailaban una jota. De las movidas, de esas que animan la fiesta.

Movían las patitas al ritmo de dos palmadas, tres zapateados, mientras en la cabeza de Lucía la música sonaba cada vez más alta.

Eso sí, sus cucarachas solían ser educadas. Discretas, finas y de buena raza. Esa última característica no les faltaba. Lucía llevaba años criando selectivamente a sus bichitos mentales con esmero y salero. De nacimiento, venía justita de imaginación.

La abuela siempre le decía a Lucía que las cucarachas en la cabeza eran cosa buena. Que si uno las tenía, era porque era una persona fuera de lo común, con chispa, vaya. Y esa gente, ni se aburre en la vida ni deja aburrir a los de alrededor. Que la vida diaria ya tenía poca marcha de por sí.

Y lo de marcha tampoco era invención de Lucía. Es que su abuela era de lo más moderna. Se soltaba unos palabros ¡y todo a sus ochenta y pico años! Nada de jubilarse: activa a más no poder.

En realidad, Lucía llamaba abuela a quien realmente era su bisabuela, pero a quién le interesan los detalles, si la abuela hacía años que no estaba y la bis la había sustituido con matrícula de honor. Así son las cosas. Los bis- son puro papel mojado.

A la abue la quería con locura. Porque nadie estaba más cerca. A la madre ni la contamos.

Su madre ¡eso ya era otra cosa! Inteligente, guapa y, para colmo, directora. No de cualquier sitio, sino de un colegio. No del de Lucía (por suerte), y eso gracias otra vez a la abuela. Fue ella quien insistió que la hija fuera a otra escuela.

¿Para qué va a liarse la niña con tus problemas?

¿Qué problemas?

¡Al revés! En tu cole será solo tu hija. En otro, una cría más. ¡Déjala vivir! No le fastidies la reputación, que luego la necesitará, ya verás. Perderla es fácil, ganarla ya cuesta más… ¡Ay, que te lo tengo que contar yo, con la edad que tienes!

La abuela y su madre siempre se hablaban sin rodeos. Directas como flechas. Lo consideraban lo más sensato. ¿La verdad? Lucía nunca llegaba a saberlo con certeza, pero los resultados no fallaban. Desde que su madre cumplió cinco años cuando la madre de ésta, la verdadera hija de la bisabuela, faltó la bisabuela fue quien la crió. Lo que ocurrió con la madre no se habló hasta mucho después. Ni abuela ni madre querían recordar.

Fue una tontería, Lucía. Un accidente. Un carámbano Una dejadez, no limpiar el tejado a tiempo. Y esa broma costó una vida. Por suerte, solo una. Tu madre iba al lado, pero fue tu tía Manuela quien la empujó y la salvó. Si no…

Abue, ¿y los accidentes le pasan a cualquiera?

¿Que si te miento?

¡No quiero que me mientas!

Le puede pasar a cualquiera, Lucía. A ti, a mí, al Papa de Roma. Pero no es motivo para vivir con miedo.

¿Y para qué es motivo, entonces?

Para vivir, hija. Para exprimir cada minuto como si fuera el último. Dale al mundo y a ti misma algo especial, ¡mejor aún, algo único! Sin esperar nada a cambio y haciendo el mundo algo mejor, más justo, más bonito. Más claro, Lucía, que de oscuridad ya va sobrado el mundo.

Eso de vivir a tope es muy bonito de decir pero difícil de hacer, abuela.

¡Me encanta que te des cuenta! Señal de que tus cucarachas son listas y van creciendo.

¡Pero qué dices! ¡Menudo asco de bichos, abue!

A Lucía no le gustaban nada los insectos. Bueno, mariposas y abejas, pase. Hasta eran bonitas. Pero las cucarachas le daban un repelús tremendo.

¡Aaaah, abuela! ¡Una cucaracha!

No la mates, mujer, ¡igual tiene familia! decía la abuela, mientras la cazaba de un zapatazo y lanzaba una mirada de depredadora. ¿Has visto alguna más?

No… Pero acabas de decir que tenía hijos…

¡Ajá! Ahora a ver dónde los esconde.

Y ahí comenzaba la limpieza general. Lucía ya sabía que si aparecía una, el resto no sobreviviría.

Con los años, entendió que en realidad la abuela la protegía. Sabía que gritar se le daba mejor que actuar; para cuando ella reaccionaba, la cucaracha ya tenía bisnietos.

Ese rasgo de Lucía era conocido por todo el mundo desde la abuela hasta los entrenadores de gimnasia.

Esa niña no es de reacción rápida. Tiene cuerpo, es muy flexible, pero piensa despacio y eso puede ser peligroso. Mejor que pruebe otra actividad.

Ya lo pensaré respondía la abuela antes de apuntarla a ajedrez.

Y el club era ideal. Nadie la metía prisa. Podía pensar hasta cansarse, y encima la aplaudían por ello. Era el paraíso. Lucía se quedó años.

La abuela se ponía tan orgullosa de sus triunfos que paseaba las copas por el barrio en plan exhibicionista.

¡Lucía, hija, eres mi estrella!

Abuela, no me asustes.

¿Por qué?

Recuerdo cuando le decías a mamá que los estrellados no ven la felicidad jamás. ¡Así que yo estrella, poco, poco!

No me entiendes. Déjame explicarte, que para eso soy tu abuela.

Y la abuela explicaba todo, siempre y muy en detalle. Menos mal, porque a la madre de Lucía, algunas explicaciones no le entusiasmaban.

Pero abuela, ¿qué le has contado hoy a Lucía? ¡Me ha preguntado qué es eso de venir preñada sin papeles! ¿Para qué sabe eso una cría de trece años?

Pues porque sí. Ahora los niños son muy adelantados. Si supieras lo que se cuece en su clase Unas novelas y unos amores dignos de telenovela, y eso que yo me he casado tres veces y ni idea de la mitad de las cosas. Mírala, qué callada

Lucía no me ha contado nada así

Pues pregúntale. Así somos los Martínez Por fuera, muy formales, pero dentro tenemos cucarachas danzando el can-can. ¡Conoce a tu hija, mujer!

Pero, ¿qué hago con su inteligencia? Pregunta unas cosas rarísimas ¿Cómo hablo con ella?

Igual que hablé yo contigo. ¿Recuerdas?

Nunca me ocultaste nada.

Claro. ¡Porque los palos de la vida duelen más si llegan sin avisar! Prefiero explicarle yo lo que hay, a que baile por la vida pisando rastrojos. Y mira tú, tan informada y aún así, me saliste Lucía a los 19 y sin padre. ¿Qué le vamos a hacer?

¡Abue!

Nada, mujer, lo entiendo todo. Vivan los errores. Lo malo es que sigas sola. Eso me preocupa. Joven, lista, guapa ¡Y nada de vida amorosa, Isabel!

Abuela, no empieces.

Tranquila, solo te digo que no te encierres por un fallo.

¡Mi Lucía no es un error!

No he dicho eso; hablo de tu me enamoré como una burra. ¿Te acuerdas cómo te busqué cuando huiste de casa?

Sí… y cuando me encontraste, no dijiste ni pío. Me trajiste tu empanada, y asunto olvidado. Abuela, te quiero mucho

Lo sé, cariño. Déjame ahora que eduque yo a la nieta.

Prometido…

Al final, la madre de Lucía volvió a ser feliz. Lucía tenía ya 16 años. Durante casi un año, Isabel salía con su nuevo amor, pero no se atrevía a contarlo.

Lucía la descubrió por casualidad en una cafetería, cogida de la mano de un señor desconocido y con una sonrisa distinta, especial. Su madre pareció otra, rejuvenecida. Por primera vez, Lucía entendió que su madre, en el fondo, seguía viva y podía rehacer su vida.

Abuela, ¿lo sabías?

Que tu madre se ha enamorado, sí, lo sospechaba.

No quiero estorbarle

Pues no estorbes. ¿Cuál es el problema?

Y si él la hace sufrir

La abuela de Lucía, que en ese momento estaba preparando croquetas en la cocina, se limpió las manos en el delantal y abrazó a la nieta.

¿Quién se lo va a permitir? Nuestra Isabel no está sola.

Lucía no replicó. Sabía que la abuela, que ahora parecía pura ternura y harina, había sido inspectora de policía y no del montón. Dos asesinos en serie acabaron detrás de las rejas a su cuenta. Con esos contactos y tablas, seguro que ya tenía fichado al novio nuevo de su hija. Si no había aparecido su famoso ceño arrugado, señal de alarma, todo iba sobre ruedas.

Al final, no le quedó más remedio que ceder el puesto. Andrés Fernández (que así se llamaba el caballero), apareció pronto en casa, y no de visita informal, sino en plan formal y romántico. Lucía, con más resignación que entusiasmo, dio el visto bueno. No se podía negar que a su lado la madre era otra. Más viva, más feliz.

Lucía tardó en digerir la nueva familia. Disimulaba, pero fatal. Tras el nacimiento de su hermano pequeño, la madre resplandecía y Lucía se desahogaba con la abuela.

¡Pues vaya educación que te dimos, hija! se enfadaba la abuela, fingiendo mucha seriedad.

Abue, ¿qué te pasa ahora?

Qué decepción Pensé que eras más madura, pero veo que actuaste por egoísmo. No haberte mudado con tu madre Valoré el gesto, creí que querías dejar paso a los novios. Pensaba que ya eras adulta. ¡Pero mira! Me equivoqué

¡No es eso! Es que…

¿Te fastidia compartirla con otro niño? ¿Te das cuenta? Ya no estás sola. Ni yo, ni tu madre somos eternas… Ahora ya no me preocupo por ti.

Sí, lo sé, pero me cuesta

Normal. Acostumbrada a tener a la madre para ti sola y ahora, toca compartir. ¿Verdad?

Supongo

Pues no compartas. ¿Por qué ibas a hacerlo?

¿Y eso cómo se hace?

Pasa tiempo con tu madre, y punto. Ayúdala cuando puedas. El amor es fácil de coger pero difícil de dar, y es dando cuando más se recibe. ¿Dudas de que tu madre te quiera?

¡No!

Pues a controlar esas cucarachas tuyas. En nada creces, te casas y eres madre, Lucía. Hay que ir madurando, hija. ¿O acaso te sobra tiempo?

No podía estar menos acertada: en actividades Lucía iba sobrada. Había que sacar buenas notas, pensar en el futuro, en ¡Denis! Que ya asomaba por su vida.

Pero como pareja, ni de broma. Ya entonces, a Denis, aquel enclenque gafotas del paralelo, lo tenía en el punto de mira.

Todo empezó un primer de septiembre, antes del acto académico. Lucía, muy elegante, corría a buscar el guion del evento al despacho de la vicedirectora y en la escalera tropezó y se torció el tobillo.

¡Cuidado, mujer! Denis, que pasaba por ahí, le recogió el bolso y le tendió la mano.

¡Vaya, gracias por la obviedad! Si lo que deberías hacer es ayudarme

Es lo que hago. Y tú no eres lógica.

Aquello la sacó de quicio.

Ella cojeando a muerte y el otro, tan pancho. Se levantó por su cuenta, ignorando la mano, y entró como pudo en el despacho de doña Remedios.

¿Pero qué te ha pasado?

Nada. Descuidos

¡Al botiquín inmediatamente!

Luego, doña Remedios, luego.

¿Luego cuándo, Lucía? ¡Esto no se deja para luego!

Denis apareció, dejó su bolso en la silla y preguntó:

¿Te llevo yo?

¿Al botiquín? ¡Déjame en paz! Yo me apaño sola.

Denis se encogió de hombros y se fue. Lucía, mientras tanto, refunfuñaba. Pero tomó nota mental: quiere ser médico.

En realidad, Lucía nunca se planteó otra profesión. Lo suyo era ayudar a los niños. Nada fácil, pero sí apasionante. El reto era su vida; cuanto más difícil, mejor.

Y retos, tenía unos cuantos. Como el de integrarse con su nuevo hermano, el pequeño Samuel. Se acostumbró rápidamente, aunque la confesión de ese cariño le costaba.

En el fondo, Lucía estaba más preocupada por sí misma que por el bebé, que ya empezaba a tirarle del pelo en cuanto la veía. Ni los consejos de la abuela ni las indirectas de la madre servían.

Las preocupaciones crecían y las cucarachas se lo pasaban en grande multiplicando manías cada día. Así que tocaba trabajar en sí misma: primero con Samuel, después con todo lo demás.

Y justo Samuel la hizo dudar de su vocación.

Abue, si no me gustan los niños, no puedo ser pediatra. ¿Te das cuenta?

¿Pero quién ha dicho que no te gustan en general?

No sé

Te estás rayando.

Quizá, pero hay que pensarlo. ¿Y si luego soy una borde?

¡Ole tú! El mejor enfoque posible. Si piensas en eso, mejor, porque malos médicos sobran. Si dudas, a investigar.

¿Cómo?

Ya lo pensaré

Y vaya si pensó. La mandó de prácticas a casa de una amiga.

Allí hay críos de todas las edades y son puro nervio. Si sobrevives, el hospital será pan comido.

¿Y tú cómo la conoces?

La abuela se quedó pensativa junto a la ventana.

Fue una de mis mayores equivocaciones. Vero, así se llama, vino a denunciar al padrastro por la desaparición de su madre. Eran tres hermanos; el pequeño, apenas un año. La madre desaparecía, volvía con un niño nuevo un drama. Vero era la mayor, y el hombre, además de grotesco, resultó ser en fin, quería que Vero sustituyera a la madre. Menos mal que entre Vero, el hermano y la ayuda de un chaval del instituto, resolvieron. Los padres de ese chico, que valían oro, movieron Roma con Santiago para ayudarle.

Al final, encontraron a la madre y a todas las desaparecidas. El criminal se quitó de en medio él solo y Vero pudo criar a los hermanos. Hoy, tiene hijos y nietos y aún busca una niñera. Por eso te mando. Ayúdala a ella y decide si lo tuyo es la pediatría.

Y así, fue. En seguida Lucía encajó con Vero y sus demonios dejaron de bailar por primera vez.

Se puso a estudiar en serio y entró en medicina. Suficiente nota, pero para ella, nunca es suficiente.

Lo mejor fue que, el primer día en la universidad, se encontró con Denis.

Vaya, ¿tú por aquí?

De lo calmado que era, se le subía la mosca. Ella, la de los nervios, recelando de él.

Pasaron meses, cruzándose por la facultad y la cafetería, él impasible, ella molesta. Hasta que coincidieron como voluntarios en animar a los niños del hospital provincial. Denis doblado en dos haciendo figuritas con globos, Lucía de payasa pelirroja, todos los niños muertos de risa.

Y fue entonces, lanzándose indirectas y bromas, cuando Lucía dejó de odiarlo. Denis era cálido y se notaba que sus cucarachas y las de ella venían del mismo criadero. Y eso, en su mundo, era fundamental. La abuela siempre lo decía:

Valora a quienes tengan cucarachas igual de bailonas que las tuyas. No todos los días tropiezas con alguien así. Si tienes esa suerte, ¡agárrate con fuerza!

¿Y tú, abue, tuviste alguno de esos?

Claro. Los tres maridos que tuve eran amantes expertos de mis cucarachas. Y las suyas tampoco estaban mal.

¿Entonces, por qué no les duró?

Tema largo, Lucía. Ya te lo contaré de mayor. Lo importante es, cariño, que con todos acabé bien. Prueba de que las personas pueden separarse sin dramas. La vida manda y ya está.

Pero Denis, ¿qué te parece?

Me gusta, hija. Un chico bueno. Casi tan bueno como tú.

¿Y solo casi?

Porque te soporta a ti. Ya ves, ¡heroico!

¡Abuela!

No me mires así. ¿Te ha pedido ya matrimonio?

Mujer, no…

Pues vete preparando. Eso lo veo venir. ¿Y tú qué opinas de él?

Creo que le quiero

Pues ya está, a preparar las zapatillas de estar por casa.

¡Abuela!

Es broma. No te me alteres. Pero en cuanto vea a tus criaturas, me jubilo definitivamente.

¿Pero qué criaturas, abue? Que ni estamos casados

Dale tiempo, mujer.

Y ahí estaban, las cucarachas de Lucía bailando una jota como si no hubiera mañana.

Porque la abuela, como siempre, llevaba razón. Denis le pidió matrimonio como Dios manda, con anillo incluido, y todos lloraron: la madre, la abuela, Vero y su tropa.

Vero le susurró:

Buena persona, Lucía. Que no se te escape.

No podría aunque quisiera.

¿Y por qué tanta seguridad?

¡Porque tiene las mismas cucarachas que yo! Y la abuela dice que esos no se dejan perder, que son especie protegida.

¡Eso es! rió Vero, haciendo con la mano un farolillo, otro guiño de cucarachas danzarinas. ¡Bienvenida al club, amiga! Ahora ya puedo quedarme tranquila.

¿Dónde vas?

A abrazar a tu abuela. Y luego, a Denis. De esta siembra de cucarachas el mundo está más que necesitado.

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¿Y yo? ¿La que sobra?