La última voluntad

La última petición

«No, no voy a volver a casa…» suspiraba con desgarro Isidoro, retorciéndose de dolor, con el pecho inundado de pesadumbre. «Y a Lucía no voy a verla nunca más. Pensaba pedirle que se casara conmigo. No me ha dado tiempo… ¿Por qué me pasa todo esto?»

No te preocupes tanto le sonrió la enfermera, al ver cómo palidecía el joven que acababa de llegar en ambulancia. Todo irá bien.

Lo dudo… consiguió murmurar él con dificultad.

Después miró en silencio, horrorizado, cómo lo preparaban para la operación.
*****

A Isidoro nunca le habían gustado los hospitales.

Desde pequeño sentía una aversión irracional: allí siempre le hacían daño y, lo peor de todo, ni siquiera se disculpaban por el malestar provocado.

«Pero bueno, ¿qué llantos son esos, Isidrito? le dijo una vez con una media sonrisa una enfermera, mientras le sacaba sangre del dedo. Si ya eres un niño mayor, que en nada empiezas el cole. Vas a hacerte hombre y te pones a berrear como una chiquilla. ¿No te da vergüenza?»

Isidoro la miraba entre lágrimas, forcejeando inútilmente, y seguía llorando. No, vergüenza no sentía. Dolor y desazón, eso sí.

De vuelta del ambulatorio, de la mano de su madre, no hablaba de otra cosa: jamás volvería al hospital. Ni por todo el oro del mundo.

Así, jamás, bajo ningún concepto. «Antes prefiero morirme que volver a poner los pies allí», sentenció una vez.

Hijo, no digas esas cosas… intentaba apaciguarle su madre. Los médicos están para ayudarnos, para cuidarnos, para que vivamos muchos años. Son buena gente. No hay que tenerles miedo.

«Claro, buena gente…» balbuceó Isidoro, mirando el dedo, vacío de media vida. A ver si se curan ellos solos y que a mí me dejen en paz.»

Y ni falta hace decir lo que sintió el día que, entre varios, lo arrastraron forzosamente al dentista para sacarle un diente de leche. Gritó tanto que lo oyeron al otro lado de la calle, a pesar de las ventanas cerradas.

Total, no coleccionaba precisamente buenos recuerdos clínicos.

Así que, ya de adulto, ni hospitales ni médicos: Isidoro los rehuía incluso como tema de conversación. Y, si podía, pasaba de largo de cualquier cosa que oliera a medicina.

Pero, capricho del destino, Isidoro acabó en el hospital. Apéndice. Torsión aguda y Lucía, que iba a acompañarle al restaurante, no tuvo otra que llamar a emergencias, con prisa.

Ni se te ocurra, Lucía, de verdad… se me pasa… suplicó Isidoro.

Anda ya, ¿no ves que estás fatal? Huele a apendicitis, que te lo digo yo: tuve lo mismo y era igualito.

Y así, Isidoro (a la fuerza) terminó en el Hospital General de Salamanca. Ya imaginaréis: pasillos largos, luces pálidas, el épico sonido de un gotero, y la sensación de irrealidad más absoluta.

Isidoro pensó durante un instante en los cirujanos hurgando en su «universo interior», y se deprimió aún más. Y cuando, de pronto, vio pasar una camilla con un paciente cubierto, llevado por dos celadores con gesto de plomo, sintió frío en las entrañas.

«Se acabó. No volveré a casa suspiraba, tiritando por dentro. Y a Lucía no la veré nunca más. Y yo, pensando en declararme. No ha dado tiempo… ¿Por qué a mí?»

Que no te angusties tanto volvió a sonreír la enfermera, apenas él se desvanecía en el blanco de la sábana. Te han traído a tiempo. Esto es coser y cantar.

No lo veo claro…

Y, sin embargo, la intervención salió mejor de lo previsto. Ni rastro de los temibles contratiempos que tanto rondaban la cabeza de Isidoro. Ni siquiera le dolió. Por primera vez en su vida sintió algo parecido a simpatía hacia un hospital. Insólito.

Lo «durmieron» plácidamente en la mesa del quirófano y, al abrir los ojos, vio que lo peor quedaba atrás. Pronto lo trasladaron a una habitación convencional.

Durmió una noche de leyenda. Solo rompía el sueño cada vez que le cambiaban el suero. Luego, profundo y cálido sopor.

Hasta que llegó la mañana…

…y notó que en la misma habitación, había un hombre mayor, sentado con gesto ausente.

«Solo me faltaba esto», pensó Isidoro, malhumorado. «Ahora me taladrará con historias de toda su vida, y yo solo quiero silencio y no enterarme de nada».

No tenía ánimo para nada ni para nadie. Ni siquiera para llamar a Lucía.

Solo le envió un mensaje breve, «todo va bien», y guardó el móvil bajo la almohada. Dejó que su mente diera vueltas al desastre: justo quería pedirle matrimonio, invitación en restaurante, músicos pactados para tocar la canción favorita de Lucía, camarero con plato truco en el que asomaría el anillo…

Isidoro quería que todo fuera perfecto.

Pero el destino tenía planes surrealistas. En vez de estar ahora con Lucía, discutiendo flores para la boda, ahí estaba: postrado, habitación compartida, con un viejo desconocido.

Lo que más sorprendió a Isidoro fue que el mayor no parecía tener ganas de conversar.

Bastó apenas un saludo. Apenas murmuraba un retahíla, entre dientes, intentando llamar por teléfono a alguien que no le contestaba. El día entero, así. Hasta que la batería del móvil se consumió; no llevaba cargador, nadie daba con uno de modelo tan vetusto.

Así que miró la pantalla muerta y, de pronto, le asomaron las lágrimas. Y a Isidoro le dio un no sé qué, e incluso vergüenza, por cómo le había prejuzgado.

Esperó un poco y se decidió, sentándose en el borde de su cama (hablar tumbado sería raro). Miró al hombre y le preguntó si le ocurría algo.

Que no consigo contactar con mi hijo musitó, apagado.

¿No sabe que está usted hospitalizado? se sorprendió Isidoro.

Lo sabe… susurró. La enfermera le avisó cuando llegué. Pero aún así, no quiere hablar conmigo. Discutimos hace seis meses, justo antes de mi santo. Él quería que me mudara a una residencia y vender la casa, y yo me negué. Por la casa, y por otras cosas.

El hombre contó que había ingresado hacía unos días, por un amago de infarto. Lograron estabilizarle, pero necesitaba una operación, programada para pasado mañana.

Me da miedo morir antes de llegar al quirófano confesó.

No diga tonterías intentó animarle Isidoro. Los médicos están para eso, para alargar vidas. Mire, a mí me quitaron ayer el apéndice, y aquí me ve: vivito y coleando.

El hombre sonrió, pero no corrigió la obvia distancia entre corazón y apéndice.

Me preocupa que solo queda mi perro suspiró. Afuera. Quería pedirle a mi hijo que lo cuide si yo falto. O que encuentre a alguien bueno. Los vecinos no pueden, tienen bastantes animales, y dudo que busquen dueño para Trufo. Mi hijo podría cumplir mi último deseo. Al fin y al cabo, se va a quedar con la finca. Pero no responde. Ni a la enfermera le contestó. Así es mi hijo…

Vaya…

Me duele por Trufo. ¿Qué será de él? ¿Quién se ocupará? ¿Cómo vivirá fuera solo?

«Menudo personaje», pensó Isidoro. «Con una cirugía en puertas, lo que le preocupa es el perro.»

Pero cuando el hombre empezó a contarle cómo se encontraron, Isidoro cambió de opinión. Entendió que Trufo era, en cierto modo, su vida.

Lo encontré el día de mi santo, hace medio año. Mi hijo ni me felicitó. No tengo familia. Mi esposa, que en paz descanse, partió hace cinco años. Pero fíjese: la noche antes vino a verme al sueño, con una correa y un perro. Me sonreía, me saludaba. Y el perro tiraba hacia mí, como si me llamara. Salí al día siguiente a por el pan y, bajo una lluvia terca, encontré un perro atado a la verja. Pregunté por allí y nadie sabía de quién era. Pasé todo el día esperando. Ya, de noche, entendí que lo habían abandonado.

¿Y se lo llevó?

No podía dejarlo. Y puede sonar a locura, pero sentí que era un regalo de mi mujer, desde allí arriba sonrió el hombre, clavando la mirada en Isidoro. Alcanzó a ver que yo estaba solo y me trajo compañía.

En esta vida, hay cosas más raras aún asintió Isidoro, sin mucha convicción, por no herirle.

Pero decidió animarle.

Trufo y yo nos entendimos de inmediato. Tres semanas estuve empapelando Salamanca con carteles, pero nadie le buscó. Y yo, en el fondo, contento. Ese perro es mi amigo y mucho más. Es… mi razón de estar, ahora.

Aquella noche Isidoro pensó un buen rato en Trufo, solo por ahí, y en el hijo ausente. Qué corazón más frío.

Al dormirse soñó con un perro mezcladillo, igual que Trufo, vagando con ojos tristes. Y él, Isidoro, seguía sus pasos, sin saber bien por qué, sólo porque sentía que debía acompañar, apretando la realidad como si fuera un pañuelo que se escapa.

Despertó sobresaltado. El hombre jadeaba, ahogado, y agarraba el pecho.

¿Quiere que llame a un médico? corrió Isidoro, alarmado.

No… ahora no… llama a mi hijo, por favor, a Diego. El número está en el papel, en la mesilla. Quiero decirle adiós, si quiere venir. O que, al menos, busque a Trufo un hogar bueno. Lo presiento, no le volveré a ver. Pero irme tranquilo ya sería algo.

Isidoro dudó entre buscar rápidamente un médico o hacer la llamada primero. Al final, manos temblorosas, tomó su móvil y marcó el número, esforzándose en descifrar la caligrafía de anciano.

¿Hola…? ¿Diego? Soy el compañero de habitación de su padre…

Olvidó por un segundo hasta su nombre.

Te llamas Jacinto… jadeó el hombre.

…de Jacinto Martínez siguió Isidoro. Está mal, quiere que vengas a verle.

¿Se está muriendo? Diego se mostró, de repente, interesado. ¿En qué hospital? ¿En el General, no? Que no me aclaro.

Isidoro confirmó planta y número de habitación, por si acaso.

Dejó caer después el teléfono y salió disparado a buscar a la enfermera de guardia, que dormitaba en su escritorio al fondo del pasillo.

Balbuceando lo esencial, volvió corriendo.

¿Cómo se encuentra, Jacinto? Van a llamar al médico, aguante, su hijo vendrá, seguro que llega a tiempo… No cierre los ojos.

Pero Jacinto expiró antes de que llegaran, en tropel, sanitaria y médico.

El galeno tanteó el pulso, miró las pupilas, murmuró una letanía y salió despacio.

Aquel mismo día, rato después, los celadores, los mismos que Isidoro recordaba, vinieron a buscar el cuerpo.

*****

Su padre ha muerto, literalmente, en mis brazos le contó Isidoro a Diego cuando este apareció, por fin, al día siguiente.

Bueno, pues mejor así respondió Diego, como leyendo una receta. Al menos, no ha sufrido. Ni ha hecho sufrir. Yo, ¿cuándo iba a tener tiempo para cuidar de él? ¿Sabes, con familia, trabajo…? Mejor así.

Le hizo prometer que encontrará un buen hogar para Trufo.

¿El perro? Ah, sí… lo recogió y no paró con el dichoso perro. Por culpa de Trufo no aceptó ir a la residencia. En la residencia, al menos, lo hubieran cuidado. Pero ¡nada! No me hizo caso…

Ese fue el último deseo de su padre dijo Isidoro, con una mirada de reproche. ¿De verdad le cuesta mucho cumplirlo? Más aún, ahora que la casa será suya…

Diego le observó extrañamente, pero no respondió. Cogió el móvil de teclas del padre y el papel lleno de números. Salió cerrando la puerta de forma seca y definitiva. Ni un adiós.

Isidoro se tumbó de nuevo, pensativo. Qué pena de hombre, setenta y siete años, y marcharse así. Podía haber llegado a mucho más, con cariño, hasta los noventa. Pero la vida…

Qué extraña es la vida, sí. Y ahora, Trufo, sin dueño. Invisible. Daba por hecho que Diego, último en promesas, vendería la casa deprisa y Trufo… viviría por ahí, a la buena de algún vecino, si tenía suerte.

Esa noche, Isidoro soñó con Jacinto: el anciano andaba por las calles llamando a su perro, de esquina en esquina, lágrimas rodando por las mejillas. Desde la distancia, Isidoro observaba, incapaz de evitar el propio llanto.

No recordaba la última vez que lloró a gusto. Demasiado tiempo.

Desde el día en el que prometió, en privado, no llorar nunca más.

Los sueños, estrafalarios y recurrentes, se colaban también tras el alta, ya en casa. Y por las mañanas, al despertar, Isidoro andaba cabizbajo y más callado que nunca. Lucía no tardó en percatarse.

Isi, ¿te pasa algo?

Nada, solo pienso.

¿En qué?

En un hombre mayor con quien compartí cuarto en el hospital. Iban a operarle pero no dio tiempo. No tenía a nadie, solo a un perro.

¿Ni familia?

Sólo un hijo, pero estaban peleados. Todo el tiempo intentó llamarle y nada. Cuando Diego apareció, ya era tarde. Le mencioné al perro, pero La casa, la herencia, le importaba más. Estaba cerrando trato con la inmobiliaria antes de irse. Ahora pienso en Trufo. Nunca lo vi siquiera, pero me da lástima, seguro que era un buen perro, de tan buen hombre…

¿Y si vamos a buscarle? propuso Lucía. Si el perro sigue en la calle, nos lo quedamos.

¿En serio? ¿No te importa?

Al contrario, sería bonito tenerlo.

Sí… pero no sé la dirección.

Seguro que en el hospital la saben. Eso déjalo en mis manos. Pero antes, pasemos por el súper a por una tableta de chocolate y café.

Al llegar a recepción, la sonrisa de Lucía, un buen café y chocolate, y la historia condensada de Isidoro, obró el milagro: la administrativa escaneó pasillos y, disimulando, les apunto la dirección en un folio.

Cuarenta minutos después, aparcaban ante la casa de Jacinto, en un pueblo a las afueras. Pasearon por el vallado, sin avistar animal alguno.

Una vecina salió a asomarse desde la puerta.

¿Andáis buscando a alguien? Por aquí ya no vive nadie.

Lo sé contestó Isidoro. Estuve con Jacinto en el hospital. Murió hace poco.

Vaya, qué pena más grande. Buen hombre, Jacinto; de los de antes, uno en un millón. Dios lo tenga en su gloria. Ese hijo… pues él ni el funeral organizó. Quiere vender la casa cuanto antes, meterle mano al dinero.

Justo lo que esperaba… Oiga, ¿no ha visto por aquí un perrito pequeño? Jacinto estaba muy intranquilo por él.

¿A Trufo? Sí, claro. Se ha pasado días enteros esperándole junto a la puerta. No se movía; esperaba el regreso de Jacinto. Las noches después del fallecimiento aulló sin parar, el pobre. Luego, Diego lo echó, gritó y se lo llevó. Después no ha vuelto. Ni idea de a dónde.

¿Sabía usted a quién se lo daba? ¿Cómo era el perrito?

Chico, pequeño, muy mono. Un momento, tengo una foto.

Sacó su móvil y les mostró la imagen.

Un corgi dijo Lucía con ternura. Es una monada. Y Diego no le dijo dónde lo llevaba.

Dijo que lo adoptaría alguien, pero ni idea. A él los animales, ni fu ni fa. A saber por qué le salió a Jacinto un hijo así…

Isidoro y Lucía dieron las gracias y se marcharon algo aplastados, reprochándose no haber llegado antes.

Quizá Diego había cumplido, quizá no. Buscaron calles alrededor, preguntaron por si alguien había visto a un corgi perdido. Sin suerte.

Cuando Isidoro llamó a Diego, todos sus intentos acabaron en la nada: bloqueado. Mensajes sin entregar.

Habrá que confiar en que Trufo esté bien dijo Lucía. Mejor pensar en positivo. Es todo lo que podemos hacer.

Y entonces, una vuelta del destino: atascados de camino de regreso, Lucía tomó una salida secundaria y, avanzando por un camino rural, bajó de golpe la velocidad.

Señaló a la cuneta, donde estaba sentado un perro, muy parecido al de la foto.

¿Será Trufo? susurró Lucía.

Vamos a comprobarlo convino Isidoro.

Detuvieron el coche, se acercaron despacio.

Cuanto más se aproximaban, más seguros estaban.

¡Trufo! llamó Isidoro.

El perro se giró, desconfiado. Les observó unos segundos, tenso.

Trufo, tranquilo. Soy amigo de Jacinto habló Isidoro, agachándose. Él me pidió que cuidara de ti. ¿Te vienes con nosotros?

Trufo olfateó el aire. Y, de repente, reconoció el olor. Algo en Isidoro le evocaba a Jacinto; ese aroma, invisible e inconfundible, permanecía en sus manos.

De pronto empezó a menear el rabo, se acercó despacito y se inclinó hasta apoyar su cabeza en la pierna de Isidoro. Este le acarició suavemente, y le cayeron unas lágrimas pequeñitas, casi invisibles.

Lucía también lloró, mirándolos.

Poco después, los tres ya iban en el coche, de regreso a casa: una familia nueva a punto de empezar.

Isidoro y Lucía se alegraban de no haber esperado, de haber dado ese rodeo, felices por haber encontrado a Trufo antes de que la mala suerte les alcanzase.

Y Trufo, en su lenguaje secreto, celebraba haber dado con manos buenas, manos perfumadas de ternura y memoria, manos que, todavía, olían a Jacinto.

*****

Así trata Diego a la última voluntad de su padre dijo Isidoro, ya en casa. Menudo tipo.

Déjale, Isi. Lo importante es que Trufo está con nosotros. Y lo demás… la vida ya le pondrá en su lugar.

Tienes razón… dijo, mirando al sofá, donde Trufo dormía agitándose por sueños de prados y carreras. Sonreía, incluso dormido.

Y, por alguna razón, Isidoro supo muy bien a quién buscaba en sueños.

«Dale las gracias a Jacinto de mi parte», murmuró en voz baja, y, procurando no despertar a Trufo, fue al armario donde había escondido la cajita con el anillo.

Esa misma noche, por fin, le propuso matrimonio a Lucía.

No fue en restaurante ni con música, pero supieron, los dos, que no había que esperar a grandes ocasiones porque, a veces, nunca llegan.

Hay que hacerlo «aquí y ahora». Y así lo hizo y ella dijo que sí, sin vacilar.

Cosas de la vida… sueños, casualidad y destino, entre Salamanca y la bruma de junio.

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La última voluntad
Esposa y suegro Carla solo fingía interés en conocer a los padres de Javier. ¿Para qué le iban a servir, sinceramente? No pensaba convivir con ellos y, por mucho dinero que tuviese su suegro, don Álvaro, lo más probable es que acabase con problemas y sospechas, nada más. Pero ya que había decidido casarse, tocaba aguantar hasta el final. Carla se arregló, pero de manera sencilla, para que la viesen como una chica agradable. El primer encuentro con los padres del novio siempre está lleno de trampas invisibles; y si encima son inteligentes, ya es una prueba de fuego. Javi pensaba que ella necesitaba ánimo: —No te preocupes, Carla, de verdad no te preocupes. Papá es un poco seco, pero se puede hablar con él. No te dirán nada espantoso. Y te acabarán cogiendo cariño. Mi padre tiene sus rarezas, pero mi madre es puro encanto —le aseguró delante de la puerta familiar. Carla sonrió, apartándose un mechón de pelo. Papá seco, mamá el alma de la fiesta. Buen dúo. Sonrió para sus adentros. La casa no le sorprendió. Había estado en sitios más lujosos. Les recibieron de inmediato. Carla no estaba muy nerviosa. ¿Para qué? Gente normal. Teresa, la madre de Javi, era ama de casa de toda la vida, salía de vez en cuando de excursión con amigas, pero nada digno de crónica social. Don Álvaro, el padre — según Javier, no muy dado a bromas, pero sí más bien callado. El nombre le resultaba vagamente familiar… Les dieron la bienvenida… Y Carla se congeló antes de entrar. Fin del juego… No conocía a su futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante… Ya se habían visto. Tres años antes. No muchas veces, pero sí interesadas por ambas partes. En bares, hoteles, restaurantes. Nadie lo sabía, ni Teresa ni Javi. Ahí estaba el lío. Don Álvaro también la reconoció. En su mirada hubo un destello imposible de interpretar: sorpresa, alarma, o incluso algo más oscuro. Pero permaneció mudo. Javier, sin enterarse de nada, la presentó felizmente. —Mamá, papá, os presento a Carla. Mi prometida. La habría traído antes, pero es muy tímida. Vaya… Don Álvaro le dio la mano. El apretón fue firme, casi duro. —Encantado, Carla —dijo, y en su voz se coló un matiz sutil… algo que Carla no supo descifrar de inmediato. ¿Rencor? ¿Advertencia? ¿O…? Carla se preparaba para salir del atolladero, esperando que don Álvaro la desenmascarara en cualquier instante. —El placer es mío, don Álvaro —respondió ella, procurando que no la pillaran de primeras. Mientras le estrechaba la mano, el pulso le latía a mil. ¿Ahora qué…? Pero… nada. Don Álvaro, fingiendo una sonrisa, tuvo incluso el detalle de acercarle la silla en la mesa. Seguro guarda el escándalo para después… Pero no, la comida fluyó. Entonces Carla cayó en la cuenta: jamás la delataría. Porque si él lo hacía, también se delataba ante su esposa. Relajada, la velada resultó más natural. Teresa compartió anécdotas del pequeño Javi, y don Álvaro la escuchaba a ella con fingido interés, haciéndole preguntas sobre su trabajo. Claro, él sabía de sobra su historia. Pero su cinismo ya no le hería. Incluso soltó algún chascarrillo que, para sorpresa de Carla, le hizo gracia. Eso sí, sus bromas iban repletas de dobles sentidos que solo ellos dos entendían. Por ejemplo, mirándola directamente, dijo: —¿Sabe, Carla? Me recuerda mucho a una antigua… compañera. Muy lista también. Tenía don para tratar con todo tipo de personas. Carla, sin inmutarse: —Cada uno tiene su talento, don Álvaro. Javi, enamoradísimo, no captaba dobles fondos. De verdad la quería. Y eso era lo más dulcemente trágico para él. Más tarde, hablando de viajes, don Álvaro, con intención, le planteó: —Yo siempre prefiero lugares apartados, sin ruido, para sentarse a pensar con un buen libro. ¿Y tú, Carla, qué ambientes te gustan? Un dardo. —A mí me gusta la gente, el ruido, la alegría —contestó ella, sin dejarse provocar—. Aunque a veces demasiados oídos pueden ser peligrosos. Teresa pareció captar algo raro. Frunció el ceño, pero se esforzó por no darle importancia. Don Álvaro sabía que Carla no era precisamente de las que buscan soledad. Y sabía por qué. Ya al final, al irse a dormir, don Álvaro abrazó a su hijo. —Cuídala, hijo. Ella… es especial. Sonó a piropo y a aviso. Solo Carla lo entendió. Sintió cómo bajaba la temperatura al oír “especial”. Había elegido la palabra exacta. *** Esa noche, Carla no podía dormir. Daba vueltas, repasando el encuentro, imaginando cómo seguir. Valía la pena mirar hacia el futuro… complicado. Intuía que don Álvaro, como ella, tampoco pegaría ojo. Ze tenía mucho que hablar. Por todo, la verdad. Se levantó en silencio, se puso una sudadera encima del pijama y salió de la habitación. Bajó pisando la escalera para que, si alguien estaba despierto, la oyera. Salió a la terraza, segura de que él aparecería. No tardó. —¿No duermes? —le preguntó, acercándose por detrás. —El sueño no viene —respondió ella. Un fresco aroma de su colonia y el análisis paciente en sus ojos. —¿Qué buscas de mi hijo, Carla? Sé hasta dónde puedes llegar. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y siempre has contado las cosas muy claras. Un precio, aunque fuese velado. ¿Para qué quieres a Javi? Ya que él no iba a dulcificar, Carla tampoco. —Le quiero, don Álvaro —canturreó—, ¿por qué no podría? No le convenció. —¿Le quieres? Eso no me lo creo. Sé muy bien quién eres. Y pienso contárselo a Javi. Todo. Lo que hacías. Quién eres de verdad. ¿Tú crees que se casará contigo después? Carla se le plantó enfrente, a apenas un brazo. —Cuéntaselo, don Álvaro —articuló, lenta y amenazante—. Pero entonces tu mujer también conocerá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No es chantaje. Es reciprocidad. Si cuentas cómo nos conocimos, tendrás que contar también lo que hacíamos. Créeme, yo completaré la historia. —No es lo mismo… —¿Ah, no? ¿Vas a contarle lo mismo a tu mujer? Don Álvaro se quedó helado. Ella le había acorralado. O callaban los dos, o se hundía el barco. —¿Qué dirías tú? —No solo a ella. También a Javi. Les contaré lo gran marido que eres y de qué “trabajillos” salías tan tarde. Lo contaré todo, ya que perdería todo igualmente. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Hazlo. Menudo dilema. Convencer a su hijo de no casarse era invitar a su propio divorcio. —No te atreverás. —¿No? ¿Tú sí y yo no? —sonrió Carla—. No lo haré solo si tú no cuentas nada de mi supuesta “interés­ta”, sabiendo que tienes mucho más que perder. Y doña Teresa, ya sabes que valora la fidelidad… Una vez, borracho, él había confesado a Carla sus infidelidades, que su mujer era ejemplar y él, un canalla. Doña Teresa no perdonaría. Ni su hijo, probablemente. Sabía que Carla no jugaba de farol. —Vale —cedió él—. Yo no diré nada. Y tú… tú tampoco. Nadie sabrá nada. Olvidaremos aquello. Por eso Carla estaba tranquila. Él perdería mucho más. —Como quieras, don Álvaro. La mañana siguiente, se despidieron de los padres de Javi. Bajo la mirada feroz de su futuro suegro, Carla abrazó a su suegra, que ya la llamaba “hija”. A don Álvaro le tembló un ojo. No soportaba no poder advertir a su hijo de la auténtica Carla, pero no podía arriesgarse. Perder a Teresa suponía perder media vida y su fortuna. Y su hijo jamás se lo perdonaría… En otra ocasión, Carla y Javi se quedaron dos semanas con sus padres. Las vacaciones, en fin, estaban en pleno apogeo. Don Álvaro procuraba evitar a Carla, poniendo excusas. Hasta que un día, estando solo en casa, la curiosidad le pudo. Hurgó en el bolso de Carla: neceser, agenda, libretita. Y un test de embarazo. Dos rayas. —Pensaba que la desgracia era que mi hijo se casase con… No, esto sí que es una desgracia —lo volvió a dejar en el bolso, pero no cerró a tiempo. Carla le pilló enseguida. —Qué feo es rebuscar en ajeno, don Álvaro —ironizó, aunque no parecía molesta. Él tampoco se excusó. —¿Estás embarazada de Javi? Carla se le acercó, recogió el bolso y, mirándole, soltó: —Creo que le he fastidiado la sorpresa, don Álvaro. Él se enfureció. Ahora Carla no se alejaría de su hijo. Si hablaba, todos caerían. El silencio era su única salida. Pero dolía no poder avisar al hijo del agujero en el que iba a caer. *** Pasaron nueve meses… y medio año más. Javi y Carla criaban a Alicia. Don Álvaro evitaba visitarles. Ni ver, ni pensar. No sentía a la nieta como propia. Carla le inquietaba. Su indiferencia hacia Javi y su pasado oscuro le aterraban. Y otra vez. Teresa planeaba ir a ver a Javi y Carla. —¿Vienes, Álvaro? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto ya huele raro. —No, en serio. Estoy cansado. Ve tú sola. Don Álvaro se parapetó, como siempre, detrás de supuestas migrañas, resfriados o dolores de piernas. Hasta tomaba pastillas para disimular. No podía estar cerca de Carla, pero tampoco podía contar nada. La tarde resultó monótona, salvo por las neuras. Leyó. Vagueó. Hasta que se dio cuenta de que Teresa tardaba mucho. Eran las once y su mujer no volvía. No contestaba el móvil. Así que llamó a Javi. —¿Todo bien? ¿Tu madre se marchó? Aquí no ha llegado. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora. Y colgó… Don Álvaro pensó en acercarse cuando un coche se paró frente a la casa. Era el de Carla. Se puso tenso, pero al verla casi se desmaya. —¿A qué vienes tú aquí? ¡Dímelo! ¿Qué ha pasado? Carla aparentaba calma. Se sirvió un vino y se acomodó. —Se acabó todo. —¿Qué dices? —Lo nuestro. De todos. Javi ha encontrado unas fotos nuestras de hace cuatro años en la web de un bar, ¿sabes? Aquella fiesta en el “Oasis”. Resulta que buscaba sitios para celebrar el aniversario y, sorpresa, ahí estábamos, preciosos. El fotógrafo lo colgó todo. Y ahora Javi está como una furia. Tu Teresa quiere divorciarse. Y, como tú querías, yo también acabaré divorciándome de tu hijo. Don Álvaro se dejó caer en el suelo. —¿Y a qué has venido? —A huir un poco —sonrió Carla—. La casa es un desastre. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció el mismo vino que él tomaba. Bebieron en la terraza. Solo el canto de los grillos les recordaba algo de complicidad. —Todo esto es culpa tuya —dijo él. Carla asintió, sin despegar los ojos del vaso. —Eso parece. —Eres insoportable. —Eso seguro. —Ni siquiera te da pena Javi. —Me da, pero más pena me doy yo. —Solo te quieres a ti misma. —No te lo discuto. Él le tomó la cara con la mano. —Sabes que nunca te he querido —susurró. —Te creo. *** Por la mañana, cuando Teresa llegó dispuesta a hacer las paces y perdonar a su marido aunque le costara medio sistema nervioso, encontró a Carla y a don Álvaro juntos. Aún dormidos. —¿Quién anda ahí? —preguntó Carla, medio despierta. —Yo —musitó Teresa, contemplando cómo se le venía el mundo abajo. Carla sonrió con calma. Don Álvaro se despertó después, pero no salió tras su mujer.