Mamá está agotada

Mamá está cansada

Estrella le gritaba tanto a la cajera del supermercado que a la pobre mujer le temblaban las manos.

¿Vas a tardar mucho más? ¡Si no sabes hacer tu trabajo, mejor quédate en casa!

Perdón susurró la señora mayor, pasando los productos aún más deprisa de lo que ya iba.

Estrella su marido, Pablo, le puso suavemente la mano en el codo, ya está bien, vámonos.

Ella se volvió con brusquedad:

¡Y tú, callado! ¿Quién te ha pedido opinión?

Pablo bajó la cabeza, avergonzado, y enmudeció. Siempre se callaba.

***

En casa olía a pollo al ajillo. Su suegra, Concepción, removía la olla donde cocía sopa.

¡Anda, ya habéis llegado! He hecho sopita con fideos y pollo, sentaos, que os sirvo.

Te he dicho mil veces que no te metas en MI cocina Estrella siseó con rabia. ¿Vives aquí o eres solo una invitada?

Concepción se puso pálida y dejó la cuchara en el mármol.

Solo quería ayudar…

¡Pues no quiero tu ayuda! Me las arreglo sola.

De repente apareció Álvaro, de siete años:

¡Mamá! Que Hugo, el del primero B, dice que soy un flojo. ¡Pero yo no soy flojo, verdad?

Déjame en paz gruñó Estrella, ¿no ves que estoy ocupada?

Álvaro se quedó quieto. Miró a su abuela, que esquivó su mirada.

Estrella se marchó, dando un portazo.

***

Así vivían siempre, como atrapados en una fotografía borrosa.

Cada día era igual al anterior. Estrella se despertaba furiosa y se dormía igual de enfadada, con todos los gritos y reproches amontonándose entre medias: al marido, a la suegra, al hijo, a las cajeras del súper, a los compañeros de trabajo e incluso a desconocidos por la calle.

A veces, muy raras veces, una vocecilla venía a susurrarle: ¿Qué demonios hago?. Pero el pensamiento se caía, zambulléndose en un vacío negro de donde parecía imposible salir.

Pablo aguantaba. Se había acostumbrado. Diez años de matrimonio le enseñaron solo a desaparecer, a no mirar.

Tenía dos trabajos, traía euros a casa y obedecía. Por las noches, cuando Estrella caía dormida, él salía a la cocina, tomaba una taza de té y se quedaba absorto en la nada. Pensando.

Concepción llevaba tres meses en el piso, ayudando mientras los padres trabajaban.

Cada día sentía sobre sí las miradas de Estrella, llenas de resentimiento.

Álvaro… Álvaro solo existía. Corría, jugaba, preguntaba cosas. Cada acercamiento a su madre era chocar contra un muro invisible.

Al principio lloraba. Luego dejó de hacerlo. Escapaba con su abuela y se sentaba a su lado, en silencio. Así estaba más seguro.

***

El viernes pasó lo de siempre.

Estrella llegó a casa envuelta en una nube negra: la jefa le gritó, una compañera le echó la bronca, y en el metro alguien le pisó sin pedir perdón.

Justo antes de su llegada, Álvaro había vertido zumo de fresa sobre el flamante sofá crema comprado a plazos.

El niño miraba el creciente charco rojo, paralizado y con el vaso vacío en la mano.

¿Pero qué has hecho? Estrella irrumpió en el piso. ¿Tienes idea de lo que ha costado este sofá?

Lo siento, mamá No lo he hecho aposta. Por favor, no grites Me das miedo

¡Encima dice que tiene miedo! Estrella explotó aún más. ¡Solo sabes estropear y molestar! ¡Así no hay quien viva!

Mamá, perdón

¡Fuera! ¡A tu cuarto, y ni se te ocurra salir!

Álvaro se fue. Estrella siguió gritando a la nada hasta desgarrarse la voz.

***

No pudo dormir esa noche. Bajó a la cocina y se sentó junto a la ventana, donde la lluvia golpeaba los cristales con parsimonia.

Miró las gotas resbalando, deseando que todo terminara, que todos la dejaran en paz. Quería silencio. Solo silencio absoluto.

No se dio cuenta de cuándo se quedó dormida, la cabeza apoyada en la mesa.

Despertó tiritando, hacia las cuatro de la madrugada.

En casa solo se oía el latido de la lluvia. Pablo dormía, Concepción también, Álvaro en su cuarto.

Se levantó al baño. De paso, pasó por la puerta entreabierta de la habitación de Álvaro. Asomó, por si el niño se había destapado.

Álvaro dormía hecho un ovillo, abrazado a la almohada. Sobre la mesa, junto a la cama, había un cuaderno abierto, forrado con tanques dibujados a boli azul.

Estrella iba a cerrar la puerta, pero una palabra en la página le hizo detenerse:

Mamá.

Cogió el cuaderno. Se sentó silenciosa en el borde de la cama y empezó a leer.

Era un diario.

La primera anotación era de septiembre.

Hoy mamá ha vuelto a gritar. Papá dice que está cansada. Yo quería abrazarla, pero ella se apartó. Será que soy malo.

Estrella tragó saliva. Pasó la hoja.

Octubre. Hoy es el cumpleaños de la abuela. Hice una tarjeta con flores para regalársela por la mañana, pero mamá empezó a gritarle a papá y no la di. La guardé bajo la almohada. Quizá mañana, si mamá no está.

Otra página.

Noviembre. Rompí el coche de juguete que me regaló papá. A propósito. Pensé que si rompía mis propias cosas, mamá no gritaría. Pero gritó igual. Dijo que no sé cuidar nada y que soy tonto.

A Estrella le temblaron los dedos.

Diciembre. Pronto es Nochevieja. Escribí una carta a los Reyes Magos. Pedí que mamá deje de gritar. Lástima que eso no se puede regalar.

Enero. En el colegio teníamos que escribir en qué queremos trabajar de mayores. Yo puse: Quiero ser invisible, para que mamá no me vea y no me grite nunca. La profe se quedó sorprendida y llamó a papá. Él vino y habló conmigo. Me dijo que mamá en realidad es buena, solo que le cuesta. Ya lo sé. Recuerdo cuando antes era diferente. Me abrazaba. Se reía. Ahora no se ríe nunca.

Las lágrimas de Estrella salpicaban el cuaderno, borrando las letras.

Febrero. Hoy tiré zumo en el sofá. Mamá me gritó mucho tiempo. Cuando grita siento que me voy muriendo a trocitos. Primero los oídos, luego el corazón, luego el alma. Me tumbé y cerré los ojos. Pensaba: si me muero dormido, ¿mamá llorará? ¿O solo dirá: así menos problemas?

El cuaderno resbaló de sus manos. Los hombros le temblaron pero siguió en silencio, por miedo a despertar a su hijo. Por miedo a que viera su rostro. Por miedo a todo.

Estuvo así mucho rato. Veinte minutos, o quizá una hora. Al final, devolvió el cuaderno a su sitio y salió al pasillo.

Volvió a la cama, junto a Pablo. Abrió los ojos y se quedó mirando la oscuridad hasta el amanecer.

***

Por la mañana Álvaro fue el primero en despertar.

Se desperezó, se sentó en la cama. Vio la puerta entreabierta y recordó el día anterior. Suspiró.

Salió al pasillo. Silencio. Raro. A esas horas su madre solía armar jaleo en la cocina, exigiendo que todos espabilasen.

Miró a la cocina.

Allí estaba su madre sentada a la mesa. No gritaba, no hacía ruido, solo miraba por la ventana. Frente a ella, una taza de té fría.

¿Mamá? dijo Álvaro, bajito.

Ella se volvió. Tenía un semblante extraño ni enfadada, ni agobiada, solo otro. Álvaro no sabía definirlo.

Buenos días dijo Estrella, suave. Ven, desayuna.

Se sentaron a la mesa. Ella le sirvió un plato con gachas, se sentó enfrente.

Álvaro comía, pendiente de su madre. Esperaba el momento en que estallara pero ese momento no llegaba.

Mamá susurró al fin, ¿qué te pasa?

Nada.

¿Y por qué no hablas?

Estoy pensando.

¿En qué?

Estrella miró largo rato a su hijo y luego, sin razón, le acarició el pelo.

En ti respondió. En nosotros.

Álvaro se quedó quieto, con la cuchara suspendida.

¿Mamá, estás enferma?

No, hijo. Al contrario: me estoy curando.

Él no entendía, pero sonrió. En realidad le daba igual, con tal de que ella no gritara.

Acaba, que luego hay prisa para ir al cole.

Álvaro terminó el té, fue a prepararse. En la puerta se detuvo.

Mamá dijo con vergüenza. ¿Y hoy, por la tarde no vas a gritarme otra vez?

Estrella se agachó hasta su altura:

Escúchame, dijo muy seria no sé si lo conseguiré. Pero voy a intentar no gritarte. Lo intentaré mucho. Para que nunca tengas miedo. ¿Entendido?

Álvaro asintió.

¿Y si no puedes? murmuró.

Si no puedo, me lo dices. Solo dilo: ¿Otra vez?. Y recordaré.

¿Y qué recordarás?

Todo lo besó en la frente. Venga, ve con cuidado.

Álvaro se fue.

Estrella se quedó allí, de pie. Oyó cómo se cerraba la puerta del ascensor. Después, silencio.

Pablo salió del dormitorio, con los pelos revueltos.

¿Por qué tan pronto? preguntó.

No podía dormir.

La miró fijamente.

¿Todo bien?

Sí respondió Estrella. Anda, desayuna.

Él se marchó a la cocina y ella le siguió.

Se sentaron juntos. Pablo sirvió té…

Pablo susurró Estrella. ¿Por qué me quieres?

Él se atragantó.

¿Qué?

¿Por qué me quieres? Soy un monstruo.

Pablo dejó la taza y la miró a los ojos.

No eres ningún monstruo dijo. Solo has olvidado quién eras.

¿Y cómo era?

De todas las formas sonrió Pablo. Puedo recordarlo. Puedes ser cálida, divertida, tierna. Tus abrazos casi rompen los huesos, ¿te acuerdas? Yo sí, Estrella. Sólo tú te has olvidado…

Ella se quedó callada.

Te espero, añadió Pablo. El tiempo que haga falta.

Estrella apretó su mano con fuerza.

***

Aquel día Estrella no gritó a nadie.

Álvaro volvió del cole, dejó la mochila, se le colgó del cuello con un abrazo inesperado.

¡Mamá! ¡Hoy saqué un diez en matemáticas!

¡Olé, mi campeón! le felicitó Estrella. Estoy orgullosa.

Él se quedó quieto, sorprendido.

¿De verdad?

De verdad.

Álvaro sonrió. De oreja a oreja, como no sonreía desde hacía mucho.

¿Sabes, mamá? dijo. Hoy en el cole pensé: A ver si por la tarde mamá me abraza. ¡Y me has abrazado!

Tonto dijo Estrella, apretándolo fuerte, te voy a abrazar todos los días.

***

Por la noche, Estrella entró en la habitación de Álvaro. Él ya dormía. Sobre la mesa estaba el cuaderno.

Estrella lo abrió en la última hoja y, bajo la letra de su hijo, escribió:

Hijo mío, te quiero muchísimo. Perdóname. Lo intentaré con todas mis fuerzas.
MamáAl cerrar el cuaderno, se quedó sentada junto a la cama, escuchando la respiración tranquila de su hijo. Supo que el camino sería largo, y que los antiguos gritos vivirían desde ahora en su memoria como cicatrices pero también supo, por fin, que podía elegir. Eligió quedarse ahí, en la penumbra, acariciando el cabello de Álvaro con ternura, soñando despierta con el día en que todas sus palabras, por fin, fueran suaves.

Y cuando el amanecer asomó por la ventana, Estrella se levantó y, antes de salir de la habitación, susurró para sí mismatan bajito que solo las estrellas la escucharon: Hoy intentaré ser feliz. Y dejarles serlo.

Aferrada a esa promesa silenciosa, salió, cerrando despacio la puerta. Porque el amor, pensó, es también aprender a abrir puertas que creías cerradas para siempre.

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