Diario de Lucía, Madrid
Hoy ha sido un día de esos que te cambian la vida sin avisar. Al entrar al portal, ya con las bolsas de la compra en la mano, vi una caja justo delante de la puerta de mi piso. Me quedé perpleja; dentro, encogidos y temblando de miedo, estaban un perro y un gato. Ambos me miraban con esos ojos enormes, llenos de incertidumbre.
¿Y ahora esto? ¿Quiénes sois vosotros? pregunté de forma absurda, como si de verdad esperase una respuesta de estos bichillos.
Escuché que la puerta de la vecina se abría y la señora Carmen asomaba la cabeza.
Ay, Lucía, buenas tardes, hija. ¿Lo puedes creer? Rosario, la del segundo, ha fallecido y al final su sobrina no se ha hecho cargo ni del perro ni del gato.
Lo ha preguntado por todo el bloque, pero nadie los quiere. Que si cada uno tiene su gato ya, que si hay alergias… ¿Por qué no los acogéis tú y Víctor? No tenéis niños, sois jóvenes, con buen trabajo
Pero es que nunca hemos pensado en tener animales, y mucho menos de golpe dos dije sin saber ni qué pensar.
Separarlos sería una pena. Ya están muy acostumbrados uno al otro, incluso dormían juntitos. Rosario sacaba al perro al Retiro y el gato andaba solo por el patio No te darán trabajo, de veras.
Quizás podrías quedártelos, hija insistía Carmen con un deje de tristeza. Si no lo hacéis, ¿quién sabe qué será de ellos?
Dicen que los llevarían a sacrificar. Ya ves, hasta la caja les han preparado. El piso de Rosario ya prácticamente está vendido, y los nuevos dueños no quieren animales
Justo entonces entró don Antonio, el anciano del tercero. Miró la caja, después a mí:
¿No te animas a quedártelos? Son tranquilos, comen poquito. Y ya son mayores Nadie los quiere, y dan una pena Rosario los quería de verdad.
No pude soportar ni la idea de que los sacrificasen. Les pregunté los nombres porque apenas llevaba dos años viviendo aquí, y me llevé la caja dentro.
El perro se llama Chispa, y el gato es Baldomero. De verdad, muchas gracias, aplastó en la mesa veinte euros y el collar del perro. Para el primer día. Y muchas gracias otra vez
Cerré la puerta, dejé las bolsas y, sentada en el suelo, les hablé como si pudieran entenderlo todo.
Bueno, chicos, a ver cómo le explico esto a Víctor Seguro se va a sorprender. Espero que no nos eche a todos de casa, aunque sé que es bueno y le enternecerá la historia
No dejaba de pensar en lo cruel que sonaba todo aquello de sacrificar”; ¡qué ocurrencia! Por suerte, Baldomero pareció captar el tono de mi voz, salió sigilosamente de la caja y comenzó a investigar la casa. Chispa se quedó quieto unos minutos más, observando cómo me movía por el pasillo.
En la cocina me encontré, claro, sin nada de pienso. Improvisé un poco de arroz con trocitos de jamón cocido, pensando que eso les podría valer. Para mi alivio, el gato volvió y comió con apetito. Llamé a Chispa al rato. Se resistía, pero al final, viendo el entusiasmo de su amigo, se acercó y se lo comió también.
Cuando Víctor llegó del trabajo, la sorpresa fue monumental. Lo cierto es que, a pesar de la impresión inicial, juntos acordamos buscar a alguien con casa más grande; aún así, si nadie los quería, nosotros nos haríamos responsables. Llevábamos cuatro años casados y dos en ese piso. La vida, bastante tranquila y cómplice, solo tenía la pena de no tener hijos.
Lucía, siempre has querido la casa impecable y nunca quisiste animales me dijo Víctor con media sonrisa.
Ya, pero pensaba que tendríamos un bebé. Y ahora, mira no podía ignorar la situación. Perdóname, contesté, con lágrimas en los ojos.
Si yo también los quiero, mujer. Ya veremos; mañana lo comentaré en la oficina, por si surge alguien para adoptarlos, me animó, abrazándome.
Desde ese momento, todo cambió en casa. Chispa y Baldomero se adaptaron en unos días. Para ellos el entorno era familiar, ya que la antigua casa de Rosario estaba justo encima, mismo patio y mismas ventanas.
Parecéis de toda la vida, les decía yo, mientras los acariciaba.
A Chispa lo saqué pronto a pasear por el Retiro, mañana, tarde y noche. Baldomero salía al patio por la ventana y volvía sin hacer ruido; la independencia del gato y la lealtad del perro, cada uno en lo suyo.
Carmen venía a menudo, aportando restos de cocido para Chispa y algún trocito de pescado para Baldomero. Por las tardes, Víctor y yo no parábamos de reír viendo a Baldomero jugando con pelotas nuevas y a Chispa roncando en su camita.
Ellos siempre dormían juntos. Nunca habíamos visto tanto cariño entre dos animales; estaba claro que separarlos habría sido una tragedia. Con los meses, ni siquiera quisimos buscarles otro hogar. Nos habíamos encariñado de una manera inesperada.
Mi madre, que vive cerca de Cuatro Caminos, empezó a venir los sábados. Al principio se sorprendió con nuestros nuevos “inquilinos”, pero acabó por quererlos igual que nosotros.
Me quedaría con Baldomero, pero en mi tercer piso se me escaparía está acostumbrado al patio, me decía mi madre.
Ni hablar, mamá. Cuando nos vayamos de vacaciones, vienes a cuidárnoslos. Así los dos nos quedamos tranquilos, y tú también tienes plan.
Cuando llegó el verano y fuimos a la playa, no paraba de llamar a mi madre para preguntar cómo estaban mis “peques”.
Todo va bien, hija, comen como limones y juegan juntos. Yo paseo a Chispa y Baldomero ni se entera cuándo me voy. Disfruta del mar, anda, me tranquilizaba ella.
Al volver, la fiesta que me montaron los animales fue inolvidable: Chispa saltaba y movía la cola como loco; Baldomero se frotaba ronroneando contra las piernas de Víctor.
Mira cuánto nos quieren, decía Víctor; y yo, entre risas, iba preparando la cena para todos.
Yo, que nunca fui madrugadora, ahora me levantaba con el primer rayo de sol para sacar a Chispa y prepararles la comida antes de ir a trabajar. Era una rutina casi maternal.
Poco después, con emoción y un poco de nervios, le conté a Víctor que esperaba un bebé. Aquello fue el punto culminante de la felicidad, para nosotros y para toda la familia.
Mi madre estaba convencida:
¿Te das cuenta, hija? Como si el destino te hubiese mandado a Chispa y Baldomero para poner a prueba tu corazón. Ahora toca prepararse para la maternidad.
Yo reía.
Puede que tengas razón, mamá. No creo en esas cosas, pero gracias a ellos ya estoy más que entrenada: limpiar, cuidar, dar cariño… ¡Es igual que con los niños!
Si quieres, me los llevo unos días cuando nazca el niño, para que no te agobies, me propuso ella.
Ni pensarlo. Nos apañaremos, pero te agradeceremos alguna tarde para que pasees con el cochecito mientras duermo un poco.
Nos abrazamos fuerte en el recibidor.
El embarazo fue bien, y cuando nació nuestro Marcos, el mundo se volvió todavía más brillante. Chispa, ya mayor y tranquilo, nunca ladraba. Baldomero pasaba horas al sol bajo la buganvilla o trepando a la higuera vieja del patio.
Ahora sí, la familia estaba completa y en armonía absoluta. Y por todo el barrio, gracias a las historias de Carmen, la gente cuenta cómo Lucía fue madre por su gran corazón, y nadie duda en mencionar el milagro de los animales.
Carmen lo cuenta como si fuera una leyenda urbana, un cuento real sobre cómo el universo responde a las buenas acciones
¿Vosotros qué pensáis? ¿Será verdad lo que dice Carmen?






