Gotas de rocío

¡Que no es nada fea! ¡Es preciosa! ¡Carlos, díselo tú!

Carmela apretujaba contra sí una gata escuálida, con más pelos menos que más, y lloraba con tal drama que los vecinos, reunidos a su alrededor, se tapaban los oídos.

Carmela, de voz potente y con un arte ancestral propio de las familias numerosas, era capaz de hacerse oír aunque lo suyo no fuese la poesía. Tenía cinco años, pero ya era campeona del barrio en gritos agudos, de esos que hacen temblar hasta los cristales del portal.

Todos estaban más que acostumbrados a Carmela y su tropa de hermanos. Nadie se extrañaba de sus locuras, porque sabían que Manuela, su madre, tenía bastante con lograr que aquel ejército infantil mantuviera una pizca de civismo. Manuela trabajaba en turnos infinitos. Cualquier otra madre, en su lugar, habría acabado colgada del tendedero como un trapo cansado.

El tendedero, de forja enroscada y orgullosa, separaba el edificio antiguo ahora dividido en pisos de la calle. Era el orgullo del bloque. Cada primavera Manuela lo pintaba junto a sus vecinos; tenía más que merecido el derecho a colgarse de él cuando le diese la gana. Pero ella, suspirando, rechazaba tan singular privilegio.

Todos somos caballos, ¡vaya que sí! Preciosos, fuertes… de tiro. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Nadie tira del carro por ti. Todo a la mochila. Pero yo, chicas, soy más pony inmortal que caballo. Y doy vueltas sin saber ni a dónde ni por qué, aunque hace tiempo que entendí el motivo. Parezco ese caballo que solo sueña con la noche: que los críos estén limpios y hartos, y que la pila de la cocina esté vacía… porque alguien la dejó como los chorros del oro. Será raro, pero mira, esa nada es la felicidad.

Manuela tenía alma de filósofa y una belleza evidente, aunque poca gente reparaba en ello. ¿Quién se fija en una mujer con seis hijos de todas las edades, y casi nadie que le ayude? De su vida sentimental, hacía tiempo que ni se acordaba. Bastante tenía con lo suyo: ser madre de seis no es moco de pavo.

Y nadie tenía quejas: era de sobra sabida la historia de la familia de Manuela.

Carmela, como tres de los hijos de Manuela, era adoptada.

No, Manuela no fue a un orfanato en plan heroína a salvar niños y darles un futuro brillante. ¿Hubiera sido capaz? Puede; pero no entonces y mucho menos sola. Tenía otros planes para la vida, y verse como madre coraje de media docena de niños jamás le habría aparecido ni en pesadillas.

Pero ya se sabe que la vida es una caja de sorpresas, y cuando reparte pruebas de fe y carácter, ni se molesta en consultarte.

¡Ahí lo tienes! ¡A ver qué clase de persona eres!

Y a Manuela le tocó pensar y decidir. Aunque desde el principio sabíamos todos qué haría.

Los niños que criaba Manuela eran su herencia.

La herencia, como bien sabemos, se acepta… o no. Y Manuela no concebía el rechazo. Si no fue abandonada ella, ¿cómo dejar a esos chavales, especialmente siendo de su sangre? Ni hablar.

Y no le faltaban motivos, ni le importaban las opiniones de nadie: los suyos eran motivos más que suficientes.

Manuela fue niña de los noventa.

Su madre era una belleza de Granada, codiciada por todos. A los dieciocho ya lucía un vestido de novia tan espectacular que levantaba suspiros y envidias. Se casó con un tipo tan interesante que casi mejor no saber en qué andaba metido.

De sus padres Manuela no guardaba ni un recuerdo.

Iba a verles con su abuela al cementerio, al panteón familiar, donde había una lápida bonita con fotos que la pequeña Manuela acariciaba, mientras le contaba al retrato en voz baja, para que la abuela no la oyera, cómo le iban las cosas: la nota en el cole, la bufanda roja y blanca que le hizo la abuela…

La verdadera historia de sus padres la supo a los dieciséis.

Tu padre era de dudosa reputación, cariño. Se fue antes de tiempo, y de paso arrastró con él a mi hija. No debo hablar mal, pero no se lo perdono. Ni creo que pueda jamás. ¡Cuánto recé para que no se metiera con él! No me oyó… le quería… y él a ella, mal que me pese. Dicen que la protegió cuando vinieron a por él. Quizá fue amor, no sé. Pero se llevaron lo mejor que tenía. Tú eres la única alegría que me queda de esa historia…

Desde ahí, Manuela ató cabos sobre quienes eran esos hombres callados que venían de visita. Se sentaban en la cocina, escuchaban cotilleos de la abuela sobre sus progresos escolares, luego dejaban sobres llenos de billetes y se iban sin decir ni pío.

La abuela no rechazaba el dinero. Pero tampoco lo gastaba. Lo guardó todo, y con el tiempo, al acabar el bachillerato, Manuela heredó un piso majestuoso.

Aquí tienes, moa niña. Tu herencia: de tu madre… y de tu padre.

A Manuela el piso no le gustaba. Se quedó con la abuela.

Pero hija, ¡si es un piso bonito y céntrico! La escuela, el conservatorio… todo al lado. ¿Por qué te emperras?

Si no vienes, yo tampoco. O nos mudamos juntas, o seguimos aquí.

La abuela era imposible de convencer. Hasta que apareció su sobrina, Felisa.

Manu, déjanos vivir en tu piso, por favor. ¡Con dos hijos y pagando alquiler! Mira, yo pago los gastos, y además, si nos empadronamos, podré meter a los críos en la guardería.

Felisa tenía más arte que un vendedor ambulante. La abuela era muy de refranes y veía venir a la gente a kilómetros.

No la escuches, hija. Será familia, pero tiene más cuento que Calleja. Ni se te ocurra.

Abuela, ¡que tiene niños!

¿Y a mí qué? ¡Que los críe ella! Yo te tengo a ti.

Manuela le hacía caso, pero tampoco podía dejar de lado a los niños de Felisa, entonces pequeños, y que se le colgaban al cuello nada más verla.

¡A llorar a otra parte! bramaba Felisa cuando los recogía. Manuela no es tu niñera.

Manuela pensaba que era injusto tener un piso enorme vacío mientras otros malvivían. Y Felisa venga a repetir lo de la familia, que cómo iba a dejarles en la calle…

Aquella frase la perseguía: hay que portarse como persona, decía la abuela sobre el padre de Manuela.

Eso le calaba, y procuraba siempre escuchar el anhelado:

Eso está bien, Manuela. Buen hacer, como decía mi madre. Así da gusto.

Esa era la máxima aspiración de Manuela, y sentía que debía obrar igual con Felisa, aunque aquí la abuela pegó el giro.

¡Que nones! dictaminó la abuela. La familia ayuda, sí. Pero regalar todo sin más es una tontería, hija. Felisa saldrá adelante, pero necesita caña, no peces en el plato. Ayudas, pero sin regalías o luego a ver quién la echa. Mejor déjame a mí decidir y tú ni te metas.

Manuela aceptó a regañadientes el veredicto.

Felisa se resignó cuando la abuela propuso prestarle su humilde piso de barrio en vez del palacete grande.

Sabía que protegerían a Manuela a capa y espada.

Eres familia, Felisa, pero recuerda que mi nieta es huérfana. No quiero líos. Anda, quédate con el pisito y palante.

Así fue la mudanza.

El tiempo, cómo no, siguió su ritmo. Manuela quería que la abuela disfrutara la vida… pero el destino decidió que no tocaba.

La abuela, que tenía el ambulatorio al lado, iba más que a misa.

¡Como el que va a fichar! bromeaba mientras sacaba recetas del bolso.

A Manuela se le encogía el alma, pero la abuela, más dura que una barandilla, le quitaba peso.

Nada, nada, dos pasos y estoy. Ve tú a lo tuyo.

¡Cuánto lamentó Manuela no haber insistido!

El invierno, ya se sabe, trae resbalones. La abuela tropezó y se golpeó la cabeza. La gente pasó de largo. Un taxista bendito sea rebuscó, encontró el teléfono de emergencia, llamó a Manuela y a una ambulancia, pero fue demasiado tarde.

Al día siguiente, la abuela se fue para siempre. Manuela pasó esas horas abrazada a Felisa en el hospital.

¿Y ahora qué? gimió.

Ahora a tirar. Tu abuela no querría ese drama, ¿ves tú lloriqueando todo el día?

No, tienes razón…

Manuela comprendió pronto que le tocaba ser la adulta definitiva y tomar las decisiones.

Mucho pasó entonces.

Entró en escena Alberto, con quien Manuela estuvo cinco años, y que un día, plano y honesto, le comunicó que se había enamorado de otra. No mentía: quería seguir ayudando con los niños, pero vivir con ella, no. Ella, por raro que parezca, no pudo ni enfadarse.

Somos amigos, ¿verdad, Manuela? decía él, embalando cajas.

Lo de amigos… bueno, sí, podía ser. Pero por dentro, Manuela sentía el mismo vacío que el día que le llamaron del hospital.

¿Culparle? No, esto es la vida. Los niños lo querrán igual…

Se despidió de Alberto, llamó a Felisa y la necesitó allí, a su lado.

Ven, que no estoy bien…

Felisa, que seguía viviendo en el piso de la abuela, trabajaba de enfermera jefe. Estaba agotada tras ayudar con manualidades a su hija pequeña, pero la llamada, por el tono, era urgente.

En poco tiempo estaba allí, acunando a Manuelaprotestando con arte y soltando algún improperio dirigido a la familia política de Alberto hasta la séptima generación.

¡No llores! Largo de aquí con viento fresco. Mejor así. Lo habría hecho igual tarde o temprano.

¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?

Nada, corazón. Hay hombres que son así. Si te lo cuento más claro suena feo… pero es lo que hay. Y no le dejará tirados a los niños, ya verás. Eso cuenta, créeme. Mira yo con el mío, a base de transferencias ridículas y ni las gracias a los críos… Aquí hago de madre y de padre. ¿Eso es normal? Pues no. Pero mira, tiramos.

¿Y ahora qué hago, Felisa?

No discutir, es lo único sensato. El tiempo pondrá el resto.

Ahora me vendrás con lo de que el tiempo todo lo cura…

Mentira. No cura nada. Sólo pone cosas nuevas delante que tapan el dolor viejo. Y así va la vida.

¿De dónde sacas tanta sabiduría?

Tu abuela, hija. Ella lo explicaba todo. La siento aquí a mi lado, susurrándome…

Manuela sonrió por primera vez en días, secándose las lágrimas con el trapo de la cocina.

A Felisa no le andaban muy lejos los tiros. El tiempo pasó, y a Manuela se le fue yendo el nudo del estómago, porque faena había de sobra.

Alberto seguía viendo a los niños, se portaba.

Así que cuando le soltó que iba a ser padre otra vez, Manuela ya pudo hasta alegrarse.

Pues me alegro…

¡Gracias, Manu, eres la mejor!

Venga, no lo descubras ahora… consiguió sonreír.

Y al poco, saltó la noticia gorda.

Felisa, ¡qué me cuentas!

Manu, hija, ¿acaso hay que explicarte cómo va esto? Que tú también tienes dos, no me vengas… ¿Te cuento los detalles o tiramos palante? Felisa lo decía bromeando, pero el miedo en sus ojos era real.

¿Y el padre?

Da igual. Se largó en cuanto supo lo de los mellizos. Así que mira, ni tiempo a asustarle.

¿Y ahora?

¿Y ahora qué hago yo, con dos más? Ya bastante tengo con los que tengo… Felisa se tapó la boca y se fue corriendo al baño mientras Manu miraba a la chiquillería pelear por los caramelos en la mesa.

¡Eh, chavalería! firmaba Carlos, el mayor. ¡Todos a partes iguales! Tía Manuela, tú tampoco te pongas triste. ¡Anda, toma un caramelo! Te arregla el ánimo.

Mirando a los ojos de ese niño tan suyo, Manuela tomó una decisión que muchos juzgarían de locura.

¿Estás mal de la azotea? Felisa, con la escritura en la mano, negaba con la cabeza. No puedo aceptarlo…

Claro que puedes. Es lo correcto, y la abuela lo entendería. Tus hijos son geniales. Y que tengan un hogar suyo, aunque sea pequeño, es lo justo.

El piso de la abuela pasó a nombre de Felisa. Y el clan, ampliado, se preparó para la llegada de los mellizos.

Carmela y Marisa vinieron puntuales al mundo. Menudas, chillando como sirenas en regata, dejaron claro desde el primer día que allí estaban para quedarse.

¡Qué voces tienen estas chicas! ¿Nombres?

Una por mi madre, Carmela; la otra, por la tía Manuela dijo Felisa.

Debe de haber sido buena tía, si le pone el nombre a tu hija…

La mejor. Sin ella no tendrían ni vida ni casa estos niños.

Felisa salió del hospital flanqueada por los niños y Manuela.

Bueno, ya somos unos cuantos más… susurró Manuela, admirando el paquete de encajes. ¡Qué bellezas!

Ojalá sean felices… respondió Felisa, escondiendo un temor que no quiso compartir.

Si hubiera pedido ayuda antes, tal vez… Pero a ver, ¿qué madre piensa en sí misma con bebés recién nacidos?

A la semana, Felisa se sintió mal de pronto y, antes de llamar al médico, pidió a Carlos que cuidase de las mellizas.

Vigílalas, que llega la ambulancia. Llama a Manuela, pero no asustes a tu hermana.

No la pudieron salvar. El corazón, del que nunca se quejó, la traicionó.

Y le tocó, de nuevo, a Manuela tomar una decisión. Pero no había elección en realidad: ¿separarlos? Ni pensarlo. Cuatro de Felisa, más los suyos, seis en total: locura.

Es mucha responsabilidad… Ustedes deciden, pero ya verá decía la asistente social, escéptica, cabeceando ante ese panorama de tribu numerosa.

Manuela no discutía. No podía ni pensarlo: darle a esos críos una vida rota por segunda vez. Lo suyo era duro, pero correcto: todos juntos, sin excepción.

Alberto fue de gran ayuda, encontró abogada, rellenó papeles y hasta hizo de canguro.

¿Tu mujer no protesta? preguntó Manuela.

Nada, ella entiende. Sabe que nosotros… que tú y yo no volveremos, y punto. Esto es otra cosa.

¿Estás segura de esto, Manuela? Porque seis…

No estoy segura de nada, Alberto. Estoy asustada, para ser sincera. Pero no sé hacerlo de otra manera. No puedo dividirlos.

¿Y qué temes?

¿Y si no puedo? ¿Y si me supera?

No estarás sola. Ayudaré, te lo prometo. Te lo debo. Y, Manuela…

¿Qué?

No he visto mujer como tú en mi vida. Si alguien puede, eres tú. Palabra.

Ojalá te oiga el de arriba, Alberto…

Seguro que sí, y si no, ya se encarga tu abuela de explicarle el asunto.

Por primera vez desde todo el drama, Manuela sonrió de verdad.

Luego, claro, vinieron noches malas. Lloraba como una niña dentro de la almohada para que no la oyeran los críos.

Abuela, ¿cómo lo hago? Tú siempre tenías respuestas…

Y vaya si venían: recuerdos, refranes, indicios. No soluciones perfectas, pero sí la pizca justa para seguir adelante, para calmarse y dormir. Si no era el camino ideal, al menos era uno, y allí estaban, creciendo bajo su ala: niños que sabían que, pasara lo que pasara, Manuela siempre estaría allí. Que no dolería tan fuerte.

Y así, de vuelta al principio: Carmela, defendiendo a la gata despeluchada en el portal contra el dramatismo de los vecinos.

Manuela te va a echar junto a ese bicho. Mira que es fea y encima puede tener pulgas. Déjala.

¡No! Carmela suplicó a Carlos y luego miró atrás, a la puerta.

Aquel día tocaba excursión al zoo. Manuela madrugó, preparó bocatas, cafés, organizó el tumulto, y en un visto y no visto despachó a los niños bajo la custodia vigilante de Carlos.

Llévalos a los columpios, Carlos, y en dos minutos salgo. ¿Dónde habré metido yo las deportivas viejas?

Mira en el armario de Lucia, ella lo dejó todo patas arriba ayer. Te esperamos abajo. ¡Y acaba de pintarte el ojo, mamá, que vas con cara rara! No tengas prisa.

Manuela remoloneó. Deportivas encontradas, rimel puesto (hasta barra de labios, que ya es decir), y en ese momento, el espejo la pilló pensativa: hijos, líos, más líos… ¿y qué más da? No voy a asustar a nadie con este careto, pensó, y se decidió a disfrutar el día.

Uno puede pasar la vida reclamando a los niños o… ordenar otro helado, comprar nubes de azúcar, y gritar:

¡Hoy quiero ver elefantes! ¿Quién se viene?

Y recordar los paseos al zoo con la abuela, el compot casero, el bocata en la sombra, la mano apretada…

Ahora cocía ella misma el compot, organizaba picnics para media docena, y el día, para bien o mal, era suyo.

Se miró en el espejo una vez más, cogió la mochila y salió lanzada.

La vecina del tercero la interceptó, sonrisa pícara.

Anda que no, Manuela. Te espera una sorpresa ahí fuera.

Y Carmela allá que corrió, enseñando orgullosa a la gata.

¡Mamá, mira! ¿A que es preciosa?

¿Y qué va a decir Manuela?

¡Pues nada! Cogió a la gata, la examinó, y suspiró.

Zoo cancelado. Ahora tenemos tigre propio. Carlos, ¿dónde hay aquí un veterinario? ¡Marchando!

Y ese día fue bueno, aunque el zoo quedara pendiente. Porque la gata, flacucha y herida, acabó convertida en la reina de la casa, bañada de mimos y devolviendo, maullido a maullido, felicidad al hogar.

A nadie le sorprendió. Porque en esa familia, de tanto amor como hay, siempre se sabe que donde cabe una gota, hay sitio para un mar entero.

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