La compleja felicidad

¿Pero cómo que nos separamos? Álvaro, ¿estás de broma?

Lourdes miraba a su marido sin comprender nada. ¿Separarse? ¡Si llevaban juntos casi veinticinco años! Dentro de dos semanas era su aniversario, planeaban celebrarlo… ¿O ya no? Todo se volvía borroso en su cabeza. ¿Y qué iba a pasar con la comida, los invitados? Las invitaciones ya estaban enviadas… Vendría toda la familia. Los amigos no paraban de llamar preguntando qué regalarles. Y algunos, como Carmen, su amiga de toda la vida, ya había enviado su regalo. Una pena que no pudiera venir; le faltaba poco para dar a luz y volar era imposible. Mejor que se quedase en casa tranquila. Después se verían y celebrarían juntas, Carmen fue crucial en la historia de su familia; fue ella quien le presentó a Lourdes a Álvaro. Y el día de la boda, era la que más gritaba ¡Que se besen, que se besen!, aunque Lourdes no tuvo ni ganas de lanzar el ramo, se lo entregó directamente a su amiga.

No entiendo de qué va tu novio, Carmen. Te va a perder.

¿A dónde va a ir? Carmen le colocaba el velo. Todo a su tiempo, Lou. No está maduro. ¿Para qué quiero yo un marido verde? Mejor esperar a que esté en su punto, si no, menudo desastre, divorcio y a repartirlo todo… ¿Y después? Los niños, la casa, los suegros, que ya para ese momento me querrán hasta de hija. Mejor no. Ya vendrá la cosecha se reía Carmen, retocando su maquillaje.

Eres mucho de planificar a largo plazo se ahogaba Lourdes de risa.

No sé vivir a medias. Si hago algo, lo hago bien.

¿Y los niños? ¿También todo de golpe?

Sí, ¡quiero gemelos! Así sufro una vez y tengo el pack completo. En mi familia y en la de él ya hubo casos.

Pero hay que criarlos después.

Pues dos juntos es mejor que uno solo.

¿Por qué? Lourdes escuchaba siempre atenta los razonamientos de Carmen. Siempre fue lista y pragmática. De niñas, cuando se metían en líos, a Carmen nunca la pillaban. Sabía prever el lío y salir airosa, intentando arrastrar en la buena dirección a todas sus cómplices. Si alguien se creía más lista e iba por libre, entonces ella se apartaba y observaba desde la distancia cómo el espabilado se llevaba la bronca de los adultos.

Fácil, Lou. Competencia sana y bien organizada, siempre tienen con quién jugar y además, me dan el título de madre ejemplar criando dos a la vez. ¿Te parece poco?

¡Suficiente! Lourdes reía, convencida de que Carmen conseguiría todo lo que quisiera.

Y lo consiguió, aunque el destino tuvo más sentido del humor que ella. En vez de gemelos, tuvo trillizos. El cielo decidió ponerla a prueba.

Carmen se manejó de maravilla. Ya para entonces, la familia de su marido la adoraba. Trató siempre a todos con respeto y ofrecía ayuda cuando hacía falta, organizando cualquier cosa donde implicar a su pareja, que no era precisamente de los de sacrificarse por los demás. Al final, cuando Carmen necesitó ayuda con los niños, dos abuelas y un abuelo estaban a disposición día y noche. Así llevó adelante a los bebés, tan pequeños, tan frágiles, que estuvieron en la incubadora, y luego, con la cabeza despejada, se matriculó en la universidad.

Carmen, ¿estás loca? ¿Cómo vas a poder con todo?

¿Quién se atreve a suspender a una madre de tres? Así no se me atrofia la cabeza y salgo formada y lista para lo que sea.

Terminó la carrera y enseguida la contrataron. Convenció a su jefe de que el sueldo le permitiría contratar una niñera, aunque la realidad era que las abuelas seguían al pie del cañón; el jefe no tenía por qué saberlo.

Pero Carmen, ¡te va a quedar justo!

Me sobra con la experiencia, Lou. Si no tengo práctica, ¿de qué me sirve el título? Ya vendrán mejores condiciones, cuando yo lo decida.

A Lourdes siempre le asombraba cómo Carmen hacía de todo sin perder el control ni agotarse. Lourdes, en cambio, toda la vida había sido indecisa, hasta para elegir los leotardos en el colegio.

Pero tú, cuando decides, seguro que es lo correcto. Yo soy demasiado impaciente decía Carmen. Eres conservadora, Lourdes. Y los conservadores son los más fiables.

Fiables… ¡Ja! Eso parecía valorar ahora Álvaro. ¿Cómo podía? ¿Por qué? Vivían bien, o mejor dicho vivían. La ausencia de hijos pesaba, pero ya lo tenían asumido. Lourdes trabajó un tiempo como voluntaria en casas de acogida, pero comprendió que no podría adoptar un niño ajeno. No por recursos ni por coraje, sino porque temía no poder darle ese amor maternal absoluto. No sabía exactamente qué faltaba, pero intuía que hacía falta algo más que buenas intenciones.

Aún no has encontrado a tu hijo le decía la directora del centro de menores, Doña Encarnación, mientras observaba a Lourdes rodeada de niños.

¿Y si no lo encuentro? ¿Y si no está destinado a ser?

Entonces no lo fuerces, Lourdes. Mejor no asumir lo que no puedes cumplir. Dos sufriendo son peores que uno. Mira a ese, a Miguelito. Lo devolvieron dos veces.

¡Por Dios! ¿Cómo se hace eso?

En la primera familia nació biológico después y en la segunda no calcularon fuerzas. Miguel vivió, pero perdió el apetito, hasta rogaba volver al centro.

Lourdes, tocada por aquella historia, estuvo a punto de lanzarse al papeleo para adoptarlo, pero Carmen la frenó.

¿Seguro que tienes esa clase de amor? No es compasión, es amor o será peor, Lou. Si quieres, te presto uno de los míos unos días, pruebas el papel de madre y lo decides.

Lourdes desistió, pero jamás olvidó a Miguelito. Se prometió vivir sin dañar a nadie nunca. Aprendió, al menos, esa lección.

Se abrazó los hombros. Sentía frío… ¿Qué debía hacer? ¿Ayudarle a hacer la maleta? ¿Le metía ropa de invierno o de entretiempo? Aquí nunca dura mucho el buen tiempo… ¡Nada que ver con Sevilla, donde vivía su madre! Allí Lourdes nunca pasaba frío ni en enero, pero aquí… Ahora sólo quería irse a casa de su madre, a perderse con ella unos días en la sierra. Pero su madre ya no estaba. Ni Álvaro, pronto, tampoco.

Dios, si no quería libertad. Quería a su marido, los mismos cafés a media tarde y a medianoche, las escapadas inesperadas al teatro o a la playa. Nunca planificaban, eran felices cuando improvisaban. Álvaro podía llamarla a media mañana y decir:

¿Qué haces, Lou?

Hasta arriba, entrevistas y el banco me espera.

Déjalo todo y ven. Demos una vuelta.

Y Lourdes lo dejaba. Una hora después paseaban en silencio o hablando de cualquier cosa. Así era su felicidad.

Ahora eso estaba en el pasado. Álvaro tendría un futuro, y ella, solo recuerdos. Él tenía ya otra, que además iba a ser madre… ¿Por eso la dejaba? ¿O su matrimonio era una mentira desde hacía veinticinco años? Lourdes podría llegar a perdonarle lo primero, lo segundo le resultaba insoportable. ¿Cómo podía no haber conseguido hacerle feliz?

Plantada en la cocina, pegada al radiador caliente, sentía las lágrimas paralizándola. Escuchaba a Álvaro moviéndose por la casa, abriendo y cerrando cajones, puertas… Hasta que por fin la puerta se cerró de golpe y ella, como por reflejo, apretó tanto los dedos al alféizar que sintió que lo podía romper. Tiró al suelo el tiesto con su única planta, la que le trajo Carmen, y gritó. No sirvió de nada, sólo ensució el suelo de tierra y trozos de cerámica, pero se sintió un poco menos sola.

Todo, absolutamente todo era negro. Ya no había luz en casa; esa luz se había marchado y la dejaba perdida.

Salió del trance, no deteniéndose ante los cristales en el suelo, y fue a por el móvil. Marcó a Carmen.

Carmeeen…

Apenas era un lamento, más animal que humano. Y Carmen sólo confirmó lo obvio:

Álvaro se ha ido, ¿verdad?

Sssí…

De acuerdo. Mañana llego.

¿Te has vuelto loca? ¡No vengas! ¡Por favor, no quiero ser la causa de que te pase nada, ni a ti ni al bebé!… Espera Lourdes se detuvo. ¿Tú lo sabías?

No exactamente, pero suponía algo. Última vez que os vi, Álvaro ni podía mirarme.

¿Y ahora qué hago? ¡Mi vida se ha ido al traste!

Cómprate un vestido.

¿Cómo?

Lo oyes bien, uno de esos de los que siempre te has privado. Ahora mismo. Luego me lo enseñas. No te encierres ni llores. No lo va a arreglar. Compra el vestido, ven a verme y subiremos a la sierra. Yo estoy bien.

Pero estás a punto de dar a luz.

Y? No soy inválida. Pararemos en algún hotelito y pasearemos. Me hace falta, y a ti también. Cuando puedas, mándame el número de vuelo. No me hagas enfadar.

Carmen colgó, y Lourdes, sin saber muy bien cómo, se miró al espejo. Allí estaba: no era una jovencita, pero tampoco una anciana. ¿Debía resignarse? No iba a darles ese gusto. Carmen tenía razón.

Secó sus lágrimas, respiró hondo y se puso en marcha. Canceló citas, restaurante, todo, por móvil, con el corazón hecho trizas. Usó escoba y fregona (ni se acordó de que tenía dos aspiradores) y limpió la cocina. El vestido que eligió lo sentó como un guante: rojo, vivo y luminoso, tan distinto de los tonos neutros que solía llevar. Siempre prefería pasar desapercibida, todo lo contrario que Carmen, que sabía atraer miradas sin provocar antipatía.

Ahora algo en Lourdes había cambiado. Ni su edad ni el miedo podían frenarla del todo. El espejo reflejaba una mujer triste, sí, cansada, pero no derrotada. Aún había algo dentro. Nadie se lo quitaría. Se permitió un rato de furia silenciosa no por lo que había perdido, sino porque entendía demasiado bien a Álvaro. Los amigos duelen más que los amantes cuando te traicionan…

El viaje, con transbordo y todo, la distrajo. Mejor así. Más fácil despejar la tristeza.

En la sierra, Lourdes y Carmen gastaron suela recorriendo senderos, hablando y callando, a veces chocando argumentos, a veces riendo, y, poco a poco, Lourdes notó que volvía a respirar. Carmen tenía esa capacidad de hacerle ver que lo urgente no era siempre importante, y lo pequeño podía ser esencial.

Vuelve, Lourdes. ¿Qué vas a hacer sola? Hay niños aquí, falta gente que los cuide. Y tu padre también está delicado, pensaste llevártelo, ahora puedes ser tú quien regrese. Ya verás.

Y así fue. Lourdes decidió volver al Sur, con la primavera latiendo en el aire de Sevilla, compró piso cerca del de su padre. Pronto supo que Luisa, la nueva compañera de su padre, era una buena mujer, y Lourdes, lejos de ver peligro en ello, se alegró por él: los amores pueden llegar tarde, pero mejor llegar.

Abrió dos centros de actividades infantiles y le sobraba trabajo para no pensar demasiado en lo perdido. Aun así, por las noches, algún que otro fantasma aparecía: hubiese dado todo porque Álvaro irrumpiese de pronto preguntándole si quería un té y contárselo todo. Sabía que debía dejarle ir, pero una parte de él seguía en casa.

El asunto de Hacienda, año y medio después, le distrajo. Tenía que volver a Madrid a aclararlo, un buen motivo para salir de la rutina. Lo solucionó rápido y, con tiempo de sobra hasta el vuelo, decidió ir al barrio donde vivía antes, recorrer esos lugares felices o tristes, esos de antes.

Uno de los centros seguía abierto. Desde fuera, Lourdes vio a los críos enredados en pinturas y sonrió viendo al joven monitor rugir como un oso mientras los peques gritaban encantados. El otro local había cerrado, pero la fachada y el letrero seguían igual. Siguió hacia el antiguo piso, la plaza, el parque donde paseaba con Álvaro… sin saber muy bien por qué, dejó que sus pasos la llevaran por el camino tantas veces recorrido, ahora con bancos nuevos y el parque recién restaurado.

En el banco junto al estanque, un hombre empujaba despacio un carrito de bebé. Le resultó familiar y, al acercarse, vio que era Álvaro. Estaba cambiado, más canoso y debilitado, y, sentado torcido, parecía encogido, herido, girando la sillita como una brújula sin norte. Lourdes no pudo evitar acercarse.

Álvaro…

Él se sobresaltó, bajó la cabeza y murmuró:

Hola, Lou.

Se sentó a su lado.

¿Cómo estás?

Una pregunta absurda, lo sabía, pero quería escuchar su voz.

Mal, Lou. Estoy mal. Solo. Y normal no soy. Lo he perdido todo. Sin saber ni cómo.

Mientes. Lourdes le miró, sabiendo que no podía le seguiría atrapando el pasado. Tienes más de lo que crees; más que lo que me dejaste.

Señaló el carrito.

¿Niño o niña?

Niña, Eva.

Joven esposa, hija. ¿Qué quieres más?

No hay esposa, Lou. Mila no está. El parto fue complicado…

Lourdes se quedó sin palabras; no sintió rencor, solo una tristeza por aquella mujer que se cruzó en sus vidas y que se fue demasiado pronto. Y Eva dormía, ajena a todo, mientras su padre la mecía.

Hablaron, poco a poco, despacio, tapando con palabras los huecos de dos años, hasta que Eva despertó, contempló las farolas y el cielo, y Lourdes la miró como embobada.

El día que veas a tu hijo, lo entenderás, Lourdes… recordó la mujer del centro.

Unos meses después, Doña Encarnación le llevó a Lourdes, en Sevilla, a un niño moreno y serio.

Miguel, ¿sabes por qué estoy aquí?

A por mí.

¿Quieres venirte conmigo?

No sé. No creo que me lleve.

Y no le miraba con esperanza, sino con esa desconfianza madurada de quien ya ha visto de todo. Al sacar las fotos, se encendió una chispa en sus ojos.

¿Es su marido?

Sí.

¿Y esta niña, su hija?

No, Miguel. Pero pronto lo será. Y tú, si quieres, mi hijo también.

Me devolverá.

¿Por?

Siempre me devuelven.

No soy como los demás. ¿Sabes por qué?

No…

Sé lo que es perderlo todo. Y no quiero verte sufrir. ¿Sabes lo que es una madre?

No.

Quien no permite que lastimen a su hijo.

¿Le doy pena?

No. Quiero quererte, no compadecerte. Quiero que Eva tenga un hermano, fuerte, que la proteja. ¿Me ayudarás?

Miguel dudó, tocó la manga roja del vestido de Lourdes, como para asegurarse de que no era un sueño.

¿Te gusta?

Mucho.

Yo también lo compré en un momento muy triste. Ahora me da fuerza. ¿Lo intentamos?

No, Miguel, no lo intentamos. Lo hacemos, que es diferente, y no te devolveré. Ayúdame tú a ser madre, ¿quieres?

Miguel asintió casi en silencio. Lourdes respiró, tranquila por fin.

Y desde entonces, cada verano, una familia en fila india recorre las sendas de la sierra; un chico moreno cuida que la pequeña y traviesa Eva no se meta en líos, mientras inventan historias de osos y lobos, y Lourdes, roja de risa y con las manos ocupadas de cariño, piensa en lo mucho que ha cambiado su vida, en días claros sobre las cumbres. Ahora sabe, sin duda, que el amor más valioso es a veces el más trabajado; y que lo más difícil de perder, finalmente, da los frutos más dulces.

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