Calcetines
¡Ay, mi tesoro! ¡Qué ricura! ¡Dios mío, por qué los niños pequeños son tan adorables, eh? María Carmen mimosea a su nieto, luciéndose con orgullo ante la cámara.
La familia celebra el medio año de vida de Martín por todo lo alto. Animadores, globos, una gran tarta preciosa. Los abuelos no han escatimado en nada. Isabel, la madre, no apoyaba del todo la idea. Claro, agradece que sus padres quieran hacer feliz al pequeño y a ella, pero como cuando era niña, se cansa rápido de tanta fiesta y bullicio. Martín parece haber heredado ese carácter, porque apenas media hora después del inicio rompe a llorar desesperadamente e Isabel debe llevárselo dentro de casa. Cierra bien las ventanas, se sienta en el butacón, acuna a su hijo y, al poco, Martín ya duerme profundamente.
Menudo trajín, mi vida. Aún eres demasiado pequeño para estas celebraciones.
María Carmen sube a la habitación infantil, llevando consigo el regalo que dejó encima de la cómoda del recibidor.
¿Está dormido?
Agotado. Mamá, te dije que esto era demasiado para él.
No pasa nada, que se acostumbre poco a poco. Hija, podemos permitirnos darle un buen cumpleaños a nuestro nieto tan esperado. ¡Mira lo que le he comprado! ¡Es una monada!
El papel del envoltorio cruje y Martín, inquieto, se mueve protestando.
Mamá, ¿mejor más tarde? Isabel se levanta y pasea por la habitación, meciendo al niño.
¡Vaya! Yo pensando y eligiendo algo tan especial y ni te interesa responde María Carmen, un poco molesta, dejando la caja sobre la mesa.
Claro que me interesa, mamá. Seguro que es precioso, como todo lo que eliges tú Isabel se esfuerza por sonreír conciliadora. ¿Podrías traerme un vaso de agua? Estoy muerta de sed…
Pues deja al niño y baja tú.
Se va a despertar.
Y tampoco pasa nada. ¡Volvéis fuera al jardín!
Mamá, si se despierta ahora se va a poner a berrear y costará mucho calmarle. No es lo ideal, ¿estás de acuerdo?
Isa, el niño hay que educarlo desde pequeño. ¿Que va a llorar? Los niños bien educados no lloran.
Isabel titubea un segundo, pero pronto retoma sus pasos calmados, en una danza silenciosa por la habitación. Movimiento tras movimiento, los gestos resultan tan naturales que parece haber ensayado ese baile toda su vida. Los niños educados no hacen lo que a los adultos les disgusta. Y las niñas educadas han de ser perfectas en todo. Espalda recta, barbilla alta, ¡posición primera! Y ni una sola objeción.
Vuelvo con los invitados. Baja en cuanto acuestes al pequeño. No queda bien que no esté la dueña de la casa.
Haz tú de anfitriona, mamá, por favor.
María Carmen se marcha, mientras Isabel se sienta de nuevo y abraza a su hijo con fuerza. Pensar en todo lo que ha pasado hasta verlo nacer…
Isabel nació en una familia respetable. Su abuelo fue académico y su abuela, una de las cirujanas más reconocidas en la Clínica San Carlos de Madrid. Su padre tampoco rompió la tradición: médico, igual que tantos en la familia. Isabel nunca entendió cómo un hombre tan inteligente acabó sometido a los caprichos de su madre. María Carmen no tenía nada que ver con el mundo del saber. Terminó la universidad a duras penas y guardó el título en un cajón, lanzándose enseguida a buscar marido. O mejor dicho, fue su madre, Dolores, quien se encargó de buscarle marido. Dolores organizó la presentación en el cumpleaños de María Carmen y, casi sin querer, todo se encarriló: la simpática y guapa Mari Carmen conquistó a Francisco en cuestión de semanas. Pronto boda por todo lo grande, y traslado al piso de cooperativa comprado por los padres. Dos años más tarde nacía Isabel, y enseguida pasaba a manos exclusivas de la abuela, control absoluto sobre la niñera y la elección de actividades consideradas aptas para una niña: dos idiomas, ballet y profesora particular de música.
¡En el niño todo ha de ser hermoso!
Los fines de semana de Isabel transcurren en museos y teatros, bajo la vigilancia estricta de la abuela. Padres, casi nunca ve. Su padre trabaja infatigablemente, y su madre apenas tiene tiempo para besarla antes de irse de fiesta.
Dolores consigue que metan a Isabel primero en el conservatorio y después en una compañía teatral importante. La carrera le va bien, hasta que Isabel conoce a su futuro marido. Luis no gusta a nadie salvo a su suegro.
¡Dios mío! ¡Qué disparate de relación! la abuela Dolores se lleva las manos a la cabeza. Hija mía, piénsalo bien. ¿Para qué te metes en eso? ¿Qué vas a hacer con ese paleto? Si no sabe enlazar dos frases…
Abuela, contigo delante pocos se atreven a hablar. Isabel sentada en la butaca, con las piernas dobladas. Hay muy poca gente capaz de estar a tu nivel intelectual.
Dolores la observa desconfiada.
Lo que quiero decir, abuela, es que muy pocos en el mundo pueden estar a tu altura prosigue Isabel. Y además, Luis no solo me gusta, lo amo, abuela. ¿No me negarás que el amor es lo que mueve el arte?
¡Bah! Olvida el arte. ¿Cómo piensas convivir con él?
Mucho tiempo. Y si puede ser, feliz.
Defendió su elección con uñas y dientes ante comentarios y súplicas para que recapacitara. Mirando a su futuro esposo a los ojos le dijo sí y cortó toda discusión. Para Luis, Isabel es una diosa de carne y hueso, delicada y fuerte a la vez. Siempre sintió en ella esa mezcla de fragilidad y carácter firme. Solo quería protegerla.
No tengo mucho que ofrecerte todavía, pero haré todo para hacerte feliz. Y sé amarte.
Esas palabras bastaron. Por fin alguien la aceptaba tal cual era, sin exigirle nada, sin más adaptarse.
El camino no fue fácil. Luis no tenía padrinos ni familia acomodada. Su padre murió hace años y fue su madre, Pilar, maestra de primaria y después directora, quien tiró de él adelante. Los niños la adoraban y su hijo la idolatraba. Pilar siempre encontraba la palabra precisa. Gracias a ella, Luis estudió en una buena universidad y acabó montando su propia empresa, que en pocos años tuvo éxito. Incluso la incombustible Dolores acabó cediendo, sobre todo tras el nacimiento del bisnieto.
Isabel deseaba un niño con todas sus fuerzas. No le importaba la fama ni un futuro estelar, solo quería el sencillo gozo de ser madre. Pero el destino se lo puso difícil: años de pruebas, dos operaciones, ningún resultado. Lloraba a solas por las noches, sin querer preocupar a Luis, y pensaba que él merecía ser padre. Tomó la decisión y, al contárselo a su marido, la sorprendió la risa de él.
¡Perdón, Isa! acercándola a su pecho. Es una reacción, perdona. ¿Por qué piensas que mi vida contigo se reduce a un hijo? ¡Tú eres mi vida! ¿De verdad no lo ves?
Isabel lloró de impotencia, pero también de alivio.
Aceptó que la maternidad era un sueño imposible, aunque resignarse le resultaba mil veces más difícil. Intentaba serenarse, pero la madre atizaba la herida al compararse con amigas todas ya abuelas menos yo. Luego, las amigas le invitaban a fiestas infantiles y ella se esmeraba en elegir regalitos. Pero poco a poco, la ansiedad bajó. Dejó de fijarse en los niños del parque y, después de pensarlo bien, abrió una pequeña escuela de ballet.
¡Necesito hacer algo si no quiero volverme loca!
Luis no entendía mucho sus motivos, pero Pilar sí lo tenía claro:
Luis, no sabes lo duro que es para ella. Os ama y una mujer enamorada siente que tener un hijo es la mayor dicha. Apóyala en todo, déjala hacer lo que quiera.
Él encontró un local amplio y luminoso. Isabel aplaudió al verlo.
¡Justo lo que necesitaba! ¡Eres el mejor!
Preparar el aula, buscar alumnos y la carga de trabajo absorbieron totalmente a Isabel. Cuando llegó el verdadero milagro no lo notó enseguida, pensando que era simple malestar.
Una tarde, Pilar la mira con atención y pregunta, tímida:
¿Isa, es posible que estés embarazada?
Isabel se tensa y clava en su suegra una mirada fría. Esa herida, tan dolorosa… ¿A qué viene la pregunta?
No te enfades, cariño. Solo me lo ha parecido…
Pues no Isabel se pone en pie, pero tropieza mareada y casi se derrumba de nuevo en el sofá. Aquella cafetería cerca de la academia era su lugar de encuentro de confianza, el café y los postres solían alegrarle, menos ese día: solo sentía náuseas y la cabeza le daba vueltas.
Pilar pide un vaso de agua.
Siéntate aquí.
Un momento después, vuelve con una caja pequeña.
¿Para qué dudar?
Los camareros miran extrañados cuando, al poco rato, las dos mujeres, abrazadas y riendo entre lágrimas, dan vueltas por el local. Sus rostros rebosaban tanta felicidad que el resto del local no podía evitar sonreír, contagiados por la alegría.
Martín llega al mundo sano y fuerte, dándole un buen susto a los médicos que lo asistieron.
¿Bailarina? le pregunta la neonatóloga al ver a Isabel exhausta.
Sí.
Pues el niño es un crack.
¿Le sorprende?
Un poco. Suele haber más complicaciones, pero este niño es espectacular. ¡Te has superado, mamá!
Ahora Isabel despierta feliz, tanto que incluso le da miedo. ¿No será demasiado? piensa.
¡Pero tú no estás sola! Luis acaricia la carita de Martín, envuelto en el elegante arrullo que compró María Carmen.
La salida del hospital es, en cambio, agobiante. Por mucho que Luis lo intentó evitar, María Carmen se salió con la suya. Fotógrafos por todas partes, familiares y amigos frente al hospital, y la casa repleta de comida y celebración.
Isabel sueña solo con una ducha caliente y tranquilidad.
Mamá, ¿de verdad hacía falta todo esto?
¡Por supuesto! se sorprende sinceramente María Carmen. ¡Hay que celebrarlo como Dios manda! ¡Es un día grande! ¡Por fin soy abuela!
Isabel comprende que ya no merece la pena discutir. Sube las escaleras como puede y al ver la cantidad de gente esperándoles, casi se echa a llorar. No todos fueron a la clínica: parte de la familia esperaba en casa.
Hija mía, ¡son los más cercanos!
Isabel capta la mirada de Pilar en el pasillo, que frunce el ceño. Le cuesta cada vez más aguantar de pie, aunque siguen llegando felicitaciones.
¿Me permiten robarles a la magnífica mamá y al nieto unos minutos? entra en acción Pilar y acompaña a Isabel al dormitorio.
Acuéstate, prepararé todo para ti y podrás ducharte. ¿Tienes hambre?
Isabel asiente, viendo a su marido envolver al bebé y acostarlo en la cuna, aunque inquieta.
Tengo que bajar…
¿Tienes? Pilar se indigna. Bien se las apañarán sin ti. Ya has cumplido el protocolo.
Isabel suspira aliviada y, sorprendida de sí misma, siente un sueño irrefrenable. Se acurruca, viendo a Pilar moverse por la habitación.
¿Tienes sueño? Pilar coge una manta suave y cubre sus piernas. Descansa, yo me encargo del niño.
De Martín… Isabel cae en un sueño profundo sin ver la sonrisa cariñosa que le dedica su suegra. Martín se llamaba el padre de Luis.
María Carmen, al subir un rato más tarde, se indigna al ver a su hija dormida en vez de atender invitados.
¿Y esto cómo se llama?
Esto se llama ser madre primeriza y lactante. Ahora necesita mucha paz o el niño no tomará leche materna.
¡Tampoco pasa nada! Yo crié a Isabel sin darle el pecho ni dos días. Mira qué bien creció. María Carmen va a entrar, pero Pilar la retiene del brazo.
¿Y si celebramos nuestra nueva categoría a solas? ¡Cuánto hemos esperado! ¿Cómo prefieres que el niño nos llame: abuela o por nuestro nombre?
Luis cierra la puerta discretamente y agradece la intervención de su madre. Con su suegra la relación es difícil. María Carmen disfruta de todo lo que su yerno le proporciona, pero no toma en cuenta su opinión. Tranquilo y paciente, a Luis solo se le acelera el pulso cuando se trata de su suegra. Con el suegro, Francisco, hay respeto y buena sintonía, aunque nunca ha cuestionado el dominio absoluto de su esposa.
Cambiarla es imposible y una pelea doméstica tampoco interesa.
Isabel despierta hora y media después, desorientada, pero enseguida reconoce los ruidos: el llanto de Martín, risas abajo. Lo alimenta y espera a Luis para finalmente poder ducharse. Ya relajada, disfruta del delicioso caldo que le prepara Pilar y la interroga sobre los cuidados del bebé.
En la maternidad explican cosas, pero esto es una gota en el mar. Me siento tan insegura… deja la cuchara.
¡Tú come y tranquila! Isa, los niños resisten más de lo que creemos. Eres madre, confía en tu instinto: sabrás siempre lo que tu hijo necesita. Nunca dudes de eso. Cuando yo tuve a Luis, no había nadie; ni ayuda ni consejo, pero salí adelante. Tú también puedes. Suena a tópico, pero de verdad es así.
Y el tiempo demostró que Pilar tenía razón. Isabel se desenvolvió rápido, los miedos no desaparecieron del todo, pero sí aprendió a confiar.
El primer medio año pasa volando. Pilar venía un par de veces por semana a ayudar, aunque acababa liada con la cocina y los suelos. Al principio, a Isabel le incomodaba, pero su suegra la convenció:
Isa, disfruta: este tiempo pasa deprisa. Cada sonrisa, cada gesto Mañana ya será distinto. Yo puedo limpiar y cocinar.
María Carmen, en cambio, venía menos, pero cada visita era todo un espectáculo.
¡Mira qué carrito he encontrado! Es increíble.
Mamá, si ya tenemos uno buenísimo.
¡No es comparable! ¡Prepara a Martín, vamos a probarlo!
Durante mucho tiempo, María Carmen se negaba a llamar Martín a su nieto.
¿Dónde encontraste ese nombre? ¿No podíais elegir uno más normal? ¡Martín! ¡Con todos los nombres que hay!
¡Mamá, es un nombre clásico! No entiendo qué te molesta.
¡Es al niño a quien le toca vivir con él! En el cole será el hazmerreír…
Pues iremos a uno corriente. Y, en cualquier caso, el nombre lo hemos decidido nosotros.
No. Tu nombre lo puso tu abuela. Yo te habría llamado diferente.
Qué bien entonces que he podido elegir cómo llamar a mi hijo.
María Carmen chista y se lleva a Martín de paseo. Carrito moderno, bebé dormilón y ella, mujer aún atractiva, que escucha: ¡Qué niño más mono! ¡Y qué madre tan guapa!. Le halaga que a veces la confundan con la madre de Martín. Sonríe misteriosa, acomodando la mantita. Pero pronto, todos en el barrio captan la verdad y abandona los paseos con el nieto. Ahora prefería el café y, apenas besaba a Martín, salía a sus cosas.
¡Voy a ser la abuela-fiesta! Una nueva y vistosa juguetería llena la estantería.
La rutina se ordenó y todos hallaron su sitio.
Pero la fiesta por el medio año de Martín casi causa un conflicto.
Isabel sonríe al ver a Martín recién despierto y saca la caja que trajo María Carmen. Una espectacular sonajero de plata le arranca un suspiro.
¡Mira, cariño, qué bonito!
Martín agarra el sonajero y sonríe, mostrando sus primeros dientes.
¿Y qué te trajo la abuela Pilar? Abre la bolsa que la suegra dejó en el cuarto.
Un conjunto blanco, tejido a mano por Pilar, tan suave y delicado que Isabel lo acaricia contra su mejilla.
¡Y calcetines! ¡Qué maravilla! Tu abuela tiene unas manos mágicas, Martín.
María Carmen entra en el momento y exclama encantada:
¡Por Dios! ¿Pero esto es de diseñador?
No, lo ha tejido Pilar.
María Carmen examina el jersey con suspicacia.
¿No podía pensar en un regalo mejor? ¡Es la primera fecha importante! Un regalo comprado hubiese sido más propio. ¡Qué falta de detalle!
¡Mamá!
¿Qué? ¿No tengo razón?
Isabel, avergonzada, no sabe dónde mirar al ver a Pilar, que todo lo ha escuchado, dejar un vaso de zumo en el tocador antes de salir discretamente. Isabel entretiene a Martín, que empieza a protestar, y cuando baja al salón descubre que Pilar ya se ha marchado.
¡Luis! ¡Qué mal rato! Qué vergüenza…
¿Pero qué has hecho tú? ¡Tú no has dicho nada!
¡Pero no frené a tiempo! Eso está mal.
No te preocupes. Mi madre es muy inteligente, seguro que lo entendió.
Durante meses, Isabel busca una ocasión para enmendar el incidente. Pilar la tranquiliza y desvía el tema:
Isa, no te preocupes, de verdad. No estoy dolida.
Pero Isabel siente que algo se ha roto y busca la forma de arreglarlo.
El día que Isabel se pone mal, solo Martín está en casa, dormido arriba. Intenta llamar a Luis, pero no responde. Sabe que su padre estará en el hospital, así que llama a su madre.
¿Qué tal, hija? ¿Todo bien? ¿Qué tal Martín? ¡Hace siglos que no os veo, desde el cumpleaños! ¡Qué éxito de fiesta, te lo dije! Todos encantados…
Mamá…
No me des las gracias, soy su abuela. Uy, espera, tengo otra llamada corta María Carmen.
La angustia crece y, casi sin fuerzas, Isabel llama a Pilar.
¿Isa?
Por favor… Martín… El mundo da vueltas y teme desmayarse.
Pilar no ha corrido tanto en la vida. En zapatillas, coge el bolso, sale volando y para un taxi en plena Gran Vía.
¿Se ha vuelto loca? el taxista tuerce el gesto, pero frena.
Por favor, mi hija está mal. ¡Rápido!
¡Súbase!
Agarra el asiento todo el trayecto mientras el coche vuela entre calles.
No tema, llevo treinta años al volante y ni un accidente. Llegaremos.
La ambulancia llega casi a la vez. Pilar guía a los médicos.
¡Por aquí, corran!
Isabel recobra la conciencia.
Nos la llevamos.
¿Dónde? ¿Por qué?
Isa, tranquila. Hace falta. Yo me quedo con Martín. Luis viene de camino.
La operación es un éxito y dos semanas después Isabel recibe el alta, aunque su padre insiste en que no es para tomárselo a la ligera.
Hija, la salud va en serio. Martín te necesita fuerte.
Al volver a casa, lo primero que hace es abrazar a su hijo. Luego llama a su madre.
Mamá.
¿Qué tal, Isa?
Todavía me estoy recuperando. Necesitaré ayuda.
¿Ayuda? Bueno… no contaba con esto. Justo tengo un viaje; salgo pasado mañana. Tendría que cancelar y el billete no tiene devolución. Tenía tantas ganas de este viaje…
Isabel cierra los ojos un instante y cuelga en silencio. Tendrá que apañarse sola. Da de comer a Martín y se tumba a descansar, preguntándose cuándo se le irá por fin el dolor. Médicos y su padre decían que no quedaría nada y sin embargo, aún pesa todo.
Se despierta con el sonido de pasos.
¡Ay, no quería despertarte! Pilar coge a Martín y sonríe. ¿Quieres comer? He hecho tu caldo favorito, hay compota y bollos recién horneados. Ahora se lo doy a Luis y te traigo todo. Descansa. Si te parece bien, me quedo aquí unas semanas hasta que mejores del todo.
Isabel mira a su suegra y rompe a llorar.
¡Pero no llores, hija! El médico ha dicho que te faltan emociones positivas. ¡Vamos a buscar eso, nada más!
Pilar coloca a Martín en el suelo, se asegura de que se mantiene de pie y poco a poco lo suelta. A Isabel se le seca la lágrima al ver cómo su niño camina hacia ella por sí solo. Lo acoge entre sus brazos y mira a Pilar.
¿Ves? ¿Emociones positivas? ¡Eso es! ríe Pilar. Y ahora, a comer, que vas a necesitar toda la fuerza del mundo para seguirle el ritmo a este chaval cuando empiece a correr de verdad.






