Diario de Antonia. Últimos preparativos
Bueno, ¿y ahora qué? Anda, cuéntame.
Zinaida se acomodó con desgana en la silla, alisó el cuello de su bata blanca y negó con la cabeza, observando a la mujer sentada delante, que retorcía nerviosa el asa del bolso. Vestía un traje elegante, abrigo bonito, de esos que a Zina también le gustaría llevar, la espalda erguida…
¿Mucho más voy a tener que esperar? ¿Has cogido la tarjeta en recepción?
Antonia María asintió con desgana y alargó a la médica la leve y minúscula pila de papeles pegados entre sí. Había imaginado a la doctora recomendada por una amiga de otro modo: más estirada, más profesional. Y en cambio, se presentó una mujer corriente, con un moño deshecho, cara como arrugada, insatisfecha, ojerosa, como si no hubiese dormido en toda la noche. Tenía las manos coloradas, hinchadas y cubiertas de callos. ¿Por qué sería? Una médica de toda la vida, sin más.
Mientras tanto, Zinaida hojeó la ficha, sin sacar nada en claro, tamborileó el lápiz sobre la mesa y levantó la vista hacia la paciente.
¿Vas a hablar o qué? ¡Tengo cola, y me estás retrasando a todo el mundo!
Me quedé sin palabras, y encogí los hombros, algo avergonzada. No esperaba encontrar a nadie en la consulta. Solamente había un hombre sentado en el banco de al lado, masticando su bigote y murmurando. Me dio hasta miedo. El resto, vacío, ni un alma en el pasillo.
¿Voy… lo cuento tal cual? ¿Usted es la doctora Echevarría, verdad? dije, acomodando la pila de papeles sobre la mesa.
Zinaida frunció el ceño.
Echevarría, sí. Pero mira, puedes callarte, pero entonces espera en el pasillo. No sé curar con imposición de manos, anda, que pase el siguiente.
Di un respingo.
¡No, no! Digo… es que… sufro mucho…
Comencé a hablar en voz baja, y Zinaida fue anotando en la ficha, mojando la punta del boli con la lengua.
¡Más despacio! Vamos a ver, digestión ¿O era diges? Da igual, apunto y ya está. ¿Qué más? Hinchazón, ¿eh? ¿Pero te pones toda como un globo? ¿Qué comes y bebes? ¿Excesos? ¿Fumas?
Negué con la cabeza, alarmada.
Vale, dame un momento Zinaida se levantó de golpe y empezó a pasearse.
¿Me examina, doctora? Estoy preparada… miré hacia el biombo, azorada.
¿Pero qué quieres que mire? ¡A mi padre le pasaba igual!
¿Le pasaba qué? no entendía nada.
Eso de lo que me hablas. Pobre, cuánto sufrió el hombre al final… Claro que él bebía bien. ¿Y tú? ¿Bebes?
Me observó con severidad. Suspire.
Bueno, alguna copita de aguardiente, un champán en fiestas Pero poquísimo
Un traguín… poquito… me imitó la doctora. Eso decís todas y luego el hígado acaba hecho arenilla. Los médicos vivimos a la greña con la parra, cuántos hemos caído ya… de repente, se animó y golpeó la mesa con la mano. Te doy un mes, dos con suerte. Aquí te apunto unas hierbas para la descom… descof… Sí, eso, el malestar.
Disconfort le ayudé.
Eso mismo. Pero que quede claro, Antonia, tus días están contados. Tal cual te lo escribo.
Zinaida apuntó cualquier cosa en la ficha, se quedó pensando mirándome, estrujando yo el pañuelo. Me devolvió la cartilla.
Llévalo a registro. Pero ni palabra, ¿eh? Que aquí todos se nos amargan y luego la estadística se nos va al traste. Solo toma las hierbitas y en registro, sin discursos.
Asentí, me levanté, casi me tropiezo con un cubo de agua lleno que había junto a la mesa, pestañeando sorprendida.
Desinfección. Ayer trajeron a uno con úlcera, todo con lejía ahora, ¡menuda peste!
Ya, ya lo veo
Salí con las piernas temblando y me desplomé en el banco del pasillo.
¿Un mes? ¿Con suerte dos?… Por no haber protestado antes, por aguantar dolores de barriga… ¡Tenía que haber ido al médico!
Abrí la ficha, la hojeé y leí: Vagotomía ineficaz. Luego, un puñado de garrapatas y recomendaciones ilegibles, coronadas con unas iniciales latinas. Justo como escribieron al final en la ficha de mi padre, ya cuando era demasiado tarde. No sabía qué quería decir, pero quedaba tan serio…
Caminaba de vuelta a casa, sintiendo el dolor en el estómago, y el mundo, recién lavado por la lluvia nocturna, brillaba tan vivo bajo los rayos de sol filtrados, y los gorriones trinaban en los cables… ¡Y yo sólo deseaba vivir, vivir, con un ansia que dolía!
De vuelta en la consulta, Zina, satisfecha, cerró con llave, se quitó la bata, se remangó la camisa gastada y se puso a fregar el suelo. ¡Qué tranquilidad! ¡En su sitio todo!
… ¡Arriba, mis pequeñuelos! ¡Ya se oye quién os preparó el desayuno! dijo Gregorio inclinándose sobre la cunita donde los gemelos, con brazos abiertos, chupaban sus chupetes. ¿Quién os calentó la leche? ¡Quién os trajo la papilla?
Los pequeños parpadearon, se sentaron al mismo tiempo, escupieron los chupetes y sonrieron al padre.
¡Así me gusta, campeones!
Al oír la puerta del dormitorio, volvieron la mirada hacia su madre. Ella, con media sonrisa, dejó los biberones sobre la mesa, se sentó y rompió a llorar.
María, ¿qué pasa? Gregorio la miró desconcertado. ¿Qué ha sucedido?
Tía Toñi… se muere susurró María, meciéndose y abrazándose los hombros. Qué puñetera es la vida, de verdad ¡Con lo buena mujer que es!
Pero, qué dices, si Antonia acaba de estar en la cocina tan fresca… Gregorio encogió los hombros, sentó a los niños en sus rodillas y les enchufó los biberones.
María, secándose las lágrimas, respondió entre sollozos:
Viene de la consulta, la doctora que le recomendó el tío Joaquín, la mejor según dicen Y le ha dado dos meses Unas hierbas… Si ha recetado eso, es que ya no hay remedio. Se echó a llorar de nuevo y los niños le hicieron coro.
¡Venga, María! ¡Ya está bien! ¿De verdad lo ha dicho así? Imposible… Y vosotros, a llorar también. Venga, que me tiráis la comida Gregorio movió la pierna nervioso, luego dejó bruscamente los biberones sobre la mesa. Si yo conozco a los médicos, exageran… Además, que Toñi ya pasa de los setenta, y a nosotros nos toca su cuarto. María, la quería como a una hija y no tiene familia ¡A los gemelos les viene de perlas el espacio! No me mires así… Vivimos encajados en la nuestra, y el suyo es amplio, con ventana. Lo haremos todo bien, lo prometo. Como una reina le damos la despedida.
A ti no te entiendo, Gregorio. ¡Eso que haces me saca de quicio! ¿Qué cuarto ni qué niño muerto, si Toñi me crió? ¡Le debo tanto!
María se levantó airada y, quitándose de en medio muebles y críos, salió de mala gana.
Me das repelús, Gregorio… ¡Me das vergüenza! dijo al mirar atrás antes de cerrar la puerta.
Para él era vergonzoso arreglar papeles, suplicar un piso cuando les tocaba por derecho, vivir apretados y preocuparse de dónde meterían a los gemelos en cuanto aprendieran a gatear Él no iba a matar a la vieja, sólo agilizar el trámite con toda dignidad ¡Al fin y al cabo, era por todos!
Por su parte, Toñi fue a la cocina común, mostró la receta a las vecinas, volvió a asustarse con la palabreja, y, antes de regresar a su cuarto, aspiró profundamente los mil aromas domésticos: café, cocido, alguien preparaba tortilla, otra hervía leche; ese olor a campo y a familia, tan dulce y conocido, la hizo sollozar de nuevo.
Bueno, chicas, habrá que organizar todo esto… dijo tras los ánimos de las vecinas y estiró la falda. Al fin y al cabo, hay que prepararlo.
¿El qué, mujer? No les hagas caso a las batas blancas. A mi Nicolás le iban a enterrar el hígado hace años, y mira, sigue, ¡con más vino!
Eso es fácil decirlo Olvidar no puedo.
De vuelta a su cuarto, Toñi contempló el exiguo mobiliario: cama con bolas de hierro, colcha antigua, la mesilla con un poemario de Machado, el ropero. Ropa tenía poca, ya no era momento de acumular. En otros días fue maestra, bien vestida, con varios trajes y zapatos a juego
Todo para María. Ella es apañada, le servirá con los niños Y todo lo que vendan, bien estará.
Crió y educó a Marianita desde pequeña, fue feliz cuando notó cómo Gregorio, el electricista, la miraba. No dudó en animarla:
María, fíjate en ese chico, que es buen mozo y se le ve la alegría. No habla muy fino, pero de eso se aprende, y tú le corriges. ¡Menuda forma te mira!
La niña se sonrojó y se encerró en su cuarto.
En la boda de ellos María nunca dejó de agradecer el empujón de Toñi, que le llevó al amor.
Eres un ángel, tía Toñi, ¡le quiero tanto!, tanto…
Pues quiérele, hija mía, quiérele mientras puedas. Eso sí que me alegra.
Suspiré. Definitivamente, la ropa para María y lo demás, para ellos. ¿Dinero? Algo en la cartilla, y en el monedero.
Me levanté de un brinco y fui directa a ver a los vecinos.
Gregorio, ¿estás en casa? ¡Qué campeones mis niños! Que aproveche… Gregorio, tenemos que hablar.
El hombre levantó los ojos al cielo.
Ya sé lo tuyo, Toñi. Pero ¿tú de verdad te crees eso?
Lo creo, hijo. Era la mejor doctora. Fue de hospital famoso, ya retirada. Siempre fue especial, pero sabe lo que dice.
¿Y qué te ha puesto? ¿Me lo enseñas? le secó la cara a los niños y la miró serio.
Bah, mejor no lo veas me avergoncé, no iba a enseñarle a Gregorio mi vagotomía ineficaz, ¡qué corte!. En fin, el caso es que tengo ahorros; confío en ti para hacerlo todo bien cuando… cuando llegue el momento.
Gregorio se mordió el labio, dubitativo.
Mujer, ¿no tienes a nadie más? Yo te ayudo, pero María me mata si se entera de que pienso en…
En la muerte, dilo claro. Hay que acostumbrarse. No, sólo tú puedes. María que ayude con la mesa, y tú con lo demás.
Vale aceptó tras un silencio, pero a mi manera. ¡Te montaré un entierro inolvidable, Antonia, de ésos que la gente recuerda toda la vida! Prepárate.
Hasta parecía crecer, eufórico por la idea de tener algo que hacer tras meses en paro.
Asentí, le guiñé a los niños, y regresé a mi cuarto, nostálgica…
Por la mañana, Gregorio llegó puntual, justo cuando María salió con los niños y yo había dejado la taza de porcelana en el mueble. Blanca, con lilas pintadas y filo dorado, la compré en la facultad en un juego con las amigas, y le cogí cariño al instante.
Vamos por partes dijo Gregorio, apuntando en un papel. Lo primero, las medidas.
¿Cómo que medidas, hijo? Ya tengo el vestido preparado. Esta noche no he dormido, lo dejé listo, y las bailarinas… lo demás, todo para María.
¿Esto? Gregorio lo palpó. No, hay que ser más discreto, nada de florituras. Mejor se cose algo nuevo. Traje el metro de costura, ponte recta.
¿Tú estás bien? ¡Qué disparate! protesté, convirtiendo la escena en una tragicomedia.
Todo el mundo igual luego replicó, midiendo la puerta. Tendremos que quitar la hoja, que si no, el ataúd no entra.
¿Pero es que me vas a enjaular? me indigné.
Es lo que hay… En fin, te pido lista de invitados para la tarde. Nada de aglomeraciones.
Obedecí, rellené nombres de vecinos, antiguos compañeros… Me dio un nudo llamar a mi hermana Carmen, con la que jamás me llevé bien, pero al final lo hice. Lloré pidiéndole perdón. Ella también se emocionó, y prometió ir.
Después, los vecinos merodeaban por casa, haciendo cábalas sobre muebles, vajilla, hasta cortinas. ¡Hasta Gregorio lo organizaba ya en vida! Pobrecito, sólo pensaba en colocar todo antes que mi cuerpo.
Por la tarde, recibí de nuevo a Carmen. Fue casi una reconciliación silenciosa, de esas que sólo pasan tras años de orgullo. Lloramos poco, hablamos mucho.
Y ahora, ¿qué? preguntó Gregorio ya más animado en la cocina. Toñi, ¿tú eres creyente? Es por el tema de la misa, la vela, esas cosas.
No lo sé, imagino que sí… titubeé.
Fue a buscar mi “cruz”, pero en el joyero ni eso había.
No sé, me parece un poco absurdo poner fecha a la muerte. ¿Quién sabe más que Dios, Gregorio? contesté exasperada.
Pero esa tipa te ha dicho dos meses, hay que planificar…
¡Pues estaba equivocada! ¡Ni me miró! Me he fiado de unas palabras, ¡qué tontería!, me di por muerta por puro miedo…
Gregorio, triunfante, contó que investigó en la consulta con mi ficha y que, casualidades, la médica ese día ni atendía, estaba en un congreso. Me hicieron un macabro favor, simplemente.
Toñi, has sido víctima de una broma macabra. Vamos a aclararlo ya.
Marchamos María, los niños, Gregorio y yo a la consulta. Buscamos a la impostora, que, acorralada, confesó. Ella, movida por rencillas y ganas de jugar a médicos, se disfrazó y diagnosticó por fastidio. Me recomendó aún así las hierbas para el malestar y, como remate, me riñó por comprar setas en el mercado a cualquiera.
Regresamos al bloque con alivio general, con Carmen trayendo dulces y café. El ambiente era casi festivo. Me sentí ligera, como si me quitasen un buen peso del pecho.
Así se hace sentenció Gregorio, lo importante es no dejarse llevar por el miedo.
Aciertas, hijo. Tengo algo que deciros: me voy a casa de Carmen. Está sola y ya era hora de rehacer la familia. He arreglado lo del cuarto, será para vosotros. Por la familia, y por la vida.
Brindamos, y los niños festejaron todas las novedades.
Me mudé en una semana. Prometí visitas. Ya no pienso en fechas ni despedidas. En la casa de Carmen he regresado a la vida, entre el huerto y el sol, cocinando mermelada y hablando con mis nietos y los de Carmen, entre planes de visitas y meriendas. ¡Y al final resulta que la vida sólo necesita un poco de aire fresco para empezar de nuevo!







