Carta a mi padre

Carta a mi padre

¡Pues sí que eres un caso, Manolito! ¡No me esperaba esto de ti! exclamó Carlota, olvidando las buenas maneras mientras se limpiaba la nariz con la manga de la blusa.

Aquel blusón, tan bonito, se lo había cosido su madre. Sacó un retal de seda que guardaba como un tesoro, suspiró al verlo, preguntándose si no hubiera debido guardárselo para sí, y al final se sentó ante la máquina de coser.

¡Vaya tela! La niña ya se ha hecho mayor. Hay que lucirse, ¿quién se va a fijar en ella si va hecha un desastre?

Casi mejor hubiera sido que mamá no se hubiera molestado tanto… ¿De qué sirve?, pensaba Carlota, mientras miraba cómo se alejaba, con paso decidido, su primer amor.

Ese amor marchaba con paso casi militar, sin mirar atrás ni una sola vez.

¡Qué rabia daba!

Carlota sollozó de nuevo, pero recordó que llevaba las pestañas pintadas pese a la prohibición de mamá y no podía permitirse llorar.

Manuel, Manolo, Manolito

El único. El queridísimo. Solo medio año de felicidad les había tocado. Carlota lo tenía contado. Desde el mismo día en que se conocieron, habían pasado exactos seis meses.

Medio año, pero tantas cosas en tan poco tiempo

Manuel al final sí que se giró, pero Carlota fingió no verlo.

¡Como si nada! Ella con semejante noticia y él dándole la espalda… ¡Que se vaya! ¡Marinero de agua dulce! ¡Él quería el mar, la libertad! ¡Que se largue! ¿Acaso ella es una cría? Sola sabrá criar y sacar adelante al niño, ¡ni falta le hace su permiso! ¡Si hasta sobra!

Por fuera, rabiosa, por dentro la herida escocía y el resentimiento la hacía temblar.

¿Y eso por qué? ¿No decía Manuel que la quería, que le daría lo que pidiera, que se casarían? ¿Por qué huía ahora? ¿Solo porque ella le contó que iba a tener un hijo?

Bueno en realidad no lo dijo tan claro

Le comentó que esperaba algo más que verse solo los domingos, y él respondió que su destino era el mar. Que no pensaba cambiar sus planes por las ocurrencias de Carlota. Que si le quería, que se fuera con él.

¿Y marcharse ella de Madrid hasta Cádiz embarazada, alejándose de su madre, sin familia, sin nadie ni nada?

¡Eso nunca!

Carlota se levantó del banco, se alisó la falda y se arregló los pocos rizos que tenía. ¡La permanente hacía milagros! Su madre tenía razón: el aspecto importa. Vaya, ahí estaba Manolo, tampoco era gran cosa, pero las chicas se volvían locas por él. Será que es tan gracioso, tan listo, capaz de conversar en serio, aunque solo fue a la escuela hasta los doce años y poco más. ¡Pero qué despierto!

Tampoco ella, Carlota, fue mucho más lejos. Terminó Formación Profesional y dijo basta. Ni hablar de seguir estudiando, por más que su madre insistió. Incluso se enfadó tanto que no se hablaron en un mes. ¡Quién lo diría!

Pero Carlota sabía lo que le convenía. ¿De qué servía seguir estudiando si ya ganaba un buen salario en la obra, enviando euros (o pesetas, antes) a su madre y quedando para sus cosas?

Mamá se calmó, volvieron a ser uña y carne. Para eso están las madres. Pero ¿qué le diría ahora, cuando supiera que iba a ser abuela? ¿Un escándalo?

Era inevitable.

Su madre armó tanto revuelo que acudieron todas las vecinas. Les dijeron que Carlota tenía un problema en el trabajo y que no había nada más que explicar. Los asuntos familiares son para la familia, no para las comadres.

¿Cómo ha sido esto, hija? ¿No te decía yo que te guardaras hasta el matrimonio? ¿Y ahora a quién le vas a gustar? ¡Manolo! ¡No creía yo que fuera tan ruin! ¡Parecía buen chico! ¡Una serpiente! ¡Ya le haré yo bailar! ¿En cuanto se enteró de lo del niño, desapareció?

Carlota dudó. ¿Confiarle toda la verdad a su madre? Si lo hiciera, no se lo perdonaría jamás. Así nadie le reclamaría, y Manolo estaría ya lejos.

Sí, mamá. Fue así.

Ay, qué desgracia… ¿Qué vamos a hacer ahora?

¡Nada, mamá! ¿A caso somos niñas? ¡Salimos adelante! Si no me dejas sola y me ayudas los primeros meses, ni miedo me da.

¿Y cómo te voy a dejar sola, hija? ¡Qué cosas dices! ¿Qué madre abandona a su niña cuando de verdad la necesita?

Carlota cerró los ojos, aliviada.

¡Ya ves, Manolito! Sin ti también saldremos adelante, querido… ¡Vete tú con tus olas si prefieres eso a tu hijo!

Con el tiempo, Carlota olvidó cómo fue aquella discusión con Manolo. Incluso, acabó creyéndose a sí misma el haberle contado lo del embarazo y recibir solo desprecio. El enfado y el dolor echaron raíces en su alma, mezclándose y, de vez en cuando, recordándole: ¡Mírala, igualita a su padre! ¡Misma inquietud, mismo espíritu! ¿Y preguntas por qué te saca de quicio? Cuéntale, cuéntale… Que pregunte por su padre ausente, que desapareció en cuanto supo del hijo. ¡Aprenderá a no esperar nada de nadie!

Quizás por eso, Almu, la hija de Carlota, creció convencida de que solo su abuela la quería, y no siempre. A veces recibía caricias, otras, si las vecinas cuchicheaban, la apartaba de un empujón:

¡Vete con tu madre! ¡Que para eso la tienes! Ay, qué castigo nos ha caído, Señor… ¿En qué fallé yo?

Hasta los tres años, Almu pensó que castigo y desgracia eran sus nombres, como Almu. Solo en momentos de dulzura la llamaba así su madre.

Ven aquí, hija, que te peine. ¡Qué bonito tienes el pelo! No como el mío Ese lo has sacado de tu padre. Él tenía el pelo así, negro, espeso como el ala de un cuervo. Y los ojos, azules, como el mar en el que se perdió. Igualita a él eres pero tan guapa y tan desconsolada. ¡Suerte que la belleza no da la felicidad!

¿Por qué, mamá? Almu asomaba la punzada de las lágrimas.

Porque sí.

La voz rota advertía: mejor no preguntar más. Huir donde la abuela, refugiarse en su delantal que olía a cocido, llorar un poco, primero por sí, luego por la madre, después por la abuela Porque la vergüenza que arrastraba Carlota la sufría también la abuela.

Almu entendió el porqué de esa deshonra solo de mucho mayor. Apenas tenía diez años cuando su madre, que parecía haberse recuperado, partió a la ciudad para rehacer su vida.

Almu se quedó con la abuela.

No era la primera vez. Cuando la madre marchaba a trabajar, le recordaban: hay que alimentar a las niñas sin padre. Pero volvía contenta, aunque cansada, cargada de regalos y ropa nueva, y le preguntaba a la abuela:

Mamá, ¿por qué la niña está tan delgada? ¡La gente dirá que no le damos de comer!

No come nada tu hija. Por más que le insisto, apenas toca el pan. Si tú estuvieras más en casa, comería como debe. ¿Te crees que puedo con los animales, la finca y la niña yo sola? ¡En vez de criticar, ven y quédate!

¿Cuidar de ella para qué, mamá? ¡Ya es grande! Bueno, ¡no te enfades! Mira lo que te he traído.

¿A mí qué me importan los regalos? ¡Prefiero tenerte cerca! El corazón se me encoge. ¡Te echo de menos!

Si la madre se enfadaba, Almu buscaba un rincón sabiendo que estallaría una trifulca familiar.

¿Ah, sí? ¿Tú estás sola? ¿Y yo qué? ¡Joven, guapa y aquí, como una vieja! Encima me regañas… ¿Para qué vivo, entonces? Mamá, ¡compadéceme! Bastante carga llevo encima… Si lo hubiera sabido, ¡no me habría dejado engañar por aquel tipejo!

Hija, ya está hecho. De lamentos no se vive.

¡Mamá!

¿Qué? Has tenido una hija: críala. ¿No puedes? ¡Pues escríbele a su padre! Igual la reclama.

¿Que yo le dé a Almu? ¡Ni hablar! Él nunca quiso saber nada. ¿Y ahora voy a darle la niña en bandeja? ¡Jamás! No me he partido el lomo para que él recoja lo que no sembró.

Entonces, ¡no llores más! La niña lo oye todo. ¿No ves que le duele que el padre sea un canalla y que la madre no puede con la vida?

¡Que lo escuche! La vida no es dulce. También golpea y te deja en el suelo. Fin del tema, mamá. Ni se te ocurra contactar con ese hombre. ¡Te conozco!

La abuela cumplía… hasta cierto punto.

Almu se preparaba para los exámenes finales cuando llegó la noticia. Su madre había dado a luz a un niño pero, al poco, murió repentinamente sin dejar explicación.

El secreto de su nacimiento habría quedado en la sombra si Almu no hubiera sido tan cabezota.

Apenas supo la noticia, la abuela hizo las maletas para viajar, dejando a Almu al mando de la casa.

Ahora no hay tiempo para llorar susurraba al ajustarse el chal negro. ¿De qué vamos a vivir?

Abuela, yo me pongo a trabajar.

No corras. Primero habrá que arreglar lo del bebé. Su padre lo recogerá, pero no quiere criarlo. ¿Y yo podré con esto, Almu?

¿Queda otra? Abuela, yo he crecido casi sin madre. ¿Y este niño al hospicio?! ¡Eso no!

Ya lo sé Pero me da miedo, niña. No sé cuánto aguantaré…

La abuela partió y Almu rebuscó en toda la casa, decidida a romper con los viejos tabúes.

Buscar a su padre: sin ayuda, ellas nunca podrían.

Sabía bien lo que debía hacer. Desde pequeña, antes de saber escribir, le enviaba dibujos a su padre, ocultos de su madre y abuela. Relataba la llegada de un gato, cómo su abuela le enseñó a hacer croquetas Esos cuadernos los encontró un día la abuela, pero guardó silencio. Intentó convencer a la hija de que buscara al padre, pero desistió, viendo la rabia de Carlota, que le había ocultado al hombre la existencia de su hija.

Luego los dibujos dieron paso a cartas mal escritas, llenas de alegrías y dolores, victoria y desengaño.

Ahora solo quedaba escribir la carta esencial. Esa que, por fin, enviaría…

El sobre, ajado, salió de detrás de una vieja foto cuando, por accidente, Almu rompió el marco. Entre los cristales, asomaba una esquina blanca, el misterio largamente buscado.

¿Esto? tiró del papel y, comprendiéndolo, rompió a llorar. ¡Mamá! ¿Por qué así? ¿En qué te fallé yo?

Almu pasó mucho rato sentada en el suelo, desahogándose, sin saber explicar por qué…

Y, sin embargo, no se sintió mejor.

Mamá, perdóname, pero no te haré caso. Sé que no quieres que hable con él… pero lo necesito. La abuela dice que no es eterna, y yo… me duele aceptarlo, pero es verdad. No podremos solas. Y si es tan ruin como dices, por lo menos lo sabré de primera mano y dejaré de soñar. Y si no es así Mamá, no sé por qué decías eso de él. Si tan mala vida era conmigo, ¿para qué me tuviste? Dices que soy una desagradecida, pero duele mucho crecer sin amor, sin saber nada de ese hombre al que tanto me parezco, según tú y todos los demás. ¡Quiero verle! ¡Escuchar qué tiene que decir!

Ni se detuvo a pensar si aquel hombre aún vivía donde decía el sobre.

No pensó en nada, sencillamente lo hizo.

Tras una tarde y media noche borrando y reescribiendo en una hoja arrancada de una libreta vieja, Almu consiguió resumir en tres líneas toda su rabia, su petición de ayuda, y la débil esperanza de que su padre la escuchara.

Envió la carta por la mañana, después de ir al instituto. Al regresar, encontró a su abuela que acababa de llegar, trayendo al bebé en brazos.

Mira, Almu… Este es Ignacio, tu hermano dijo la abuela, secándose una lágrima y girándose hacia la cama mientras Almu observaba al bebé.

Abuela, ¿por qué es tan pequeño?

Es lo normal. Tú eras aún más menuda.

¿De verdad?

Sí. Y luego mira lo que has crecido. Él también crecerá, ya lo verás.

¿Y el padre…?

Dice que ayudará, pero que no se lo lleva. Está ocupado.

Eso ya es algo… Almu, imitando a la abuela, arrancó una sonrisa.

Ay, Almu… ¿Cómo vamos a apañarnos?

¿Y cómo lo hacen los demás? ¡Mira a Pepi en el barrio, tiene siete hijos y tan tranquila! Hasta me dará ropa de la que les quedó pequeña a sus mellizos. Me ha prometido hasta cosas nuevas. ¡Crecen tan rápido que ni las estrenan! ¿A que sí, abuela?

Claro que sí. Los niños pasan volando. Hace un suspiro tenía yo así a tu madre en los brazos y ahora, ya no está.

No llores, abuela. Que lloro yo y este también. ¿Qué le pasa al enano, está sucio?

Hambre le da, será la hora ya. ¡Vaya, es verdad! ¡A comer toca!

La abuela se apuró y le pasó a Ignacio a Almu.

Sujétale bien. No tengas miedo, no le vas a soltar. Eres más hábil de lo que crees, hija. ¡Ojalá él salga tan apañado como tú!

Almu se estremeció. Ahí tenía lo que siempre deseó: alguien a quien cuidar, alguien que no iba a marcharse.

Tan rápido aprendió a cuidar de Ignacio que sus temores se disiparon enseguida. Una vez fue Pepi, corriendo y sudando, quien le mostró los trucos básicos.

Venga, guerrero, ¡berrea! Que los pulmones se hacen fuertes. Almu, nada de miedo. Todas pueden, tú también. Te enseño lo esencial y a volar. ¿Dónde está tu abuela?

En Madrid, arreglando papeles. Me ha dicho lo básico, pero quería saber tu forma de hacer las cosas…

¿Y por qué? ¿No te fias de ella?

Sí, pero ella misma dice que ya casi ni se acuerda de cómo se cuida a un bebé. Tú aún te manejas…

¡Claro! Como si hubiera sido ayer…

Por eso me fio más de ti, Pepi. Me da miedo, es tan pequeño

¡No tengas miedo, Almu! ¡Saldrás adelante! Pepi reía mientras enrollaba a Ignacio en una muselina. Antaño las niñas se casaban joven. Por costumbre, ya estarías acostumbrada a todo esto. Así que… tú puedes.

Almu prestaba atención a los movimientos de Pepi, pero pensaba que aún estaba muy lejos de ser madre. Cuidar pañales y biberones no es todo… Hay que querer. ¿Y cómo se aprende?

Eso lo aprendió con Ignacio. Desde entonces, Almu ya no iba a casa: volaba, sabiendo que la esperaban. La primera sonrisa desdentada de Ignacio fue para ella, y él aprendió antes a decir su nombre que cualquier otra cosa.

¡Aumu! gritaba el niño, tambaleándose por el patio hacia su hermana.

¡Aquí estoy, campeón! Ven, ven conmigo.

Las manitas suaves le rodeaban el cuello, y Almu se derretía besando las mejillas sonrosadas de su hermano.

¿Dónde te has metido que vienes hecho un cuadro? Vamos, ¡a lavarse!

Por seguir a su hermana, Ignacio hacía cualquier cosa. Incluso aguantaba el jabón y el estropajo. La abuela reía viendo a Almu lanzar zarpas a su hermanito serpenteante.

¡Eres un lagartijo! Sujeta bien, Almu. Que te romperá la nariz.

Con tanto ajetreo, Almu se olvidó por completo de la carta al padre. Nunca llegó respuesta. Tomó aquel silencio como una respuesta en sí: si no contestaba, es que no quería saber nada.

Pero pronto no tuvo tiempo para lamentos. Ignacio absorbía todo su tiempo.

La abuela insistía en que debía ir a la universidad, pero Almu se negaba a dejar el pueblo.

Abuela, ¡es imposible! Si estudio, tengo que irme a Madrid. ¿Y ustedes qué hacen aquí solas? ¡Ni hablar!

La abuela no cedía, y Almu se enfadaba. ¿Acaso no conseguiría trabajo allí? En la granja siempre necesitaban manos, o en la tienda que habían montado Pepi y su marido. Pepi ya le había dicho que la contrataría si se quedaba en el pueblo.

Pero la abuela ni quería oírlo.

Almu, no lo entiendes. Tu madre perdió su vida igual, y vas por el mismo camino. ¡Por ti insisto!

Sí, abuela, pero no me pidas más. Hay cosas más importantes que un título.

Y justo entonces, en plena discusión, llegó aquel a quien Almu ya ni esperaba ver.

Volvía con Ignacio de casa de Pepi. El niño, cansado tras jugar con los mellizos, protestaba, pero obedecía.

Al llegar al portón, tiró de la hermana:

¡Aumu! ¡Súbeme!

La cogió en brazos sonriendo ante ese ¡súbeme! tan autoritario.

Al abrir la puerta y avanzar, se quedó petrificada. En la terraza, un hombre desconocido se afanaba en una bombilla.

¡Maldita bombilla! gruñó satisfecho cuando, al fin, se encendió.

En ese momento la vio de pie, con Ignacio en brazos.

Hija…

Manuel dio un paso, y otro, y sin dejarla retroceder, la abrazó a ella y al niño.

Mi niña…

Almu vio llorar al desconocido.

Perdóname, hija… ¡No sabía que existías! ¿Es tuyo? señaló a Ignacio, que lo miraba con curiosidad. ¿Me dejas abrazarle? Ven aquí, mi pequeño.

Almu reaccionó al fin.

¡No es mi hijo! Es mi hermano, Ignacio… mamá mamá lo tuvo antes de morir.

Ya veo Manuel abrazó al niño, que, lejos de resistirse, se acurrucó contra él.

¡Pica!

¡Eso tiene remedio! Me afeito y ya está. Hija, vamos dentro. ¡Vaya mosquitos! Me van a devorar entero.

Hay un río cerca, papá…

Lo recuerdo

La abuela miró a Almu de tal forma que entendió: algo se había resuelto entre los adultos, y reinaría la paz. Y si era así, no tenía motivos para guardar rencor.

¿Qué importaba el pasado de sus padres? Lo importante era que ahora, la familia crecía. Y eso era un regalo que debía saber apreciar.

Al ver a Ignacio corretear junto a su padre, Almu supo que, desde entonces, sería así. En su hogar, al fin, habría un hombre. Y eso estaba bien…

Más tarde, Almu descubriría que su carta no se perdió; llegó a su destino, pero Manuel hacía tiempo que vivía lejos. Una mujer encontró el sobre, buscó a su antiguo vecino, y tras varios intentos logró localizarlo y entregarle la carta. Para entonces, Manuel ya había estado meses en alta mar.

En cuanto recibí tu carta, vine tan deprisa como pude, hija. Creía estar solo en el mundo. Escribí a tu madre muchas veces, quería formarla una familia.

¿Y ella?

Solo contestó una vez. Dijo que se había casado y que la dejara en paz. Así que desistí Si hubiera sabido, me habría vuelto a nado. No sé qué he hecho para merecer esta segunda oportunidad. ¿Te vienes conmigo? Tengo piso en Santander, grande, con vistas al mar y unos atardeceres de ensueño.

Papá, no puedo…

¿Por qué?

No me iré sin Ignacio ni la abuela. No sería justo.

¿Y quién ha dicho que solos? La casa es grande. Hay sitio para todos. Tú, a estudiar. La abuela, con Ignacio. ¡Todo resuelto!

¿Y de qué viviremos? Apenas tiramos aquí. El padre de Ignacio prometió ayudar y ni un euro nos manda. Como si no existiera. Solo vino una vez, diez minutos y desapareció.

¿Quieres ofenderme? Manuel frunció el ceño, tan idéntico a Ignacio que Almu no pudo evitar soltar una carcajada. ¿De qué te ríes? ¿Soy o no soy hombre? ¿No podré mantener a dos mujeres y a un niño? ¡Anda ya! Preparaos, que la abuela ya ha dado el visto bueno. Solo faltabas tú. ¿Estamos?

Estamos, papá…

Y así, Almu abrazó a su padre, agradeciendo el día en que decidió escribirle. Luego, se mudó con él al norte, a ese mar que nunca termina de estar en calma.

Puede que su vida no conozca la tranquilidad, que los temporales y silencios la llenen de emociones, pero Almu siempre tendrá un puerto donde resguardarse.

Y en ese puerto, la esperarán fuego, risas, el aroma del cocido que nunca conseguirá igualar al de su abuela

Y de paso, un muchacho despeinado que le recibirá en casa con su vocecilla a medio mudar:

¡Hola! Papá dijo que vendrías, Almu, te he echado de menos.

¡Y yo! Muchísimo…

Porque en la vida, pocas cosas son seguras. Pero la familia, la que se elige y la que se reencuentra, siempre será el mejor refugio.

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