El abuelo ya no está

Ya no queda abuelo

Aún recuerdo aquel verano en que regresé de una de tantas estancias laborales fuera de Madrid. Apenas había entrado por la puerta y ni me había quitado los zapatos, cuando mi madre me llamó por teléfono.

El tono de voz de Carmen Sánchez era inquieto, pero tan cansada como estaba, no le di mayor importancia.

¿Lucía, hija, ya estás en casa?

Hola, mamá, sí, acabo de llegar por fin. ¿Ha ocurrido algo? ¿Por qué llamas tan pronto?

Es bueno, hija, que estés en casa.

Sentí enseguida que mi madre quería decirme algo importante, pero como si no supiera por dónde empezar o dudase si debía hacerlo.

“Seguro que ha recogido otro cotilleo de la portera y está deseando contarlo”, pensé. Pero yo sólo quería tumbarme en la cama y dormir, pues en el tren no conseguí pegar ojo.

En el compartimento de al lado viajaba un grupo de muchachos que no dejaron de cantar y beber toda la noche, con guitarra en mano, entonando coplas populares:

«En la tierra de Castilla la vieja,
el río y la bruma, la novia se aleja.»

Pero en aquel momento, sólo deseaba que rompieran la guitarra y cesara el ruido. No fue así.

Mamá, voy a intentar descansar un poco, luego te llamo y hablamos con calma, ¿vale?

Me temo que no va a ser posible, hija suspiró mi madre.

¿No entiendo…? ¿Por qué no va a ser posible?

No vas a poder descansar, Lucía… Ya no está el abuelo.

La noticia me dejó helada. Me senté despacio en el sofá, abrazando el teléfono como un salvavidas.

Esta mañana me ha llamado la vecina, Doña Rosario. Entró en casa de tu abuelo para llevarle leche y le encontró tumbado en el suelo, mano en el pecho, sin respirar… Seguramente llevaba toda la noche allí. Hay que ir al pueblo a enterrarle. Los vecinos ayudarán. ¿Me escuchas, Lucía?

Nunca pensé escuchar esas palabras. Apenas pude reprimir un quejumbroso “Sí…”

Rosario avisó a los parientes, pero todos se negaron. Dijeron que, si hubiera habido herencia, quizá lo pensarían, pero así, ¿para qué gastar en un viaje desde Valencia? Además, la casa del abuelo, ya sabes, no interesa a nadie… dijo Carmen, con una pausa resignada y continuó. Sinceramente, tampoco me apetece ir; él mismo me prohibió volver a su casa, ni para entierros. Yo le prometí que no pondría los pies allí, y así será. Sólo puedo pedirte que vayas tú, hija. ¿Lo harás, Lucía? ¿Darás el último adiós al abuelo?

Ambas guardamos silencio. Yo miré la mesita, donde estaba la última carta del abuelo, aún sin abrir. Había llegado mientras yo estaba trabajando fuera.

Era ya el tercer viaje en seis meses; mi empresa acababa de inaugurar una delegación en Salamanca y sólo me mandaban a mí. Los demás tenían excusas: hijos, salud, o alguna “circunstancia” familiar. Yo, sola y sin grandes ataduras, viajaba siempre.

Lucía aún sonaba la voz de mi madre al teléfono, no quiero que los vecinos piensen que hemos olvidado al abuelo. Era difícil, sí, pero era buena persona. Contigo, creo, siempre tuvo buen trato. ¿Entonces, qué le digo a Rosario? ¿Irás?

Sí, mamá. Iré… sólo que… no entiendo cómo ha podido pasar. Cuando fui a verle en Navidad, se le veía bien de salud.

No sé, hija La edad pasa bufó Carmen. Muchos hombres ni llegan a la jubilación, y tu abuelo ya vivía más de ochenta años. Que la tierra le sea leve.

Quedé conmocionada. Amaba mucho al abuelo y tal vez era la única que mantenía relación con él. Sus otros familiares y mi madre llevaban años sin hablarle.

Y mi madre… bueno, la relación entre ella y el abuelo siempre estuvo helada. Él nunca perdonó la muerte de mi padre y la culpaba de haberle agotado hasta matarle con tanto trabajo por obras, segunda vivienda y querencia de una vida cómoda. Mi padre, maestro vocacional, marchaba a trabajos lejanos para traer dinero. Y un día, sencillamente, no volvió: el corazón se le paró.

En el entierro, el abuelo lloraba como un niño. Jamás he visto tanto dolor. Todos decían: “No es ley natural que padres entierren a sus hijos”.

Y desde entonces, el abuelo jamás dirigió palabra a mi madre ni quiso verla más por casa. Sólo conmigo mantenía trato. Nos escribíamos cartas, ajenos al mundo digital que tanto repudiaba.

Eso era lo que le distanciaba también de los demás; en pleno siglo XXI, para él sólo existía el papel y la tinta. Muchos en el pueblo pensaban que no estaba bien de la cabeza.

Ha perdido el juicio decían las abuelas sentadas junto al Olmo de la plaza. Una tras otra se le fueron: la esposa, el hijo. ¿Cómo no va a trastornar?

Últimamente, todo era aún más extraño. Algunas noches hablaba solo, o mejor dicho, con alguien invisible: un gato. Pero ningún vecino vio jamás aquel animal.

Colgué el teléfono, me desplomé en la cama y lloré largo rato. Quería visitar al abuelo ese verano, pero el trabajo se metió en medio, una y otra vez. Incluso mi jefe, Don Fernando, bromeaba cruelmente ante mis protestas:

Por ley, Lucía Sánchez, tengo derecho a convocarla. Si no le gusta, puede irse. ¿Donde encontrará usted un sueldo como el nuestro?

Y sí, el sueldo era bueno… por eso aguantaba. Pensaba que tarde o temprano acabarían los desplazamientos y podría recuperar cierta normalidad. Aun así, dolía la frialdad.

***

El entierro fue como en tantos pueblos de Castilla: un pequeño cortejo, silencio apenas roto por los tristes golpes de martillo cerrando la tapa del féretro, seis hombres descendiendo al abuelo a la fría tierra con sogas, cada cual arrojando un puñado de caliza arcillosa por encima.

Flores frescas, coronas humildes, tierra recién removida. No podía creerlo: “Ha existido mi abuelo y de repente ya no existe”.

Solo faltaba la comida fúnebre: jarras de vino y recuerdos que, entre palabras, dejan un hueco menos doloroso.

Cuando terminaron, todos partieron a sus casas o al único ultramarinos del lugar. Me quedé sola, en mitad de una casa grande y severa, pero cálida: vigas de madera tomada por los años, suelo de losas antigas y las paredes encaladas. Miré alrededor; todo limpio y ordenado, como a él le gustaba. Era un alma rural.

Fuera, las huertas se alineaban con precisión: hileras de cebollas y lechugas, aunque este año apenas había siembra. Quizá el abuelo presentía el final. Los manzanos y los arbustos de grosella y frambuesa rebosaban vida.

“¿Quién cuidará de todo esto a partir de ahora?” me pregunté. Senté bajo la copa del manzano y llamé a mi madre, para decirle que había cumplido su encargo.

Has hecho bien, hija. Fuera como fuese, era persona dijo Carmen.

Normal lo era, mamá. Solo con demasiadas penas encima. No le guardes rencor. Él adoraba a mi padre.

No le guardo, hija. Descansará tranquilo. ¿Cuándo vuelves? ¿Mañana? Estar sola en el pueblo será duro…

Voy a quedarme unos días, cogí permiso en el trabajo. Así descanso del bullicio de la ciudad, y se acercan los nueve días… Por cierto, ¿vas a venir?

¿A tal distancia? Ahora con la casa de campo… Ya sabes, temporada alta.

Bueno, mamá, aquí también está enterrado papá… tú jamás volviste a su tumba. Ni una sola vez desde su funeral.

Ya le dije a tu abuelo que mi hijo debía ser enterrado en la ciudad, y él se empeñó. En fin… hija, empieza mi serie favorita, voy a verla. Llámame cuando quieras.

Sonreí resignada. Siempre tenía alguna excusa.

Dentro, preparé una infusión de hojas secas de grosella, menta y melisa de las reservas del abuelo y me dispuse a dormir.

Antes de acostarme, rescaté la carta aún sin abrir. La leí de nuevo. Esta vez, sin entenderlo del todo.

Muy raro, porque el abuelo solía hablar de sí mismo, pero esta carta solo mencionaba a un gato “Negrete”, que, al parecer, se había encariñado con él repentinamente.

¿Quién era ese Negrete? Jamás tuvo gato alguno. Ni rastro de pelos, ni platos de comida en casa.

El abuelo describía lo mucho que aquel animal adoraba la leche, aunque él apenas le había visto el lomo: un fugaz trazo negro hacia el cobertizo. “Presiento su mirada”, decía. “Y me gustaría que vinieras para atraparlo, que pudiéramos encontrarnos juntos”.

“Nadie nunca ha visto a ese dichoso gato”, pensé.

Sin embargo, yo, en estos días, tampoco percibí a ningún animal, aunque en ciertos momentos tuve la sensación, muy clara, de sentir ojos en mi espalda.

“Mañana le preguntaré a Doña Rosario quién era ese Gato Negrete”.

***

Al amanecer, los primeros rayos entraban entre las cortinas. El gallo del vecino daba el do de pecho. Abrí la ventana y me inundaron, nostálgicos, los sonidos de la infancia. Recordé tantos veranos con el abuelo, haciendo cajasnido para las golondrinas y empapándome de ese silencio castellano salpicado de brisa y cigarras.

Recordé también que debía preguntarle a la vecina por el gato.

¿Qué gato, hija?se extrañó Doña Rosario.

No lo sé, señora. Negrete lo llamaba en la carta… Pero nunca en mis visitas anteriores mencionó nada semejante.

¡Ah!interrumpió ella de golpe. Pues mira, hace cosa de un mes empecé a verle hablando con un gato invisible. Yo misma llegué a espiarle por encima de la tapia, pero nunca vi animal alguno. Decía: Ven, Negrete, acércate…” Pero yo, nada. Solo él. Empezó a contarle su vida. Hablaba en voz alta y llamaba a ese supuesto gato. Pregunté, y sólo bromeaba: Cuando le capture, te lo enseño. Francamente, pensé que se había trastornado. Nadie del pueblo ha visto gatos negros en su corral ni por estas tierras.

Sí… musité yo. No creo que el abuelo hubiera perdido el juicio. Quizá era un modo de sobrellevar la soledad. O tal vez Negrete existe y se esconde demasiado bien…

No ha desaparecido ningún gato negro por aquí, te lo aseguro, zanjó la vecina.

Me fui pensativa, dedicando el resto del día a limpiar y organizar la casa, repensando aquel misterio rural.

¿Qué había sentido el abuelo? ¿Era un amigo real, invisible para todos salvo para él?

Mientras barajaba preguntas, un gato negro de verdad, camuflado entre los matorrales, me observaba con cautela. Algo en mí, instintivo, le atraía; acaso el mismo sabor de ternura que halló en el abuelo.

Negrete, así le llamaría yo también, sólo se atrevía a contemplarme desde lejos. Había sido maltratado en otros lugares, rechazado a patadas y piedras; temía a los humanos más que a la tormenta. Vagaba sin pertenencia de pueblo en pueblo, hasta dar con este anciano de mirada dulce.

Escuchaba sus historias bajo el manzano, mientras arreglaba el huerto o recitaba viejas coplas. Había deseado acercarse pero su miedo era más fuerte. El día en que el abuelo murió, Negrete detectó el olor de la muerte. Intentó entrar, pero todo estaba cerrado; se quedó la noche entera maullando débilmente en el umbral.

Ahora me seguía discretamente. Notaba algo familiar en mí, pero no se atrevía aún a dejarse ver.

Un día, sin embargo, me giré bruscamente y lo vi. Era el noveno día.

Aquel día, la casa volvió a llenarse de gente y Negrete se ocultó más aún.

Cuando todos se marcharon, bajó la guardia y yo, al verle, exclamé ilusionada:

¡Ah, así que eras real, Negrete! El abuelo decía la verdad… Ven, no temas.

Pero el gato se esfumó y no logré alcanzarle. Merodeé, llamando suavemente.

Doña Rosario, trayéndome empanadillas para el viaje de regreso, me vio hablando sola en medio del huerto.

Dios benditopensó asustada la buena mujer. Ahora ella también alucina con gatos que nadie ve. ¿Será contagioso?

Esa tarde, el cielo se cubrió de nubes negras y el aire se puso extraño, hasta que una tormenta descomunal se desató sobre la llanura. Llamé a Negrete para invitarle a entrar, sin éxito.

El gato, escondido bajo el cobertizo, temblaba de miedo; tanto, o más, que a los hombres. Y, cuando un trueno partió el aire, abrí los ojos y vi dos faros encendidos en la ventana.

¡Dios mío! grité.

Negrete, empapado y aterrado, saltó en la habitación y se escondió bajo mi cama. Me llevó trabajo, pero logré arrastrarle con cuidado. Le sequé con una toalla y, ya tranquila, nos tumbamos juntos mientras la tormenta rugía tras los cristales.

Y así, en la oscuridad, me di cuenta de la extraña paz que me traía esa compañía inesperada.

***

Me despertó el ruido de Negrete intentando abrir la ventana. Ahora era un día soleado tras la tempestad.

¿Adónde vas, amigo? reí.

Negrete me miró, casi pidiendo disculpas por su debilidad nocturna.

Miau dijo, arañando el cristal.

Espera, primero desayunas. Luego eliges: quedarte o venir conmigo a Madrid. Creo que al abuelo le gustaría que fueras conmigo. Y yo lo deseo también. Pero tú decides.

Le ofrecí comida y luego le abrí la puerta.

Cuando llegó la hora de partir hacia la estación, Negrete me esperaba en la entrada, frotándose contra mis piernas. Había tomado una decisión.

Fue reconfortante. Iba a dejar de huir, de temer. Iba a ser, por fin, un gato de casa.

Lo sabía, amigo, lo sabía le susurré al recogerlo.

Fui a despedirme de Doña Rosario y devolverle las llaves.

¿Es es ese Negrete? preguntó asombrada.

El mismísimo. Así que no era locura de mi abuelo, sino sólo miedo del animal y ganas de compañía.

Bueno…balbuceó la vecina, entregándome un paquete de empanadillas. Cuídate. ¿Volverás por aquí?

Por supuesto. Volveremos los dos, Negrete y yo, aunque no sé cuándo.

Al subir al autobús, miré las nubes manchegas en el cielo. Me pareció distinguir la sonrisa del abuelo en una de ellas. Incluso Negrete, acurrucado en mi regazo, pareció mirar al cielo fijamente.

El rostro nos sonreía y, al mirar atrás, supe de corazón que el abuelo no se había ido del todo. Mientras permanezca vivo en nuestra memoria y en nuestro cariño, nunca dejará de estar a nuestro lado.

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