Por un giro del destino

Por una ironía del destino

Es pleno invierno en Madrid, una de esas típicas nevadas que rara vez llegan, pero que este año han cubierto la ciudad de un manto blanco como una manta vieja y pesada. Carmen lleva media hora esperando el autobús en la Glorieta de Embajadores y ya no siente los pies del frío. Al final, se resfría y termina ingresada en la sección de ginecología del Hospital General Universitario Gregorio Marañón.

Necesita quedarse ingresada unas semanas le dicta la doctora, con tono firme y madrileño. A los treinta y siete aún puede querer tener hijos algún día. Carmen, sinceramente, no piensa en eso. Pero acaba resignándose y se queda.

La cama del hospital es dura y la sábana grisácea huele a desinfectante. Carmen piensa que su vida es justo eso: una sábana arrugada, insípida, sin color ni calor. Tiene una hija, Alba, de trece años, y un marido, Diego Bueno, marido. El que anoche le trajo un caldo soso en un táper, se quedó tres minutos mirando el móvil y salió corriendo con la excusa de una “reunión urgente”.

En la habitación son tres mujeres. A su lado está Lucía, de su misma edad, siempre con una sonrisa y unos ojos chispeantes. Está ingresada para asegurar su tercer embarazo.

Mi marido y yo deseamos una niña, ya tenemos dos chicos en casa explica mientras acaricia su barriga. Javier dice que cuantos más, mejor, pero yo con tres me planto.

La felicidad radiaba de Lucía; cada vez que llamaba Javier, la sonrisa le invadía la cara.

Carmen se gira hacia la pared, recordando que sólo tuvo un embarazo, y una traición. Aquella vez, trece años atrás, cuando Diego tuvo un lío con una compañera de trabajo poco antes del parto. Se enteró, lloró, él le prometió que jamás volvería a pasar.

Hija, perdónale le aconsejaba su madre, Encarna, en la cocina, con acento de Toledo. Los hombres son así, ya sabes. Si te promete que espabila, créelo

Y Carmen le creyó. Estaba sola y no quería criar a la niña sin padre. A lo largo de catorce años de matrimonio, siempre sospechaba, pero él era hábil, escapaba entre excusas. Su madre solía decir:

Carmen, tu Diego canta en todos los tejados, pero siempre aterriza sin que le pillen. Tú verás.

Dejó de preocuparse, se dedicó a vivir para Alba y a terminar sus jornadas como administrativa. Diego era empresario, traía buen sueldo a casa y no causaba más conflictos. Vivían en un barrio normal del sur de Madrid.

Al lado de la ventana, en la tercera cama, está Marina, una chica de unos veinte años, de belleza desbordante. Su piel parece de porcelana, rubia, con ojos claros y uñas perfectamente cuidadas.

Seguro que viene de familia bien piensa Carmen.

Al principio, no hacía caso a las conversaciones de las otras dos, centrada en su angustia. Pero decide prestar atención cuando escucha a Marina:

Me cuidaba como a una princesa. Me decía que en casa se aburría, que su vida anterior era gris, que yo era especial. Diego es muy detallista

El tiempo se detiene y Carmen siente un sonido agudo entre los oídos.

No es demasiado guapo confiesa Marina, está un poco rellenito y casi calvo, pero es muy varonil. Tiene su propio negocio. Me prometió que en cuanto tenga el bebé, solucionará todo y estaremos juntos.

¿Solucionar el qué? pregunta Lucía.

Está casado. Tiene mujer e hija responde Marina, casi indiferente, como quien habla del tiempo. Pero yo tengo mi piso propio, me lo regaló mi padre. Ahí quedamos Diego y yo.

Marina suena orgullosa, procesando todo como si fueran medallas. A Carmen cada palabra le golpea como un mazo. Rellenito… empresario… Diego… El puzzle encaja bruscamente.

Habla de mi Diego piensa aterrada. En una ciudad como Madrid, estas cosas suceden.

Observando los detalles: la edad, el físico, el negocio, y la actitud, está segura. Marina, la chica de la cama de al lado, espera un hijo de Diego. Carmen contiene su rabia y vuelve el rostro a la pared.

Si es que está claro, Diego no puede resistirse a una chavala así Y ella, ¿qué le habrá visto? Seguro que por el dinero Y él, cómo promete. Siempre ha sabido hablar bonito.

Esa noche, Carmen recibe la llamada de Diego. Su voz, normalmente dulce, suena gélida, casi esquirlada.

¿Qué te pasa? pregunta él, confuso. ¿Va todo bien?

Ella está en el pasillo, sobre un viejo sofá azul.

Yo sí estoy bien. El que tiene un problema eres tú. Sé la verdad, Diego. Todo sobre Marina. Su embarazo. Estamos en la misma habitación, ¿lo sabías? No quiero verte nunca más.

¿Marina? ¿Qué dices? balbucea Diego, y Carmen le interrumpe.

Se acabó. Cuando salga del hospital, pido el divorcio. Vete del piso. Basta de aguantar, Diego, desaparece.

Carmen lo expulsa de su vida como a un ramo de flores secas. No puede más con la mentira ni la humillación. Mientras ella está en el hospital, Diego recoge sus cosas y se va. Sabe que ya no hay perdón posible.

Al recibir el alta, Carmen recoge a Alba, que ha estado estos días con su abuela Encarna, y comienza la batalla burocrática del divorcio. Diego no pone resistencia: su vida ya gira en torno a Marina y el futuro bebé.

Medio año después, el invierno madrileño ha dejado paso a la primavera y de ahí a un agosto bochornoso. Carmen, más delgada y con algunas arrugas nuevas, se presenta en una oficina de arquitectura para discutir un proyecto.

Buenas tardes saluda, educada.

Buenas tardes responde el cliente, un hombre de unos cincuenta, elegante, con aire sereno y ojos grises.

Me llamo Andrés. Encantado. ¿Y tú?

Carmen responde ella, sin florituras.

Hablan, primero sobre vigas y planos, pero pronto la conversación deriva a libros, música, y el aroma de la tierra mojada en un pinar de Segovia. Andrés es atento, inteligente, sencillo. Con él, no tiene que fingir ni reírse a la fuerza. Se siente vista y valorada, algo desconocido para ella: como beber agua fresca tras la sequía.

Carmen, ¿te gustaría quedar fuera de la oficina? propone Andrés, cuando ella recoge sus papeles.

Siente rubor, pero responde con sinceridad:

Vale, me gustaría.

Comparten café, primero una vez y luego varias. Andrés ya sabe de su divorcio y de Alba, y él mismo confiesa que también está separado. En una de esas tardes, en un pequeño bar del Barrio de Las Letras, Andrés mira la taza y, con voz apagada, se sincera:

Tengo una hija veinteañera Ha cometido una locura. Se ha liado con un tipo el doble de mayor, un casado que dejó a su familia. Ahora está con él y espera un bebé, a punto de dar a luz. No logro llegar a ella Se llama Marina.

El aire se vuelve denso; a Carmen le cuesta respirar. Alza los ojos y contempla el cabello canoso y familiar de Andrés. Está frente al padre de la chica que destrozó su familia.

La ironía del destino es tan intensa que ni el dolor cabe; sólo queda un vacío helado y absurdo. Andrés la mira, preocupado por el súbito cambio de Carmen.

¿Qué te pasa, Carmen? ¿Estás bien? insiste.

Permanecen sentados, dos náufragos arrojados a la misma isla por el mismo temporal. Él, padre de Marina. Ella, exesposa de Diego.

Mi hija empieza Carmen, apenas susurrando. Mi hija se llama Alba. Y mi ex… Diego.

Andrés se queda pasmado. En sus ojos atraviesan ráfagas de comprensión, vergüenza y sorpresa. Lo entiende todo.

Siguen allí, juntos entre las tazas frías, unidos por la extraña ligadura de la desgracia y un sentimiento inesperado y sincero. Entre ellos se extiende un abismo, abierto por sus hijos y sus antiguas parejas y, sin embargo, es justo en ese borde donde se han encontrado.

Nunca creí que esto sucedía en la vida real musita Carmen.

Andrés la mira con ternura.

Carmen, la vida da muchas vueltas. Pero, si quieres, podemos intentarlo.

Ella no sabe qué responder.

Andrés démosnos tiempo. Debo entenderme a mí misma, recolocarlo todo

Él lo comprende.

De acuerdo. Pero, si quieres creerme, saldremos de esto juntos.

Pasa medio año hasta que Carmen y Andrés vuelven a verse. Él persevera, está convencido de que, a pesar de tanto sinsabor, Carmen es su futuro. En detalle tras detalle, se descubre la sintonía compartida.

Marina, por su parte, da a luz a una niña y continúa en su piso con su madre. La relación con Andrés se enfría; la conversación pendiente entre padre e hija ocurre al fin y todo sale a la luz. Con Diego tampoco funciona: él simplemente le pasa la pensión y se muda fuera de Madrid.

Un año después, Carmen y Andrés deciden casarse. Su drama común, tan duro, se convierte inexplicablemente en el puente más sólido de sus vidas. Por fin, son felices.

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