¿Cómo se le ocurre? Debería haber sido yo quien la echara de mi casa como a una gata callejera me quejaba a mi madre, con el orgullo herido.
No te preocupes, hijo intentaba consolarme Carmen Jiménez. Eres un hombre hecho y derecho, con tu piso y una posición. Si das una señal con el dedo, enseguida tendrás a cualquier chica a tu lado.
Pero mi madre se equivocaba. Acostumbrada a que Lucía aguantara todas sus excentricidades y reproches, nunca habría imaginado de lo que puede ser capaz una mujer callada si la acorralan hasta el borde de la desesperación.
***
Lucía Fernández de la Vega y Guillermo Aguirre, ambos ya bien entrada la edad madura, contemplaban desde lo alto de la estación de esquí de Baqueira Beret la llanura de nieve inmaculada aún sin surcos. El sol rojizo se alzaba sobre los Pirineos, tiñendo de rubí las laderas heladas y haciendo brillar los copos como si fueran gemas. Ambos se quedaron absortos ante el espectáculo cambiante, conscientes de que aquel no era un simple amanecer, sino el inicio de un nuevo capítulo.
Bueno, ¿vamos? exclamó Guillermo.
¡Vamos allá! le respondió Lucía, empujándose por la pendiente antes que él.
Lucía tenía sesenta y dos años. Últimamente viajaba sola: su única amiga de verdad murió hace tres veranos y las demás conocidas preferían ir a balnearios tranquilos con menús insípidos y circuitos termales. Se había divorciado hacía diez años. Muchos la juzgaron: familiares, amigos de toda la vida hasta su propia hija tardó en aceptarlo. Pero Lucía ya había agotado su paciencia: no podía seguir con un marido que se dejaba arrastrar por la desidia y arremetía contra ella por sus propias frustraciones y fracasos.
¿Por qué tengo que comer la carne recalentada? Te lo dije mil veces: el solomillo hay que servirlo caliente de la sartén me gruñía, borracho de mal humor, cada noche al volver después de otro negocio fallido.
La cena estaba lista a las siete, como me pediste intentaba excusarse ella, resignada, pero era como hablar con la pared.
Al día siguiente ya tenía preparado algún nuevo reproche:
¿No te dijo mi madre que la recogieras hoy a las dos para acompañarla a su masaje? me lanzaba, apenas cruzaba la puerta.
Sí, pero estaba trabajando. No podía dejar de atender a un cliente para ir de chofer a doña Carmen.
¿Me estás diciendo que un cliente te importa más que la salud de mi madre? me indignaba ofendido. Dejaste a una señora mayor enferma abandonada. Eres de piedra. Si tu trabajo no te deja cuidar de mi madre, será mejor que lo dejes, ¿te enteras?
¿Y de qué vamos a vivir? Últimamente apenas traes dinero a casa se atrevía ella a apelar a mi lógica.
¡Ya veo que no pierdes ocasión para recordarme mis malas rachas! ¿O es que se te olvida lo que eras antes de conocerme?
A continuación repetía yo mismo todos esos sermones que siempre le escuchaba decir a mi madre: que ella era una don nadie antes de mí, que yo la saqué adelante, y ahora, mírala, sacando a relucir su verdadera cara de ingrata.
Pero el vaso terminó por rebosar con mis infidelidades descaradas. Cuando Lucía me encaró, no pude evitar reír.
¿Qué esperas, que me entierre vivo a tu lado? Eres material gastado, así que mejor cállate antes de que pierda la paciencia del todo.
No hace falta que me eches, ya me voy yo. Y el divorcio lo tramito yo misma.
Respondí con una sonrisa sarcástica. Tan confiado estaba, que no concebía la idea de que Lucía realmente pudiera desaparecer de mi vida. Aquella noche, para castigarla, me fui a casa de mi madre y me quedé hasta tarde. Esperaba alguna llamada de ella, pero el teléfono permaneció en silencio. Al llegar a casa, pasada la medianoche, me sorprendió la calma absoluta.
“¿Estará dormida?”, pensé. Normalmente Lucía me esperaba, me cenaba, fregaba los platos y después se acostaba. La llamé, recorrí la cocina, el dormitorio: todo estaba impoluto, en un orden inusual. Abrí el armario y sólo encontré huecos vacíos.
“Quiere hacerse la dura”, me dije. “Mañana mismo la tengo pidiendo perdón”.
Pero ni al día siguiente, ni a la semana siguiente apareció Lucía. Envió un simple mensaje: que había solicitado el divorcio.
¿Con qué derecho se atreve? Tendría que haber sido yo quien la echara de casa como a una gata mojada volví a quejarme a mi madre.
No te preocupes, cariño. Eres un buen partido, con tu piso céntrico. Te sobrará quien te quiera.
Pero esta vez mi madre no tenía razón. Acostumbrada a que Lucía soportara sus desplantes y manías, jamás imaginó la fuerza silenciosa de una mujer arrinconada. Lucía reclamó la división de bienes y tuve que vender el piso para pagarle su parte. Poco a poco, descubrí que vivir con mi madre era un suplicio y que las candidatas a pareja no hacían cola, ni mucho menos. Incluso intenté volver a contactar con Lucía, pero me encontré con una fría e impenetrable indiferencia.
Por otro lado, Lucía, al fin libre de la cadena que la ató durante veinticinco años, compró un pequeño apartamento en una promoción nueva, donde pudo disfrutar por fin de su independencia, sin la vigilancia de mi madre ni mis demandas constantes. Su buen sueldo le permitía pequeños lujos: salía con amigas, descubrió los placeres de un circuito de spa, viajó, y por primera vez en su vida programó las vacaciones pensando solo en sí misma, no en las preferencias de Carmen.
Eso sí, los años pesan. Pese a mantener una figura esbelta, Lucía dejó de usar bañadores demasiado atrevidos y buscaba siempre la tumbona más discreta en la playa. Se sonrojaba cada vez que un guía turístico anunciaba que ciertas rutas eran solo para jóvenes, aunque luego los dejaba atrás sin despeinarse. Antes de cada escapada a la montaña, se prometía: “Esta será la última vez. La próxima haré como mis amigas, iré de balneario, tomaré el sol y haré paseos sabiendo siempre por dónde piso”. Sin embargo, al llegar el día, no podía resistirse a subir una vez más a la cima.
De hecho, en Baqueira Beret, su plan inicial fue observar el desfile de esquiadores desde la terraza, tomar un vino caliente y volver tranquila en el teleférico hasta el hotel. Adiós, montaña; adiós, esquí; adiós…, se corrigió a sí misma sonriendo, y adiós juventud, pero ¿qué juventud tengo ya?. Salió de la cabina y notó una voz a su espalda:
¿Lucía? dudó en darse la vuelta
¿Lucía Fernández? repitió la voz masculina.
El corazón empezó a palpitar con un extraño presentimiento. Al girarse, reconoció a un hombre con equipo de esquí.
Te vi en la cima, pero no estaba seguro de si eras tú. Al verte sin esquís preferí esperarte aquí abajo.
¿Guillermo? Dios mío, ¿eres tú? respondió Lucía, entre sorprendida y emocionada, reconociendo a un fantasma del pasado.
La memoria despertó de golpe: una escena que creía olvidada, de hace una vida. Entonces, iba a casarse conmigo, el que pensaba era el mejor hombre del mundo.
***
Una semana antes de nuestra boda, le dije:
Mañana conocerás a mi mejor amigo, que viene de Barcelona. Se queda con nosotros, claro.
¿En nuestro apartamento? Es pequeño para tres protestó en voz baja.
¿Dónde sino? Guillermo es como un hermano para mí.
Lucía calló. Recuerdo perfectamente aquel instante: nada más abrir la puerta y aparecer Guillermo, a ella le cambió el semblante. Un ¡es él! cruzó fugazmente por sus ojos antes de reprimirse y actuar con cortesía. Aquella semana fue un tormento. Cada vez que cruzaba con Guillermo una mirada, la notaba tensa. Si yo salía, él también; ni un minuto a solas con ella, ni un gesto fuera de lugar.
“¿Qué me pasa?” pensaba Lucía, “pronto me casaré con el hombre adecuado”. Pero no podía deshacerse de los pensamientos sobre Guillermo. A falta de tres días para la boda, una tarde, se quedaron solos.
Sé que está mal, Lucía le dijo Guillermo, sé que es una locura y es injusto para Pablo, pero me arrepentiré toda la vida si no te lo digo: te quiero. ¿Por qué no huimos hoy mismo juntos? Esto no pasa cada día, puede que solo una vez en la vida.
Lucía, conmocionada, vaciló por un instante, pero replicó:
He tomado una decisión. Hazme un favor, vete hoy mismo.
Cuando volví aquella noche, Guillermo ya se había marchado.
***
Años después, aquel reencuentro fue como una sacudida eléctrica. Pasamos la noche caminando bajo las estrellas del Pirineo, charlando casi sin pausa. Guillermo me contó que enviudó hacía tres años, que fue feliz, pero que nunca olvidó nuestra historia.
Me pregunto cómo habría sido nuestra vida si entonces te hubieras marchado conmigo dijo Lucía.
Eso nunca lo sabremos, la vida no permite hipótesis pero sí nos ofrece un presente y espero que un futuro juntos contestó él.
Me cuesta creerlo, Guillermo. Tanta vida ya recorrida, y yo resignada a que solo me queda esperar a que pase el tiempo.
¿Quién ha dicho que lo nuestro es solo esperar a que pase el tiempo? Yo ahora quiero vivir, volver a la cima, sentir el viento en el rostro. El resto, ya veremos.
Hoy, al escribir estas líneas, descubro que la mayor lección de los años pasados es aceptar cuando algo nos lastima y elegir escuchar el susurro del corazón por encima de lo que otros esperan. La vida siempre sorprende, aunque uno crea que lo mejor ya quedó atrás. Jamás es tarde para subir una montaña más.





