Mi padre trajo a casa a una nueva mujer tras la muerte de mi madre. Durante mucho tiempo no la llamé mamá, pero aquella mujer se ganó con creces ese título.

Mi madre luchó contra el cáncer durante mucho tiempo. Cuando ella tenía 27 años y mi padre 31, falleció. En casa éramos tres hermanos. Yo era el más pequeño y aún no había cumplido los 2 años. Mi padre, incapaz de sobrellevar la situación solo, necesitaba encontrar esposa urgentemente, o mejor dicho, una madre para nosotros. Medio año después acudió a una conocida y le pidió que le permitiera casarse con su hija. La mujer lo escuchó atentamente y dio su bendición. Así llegó a nuestra familia una madre nueva, Lucía, que tenía 21 años.
Lucía se volcó en la casa desde el primer momento. Puso todo en orden y, con su propio dinero, compró telas y nos confeccionó los uniformes escolares a dos de nosotros. Mis hermanos mayores enseguida empezaron a llamarla mamá, pero yo no era capaz. Me costó mucho acostumbrarme. Tardé en aprender a hablar y era muy difícil tratar conmigo. Un día le expliqué a Lucía que mi madre siempre llevaba el pelo recogido en un moño bajo. Desde entonces, Lucía nunca dejaba de peinarse así.
Aun así, yo seguía sin llamarla mamá. Entonces mi padre ideó algo. Lucía me preparó mi tarta favorita y toda la familia se sentó a la mesa para comerla. Pero yo no podía probarla, a menos que la llamara mamá por primera vez. A los tres años de llegar ella a nuestras vidas, mi madre tuvo una hija, su primera hija propia. Fue entonces cuando las cosas empezaron a complicarse en casa. Mi padre no conseguía trabajo de lo suyo y acabó empleado en una cooperativa agrícola. Lucía también empezó a trabajar allí. Cuatro años después nació otro hijo más. Jamás nos distinguió entre suyos y no suyos.
Cinco años después, mi madre volvió a enfermar de la misma dolencia que la primera esposa de mi padre. En ese momento, mis hermanos mayores ya estudiaban en la universidad en otra ciudad. Mi madre estaba hospitalizada y yo la visitaba a diario. Siempre repetía a los médicos que no podía estar enferma porque tenía niños pequeños que la esperaban en casa. Finalmente, superó la enfermedad.
Fue una alegría indescriptible: sufrió mucho, pero fue más fuerte que la adversidad. Sin embargo, cuando parecía que todo mejoraba, la familia empezó a perder a sus seres queridos. Medio año después, el primer hijo común de mis padres iba a casarse. La víspera de su boda, desapareció. Tras 36 días de búsqueda, lo encontraron… y lo enterraron.
Después de aquello, me volví a vivir con mis padres; no podía dejar a mi madre sola. Al poco, falleció mi padre, después mi hermano mayor, y más tarde el nieto más pequeño de mi madre, hijo de mi hermana. La familia entera sufrió un accidente, pero solo él resultó herido. Me asombra y no entiendo cómo, después de pasar por tanto dolor, mi madre mantiene su bondad, su ternura y su amor intactos.
Ha criado a cinco hijos, cuida de sus nietos y ahora ya tiene dos bisnietos. Cada día se levanta temprano, arregla la casa y se sienta a tejer pequeñas cosas para sus nietos y bisnietos. Para nosotros, sus hijos, pasar tiempo libre con ella es un auténtico placer. A pesar de su edad, siempre tiene algo interesante que contarnos. Su amor nos abarca a todos.

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