La joya familiar

Joya familiar

¡No, mamá, no insistas! ¡Voy a hacerlo de todos modos!

Marina, ¿por qué? Explícame para qué necesitas hacer eso.

Porque él entra siempre en el aula un minuto antes que yo. Porque no me aguanto al mirarme al espejo. Porque nunca conseguiré tener una vida normal. ¡Ni marido, ni hijos! ¡Madre mía! ¡¿Es que no lo comprendes?! Marina rompió a llorar y lanzó el cepillo que tenía en la mano al despistado Donato.

El cojín que él arañaba incansable, escuchando la discusión desde el respaldo del sofá, era un trabajo de bordado de la propia Marina. Pensaba regalárselo a la abuela para su santo, pero una vieja disputa separó un día a la familia en dos bandos irreconciliables y el regalo jamás llegó a su destinataria. Estaba adornado con rosales de terciopelo, ahora propiedad de Marina y objeto habitual de los ataques del engreído felino de la familia.

El gato, Donato, estaba en casa justamente gracias a Marina, que se consideraba responsable del carácter indómito del animal rescatado de las gamberradas de unos niños del barrio. Aquellos chavales, convencidos de que nadie reclamaría a un gato sin dueño, pensaron que podían divertirse con él sin consecuencias. Para su sorpresa, la tímida Marina, tan frágil y callada en apariencia, les plantó cara.

Habían subestimado a Marina. Su madre adoraba su delicadeza de estudiante de piano, pero el padre insistió en que aprendiera karate y gracias a ello Marina tenía el cinturón negro y una estantería repleta de trofeos que odiaba limpiar, ya que el polvo de sus hazañas la sacaba de quicio. Pero su madre se negaba a esconderlos, convencida de que así subía la autoestima de su hija.

Al final, la faceta deportiva fue providencial: la pandilla recibió su merecido y Donato, que llegó maltrecho y flacucho, pronto se convirtió en un gato teatral y peludo, convencido de que Marina era de su propiedad y de que vivir bien era su único deber.

El día en que Donato se instaló del todo en casa, Marina venía de la Escuela Superior de Música todavía más alicaída de lo habitual. No le salía la pieza que debía tocar en el concurso y los nervios la traicionaban. Sobre todo, desde que reapareció en su vida Andrés, compañero de conservatorio, al que conocía desde niña: habían compartido colegio y ahora repetían aula.

Pero era como si Andrés hubiera cambiado, como si de repente fuese alguien ajeno, nuevo, fascinante y misterioso. Solo habían pasado unos meses sin verse las vacaciones, un viaje familiar de él, pero el reencuentro intimidó a Marina. Cuando, con su gesto de siempre, él le rodeó los hombros contando alguna anécdota a los compañeros, ella se quedó clavada en el sitio, con una felicidad tan honda que apenas se atrevía a respirar. En otro momento se habría librado mediante un golpecito en la cabeza, pero ahora solo deseaba quedarse así, bajo esa mano cálida.

Claro, al instante se abroncó por dentro: ¡Qué tontería más grande! ¡Hay que ver lo que me imagino…! Pero aquella sensación dulce y desconcertante había venido para quedarse. Marina no podía evitar buscar a Andrés con la mirada, aunque apartaba los ojos en cuanto él se volvía hacia ella.

Era un tormento delicioso. Marina moría de ganas de sincerarse con Andrés, pero la idea misma la aterrorizaba: las manos se le helaban, el corazón se le aceleraba. Sufría en silencio.

Contarle a su madre lo que sentía era impensable. No porque no la quisiera, sino porque siempre habían sido relaciones difíciles. Se adoraban, sí, pero sabían que el carácter fuerte que compartían exigía autocontrol para no hacer daño al otro, aunque no siempre lo conseguían. Cuando estallaba alguna discusión, solían limitarse a cerrar la puerta en silencio, y el ambiente quedaba enrarecido en casa.

Destrucción cultural mutua decía la abuela Teresa, antes de que la familia se fracturara.

¡Una tontería monumental! añadía luego.

Marina opinaba igual, pero no encontraba manera de cambiar la tradición, así que era ella quien, tras el enfado, solía dar el primer paso y restablecía una paz precaria. Sabía que su madre la quería por encima de todo. Albina Díaz no tenía nada más sagrado que su hija y Marina lo percibía cada día.

Su madre habría movido montañas por tal de protegerla, aunque eso implicara meterla en una burbuja, ponerle mil límites y dejarla aislada de cualquier posible peligro. Por eso, más allá de casa, el conservatorio o alguna escapada familiar, Marina apenas conocía mundo. Nunca fue a campamentos, ni quedaba con las compañeras fuera del colegio. Sus únicas amistades verdaderas eran los hijos de las amigas aprobadas por su madre, pero ni siquiera con ellos sentía vinculación. Clara, por ejemplo, se pasaba el día poniéndole motes tontos y Sergio, el hijo de otras amigas, le arrancó la cabeza a su oso de peluche al conocerla: ¡Se lo tiene bien merecido!.

Es una lástima que los niños no hayan congeniado. ¡Qué pareja tan bonita formarían! murmuraba la madre de Sergio para consolar a Marina, aunque su risa resultaba falsa y Marina no la aguantaba.

¡Albina, no la fuerces! intervenía la abuela Teresa, con Marina siempre a su lado. ¡Dale libertad! Si la privas de elegir, la harás sentir incompleta toda la vida.

¡Ay, Teresa, no diga tonterías! ¡Marina es solo una niña! ¿Qué va a elegir una criatura? Mientras yo responda por ella, yo decido.

Cuida que no te dure demasiado ese momento y que no termines creyendo que tu hija es de tu propiedad.

Por alguna razón, esa conversación se le quedó grabada a Marina. Y cada vez que su madre se ponía insistente, ella repetía:

¡Mamá! ¡No soy tu propiedad!

Eso, claro, desquiciaba a Albina.

¡No repitas lo que oyes! ¡Ten criterio propio!

¡Pues lo tengo! replicaba Marina, y el silencio volvía a instalarse durante días.

Con la abuela Teresa tuvo que dejar de hablarse tras la famosa gran bronca familiar. Marina no quería juzgar ni a la madre ni a la abuela: ambas tenían lo suyo. Una vez, furiosa, Teresa le reprochó a su nuera:

¡Podrías haber controlado los nervios en el embarazo! ¡Tanta sensibilidad artística, menuda tontería! No se piensa solo en uno mismo, Albina… Y conociendo tus problemas, ¡lo descuidaste todo! ¿En qué estabas pensando?

Y por su parte, Albina se volvía un volcán de emociones cuando esperaba a su segundo hijo. Hasta el más leve contratiempo la hacía montar un drama y todo el mundo en casa vivía en vilo. Al final, perdió el embarazo ya muy avanzado. El tratamiento fue un desastre, pero nadie tenía fuerzas para reprochar nada. Albina culpó al mundo; solo Teresa se atrevió a enfrentarla con la realidad, reclamándole la necesidad de un buen especialista y un nuevo intento, pero predicó en el vacío: la nuera no se lo perdonó jamás.

El padre de Marina intentó hacer de mediador, pero comprendió que era imposible; resignado, dejó que los dos volcanes femeninos se apagasen con el tiempo. Desde entonces, Marina añoraba las tardes con su abuela, pero no se atrevía a desafiar el dolor y la tristeza de su madre, que la retuvo aún más cerca.

¿Mamá, por qué no probasteis otra vez? ¿No querías un hijo? le preguntó una vez Marina a Albina, sin obtener respuesta. Con una sola mirada la madre le dejó claro que ese tema estaba vetado para siempre.

La abuela Teresa era la única a quien Marina podría haber confiado su gran secreto: su amor sin confesar por Andrés. Pero Teresa había vendido su piso, se mudó a Málaga y aquel lugar se llenó de sol, pero se quedaba huérfano de abuela.

Así es mejor, hijo. Todos estaremos más tranquilos.

El padre de Marina iba a verla dos veces al año. Albina lo aceptaba, pero jamás permitía que Marina fuera con él: No quiero que le llenen la cabeza de cosas contra mí. Marina callaba y se resignaba, protegiendo la frágil felicidad de sus padres como buenamente podía.

Guardaba una foto de la abuela en su libro favorito y, a escondidas, la miraba de cuando en cuando, fascinada por la imagen. ¿Cómo podía el fotógrafo haber captado a la abuela Teresa de modo que la legendaria joya familiar de la familia Díaz pareciera diminuta, mientras que, al mirarse en el espejo, Marina solo veía un defecto doloroso?

La nariz. La famosa nariz Díaz. Excesiva y fascinante, solía decir la abuela.

De toda la descripción, Marina solo conservaba lo de excesiva, porque bella no la consideraba.

¡Es gigantesca! exclamó Clara la última vez que se vieron. Perdona, Marina, pero es divertidísimo, casi como una Pinocho ¿No te molesta al besar? ¡No me digas! ¿Nunca has besado a nadie? ¡En serio! ¿Y te da vergüenza? Pero si eres única, ¡a tu edad y sin novio! ¡Qué pasada!

Marina, sin saber cómo, logró no saltarle al cuello a su antigua amiga de la infancia. ¿Quién era Clara para decirle eso, después de todos estos años? Ella vivía ahora en Salamanca, hija de emigrantes de vuelta, y solo venía en verano a ver la familia. El supuesto reencuentro lo planeó Albina el día antes de que Clara regresara a Castilla, y contra toda voluntad de Marina.

No puedes negarte, Marina. Hace mucho que no os veis.

¡Ojalá hubiera seguido así! ¿Para qué, mamá?

Porque tienes que hacerlo, ya está. No te haré más preguntas. Algún día me lo agradecerás.

Por supuesto, Marina lo agradeció muchas veces en silencio, aunque en los términos más corteses que supo. Pero aquella noche, después de hablar con Clara, tomó su primera decisión realmente adulta:

Me voy a operar la nariz.

¡No! Albina, pálida, miró a su hija angustiada. ¡No pienso permitirlo! ¿Pero por qué?

No sirve de nada que me lo impidas, mamá. El papá está de acuerdo. ¡Y yo lo necesito!

No te atrevas… susurró tan bajo, que Marina apenas la oyó.

La conversación acabó en lágrimas. La madre se retiró a su cuarto y buscó una solución. Por la noche, tan lógico y claro le pareció lo que debía hacer, que, temblando, llamó a su marido y le pidió el teléfono de Teresa.

Y así, Marina voló a Málaga al día siguiente.

Albina misma la llevó al aeropuerto y, abrazándola en la despedida, le susurró:

Hija mía, en la vida cometemos muchísimas tonterías, perdemos donde podríamos haber ganado No repitas mis errores. Recuerda: te espero, te quiero. Aunque a veces no lo parezca, nunca dudes de que te amo más que a mi vida o a todo este mundo junto.

A Marina solo le quedó asentir, responder al abrazo y embarcar, con la certeza de que la esperaba la abuela, y eso era lo verdaderamente importante.

Teresa recibió a su nieta con tanto entusiasmo que tardaron dos días en serenarse para poder hablar con calma:

Marina, ¿a qué se debe esta súbita madurez de tu madre?

Supongo que porque he decidido serrarme la nariz.

¿Tú? ¡Pero si eres preciosa! Un poco de maquillaje, va, pero nada más.

¡Abuela! ¡No empieces tú también! Parezco Pinocho.

¿Quién te ha dicho semejante barbaridad?

Hay gente que piensa así

Marina reprimió las lágrimas recordando a su reluciente Clara. Ella jamás tendría problema con ningún chico, siempre rodeada de admiradores…

La gente que opina así, cariñito, ni cuenta como gente. Son errores de la naturaleza. Perfectas no hay, ¡y menos mujeres! Si me presentas una mujer completamente satisfecha con su físico, el Récord Guinness podía cerrarse ese mismo día.

¿Mando la candidatura? ¡La nariz más sobresaliente! Seguro que gano.

Espera Teresa se levantó y volvió con un viejo álbum terciopelo azul. Mira.

¿Qué es?

Tu familia. Todos felices a pesar de la famosa joya Díaz. Aquí tienes a tus antepasados. No todos, claro. Muchas fotos se perdieron. Por ejemplo, no hay de mis tías abuelas, que murieron en la guerra en Madrid y ni sus cuerpos recuperamos. Pero una de ellas logró salvar a su hija, entregando sus joyas a una vecina que escondió a la niña y le devolvió casi todas las alhajas después. Esa niña fue tu tía abuela Feli, la cirujana. Salvó tantas vidas, y llevaba una mascarilla especial en quirófano, porque la nariz le molestaba. ¡Mírala!

Una mujer alta, bañador y sombrero de ala ancha, reía en la orilla junto a un hombre apuesto.

¿Es el tío Miguel?

Él mismo, joven y fuerte. Feli fue muy feliz junto a él.

Abuela, pero estaba enfermo, ¿no?

Sí. Los dos últimos años, postrado. Feli abandonó todo para cuidar de él hasta el final, vivió feliz alimentándole a cucharadas y, cuando él se fue, ella le siguió seis meses después. Jamás lo superó.

Qué vida…

Feli no fue la única. En la familia nunca cambiamos de apellido al casarnos, para mantener el recuerdo de tu bisabuelo y su hermano, fundadores del clan. De ahí vienen nuestras narices. No impidieron la felicidad a ninguna mujer de la familia; todas quisieron y fueron queridas, tuvieron hijos, nietos, bisnietos… Que no es poco.

Teresa se acercó al aparador y sacó una pequeña caja tallada:

Ha llegado el momento. Toma, Marina. Esto lo dejó Feli para ti. Repartió sus joyas entre todas las nietas. A cada una, un recuerdo.

Los pendientes que Marina sacó le cortaron el aliento. Le temblaban los dedos, igual que al ver a Andrés.

Los hizo tu tatarabuelo Plácido. Era un joyero extraordinario, veía belleza donde nadie más podía. Amaba la naturaleza, lo verás en sus obras.

¿Son lirios? preguntó Marina, estudiando los pendientes con incrustaciones de diminutas piedras.

Sí, por su esposa Lilia. Los hizo para ella, se transmitieron de madre a hija y hoy son tuyos.

¡Abuela! Es una auténtica joya familiar.

Como tu nariz, cielito. Imagina que me diera por decir que esta joya me parece fea y ridícula, y fundirla para una baratija moderna, sin historia ni alma.

Marina apretó el puño con los pendientes dentro y negó con fuerza:

No estaría bien.

No tientes al destino, niña. No le digas a Dios que no supo lo que hacía contigo. Eres como debes. Cuéntame ahora quién te ha robado el sueño. ¿Cómo es ese chico? ¿De qué familia? ¿Qué hace?

¡Abuela! ¿Cómo lo sabes? Marina se ruborizó.

Misterios de la vida rio Teresa, ¡pero yo también fui joven!

Entre risas se alargó la noche. Marina por fin habló, la abuela escuchó y ella sintió que podía respirar y afrontar el concurso y la vida con serenidad, sin ese miedo pegajoso que la venía persiguiendo.

Por la mañana, al encontrar a Teresa haciendo la maleta, le preguntó:

¿A dónde vas?

Es tiempo de reparar errores, Marina. Dejo mucho pendiente. Tengo que ver a tu madre.

La resolución de Teresa era tan firme que Marina no pudo sino ayudarle a empaquetar y pedir un taxi.

Esa tarde, Marina, abrazada a Donato en su habitación, escuchaba los murmullos suaves de la cocina. Le apetecía sentarse allí, verlas cogidas de la mano y preguntar si por fin habían encontrado la paz. Pero sabía que no debía intervenir. El principio era frágil y precioso, y tan difícil de crear Una auténtica labor de orfebre.

Al año, Albina, con la mano sobre el vientre y el maquillaje acabado, tocó el lirio de uno de los pendientes de su hija, ajustó el velo y le preguntó:

Bueno, ¿lista ya?

Ahora sí. Solo me retoco un poco la joya familiar dijo Marina al espejo, sonriendo cómplice a su reflejo.

Recordó el día en que, por fin, se atrevió a preguntar a Andrés si todo estaba bien en su aspecto. Por supuesto, Marina. Eres perfecta. ¿Por qué lo preguntas?, replicó él, extrañado.

La alegría de Marina fue tal que cerró los ojos de felicidad.

Una suave sonrisa, un destello bajo las pestañas y unos brazos rodeando el cuello del músico que acababa de ganar un concurso internacional.

Es por nada, amor Solo porque sí.

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