Qué pena haber vivido la vida de forma equivocada

Tendría que ir al supermercado pensaba Elvira, ya queda poca sal y el azúcar está a punto de acabarse. Echó un vistazo al reloj: las once y media. Su marido aún tardaría en regresar; se había ido con su furgoneta al mercado de Segovia a vender leche, nata y huevos.

Hacía tiempo que su hija y su yerno no los visitaban. La cosecha de huevos había sido buena gracias a sus gallinas, así que puso cien de ellos en la furgoneta de Ramón para venderlos en la ciudad.

Ve con cuidado, Ramón, lleva los huevos bien colocados para que no se rompa ni uno, y lo mismo con los tarros de leche…

Que sí, mujer gruñó Ramón , no es la primera vez.

Elvira y Ramón habían vivido siempre en un pueblo de la sierra de Guadarrama. Criaron dos hijos, una hija y un hijo, que ahora vivían en Madrid y Ávila con sus familias. A Elvira no se la podía llamar feliz; en su juventud tuvo que aguantar mucho.

Ramón era un hombre apuesto. Las mujeres del pueblo, especialmente las viudas y solteras, nunca desaprovechaban una ocasión para coquetear con él. Entre bromas y chascarrillos, lo invitaban a merendar, pero todos sabían lo que había tras sus risas. Ramón, en el fondo, no sabía decir que no.

Elvira no tenía pruebas de las infidelidades de su marido, pero siempre sospechaba. Ramón, por su parte, encontraba excusas para llegar tarde a casa.

Nos hemos quedado charlando con los amigos detrás del centro social, tú ya sabes cómo es…

Otras veces decía:

Antonio me pidió ayuda para traer leña y luego me invitó a un vino… Estuvimos un rato.

Pero en un pueblo las habladurías vuelan. Un día llegó corriendo Carmen, compañera de colegio de Elvira:

¿No te das cuenta de cómo Mercedes ronda a tu Ramón? Se mete en su casa y todos lo saben menos tú soltó de carrerilla Carmen.

Mi marido me explica siempre dónde está. Yo confío en él contestó Elvira, aunque por dentro las dudas se hacían más profundas.

No seas ingenua. Ellos mienten con facilidad, y Mercedes… mejor que vigiles. Pero no digas que yo te lo he contado dijo Carmen antes de marcharse.

Aquella tarde, Ramón llegó temprano. Elvira no pudo evitar preguntarle, con ironía afilada:

Qué puntual hoy… ¿Acaso Mercedes hoy no te esperaba?

Ramón se quedó de piedra. Pero tras recomponerse, protestó:

Qué tonterías dices, mujer. Siempre estás creyendo las cotillas del pueblo.

Pues que lo sepas: desde ahora, te vigilaré cada paso. Como te vea en algo, olvídate de entrar en esta casa.

¡Menudo susto! Si sabes dónde estoy siempre… replicó Ramón, aunque por dentro pensó en serio que tenía que acabar con eso. No quería perder a su familia por una aventura sin sentido.

No era su primera vez, pero con Mercedes llevaba ya meses. Hasta los amigos en la taberna le gastaban bromas. Pensó en su edad, y en el miedo que sintió de verdad a perderlo todo.

Por mucho que Elvira estuviera en guardia, en el fondo no quería separarse. Ramón era trabajador y eficaz; mantenía la casa, el establo, preparaba el heno, cuidaba los animales y aún así encontraba tiempo para sus tonterías. Pero esta vez, Ramón cortó de raíz con Mercedes.

Se acabó, Mercedes, no vuelvo más. Elvira ya sospecha y no quiero líos le dijo una tarde.

Buenos son los hombres ahora, que les tiemblan las piernas ante su mujer se rió Mercedes . Pues nada, quédate con tu Elvira, no me faltarán candidatos.

Ese fue su último encuentro. Al poco, Ramón solo iba y venía de casa al trabajo puntualmente. Elvira, tras un tiempo de suspicacia, se fue serenando. No soportaba a Mercedes; si se la cruzaba por la calle, ni la miraba. Poco a poco, la vida volvió a su cauce, aunque alguna herida quedaba y la ofensa aparecía de vez en cuando, pronto la ahogaba con sus quehaceres.

Cogiendo su bolsa de tela para ir al súper, Elvira salió bajo el sol de junio. La tienda no estaba lejos, no se cruzó con nadie. Al entrar, vio a tres vecinas cuchicheando. La dependienta, Nina, la miró mientras pesaba caramelos.

¿Te has enterado? Mercedes ha muerto… Esta noche ha fallecido. Menos mal que su hija ha podido llegar, que vive cerca.

Elvira no podía creer lo que oía. Sabía que Mercedes había estado enferma, pero no tan grave. En los últimos meses apenas salía, era la vecina quien le traía el pan, pero Elvira no se había interesado por la vida de Mercedes y no sabía que estaba postrada en cama.

Pues sí que es noticia murmuró Elvira, reponiéndose, mientras las otras se atropellaban para hablar.

Es cierto, me lo contó la vecina de al lado aseguró Jacinta, una mujer aún joven aunque todas la llamaban “la abuela” porque ya tenía nietos . Mercedes siempre vivía deprisa, nunca le faltó un hombre, y más de una esposa la maldijo. Los últimos tiempos perdió el pudor; se dejaba ver con casados, hasta paseaba orgullosa.

Vamos chicas, de los muertos no se habla mal interrumpió Angelina, la maestra jubilada . Cada uno tiene su vida, y todos terminaremos igual… se santiguó y salió de la tienda.

Elvira seguía sin creérselo. Mercedes era por lo menos diez años menor que ella. Nada más acabar el instituto, la madre la casó sin demora con un muchacho de un pueblo vecino, a orillas del Duero.

La madre no quería que su hija se marchase a Madrid.

Hija, cásate con Julián, el de la otra orilla del río. Es un buen chico, trabajador y ayuda en casa. Ya he hablado con su madre y están de acuerdo. No lo pienses más, aquí te quedas.

Pero si ni lo conozco… protestó Mercedes.

Ya habrá tiempo zanjó la madre.

Hubo boda y los jóvenes se instalaron en casa de Julián. La familia era decente, pero el chico era un inestable; la razón por la que su madre apuró el matrimonio. No hizo feliz a Mercedes ni a nadie. Bebía, gritaba y llegó a levantarle la mano estando embarazada. Solo su suegro la defendía, pero el sosiego duraba poco.

Aguanta, Mercedes, que a lo mejor cambia le decía su suegra . Ese Julián cada día bebe más…

Mercedes tuvo una hija. Sus suegros la adoraban, pero su vida era dura.

A los tres años, Julián murió en un accidente; borracho, estrelló el tractor.

Mercedes volvió con su madre al pueblo. Juró que nunca más se casaría. Ya he tenido bastante, sólo quiero a mi hija, repetía a quien la escuchaba.

Al principio, Mercedes apenas salía de casa. La invitaban a bodas y al centro cultural, pero prefería quedarse. Sus antiguos compañeros estaban formando familia, y ella, tan joven, ya era viuda. Nadie se lo echó en cara; cada uno tenía lo suyo.

Con el paso de los años, cada vecina tuvo su suerte: algunas felices, otras separadas, unas sufrieron enfermedades, otras se perdieron con el vino. Mercedes fue fiel a su promesa. No volvió a casarse, pero siempre fue, de algún modo, el centro de atención.

Hombres no le faltaban. Iban a escondidas, y a veces las esposas venían a pedirle explicaciones. Hubo gritos y lágrimas, pero Mercedes se quitaba de encima el escándalo y al poco volvía a lo suyo.

Toda su vida giró en torno a sí misma. Su hija se independizó y se mudó a Valladolid. Venía poco. Mercedes nunca trabajó duro. Era de las pocas que se daba caprichos, yendo a balnearios y luego no contaba nada a nadie, ni tenía verdaderas amigas. Muchas mujeres preferían no tratarla.

Últimamente, se la veía del brazo de Pablo, un hombre casado del pueblo. Al principio quedaban a escondidas, luego ya ni eso. La mujer de Pablo, Rosa, era callada y bondadosa. Ni al supermercado iba; Pablo le traía todo a casa, daba el dinero, se ocupaba de todo.

Pablito, trae pan, que se acabó el de ayer, y compra aceite de oliva y azúcar, que falta poco le pedía Rosa, y él después del trabajo lo hacía todo.

Mercedes sabía que Rosa era callada y por eso se permitía ser tan descarada. Nadie en el pueblo entendía a Pablo. Rosa, aun siendo discreta, era preciosa. Mercedes no le llegaba a la suela, pero tenía carácter. Así atrapó a Pablo.

Elvira los había visto alguna vez saliendo juntos de la oficina de correos o del ultramarinos. Sentía lástima por Rosa.

Pobre mujer, debe de sufrir en silencio, sabiendo lo de su marido. Y encima ya nadie lo oculta pensaba Elvira, recordando que Ramón también cayó una vez pero él, al menos, cortó a tiempo, mientras Pablo sigue con Mercedes tan campante.

Ahora Mercedes había muerto, de una enfermedad traicionera que no perdona. Las vecinas murmuraban:

¡Mira que Mercedes, con todo lo que presumía, y ha sido la primera en irse! Eso tiene que ser un castigo divino…

Pero la enfermedad no elige. A algunos se los lleva pronto, otros llegan y pasan de los noventa. Elvira no juzgaba a Mercedes. Tan solo pensaba que hay que vivir de forma que el día de mañana, cuando faltemos, nos recuerden con cariño. Qué tristeza dejar solo reproches detrás.

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