Voy a vivir mejor que vosotros

¿Pero cómo podéis vivir en esta miseria? Lucía arrugó la nariz, paseando la vista con desprecio por la cocina. ¡En veinte años ni una manita de pintura le habéis dado a la casa! Y aún así pretendéis enseñarme a vivir.

Carmen Gutiérrez se encogió de hombros, derrotada. Julián Fernández, con gesto solemne, llevó la taza de café a los labios sin dignarse a mirar a su hija. Lucía, sonrojada de indignación, esperaba reacciones, aunque fuera un grito, pero allí solo reinaba un silencio tenso que la sacaba de quicio aún más que cualquier bronca.

Y Álvaro es un buen chico, os guste o no continuó Lucía. ¡No tenéis ni idea de cómo funciona el mundo!

Carmen levantó la mirada, fatigada.

Lucía, cariño, si no es por Álvaro negó con la cabeza. Lo que queremos es que termines los estudios, que tengas un poquito de estabilidad primero.

¿Estabilidad? Lucía puso los ojos en blanco. ¿Como la vuestra? ¡Veinte años en el mismo piso, con los azulejos cayéndose!

Que apenas tienes diecinueve, hija le contestó Carmen con dulzura. Es muy pronto para casarte, entiéndelo.

Por fin Julián dejó la taza y la miró a los ojos. Sin reproche alguno, solo con una tristeza honda y resignada.

Ya formarás tu familia, cuando sea el momento añadió Carmen. Solo te pedimos que no tengas tanta prisa, no todo tan acelerado.

¡Solo queréis fastidiar mi felicidad! protestó Lucía, dando un zapatazo como cuando tenía cinco años. ¡Eso es lo que pasa!

Lucía se giró de golpe y cogió su bolso del perchero del pasillo. Carmen se levantó y la siguió apresurada.

Espera, Lucía le tendió la mano.

Pero Lucía, ofuscada y temblando de rabia, ya estaba forcejeando con la cremallera de la chaqueta.

¡Con Álvaro seré feliz! ¡Aunque solo sea para que os fastidie! gritó desde la puerta.

Julián, resignadamente, salió al umbral del pasillo.

Hija, no lo entiendes todavía empezó.

¡Voy a vivir mejor que vosotros, con dinero, con de todo! le interrumpió Lucía ya con la mano en la puerta. ¡No como vosotros!

Abrió la puerta de un tirón y desapareció por la escalera, escuchando a lo lejos el suspiro de su madre y el golpecito suave de quién sabe qué se cayó al suelo.

Bajó las escaleras sin mirar atrás, convencida de tener la razón en todo, como solo se convence una cuando tiene diecinueve años y una cabeza llena de sueños.

Cuatro años más tarde, Lucía estaba de pie delante de la misma puerta desconchada y tristemente decorada con pegatinas viejas. En la derecha agarraba la mano cálida de un Manuel de apenas tres años, que miraba aquella casa desconocida con esa curiosidad reservada solo a los niños. La izquierda, suspendida en el aire, no fue capaz de dar el tímido golpe a la puerta. Dudó, paralizada, los dedos a pocos centímetros de la madera resquebrajada. No podía. Manuel tiró suavemente de su brazo, mirándola con ojos grandes.

Mamá susurró Manuel, balanceándose de pie a pie.

Lucía echó un vistazo a la maleta vieja y desportillada a sus pies, la misma que había llevado cargada de sueños y promesas tan vacías como el bolsillo. No había visto ni llamado a sus padres en esos cuatro años. No una carta ni un WhatsApp, nada. Se había creído mejor que aquella vida de piso chiquitito en las afueras, con cortinas del Pryca, vida sin lujos Y ahora, no era más que una sombra orgullosa con el rímel corrido y los ojos hinchados.

Al final, con el valor justo, tocó tres veces, flojo, nada parecido al portazo de aquella vez. Al otro lado, como si esperasen la llamada, se oyeron pasos y el giro de la llave. Carmen abrió y arqueó las cejas al verla. El pelo, más canoso en las sienes, los ojos con nuevas arrugas y la misma mirada de siempre.

La cara de Lucía era ya un poema de lágrimas y bochorno. Carmen miró al pequeño Manuel y luego a la maleta destrozada. Supo todo lo que tenía que saber. No hubo preguntas, ni reproches, ni monumentos a palabras viejas. Solo se hizo a un lado y dejó pasar a hija y nieto.

Lucía cruzó el umbral y lo supo todo: el mismo papel pintado deslucido, el viejo armario de la entrada, el inconfundible aroma a lentejas y suavizante barato. Manuel, con los ojos muy abiertos, inspeccionaba el pasillo como si hubiera llegado a la Tierra Prometida.

Manuelito, vete a esa habitación a ver si encuentras juguetes le indicó Lucía de cuclillas.

El niño, obediente, desapareció entre risas. Lucía se giró hacia su madre. Carmen la miraba con serena paciencia.

Quiso decir algo, explicarse, justificarse, pero solo le salió la verdad amarga. Dio un paso, y luego otro, hasta que se colgó del cuello de Carmen, deshaciéndose en un llanto convulso. Lloró por los sueños rotos de amor eterno y vida de película. Lloró por el matrimonio con un completo desconocido que había resultado ser aún más desconocido cuando se largó. Lloró por el orgullo estallado contra el cristal de la realidad.

Mamá gimoteó una y otra vez. Perdóname.

Carmen la abrazó como cuando era una niña a la que se le acababan de romper los juguetes. Le acarició el pelo, callada, convencida de que nada calma más que un buen abrazo de madre.

Tenías razón, mamá, tenías razón en todo Lucía la miró con el rostro enfangado de mascarilla y lágrimas negras.

Carmen apretó el abrazo y la condujo suavemente a la cocina.

Vamos, siéntate y te pongo un té dijo abriendo la alacena de las tazas, como si no hubiera pasado ni un día.

Lucía se acomodó en su sitio de siempre, junto a la ventana. Miró a su madre, a la tetera, a las tostadas en la bandeja y se preguntó cuánto de aquella vida había dejado pasar sin darse cuenta.

¿Y papá? preguntó al notar su ausencia.

En el trabajo, hija respondió Carmen, dejando la taza ante Lucía. En cuanto llegue, te darás cuenta de que él tampoco ha cambiado mucho.

Lucía notó el nudo en la garganta.

Os dije horrores aquella vez lo del piso, lo de la miseria.

Carmen le puso la mano encima, cálida y firme.

Lo único que importa es que has vuelto, Lucía. Aquí estamos, y lo demás, bah, menudeces.

Me engañó, mamá deslizó Lucía. Me echó a la calle como a un perro, solo con el niño. Y yo que me lo creí todo ¿y ahora qué hago? ¿Cómo voy a estudiar con el crío conmigo?

Carmen la acurrucó en sus brazos de madre experimentada.

Lo veremos juntas, ¿vale? Paso a paso. No será fácil, pero de peores hemos salido.

Pasaron los meses y Lucía, poco a poco, fue recomponiendo su vida hecha añicos en Madrid. Adiós a los sueños de telenovela. Una tarde, sentada en una cafetería cutre con sus amigas Susana y Maribel, el ambiente era el de una tragicomedia de sobremesa. Susana jugaba nerviosa con la taza vacía, amargada.

Cada día me llama un cobrador distinto se lamentó. Y el imbécil de Ricardo, tan feliz en Valencia.

Lucía miró a Maribel, que criaba sola a su hija porque el padre nunca se decidió por el libro de familia.

Por lo menos el mío se fue sin deudas suspiró Maribel. Solo dejó un no estoy preparado, y tan fresco.

El mío sí que estaba listo rió Lucía. Preparado para irse con otra.

Susana soltó un bufido y las tres se miraron, reconociendo el absurdo de las quimeras perdidas.

Éramos idiotas admitió Susana. Pensábamos que los príncipes existían.

Y lo que teníamos eran payasos remató Maribel.

Lucía sonrió, agradecida de saber que, al menos, podía reírse del naufragio. Hasta pidieron tarta para celebrarlo: lo suyo era sobrevivir con buen humor.

Al volver a casa, Lucía se encontró con el sonido de risas infantiles y voces familiares. Caminó sobre la tarima de toda la vida y se asomó al salón: Julián, en el suelo, construyendo torres de bloques con Manuel que aplaudía a cada piso nuevo; Carmen, en su sillón, calcetando y sonriendo con dulzura.

Y Lucía los veía y le saltaba a la cara una verdad incómoda. Había despreciado esos pequeños triunfos: vivir juntos la vida, aunque fuese con un sofá pelado y sábanas heredadas. Había fugado de una vida corriente buscando milagros, para acabar, ironías de la vida, agradecida por un sitio donde poder volver.

Sus padres, con su piso exiguo en Aluche, con sus sueldos para ir tirando, con sus veranos en Benidorm cada cuatro años y la tele vieja resintonizando la 1 y la 2, habían construido lo único que de verdad importaba: una familia invicta a las crisis, los atascos y las modas. Familia que nunca se cierra al volver del mundo derrotada.

La que realmente había tropezado, pensó Lucía, no era Carmen con su eterno batín de mercadillo ni Julián con su boina y su trabajo modesto. Había tropezado ella, Lucía, por perseguir envoltorios brillantes y dejar atrás todo lo esencial.

Y aun así, allí estaba: bien recibida, con un plato caliente y un abrazo. Españoles no heredan fortunas, heredan casas pequeñas, paciencia y la bendita manía de no soltar la mano a los suyos.

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