Te escribiré una carta

Te voy a contar una historia que de verdad parece una de esas novelas que se cruzan con la vida misma, y fíjate el lío. Mira, todo empezó un día en la universidad, mientras Lucía intentaba contarme bueno, contarle a su amiga Inés cómo le había ido con ese chico nuevo que conoció en un botellón. Pero nada, Inés, que estaba sentada con medio cuerpo girado hacia la puerta del aula, apenas le prestaba atención. Yo creo que Lucía al principio se picó un poquito, pero luego se le pasó, porque claro, al fin y al cabo eran amigas y de las de verdad, de las primeras para ser exactos. Antes ni siquiera sabía lo que era tener una amiga-amiga.

Su único colega real, su apoyo fiel y casi el hermano que nunca tuvo, era Álvaro, que resulta que era primo segundo o una cosa así, de esos parentescos que solo las abuelas entienden. Por cosas de la vida, Lucía y Álvaro vivían en edificios seguidos en el barrio de Chamartín, en Madrid, y sus padres se llevaban de fábula, así que ya desde niños estaban siempre juntos. Se habían peleado escarbando juntas en el mismo arenero, persiguiendo arena que nunca aparecía, y luego acabaron en la misma clase desde primero de primaria. Y claro, como Lucía era alta, fuerte y con carácter, mientras que Álvaro era más enclenque y siempre parecía que le faltaba el arroz, pues él cargaba con la mochila fashion que le había comprado la madre de Lucía, Ángela.

No iba ella a dejar que esa mochila tan cara la destrozara cualquiera, ¿no? Y total, cargar cosas era cosa de chicos, que para algo era tan delgaducho el pobre Álvaro Y mira, que el niño iba dando tumbos por el patio del cole persiguiendo a Lucía, y parecía que le tiraba el viento. Si hubieras visto la escena, seguro que te hubieras partido de risa. Y luego, con el tiempo, pues esa amistad creció. Álvaro, que a pesar de tener mala salud y una abuela que lo atiborraba a cocidos y empanadas, nunca cogía cuerpo. Era su constitución, decían en casa, y él tan feliz porque aprendió la palabreja antes que el abecedario. Su familia lo tenía por un genio, pero Lucía lo trataba como uno más, lo bajaba a la tierra cuando se creía Einstein, y eso, lejos de molestarle, lo hacía depender más de ella.

Lucía era la influencer de la clase, la que todos seguían. Si ella decía esto mola, todos a una. Y Álvaro, pues tenía ese escudo protector gratis durante toda la escuela, y vamos, la adoraba, porque en el fondo no tenía nadie más cercano. Porque a los padres no les cuentas según qué, ni te ayudan cuando necesitas decidir si besar a la chica en la primera cita o esperar a la segunda. Imagínate, pregunta eso en casa y tienes telenovela asegurada.

La madre de Álvaro, Irene, era de esas señoras de otro mundo. Solo de imaginarle preguntando por besos, seguro que se le borraba medio maquillaje del susto y se desmayaba antes de poder contestar. Y claro, Irene tenía previsto que su hijo terminara con una buena chica, de esas que se dedican a la casa, asisten a cenas de gala y le ayudan en la carrera, pero desde la sombra. Que fuera mona, pero sin pasarse de lista para que los nietos salieran con cabeza. En fin, requisitos imposibles que hacían pensar que Álvaro acabaría soltero o escondido en Finlandia. Pero ni así escapaba, porque Irene lo encontraba aunque emigrase a Marte.

Así que solo quedaba esperar. Pero ¿a qué exactamente? Nadie lo sabía, pero Álvaro se convenció de que la vida era eso, esperar algo especial.

Y ahí estábamos, en un aula medio llena, con Inés esperando a alguien que nadie sabía quién era. Inés, que era más maja que las pesetas, pero ni chico ni pretendiente decente le conocían. ¿Sabes qué pasa? La naturaleza, cuando la hizo, jugó a mezclar genes, y aunque su madre era de esas mujeres con piernas tan largas que casi ni hacía falta mirar la cara, el resultado con Inés fue bueno, piernas largas sí, pero sin la gracia de su madre. “¡Mi elefantita bonita!”, le decían sus padres. Para encontrarle zapatos decentes tenían que ir a la sección de hombre porque gastaba un 42 y medio, y de tacones ni hablamos. Ella vivía en deportivas y era la primera que se atrevió a ir al juzgado con ellas, porque era abogada, y al principio sus colegas la miraban raro, pero luego hasta el juez más estricto apareció un día con unas Adidas parecidas y todos copiando.

A Inés no la molestaban en el cole porque su padre la apuntó a lucha libre. Decía su madre: ¡Es grandota, sí, pero tiene un corazón y un alma igual de grandes!. Y así, si le daban un bajón mirando el espejo, se acordaba de lo que decían sus padres y tiraba paadelante.

A Lucía la conoció en Derecho. Ella, toda rubia y sonriente, con su traje rojo de anuncio y el pintalabios perfecto, se plantó a su lado, estiró la mano y se presentó: ¡Lucía! Encantada, ya somos amigas. Inés, que era más tímida, no sabía ni cómo reaccionar, pero Lucía enseguida le sacó la cosmética, la convenció para arreglarse y le cambió el look en un parpadeo. Y no por presumir, sino porque decía que las chicas deben embellecer el mundo. Así terminaron ese mismo día en el boutique de la madre de Lucía. Ángela lo mismo podía organizar una herencia que abrir tres tiendas y lucirlo con estilo. Allí le cambiaron hasta el humor. Inés, entre regalos y consejos, salió medio enamorada de Ángela, con bolsas de ropa y la promesa de mañana sales presentable de casa, que te llevo de club.

Pero Lucía, ¿y el dinero? preguntó Inés, más formal que nadie.

¡Qué cosas dices! Ya me lo darás cuando puedas.

Al día siguiente, Inés fue al boutique a devolver el dinero, y Ángela, sonriendo, le dijo: Anda, maquíllate los ojos y usa brillo de labios. Que hoy estás de cine. Y cuando Inés se fue, Ángela lo comentó con las chicas: Esto es un regalo de hada madrina, chicas. Aprended a no hacer demasiadas preguntas.

Desde aquel día, Lucía sabía que no soltaría a Inés. Y se hicieron inseparables, tanto que ya no se podía entender una sin la otra. Vacaciones compartidas, confidencias que no se cuentan ni en misa, y hasta Lucía buscándose marido mientras Inés, en silencio, sabía que ya lo había encontrado. Claro, no se lo decía ni a Lucía, porque se trataba de Álvaro.

Y es que tras acabar el instituto, con Lucía entrando en la universidad, Álvaro ya era todo un poco menos enclenque y hasta mono, solo que seguía siendo bajito. No era problema hasta que Lucía los presentó en el club: Álvaro vio a Inés y desapareció. Se enamoró con todas las letras. Aquello fue tan evidente que Lucía solo atinó a decir: ¿Pero tú te has enamorado, Álvaro?. Él, rojo como un tomate, ni contestó. Claro, en su cabeza no tenía sentido; ¿cómo le iba a gustar alguien como él a una tía como Inés? Que si Blancanieves y el enano, vaya combo Y encima pensaba en su madre, y se le iban las ganas de todo.

Se despidieron aquella noche casi sin mirarse. Inés lloró a moco tendido, convencida de que no le interesaba, y se prometió olvidarlo. Pero no podía dejar de pensar en él, y en cada fiesta familiar con Lucía se moría de miedo de encontrárselo aunque nunca pasaba, porque Álvaro evitaba coincidir por no fastidiarla.

Pero Lucía, lista como ella sola, les tendió una trampa de las suyas para que se decidieran. Se inventó que el ordenador se le había roto y que necesitaba recuperar unos correos muy importantes. Así, le coló el mail de Inés a Álvaro en un papelito junto al teclado. Y fue Inés la primera en notar esos correos anónimos en su bandeja de entrada, cartas largas, de esas que te hacen soñar todo el día.

Esa correspondencia les duró años. Hablaban de todo. Mientras tanto, las dos amigas seguían saliendo de fiesta: Inés solo paraba deseando volver a casa a ver si su anónimo le había escrito. A nadie de los dos le apetecía cambiar los mails por WhatsApp o lo que tocara entonces; las cartas tenían algo de magia, te daban tiempo para pensarlo todo.

Claro, Álvaro sabía que escribía a Inés. Ella, en cambio, nunca supo quién estaba detrás de ese buzón hasta mucho más tarde. Lucía esperaba que alguna de las dos soltara prenda, pero nada; fue todo a su ritmo.

Pasaron los años. Inés se hizo abogada, su vida pintaba estable, pero seguía mirando el correo mil veces al día, esperando ese mensaje que ponía el mundo del revés. Lo mismo le pasaba a Álvaro. Su madre, Irene, ya no es que diera indirectas, es que marcaba novias para que él eligiera, pero él solo pensaba en Inés. Discutían, y por primera vez él la enfrentaba de verdad, y poco a poco Irene cedió.

Lucía se casó y se divorció rápido, sin dramas, y abrió su propia notaría. Hasta ayudó a su ex con los papeles y decía: ¿Qué vamos a repartir, si en medio año no da tiempo ni a comprar un microondas?. Y después, bromeando, intentaba compartirle sus nuevas historias a Inés, pero ella seguía en otro planeta.

Llegó el día de la reunión de antiguos alumnos, esa para la que hay que ir en pareja. Lucía, siempre a la broma, le dijo: Vamos juntas, Tamara, como siempre. Pero algo se encendió en Inés, que por primera vez dijo: No, que yo voy con alguien. Ni ella se creía aquello, y apenas volvió a casa, le escribió a su anónimo:

Sé que te pido mucho, pero creo que ya es hora. El tiempo pasa volando; ayer era una cría y hoy ya saco mi primera cana. Es genético, seguro, pero vaya rabia. Quiero vivir de verdad. Quiero familia, hijos, abrazos de verdad, no virtuales. Si tú también quieres, acompáñame mañana como mi pareja a la fiesta de exalumnos. Y si no, pues déjalo estar. Borraré esta cuenta. Solo tienes que aparecer, yo te esperaré.

Mandó el mail con el corazón a mil. Al día siguiente estuvo de los nervios. Se convencía de que debía olvidarse de Álvaro, pero siempre volvía a ese pensamiento: sus cartas siempre tenían su voz.

La tarde llegó. Inés estaba a punto de marcharse, cuando de repente Álvaro apareció en la puerta. Lucía aplaudió: ¡Al fin! Os ha costado, eh.

En ese momento, nada más importaba. Se miraron, se rieron, y ya no había vuelta atrás.

Te escribiré esta noche.

Ni se te ocurra, ya basta de cartas. No pienso soltarte nunca más.

Era mi frase, mujer Pero sí, nunca más.

Y, mira, dos años después celebraban un cumpleaños en la vieja casa familiar de los García, invitados por doquier. La cumpleañera no paraba de montar la mesa hasta que Álvaro, con su hijo en brazos, la sentó:

Inés, coge al peque, que hoy me rechaza como padre y ya verás la bronca de tu suegra.

Inés abrazó a su niño y se rieron los tres.

¿Cómo logras que se calme tan fácil? preguntó él, achuchándola.

Porque no le tienes confianza, Álvaro. Y eso lo nota.

¡Anda, que no! protestó él, y en ese momento llegaron los padres.

Oye Inés, si mi madre empieza con sus historias

Álvaro, cariño, tu madre es fantástica, culta, tiene carácter. Desde que tiene nieto, hasta mucho más soportable. Le da la vida. Canta nanas en francés, y acabará hablando ese idioma mejor que el español.

¡Eso sí que me da miedo!

¿Por? rió ella, el niño duerme como un tronco y yo tengo tiempo para mí. Te lo dije, me casé con el hombre más inteligente del mundo.

¡Cuidado que no te escuche mi madre!

Mira, la más inteligente para ti debe ser ella cuando esté cerca. Así viviremos en paz.

¿De dónde sacas tanta sabiduría?

De aquí dijo, señalando al niño. Luego se levantó para ver a los invitados. Sonríe, marido, que si no esta noche te escribo una carta de las que no se olvidan.

Entonces, mejor te escribo yo, ¿vale? Ya te he mandado una, pero te mando más si quieres.

Inés guiñó un ojo, dejó a su hijo con la abuela Irene y susurró a su marido:

Pues venga, yo te espero. ¡Bendito sea el arte de escribir cartas, Álvaro! ¡Ay, qué suerte he tenido!

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