Me quedan veinte años arrastrando esta hipoteca suspiró Alba y mordió una tortita.
Con dulce de leche condensada, como tanto le gustaba. El relleno pegajoso y empalagoso se deslizaba por su boca, pero ni siquiera su manjar preferido podía aliviar el peso que le oprimía el alma aquella mañana de domingo.
Marina González sonrió con preocupación y acarició la mano de su hija.
Nosotros también estuvimos mil años pagando el piso de protección oficial, y aquí seguimos, hija. Nada que no se pueda llevar.
Alba cogió otra tortita, arrancó un trozo sin mirar y empezó a masticar mecánicamente.
Pero fíjate en Elvira escupió, sin levantar la vista del plato. Sus padres le regalaron el piso, así. Sin más, como si se tratara de un bolso. No tiene que matarse media vida por treinta miserables metros cuadrados.
Marina González asintió despacio, rodeando con sus manos la taza de té.
Siempre habrá gente con suerte, Alba. No te compares con ellos. Las cartas no se reparten igual para todos.
Alba dejó caer la tortita en el plato. En el silencio de la cocina, el sonido retumbó como si fuera un trueno.
¿Pero por qué? Una llamarada brotó de sus pupilas. ¿Por qué tengo que sufrir yo siempre? ¿Por qué todo me cuesta un mundo? ¿Por qué pasé noches en vela para acabar la carrera y trabajar en prácticas por una miseria? ¿Por qué curro para poder tener un zulo con goteras? ¿Por qué ni siquiera puedo plantearme un coche? ¿Por qué ni viajar en vacaciones como la gente normal?
Marina se levantó y trató de abrazarla.
Alba, cariño, cálmate, por favor…
Ya, ya he comido. Alba apartó la silla de golpe. Me voy a casa.
Se colgó el bolso del perchero de la entrada y salió dando un portazo, antes de que su madre pudiera decir nada. Marina se quedó sola en la cocina, contemplando las tortitas ya frías. Treinta años y la niña seguía igual: impredecible, volcánica, como una tormenta imposible de esquivar, que todo lo arrasa sin previo aviso.
En el autobús todo vibraba. Alba apretaba el pasamanos helado y miraba, ausente, el cristal empañado. Vibró el móvil y apareció Elvira en la pantalla. Alba forzó una sonrisa, como si la amiga pudiera verla al otro lado.
¡Alba, este finde tienes que venirte! Elvira metralleó palabras. Por fin me han traído los muebles, ¡hay que estrenarlo como Dios manda! Te va a flipar, te lo juro.
Alba apretó los dientes tanto que se le quejaron las muelas. A unas les llueve el maná y otras luchan por silbarle a las migajas.
Claro que iré musitó Alba, tragándose la hiel. Te doy mi veredicto profesional.
El autobús frenó en seco y Alba se dejó caer en una charca lodosa del bordillo. Buscó los auriculares en el bolsillo para aislarse, pero solo sintió vacío. Removió todos los bolsillos, removió el bolso hasta casi darle la vuelta. Nada.
Miró al autobús marcharse. ¿Se le caerían en el asiento, o se los birlaría un ladrón? Le daban ganas de gritar allí mismo. Los auriculares costaron ciento veinticinco euros, originales, un capricho de cumpleaños hacía apenas dos meses. Y ahora, perdidos. Y para reponerlos ni soñando.
Regresó arrastrando las botas, que chapoteaban en cada paso. En el portal, la recibía el olor habitual a cemento mojado y algo rancio.
Subió y entró en su piso. El papel de las paredes clamaba por la basura, el grifo del lavabo apenas chapoteaba, el linóleo de la cocina estaba agrietado en tres lugares. Necesitaba una reforma a fondo, claro, pero eso no sería en veinte años. Todo céntimo se lo tragaba la maldita hipoteca.
Pero la señorita Elvira tiene muebles nuevos masculló dejando el bolso a los pies.
Los días pasaban como una cinta gris hasta que llegó el sábado. Alba se frenó frente al portal de Elvira, perpleja. Un residencial reluciente, jardines perfectos, conserje sonriente, ascensor amplio con luces cálidas y espejos donde todo brillaba. Y allí olía a vainilla y aire limpio, no a col hervida ni tuberías.
Elvira abrió la puerta radiante.
¿Entonces? ¿Qué te parece?
A Alba se le cortó el aire. ¡Qué vistas! Salón enorme, donde cabrían dos casas suyas. Muebles de diseño, textiles nobles, todo nuevo y reluciente.
Elvira esto es de otro mundo susurró Alba, aunque le escocieran las palabras.
Toda la tarde bebieron té y analizaron compras. Alba sonrió hasta que le dolían las mejillas. Al irse, Elvira le agarró la mano.
Oye, ¿y si este verano nos vamos juntas al mar? Elegimos hotel guay y nos tiramos una semana en la arena. O, si prefieres, pillamos carretera y hacemos ruta. ¡Tengo un colega que nos puede preparar el viaje!
Alba dudó.
Lo pensaré dijo con cautela. Tengo que ver si puedo cuadrar las vacaciones.
Elvira asintió y la abrazó. Alba logró llegar al ascensor antes de dejar caer esa sonrisa impostada.
El día había desgarrado su frágil equilibrio. La riqueza y la comodidad ajena le ardían por dentro. Sentía el pecho bullendo.
Subió a casa de sus padres casi dando puñetazos en la puerta. Marina apenas tuvo tiempo de abrir y Alba entró de sopetón, sin limpiarse los pies.
¡Sois unos inútiles! gritó Alba, la rabia en la cara. ¿Para qué me tuvisteis?
Marina se llevó la mano al pecho, reculando. De la habitación salió Julián Martínez.
Alba, ¿qué pasa? ¿Qué te ocurre?
Alba paseaba por el pasillo dejando un reguero de barro.
¿¡Qué pasa!? ¡Y lo preguntáis! La risa de Alba era amarga, las lágrimas ya caían. Estuve hoy en casa de Elvira. Si vierais cómo vive: reforma de revista, muebles de mil euros, electrodomésticos de última. Luego me dice: Vamos al mar, Alba, vamos de viaje. ¿Qué le digo? ¿Que a veces ni llego para comprar fruta? ¿Que lo compro todo de oferta? ¿Que el único mar que piso lo veo dormida?
Intentó abrazarla su madre, pero ella, de un empujón, la apartó.
¡Es culpa vuestra! le temblaba el cuerpo. No debisteis traerme al mundo si no podíais darme piso, coche, salidas. ¿Por qué tengo que sobrevivir yo mientras otros viven? ¿Por qué no pude nacer con la suerte de Elvira? ¿Qué tiene ella que no tenga yo?
Marina por fin logró abrazarla, y Alba, agotada, se desplomó en ese consuelo, sollozando.
Estoy tan cansada, mamá gimió. No me sale nada No quiero vivir así
Le dieron té, la acariciaron, le murmullaron palabras dulces toda la noche. Y al final Julián carraspeó.
Alba, vente a casa. Alquila tu piso, con eso pagas la hipoteca. Quédate aquí, ahorras y vives tranquila.
Alba los miró. Marina asintió con firmeza.
Eres nuestra hija, Alba. Siempre te ayudaremos.
Y Alba aceptó.
Cansada de luchar sola. Sin vergüenza por admitirlo.
Medio año después, Alba volvió del mar con la maleta llena de regalos. Llevó a sus padres imanes horteras y una caja de polvorones. Su piel dorada y las mejillas llenas, como no recordaban verla desde hacía años.
De pie en la cocina pequeña, viendo a su madre sonreír por los souvenirs y a su padre refunfuñando por otro imán en la nevera, Alba sintió una punzada de culpa. Aquella noche, fue cruel y desagradecida. Sus padres le dieron todo y más de lo que nunca tuvieron.
No todos nacen en la abundancia. Eso es lo que hay. Y la felicidad Alba aprendería a arrancársela a esta vida, aunque fuera a mordiscos.






