Tendría yo unos cinco o seis años, aún sin empezar la escuela, allá a principios de los años noventa, cuando llegaron a nuestro pueblo, desde Madrid, dos jubilados: la abuela Carmen y el tío Julián. Compraron la casa justo enfrente de la nuestra bajita, con solo dos ventanales asomando a la calle, pero con una huerta inmensa que, por la edad, decidieron abandonar a su suerte. Cada día salían a pasear, unas veces al bosque de encinas, otras al río Duero, y tan solo de tarde en tarde cogían el autobús al municipio para comprar víveres. Llevaban una vida tranquila, tan recogida que casi parecían invisibles. No acostumbraban a visitarnos, salvo dos días a la semana, cuando pasaban a pedir leche fresca. Por aquel entonces, nuestra familia criaba de todo, aunque justo no íbamos, y la abuela Carmen, a escondidas, siempre me traía un regalo: un chocolate, un cuaderno o, a veces, una moneda de cien pesetas. Los mayores nunca tuvieron hijos.
Pasarían tres años desde que llegaron, cuando una noche de finales de invierno, apenas habíamos apagado la tele y nos disponíamos a dormir, llamaron suavemente a la ventana. Era la abuela Carmen. Entró despacio y con voz apagada nos dijo: Julián ha muerto.
Como pudimos, le ayudamos con el entierro.
La abuela Carmen, tras la muerte de su marido, cayó enferma y apenas salía ya de casa. Empezamos a visitarla a diario. Cada tarde se desahogaba conmigo: contaba cómo pasaron ella y el tío Julián cincuenta y dos años juntos, cómo trabajaron durante años en la fundición, y que al jubilarse decidieron dejarle el piso de Madrid a su sobrina para retirarse al campo y vivir en la naturaleza.
Llegó la primavera. Carmen comenzaba a recomponerse y, poco a poco, se adaptaba a la soledad. Un día me llamó a su casa y me mostró una caja donde se retorcía un pequeño cachorro gris. Nunca me gustaron los perros, pero al ver ese cachorrillo sentí cómo se me derretía el corazón y lo quise en el acto.
Hoy, años después, recuerdo nítidamente cómo me senté en el suelo a acariciar al perrillo con un dedo, mientras la abuela Carmen nos miraba a ambos con esa sonrisa desdentada y tímida que hacía tanto no le veía.
Julián y yo nunca tuvimos ni perros ni gatos, y tampoco hijos, así que ya ves es duro estar sola. Este pequeñín me lo encontré hoy detrás del mercado del pueblo. No tuve valor para dejarlo allí, míralo qué lindo es.
Yo apenas me atrevía a respirar por miedo a asustar al perrillo.
¿Y qué come? ¿Tendrá hambre? pregunté, casi a punto de sollozar.
Le he calentado leche, pero no sabe beber de plato todavía, hay que darle de biberón, pero mañana voy a comprar uno murmuró Carmen, casi pidiéndome perdón.
Salí corriendo a casa y, sin pensarlo, le quité el chupete a mi hermana pequeña, que dormía a pierna suelta.
El cachorro tenía apenas días. Yo mismo le metí el chupete en la boca y con esmero le daba la leche templada, rezando para que sobreviviese.
Tardamos más de una semana en ponerle nombre. Carmen decía divertida que, por las orejas color canela, quería llamarle Quevedo, pero yo me negaba y proponía llamarlo Suso, porque apenas ladraba nunca, siempre estaba calladito, y nosotros también cuando nos inclinábamos sobre la caja. Así se quedó: Suso, Susito, Susiño.
Durante semanas, hasta bien entrado el verano, Suso fue nuestro proyecto común: calentábamos la leche, le preparábamos arroz con pollo, y cuando ya calentaba el sol, lo dejábamos corretear por la huerta. Debía de ser de alguna raza menuda, porque aunque fue creciendo, no llegó a medir más de treinta centímetros.
Yo salía con él todas las mañanas a pescar al río, a llevar el ganado al monte, y si no podía, él se quedaba con Carmen en casa. Desde que Suso llegó, ella cambió. Volvió la alegría a sus ojos. Lo cuidaba como a un hijo: le cocinaba comida especial, lo peinaba, y leía libros sobre perros hasta en la cama.
Pasó un año, luego dos, tres, cinco. Suso vivía en la casa de la abuela Carmen, pero cada mañana venía a esperarme a nuestro portal y me acompañaba los tres kilómetros hasta el colegio. Después, a las dos, venía a buscarme para volver juntos. Ni las lluvias de marzo ni el frío de enero le hacían renunciar a su rutina fiel. Así pasaron nueve años.
El colegio en el pueblo solo tenía hasta tercero de la ESO, así que para seguir estudiando tenía que irme a Valladolid al instituto y quedarme en la residencia. En casa decidieron que era lo mejor.
La mañana antes de irme al tren, pasé un buen rato sentado en el portal de Carmen, abrazando a Suso entre sollozos.
Llévatelo contigo si tanto te duele dejarlo me decía Carmen, llorando también.
No puedo, Suso es tuyo, abuela. Cuídate mucho. Mamá vendrá cada día. Yo llamaré cada semana.
Cuando el Alvia partía de la estación, me asomé por la ventanilla y vi a Suso corriendo entre los tablones viejos del andén, con la lengua fuera, sin entender por qué lo abandonaba.
Los estudios de veterinaria me absorbieron. Apenas tenía amigos en la residencia, salvo un compañero del pueblo vecino. Sólo a veces charlaba un rato con él, los dos añorando la vida en el campo.
Pocos días antes de Navidad, cuando ya me preparaba para regresar, me llamó mi madre: la abuela Carmen no podía levantarse de la cama desde hacía una semana; Suso no la dejaba ni un segundo, y tuvieron que ponerle el cuenco junto a la cabecera.
Llegué cuanto antes. Suso estaba sentado al pie de la cama, sin apartar la mirada de Carmen. Sus ojitos tristes y húmedos lo decían todo; él gemía en voz baja, y ella intentaba acariciarle el hocico con la mano ya arrugada y casi sin fuerzas. Ambos, secos y ojerosos, ofrecían una imagen que me partía el alma: una anciana moribunda y su perro, el último consuelo de una vida sin hijos.
Después de Reyes tuve que volverme a la ciudad, sabiendo que a Carmen no la vería nunca más. Suso solo me acompañó hasta el portal; no podía dejar sola a su dueña ni un instante. Sentí la pena del animal, sabiendo que intentaba cuidar a su “madre” como haría un hijo.
En febrero, la abuela Carmen falleció.
Quizás para cualquier otro muchacho de dieciséis años no suponga nada especial la muerte de una anciana del pueblo y su perro. Quizás nadie entienda el dolor de perder al único ser querido, pero ganar a cambio el amor de un perro fiel. Un perro con el que vas creciendo, y que seguramente sufrirá un dolor desgarrador el día que tú faltes.
No pude volver hasta mayo, tras los exámenes. Nadie sabía dónde se había metido Suso. Mamá contó que, durante el entierro, Suso no paró de dar vueltas en torno a la tumba y, cuando intentó lanzarse al hoyo, lo apartaron los sepultureros. Se lo llevaron a casa y mi padre le hizo una caseta, muy caliente y forrada con mantas, pero Suso no quería quedarse. Se mantuvo revoloteando por la casa de Carmen, y al llegar el calor de mayo, desapareció sin dejar rastro. No me esperó.
Anduve medio verano recorriendo aldeas, preguntando a la gente, enseñando su foto, rebuscando en cada esquina del municipio. Nunca una pista. Mi teoría era que Suso esperaba que su dueña regresara, y, al ver que no, se marchó a buscarla.
Llegó agosto.
Un día, fuimos todos al cementerio de San Cristóbal. Está a cincuenta kilómetros del pueblo, jamás pensé buscar allí a Suso.
Nada más bajar del coche frente a la ermita, lo vi aparecer: corriendo a lo loco, orejas para atrás, lengua afuera. Era mi Suso.
Caí de rodillas y rompí a llorar:
¡Suso, Susiño, ay, mi niño! Te he buscado todo el verano, cabeza loca, ¡y estabas aquí!
Suso se subió a mis rodillas, me lamía toda la cara y, por su expresión, también parecía llorar.
Cuando me puse de pie, saltaba hasta casi mi cabeza y meneaba el rabo con júbilo.
Suso estaba sucio y demacrado. Saqué del maletero toda la merienda: bocadillos, croquetas, empanada. Comía con ansia, mientras sus ojos seguían clavados en los míos, sin parpadear ni un segundo.
Yo no dejaba de secarme las lágrimas.
¿Es vuestro este perro? preguntó una mujer al pasar junto a la ermita.
Sí, es Suso contestó mi madre, también llorando.
Yo trabajo aquí. Desde finales de primavera lo veo siempre por la misma tumba. La ha escarbado toda, cada día la remueve más, casi echa el cruz a rodar. Yo la arreglé con la azada, pero él vuelve a cavar.
Todos lo entendimos: era la tumba de la abuela Carmen.
Fuimos de tumba en tumba, visitando a los familiares. Suso no se separaba de mí ni un paso, caminaba viéndome, sin mirar el camino.
La sepultura de Carmen y Julián estaba removida por las zarpas de Suso del lado de la abuela. Papá enderezó el crucifijo, mamá dejó flores, y yo me senté abrazando a Suso. Él me miraba con esas orejas gachas, luego a la tumba, y me lamía el rostro con ternura.
No le obligues a venir con nosotros, hijo. Tal vez quiera quedarse. Que lo decida él dijo mi padre, arrodillándose a nuestro lado.
No quiero dejarlo aquí, pronto llega el otoño, y después el frío. Suso ya es mayor, debe de tener diez años.
Cuando nos fuimos, Suso dudaba entre la tumba y nosotros. Cuando entramos al coche, se quedó de pie, mirando hacia las tumbas, hasta que de golpe saltó a mi regazo.
Suso, mi fiel amigo… nunca más te dejaré solo le susurré entre lágrimas, abrazándolo fuerte contra mi pecho.






