Una vez, en las afueras soñadas de un pueblo castellano desdibujado, vivía una viejecita llamada Eulalia que, por algún motivo etéreo e inexplicable, tuvo el impulso de acoger un cachorro de mastín leonés. El perro crecía cada día como crecen las sombras en un patio a la hora de la siesta y vigilaba su pequeño reino con una seriedad de alcalde rural. Engullía barreños de cocido en un parpadeo, se rascaba el lomo contra la tapia hasta dejarlo torcido como si la cal misma se derritiera y, de vez en cuando, en una explosión de júbilo surreal, intentaba alcanzar de un brinco la falda floreada de Eulalia cuando ella pasaba ensimismada rumbo a la huerta. Un cachorro, al fin y al cabo, necesita algo con lo que jugar de tanto en tanto, aunque sea el aire aceitoso de la tarde.
Pero un día, de esos que la lógica del sueño llama inevitable, Eulalia se fue del mundo antes de soplar las noventa velas que nunca compró. No fue culpa del mastín. Simplemente no alcanzó el final de su cuento. Y entonces, como evocados por una campana blanda, hijos y nietos descendieron al caserón castellano. Y allí, encontrándose en un patio envuelto en un perfume antiguo a tomillo y sarmientos secos, vieron al mastín atado con una cadena tan real como un hilo de nubes. Por sus ojos brillantes, leían una cordialidad un poco inquietante. Porque claro, no todos los días llegan visitantes así, puras vitaminas y tapas variadas.
Y empezó el debate, flotando como hojas de laurel: ¿dónde llevar al perro? Sacrificarlo sería impío, pero tenerlo cerca, nada reconfortante. Liberarlo por los campos, tampoco, no era cosa de tentar al universo con semejante prueba. Así que decidieron encontrarle un buen hogar y hasta ofrecieron un pellizco extra de euros a quien acogiera a aquel peludo caníbal de leyenda.
Dieron con Julián, un tipo enjuto y peculiar que siempre había soñado con alimentar a un mastín a base de barreños y rascarle detrás de las orejas con un rastrillo, como si sacudiera el polvo de siglos. Hay aficiones más extrañas. Llamaron al veterinario.
Al veterinario, hombre valiente de ojos entornados al misterio, le expusieron el plan detallado: sedante en jeringa, traslado fugaz a la casa nueva, unas oraciones a San Roque o quizá a quien fuera menester, por si las moscas. La vida y la muerte, en los sueños, a veces se entremezclan.
A la hora marcada, llegó el veterinario, con un rifle como de los de cazar dragones. Lo cargó con el tranquilizante y, con un solo disparo, envió al mastín directo al reino de Morfeo. Soltaron la cadena, depositaron al animal sobre una lona azulada y lo arrastraron suavemente.
Metieron al gigante dormido en el maletero de un coche que parecía un híbrido de diligencia y góndola. El veterinario se apoltronó delante con aire de doctor en botánica lunar, el nuevo dueño al volante y, detrás, toda la parentela de la abuela, apretujados y parlanchines como figuritas de barro. Iban charlando, mientras el mastín, muy poco a poco, comenzó a regresar de sus sueños.
Alzó la cabeza, movido por una curiosidad tan antigua como el vino de pitarra, y oteó el habitáculo. Gente por todas partes. Todos sentados, mirándolo con ojos de huevo duro.
El veterinario, con pupilas desorbitadas. El nuevo amo, igual que una estatua de sal. Ni siquiera miraba la carretera, como si conducir no importara en aquellos caminos borrosos.
Qué cosa más curiosa pensó el mastín, soñando aún.
¿Y habrá paraíso de perros? reflexionaban los humanos, empapados en incertidumbre.
El perro, siguiendo la lógica suave de la vigilia enloquecida, decidió trepar al asiento delantero, buscando calor humano. Nada de esperas. Mientras el nuevo dueño hacía el amago de lanzarse por la puerta, ignorando ya del todo las leyes de tráfico y gravedad, el mastín lamió a todos sin distinción. A los nietos, a los hijos, incluso al nuevo dueño, que ya era del todo alma gemela. Lamió al propio veterinario, aunque había sido él quien disparó. Eso ya no contaba; en sueños nada es personal.
Así supieron que se equivocaban sobre el mito del caníbal. Recorrían el resto de la carretera chorreando saliva: por arriba, porque los besos del mastín caían como lluvia de primavera. Por abajo, porque el sobresalto y la emoción les mojaban hasta el alma.
Y así, entre los límites difusos del sueño y el recuerdo, recordé mi propio huerto y el aroma a tierra mojada, ese rincón que sigue siendo mío y de nadie más.





