NUERA
Ana María Gutiérrez colocó en la mesa, vestida con un mantel inmaculado, una gran fuente con pato asado y suspiró con cierta emoción contenida. En cualquier momento llegarían sus hijos con sus respectivas esposas.
Hacía poco se había casado el menor, una boda sencilla, casi íntima. Bueno, ahora los jóvenes prefieren así; ella, en sus tiempos, habría organizado toda una fiesta por todo lo alto. Con su marido, fue todo lo contrario: solo pasaron por el registro civil en Madrid, y ni siquiera pudieron comprarse los anillos hasta pasado un año. Solo dos aros finísimos de oro. Por sus hijos, habría hecho una celebración inolvidable, pero al final, cada uno elige a su manera.
“A la nuera solo le veo un pero: ¡demasiado arreglada es!”, confesó Ana María. Pero la nuera ya había decidido que hablaría con ella.
La nuera, Clara, era, en realidad, una buena muchacha, simpática y agradable. Había influido muy positivamente en su hijo Gonzalo: le animó a buscar trabajo y le empujaba para crecer en su carrera. Hasta los treinta, Gonzalo vivía acomodado, sin grandes ambiciones. Ana María empezaba a inquietarse, pero Clara lo había cambiado todo, para mejor.
Eso sí, a Clara le gustaban mucho los cuidados. Iba a salones de belleza, se cortaba el pelo, cambiaba de color, se hacía masajes, manicura. Todo eso costaba mucho dinero. Y una mujer casada no debía, según Ana María, poner todo eso por delante de la familia. “El día de mañana, ¿irá al salón en vez de comprarle zapatos a Gonzalo?”, pensaba para sí, sin aprobarlo del todo. Ella siempre había sido la última en pensar en sus necesidades, sobre todo cuando su marido faltó y sus hijos, aunque ya adultos, seguían dependiendo un poco de ella.
De pronto, sonó el timbre de la puerta y sus pensamientos quedaron atrás: la juventud acababa de llegar. Clara entró en el salón como una estrella. Llevaba el pelo recién peinado, manicura perfecta, la cara casi sin maquillaje, pero con ese aspecto radiante que solo dan las manos de una buena esteticista.
¡Clara, hija, qué guapa vienes! exclamó Ana María, de verdad sincera, aunque con un ligero matiz de reproche en la voz. ¿El traje es nuevo, verdad?
Sí, lo compré ayer sonrió la joven. Nos dieron una buena prima de productividad en el trabajo.
Pues lo mejor es ahorrar esas primas, el dinero extra… siempre para emergencias, que nunca se sabe. Hazme caso, hija no pudo evitar compartir su experiencia Ana María. Las pagas extraordinarias, los pluses… todo ahorrado, que siempre hace falta.
Clara no respondió. Le caía bien su suegra, una mujer sencilla, entregada a la familia, pero, pensaba para dentro, el desastre siempre llega más fácil a quien vive esperándolo.
La velada transcurrió agradable, aunque Ana María, una y otra vez, intentó abordar sutilmente el tema de los gastos innecesarios. Clara captaba perfectamente su mensaje.
¿Y tú, Ana María, hace cuánto que no vas a hacerte las uñas? preguntó finalmente Clara.
¿Yo? Nunca. En casa, lo justo para no tener las manos descuidadas. No hace falta más respondió la madre de Gonzalo, titubeando.
Esa breve conversación pasó desapercibida para todos menos para Clara, que, como mujer, sintió una punzada de tristeza. Haber criado a dos hijos con buenos ingresos ahora y no gastarse ni lo mínimo en sí misma eso sí que era duro de aceptar.
Gonzalo, ¿tu madre hace algo alguna vez para cuidarse? preguntó Clara durante el trayecto a casa.
No sé cocina, mira la tele, queda con las vecinas ¿por qué lo preguntas?
Porque nunca ha disfrutado de nada. Ni cine, ni teatro, ni un buen restaurante. Deberíais invitarla alguna vez
A mi madre esas cosas ni le van ni le vienen, no hace falta exagerar le quitó importancia Gonzalo.
Clara comparó mentalmente a su suegra con su propia madre, que, incluso con poco dinero, siempre encontraba la manera de cortarse el pelo, comprarse un vestido nuevo o renovar el abono del teatro municipal, nada más que para disfrutar.
Decidió entonces que Ana María tenía que, al menos durante un rato, vivir para ella misma, no quedarse en casa viendo la televisión, esperando los nietos a quienes también acabaría entregándose por completo.
Pasaron un par de días y Clara llamó a Ana María para invitarla a dar un paseo, tomar un café, y, ya de paso, proponerle una visita exprés al salón de belleza. Quería ir al esteticista y le sugería a la suegra que eligiera el tratamiento que le apeteciera.
Pero ¿para qué, mujer? se escandalizó Ana María. Si tú tienes planes, te espero en la cafetería, o fuera.
No, venga, vamos juntas. Aunque solo sea una manicura y un masaje de manos.
Al fin, y con algo de esfuerzo, Ana María aceptó. Clara avisó antes al salón donde la conocían bien y explicó el caso:
Por favor, tratad a mi suegra como a una auténtica reina. Y ofrecedle, sin ser pesadas, alguna cosilla más: masaje, pedicura, mascarilla, lo que surja. Si pregunta precios, decidle que ya pagué yo y que disfrute tranquila. Ojalá os ganéis una clienta nueva.
Llegada la hora, Clara acompañó a una Ana María nerviosa al salón y la dejó en manos de las profesionales.
¿Solo media horita, verdad, Clara? ¿Y cuánto debo pagar?
La esteticista, sonriente, se la llevó para empezar. Clara, mientras, esperó en la recepción con el móvil, contestando algunos correos pese a ser sábado.
Ana María salió al cabo de dos horas, completamente transformada. Los años parecían haberse borrado de su rostro. Las profesionales del salón habían hecho magia.
Madre mía, Clara, cuánto me han hecho. Café, infusión, me han cuidado entre risas Pero, ¿esto cuánto cuesta? Seguro que es carísimo.
Hoy estábamos de suerte interrumpió la recepcionista. Tráete a una amiga y el tratamiento es gratuito. Así que no hay que pagar nada.
Salieron ambas, yendo a una cafetería cercana. Ana María probó el capuchino y se apoyó hacia atrás, sumida en un placer desconocido.
¿Y si hacemos de esto una costumbre, de vez en cuando, en plan chicas? sugirió Clara. Hacen precios especiales a habituales. ¿Te ha gustado?
Mucho confesó Ana María. No sabía que algo así pudiera ser tan agradable.
¡Tenías que haber probado antes!
Bueno, antes Los niños pequeños, mi difunto marido era tan ahorrador, no permitía ningún lujo. Luego, tampoco vi el sentido.
Pues ahora hay motivo ¡Para acompañarme a mí!
Por hacerte compañía, vale alguna vez.
Y así comenzó una nueva etapa: Ana María empezó, de la mano de Clara, a cuidarse. Con mucha delicadeza, la nuera fue renovándole el vestuario, siempre mencionando precios bajísimos para no alarmarla.
Convenció a Gonzalo para llevar a su madre al restaurante, luego al cine todos juntos. Y en Navidad, Clara le regaló un abono para el teatro.
Estás rejuvenecida le decían las vecinas admiradas.
La juventud me arrastra con ella respondía Ana María, con una sonrisa tímida.
En el fondo, sentía, por primera vez, que ahora, ya jubilada, madre de dos adultos, es cuando realmente comenzaba su juventud.






