Contrato de amor

Contrato de amor

Macarena estaba sentada ante una mesa enorme, cubierta hasta casi desbordar por un mar de revistas nupciales españolas. Las páginas pasaban una tras otra, como si fuesen páginas del tiempo en un libro inconexo, mientras ella zambullía la mirada en los vestidos bordados de filigranas doradas, encajes vaporosos, sedas desmayadas que parecían pertenecer a princesas etéreas que bailan sobre olas de luz amarilla de la madrugada. Al rozar con el dedo las fotografías de los trajes blancos, tan españoles y a la vez tan imposibles, se veía caminando flotando bajo una bruma dorada hacia su prometido y sentía cómo le hormigueaba el pecho, mezcla de anticipación y vértigo. Todos los rostros la miraban, pero en la multitud soñadora sólo existía ella.

Qué bonito… susurró Macarena, los ojos pegados en un vestido de falda desbordante, como las nubes de Castilla en septiembre, tirantes de hilo delicado y satén que capturaba los reflejos de la lámpara, como si la tela misma soñara. Pero en ese instante, una ráfaga fría cruzó el sueño y su sonrisa se evaporó. Soltó la revista, que cayó sobre la mesa con un sonido hueco, y se levantó despacio, como si el aire costara atravesarlo. Buscó el espejo alto con marco de madera labrada, tan antiguo que parecía susurrar secretos de abuelas, y miró su reflejo ladeando la cabeza, intentando comprenderse con ojos de otra persona.

Pensó en la forma de los cuerpos en el ideal fugaz de las modelos, en la realidad suya, tan palpable y musitó, clavando la mirada en su cintura redonda:

Vaya, no me va a sentar así de bien… No tengo ese cuerpo. Expresó la frase con una firmeza distante, resignada a una ley onírica. Giró sobre sí misma, imaginó la falda abultada y rígida sobre sus caderas, los metros y metros de tela rodeándola como si fuese una luna que eclipsa el sol pero al final, ladeó la nariz en una mueca.

Algo sencillo, tiene que ser reflexionó en voz alta, suspirando hacia su interlocutora invisible, esa consejera que vive en los rincones de los sueños. Nada de faldas gigantesme perdería en la tela, y tampoco quiero un vestido anodino. ¡No me caso todos los días!

Macarena se pasó los dedos por el pelo, con un gesto nervioso pero de esos que solo se dan en sueños, donde los pensamientos se doblan y crecen en todas direcciones. Miraba y remiraba las revistas extendidas, esperando que alguna imagen diera con la llave mágica, aunque sólo sentía cansancio y una especie de agradable confusión.

Necesito consejo… murmuró, sentándose en el filo de la silla, mirando los rizos de encaje en los papeles antes de que la locura nupcial me devore.

Un portazo rasgó la tranquilidad de la casa, tan súbito que Macarena sintió el salto en el pecho, como si el propio corazón la empujara a otro sueño. Manoteó papeles y miró hacia el pasillo: fuera quien fuese, las llaves estaban solo en manos de dos: su padre Don Alfonso y Martín, su prometido. Pero ambos, supuestamente, estarían ocupados su padre en inexplicables reuniones de negocios, y Martín en esas juntas laborales inacabables.

Macarena aguardó, sin moverse. Las ideas le volaban por la cabeza: ¿un intruso, un fantasma, algo irreal? En esa hora ella siempre estaba en el estudio de costura y la casa se quedaba sola, vacía como un teatro sin función. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, y se deslizó hacia las escaleras, apoyándose en la barandilla devoradora de memoria y sueños. Desde el salón, podía vigilar la entrada, parapetada tras el muro, con la respiración suspendida entre el miedo y la incredulidad.

La tensión cedió de pronto; en el umbral apareció Martín. Su silueta era irrealmente familiar, casi dibujada a carboncillo, y solo entonces Macarena respiró. Él se quitó los zapatos, los pateó con descuido a la zapatera y silbó una sevillana tenue.

¿Martín? exhaló, apenas atreviéndose a pronunciar el nombre. ¿Por qué está aquí? No debería…

Observó. ¿Un gesto de sorpresa? ¿Un regalo? O… ¿Con quién hablaba entonces?

Cariño, solo espera un poco más… la voz de Martín era tan suave, tan absurdamente dulce que a Macarena se le helaron los sueños. No solía hablarle así. Pronto, cumpliré mi parte del trato y estaremos juntos añadió como si recitara una nana triste.

Entonces el frío se materializó en sus entrañas. Apretó las manos hasta hacerse daño, en un intento inútil por no gritar. ¿Qué trato era ese? ¿Quién era esa… cariño?

¿Hasta cuándo? preguntó la voz masculina, ahora con el tono desapegado de empresario castellano. Medio año. Sí, primero la boda, después unos meses de matrimonio feliz… su voz vaciló ahí, como si una almendra ácida se cruzara en mitad de la frase.

Sueño la boda como parte de un trato, pensó Macarena, y el mundo se teñía de azul pálido, profundo, como el mar de Galicia en las pesadillas de agosto.

¿Y después qué? Don Alfonso podrá hacer lo que quiera continuó Martín, sintiéndose más ligero, como quien se despoja del abrigo tras largas horas. Recogeré mis bártulos y desapareceré, cuando la última transferencia llegue a mi cuenta.

Un latigazo. Macarena dio un tambaleo, aferrándose a la pared. ¡Me ha mentido! ¡Todo este tiempo! gritaba su mente dormida, pero su cuerpo solo retrocedía, invisible.

El padre estaba mezclado en esta farsa, intuyó. Todo cuadraba: contrato, dinero, fechas, mentiras, planes de media vida que no le pertenecían. Pero su alma parecía pegada al suelo, y decidió escuchar, a ver si otra pieza emergía de la bruma.

Martín se dejó caer sobre el sillón, estirando las piernas, telefoneando a la sombra de su amante, sin sospechar que detrás del tabique, Macarena devoraba cada sílaba. Él estaba tan seguro de estar solo que sus frases flotaban, sin pudor:

Nada, tranquila. Te quiero solo a ti. Y todo esto lo hago por los dos. ¿No te gustaría un piso junto al Paseo del Prado, comprar vestidos buenos, joyas, algún capricho en las rebajas de El Corte Inglés? Se detuvo, como esperando una risa. Lo ves… ¿Yo podría darte esto siendo ayudante de tercero? Medio año, y juntos, te lo prometo.

No, vais a estar juntos mucho antes dijo Macarena, bajando escalón a escalón, cada peldaño una nube espesa y pegajosa. Tropezaba, pero se mantenía en pie, arrastrando su vestido onírico.

Martín se dio la vuelta y su cara se desfiguró; la sonrisa caída, los ojos de pez escurridizo. No llegó a completar la frase y el móvil se estrelló contra la alfombra.

Macarena… susurró, cariño… ¿de qué hablas?

Alargó los brazos buscando una caricia, un consuelo antiguo, pero Macarena se apartó, con la barbilla bien alta, la mirada helada de los que ya no tienen fe.

¿Cariño? casi escupió la palabra, el dolor filtrándose en la voz. ¿De veras? ¿Crees que no te oí? ¿Que estoy sorda?

Macarena estaba frente a Martín, aunque por dentro sentía que se despedazaba. Lo miraba y buscaba, sin éxito, alguna sombra de remordimiento. Solo halló confusión y el torpe intento de encontrar excusas en la neblina.

¿Quién es esa, la cariño? ¿No es la chica que decías ser tu prima? La voz era lámina de hielo, a punto de quebrarse.

Martín palideció, disparó la mano al móvil como si fuera un salvavidas restante, pero los dedos le temblaban.

No, estás confundida… logró decir, esforzándose en sonar tranquilo. No sé quién es esa…

Se acercó, encogiendo la distancia, pero Macarena recortó el sendero. Ese vacío le daba fuerza.

Claro que sabesrespondió, amarga y cortante parada de un pasodoble trunco. Tú y tus tonterías de amor en el teléfono… Me ha dado hasta asco escucharlo.

Tragó saliva para impedir que la voz le vibrara; en sueños, como en la vida, el orgullo es leonino. Miró alrededor: las tardes, los planes, la risa, la ilusión; farsa, obra de quinta fila, en la que ella solo era una clown ingenua.

Martín callaba. Por dentro se decía que aquello era culpa suya, que debió cerciorarse de que la casa estaba vacía. Pero tampoco se animaba a confesar. Quizá pudiera arreglarlo, pensó, aunque la marea arrastrara todo.

¿De verdad crees que me caso contigo, después de esto? pronunció Macarena, dura y clara, como el hierro castellano. Martín se encogió. Antes de largarte, quiero que me digas la verdad. Toda. Sin rodeos ni mentiras.

Ella cruzó los brazos como escudo invisible. No había llanto en sus ojos, solo el frío del amanecer en la meseta vacía.

¿La verdad? bufó él, ya sin papeles que guardar. Muy bien, la verdad: jamás me hubieras interesado si tu padre no me hubiera hecho la oferta. Yo hago el paripé, voy contigo al Retiro, te digo tonterías, y a cambio, gano dos sueldos: uno tuyo, otro de tu padre. Negocio redondo, ¿no?

La voz le sonó vulgar y cotidiana. Macarena sentía que cada frase era una ráfaga de viento que devastaba la última hoja de esperanza.

¿Todo por euros? susurró, encajando el puñal.

¿De verdad pensabas que me atraería alguien como tú? Martín soltó una risa cortante, y en esa risa no cabía ni uno solo de los besos inventados. Mírate en el espejo. Date cuenta de quién eres.

El golpe fue tan seco que buscó la fuerza en sus uñas, haciéndose daño de verdad. No quiso que su debilidad la venciese.

Se miraron durante un instante tan largo que el tiempo se dobló, y el color se fue del mundo. Todo era tramoya de saldo, espectáculo de feria mal montada.

Fuera. dijo Macarena, la voz densa de un conjuro. Tus cosas te las mandaré. Fuera, fuera.

Martín la escrutó, una última mirada que intentó humillarla. Luego agarró la chaqueta, salió por la puerta y cerró de un portazo.

En cuanto la casa quedó muda, sintió una zozobra que lo perseguiría por días. Su mente, lejos de Macarena, ya solo pensaba en Don Alfonso. El padre no toleraba engaños; era de esos que pueden mediar entre la verdad y la venganza. Martín sudaba frío. Al menos, se repetía, ya tenía la cuenta bancaria llena de euros y céntimos relucientes, y quizá eso le bastara.

No ha sido por gusto, pero lo he ganado se dijo, soñando que los billetes podían tapar el hielo en su estómago.

Mientras, arriba, Macarena marcaba el móvil del padre: se equivocaba, volvía atrás, y al fin, voz rota:

¡Papá! gritó, apenas oyó a Don Alfonso. ¡¿Cómo has podido?! ¿Por qué hiciste esto conmigo?

No hubo espacio para explicaciones, la voz le salía a borbotones, impulsada por el dolor y la rabia:

¡Tú lo planeaste todo! ¡Le pagaste! ¡Tú decidiste por mí! ¡Ni preguntaste si yo quería esto! ¡Tú crees saberlo todo!

Y sin más, colgó. Lanzó el móvil sobre el sofá y se derrumbó, llorando con una tristeza que se expandía como la bruma de San Juan en la solana. Se tapó la cara, los hombros agitados, y en ese momento fue niña otra vez, indefensa, ultrajada, hecha añicos bajo la cúpula de la casa vacía.

Las lágrimas no eran solo por Martín. Era el peso de años de inseguridades, las veces en que se creía menos, invisible en los espejos. Macarena, como tantas mujeres hijas de sus madres, se comparaba una y otra vez con la estampa de su progenitora: la bellísima Isabella, siempre tan perfecta, tan llena de esa gracia española que hacía suspirar incluso al viento de la sierra.

Pero un día, Isabella, empujada por los deseos imposibles, confió en un cirujano reputado de Madrid. Buscó en su nariz la simetría de las diosas, pero el bisturí fue traidor: la cirugía arruinó su rostro y, con él, su vida. Intentó corregir la desgracia, peregrinando de clínica en clínica, gastando los ahorros en promesas vacías. Cada intento la alejaba más del mundo y de sí misma.

Al final, Isabella se desvaneció. Ni adiós ni lágrima: solo una nota No puedo más. Perdón. Y el silencio después.

Macarena creció mirando las fotos amarillas, sintiendo que la madre era historia, y que ella solo podía aspirar a una sombra. Dudó siempre de su reflejo; no le convencía ni la forma del pelo, ni la curva de la talla, ni la línea de la boca. Todo parecía ajeno a la belleza que los demás adivinaban, pero que ella nunca veía.

Así, fue una chica discreta, siempre al borde de la pared en la escuela, siempre evitando focos en la universidad, convencida de que el mundo miraba únicamente lo que no debía ser visto. Los chicos apenas se le acercaban, y cuando lo hacían, el interés se evaporaba pronto. Macarena pensaba que la culpa era de su físico, pero en realidad era la sombra del miedo lo que la hacía invisible.

Hasta que un día apareció Martín, radiante como un rayo en mitad de la tarde, señalando sus virtudes, dándole atención y palabras que parecían cuidar la planta olvidada de su autoestima. Salían por el Madrid viejo, coleccionando momentos que parecían reales: café con churros, flores inesperadas, detalles que tocaban su alma adormilada.

Por fin, con él, se sintió suficiente. No una estrella de cine, pero una mujer merecedora de cariño cotidiano. Un sentimiento frágil, que explotó en mil pedazos esa misma tarde de revelaciones. Todo era mentira un contrato oculto, las frases de amor no tenían raíz, y hasta su propio padre era el marionetista.

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Macarena se encontró delante del espejo de la boutique. El vestido blanco la abrazaba, sobrio pero impecable, marcando los hombros como si las alas quisieran brotar. La tela suspiraba por cada costura, la blonda de las mangas atrapaba la luz de manera onírica, casi irreal.

Se miró con calma. Por primera vez ya no buscó defectos, no analizó cada rincón de su cuerpo. Se aceptó, tan sencilla y tan española, como la tierra de sus antepasados.

Una hora después, cruzaba el pasillo entre filas de invitados que olían a jazmín y a tarde lenta. Caminaba recta, gesto firme, sin la neblina de ensueño propia de las novias. Sabía muy bien por qué daba cada paso.

Recordaba la conversación con Don Alfonso, dos meses atrás.

Papá, he decidido aceptar la propuesta de Gonzalo le anunció, sujetando la taza de café con ambos manos.

Él se quedó paralizado; no esperaba seguridad alguna.

¿De verdad, hija?…

Sí. Estoy cansada de esperar milagros. Quiero una familia tranquila, estabilidad Lo demás, si llega, vendrá solo.

Pero hija… el amor…

El amor está bien, pero no quiero vivir en fantasías. Quiero construir mi vida.

Así, al acercarse a Gonzalo, sentía que no se traicionaba. Él la miraba con calma castellana, seriedad y respeto. No ardía en amor desmesurado, pero sí contenía una admiración sosegada.

Al pronunciar el sí, quiero ante la funcionaria del registro, Macarena se sorprendió: no añoraba nada perdido. No era un cuento de hadas, era una decisión de pies en la tierra, de levantar el castillo día a día, como hacían las mujeres de su familia.

Quien sabe, pensó, quizá el amor verdadero no sea un relámpago sino una lumbre mansa. Lo importante es que ahora, entre la vigilia y el sueño, por fin estaba en paz.

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