Durante mis vacaciones en un balneario me apunté a un baile. Cuando me ofreció la mano, me quedé helada: era mi primer novio del instituto

Durante unas vacaciones extrañas en un balneario en la costa gallega, decidí apuntarme a un baile nocturno. No buscaba amores ni conquistas solo quería disolverme en la música, dejar el peso de los días en otra dimensión, moverme como quien flota entre acordes olvidados.

El salón resplandecía con luces doradas, el murmullo de la gente se mezclaba con el lamento nostálgico de un saxofón. Yo, vestida con un vestido de lino, ligero y ondulante como las olas en agosto, sentía que mi sombra rejuvenecía, que mis pies regresaban a aquella adolescencia lejana en un rincón de Salamanca. Entonces, sentí una mano en mi hombro, suave pero firme, como una promesa nunca pronunciada.

¿Me concedes este baile? dijo una voz que parecía surgir del fondo de un sueño antiguo. Me giré, no esperando a nadie y, de pronto, la realidad se dobló sobre sí misma, tragándose cuarenta años en un suspiro.

Era Rodrigo. El primer amor, el que me dibujaba versos en los márgenes de los cuadernos, el que me acompañaba hasta la puerta de casa bajo la lluvia fina de septiembre. Todo en mi cuerpo titiló, el tiempo se fundió: sólo quedaba su sonrisa la misma, traviesa y dulce, que recordaba en los días de instituto sentados en el muro tras la iglesia.

Hola, Lucía dijo, y la noche se transformó en aquel patio de colegio donde éramos infinitos. ¿Bailamos?

Entramos en la pista. La orquesta empezó un viejo swing que parecía nacer de otro siglo. Nuestros pasos se acoplaron como si nunca hubieran dejado de bailar juntos. Yo recordaba el leve empuje de su mano, la manera en que guiaba mis pasos sin apurarme, y el mundo parecía recomponerse desde fragmentos olvidados, haciéndome nuevamente firme en mis dieciocho años, cuando el futuro era una playa aún sin huellas.

En el receso nos sentamos en un rincón, junto a una ventana abierta al Atlántico. El aire era denso, saturado de perfume y del vapor de cuerpos agitados. Rodrigo me miró, los ojos ahogados en el pasado:

Pensé que jamás volvería a verte. La vida se escapa entre los dedos La universidad en Madrid, el trabajo, los trenes. Cuarenta años, Lucía suspiró, y sus palabras eran como hojas secas barridas por el viento.

Le conté sobre mi matrimonio, cómo se desvaneció hace años como las mareas cambian en silencio, sobre mis hijos, ya independientes, viajando por sus propios mapas. Él habló de la ausencia, de una soledad dura que llegó al perder a su esposa hace tres inviernos, del extraño eco del silencio en una casa grande. Nos escuchábamos como dos relojes que vuelven a latir al mismo compás, con media sonrisa conspiradora, como si el idioma que inventamos juntos solo pudiera sobrevivir al borde del sueño.

Sonó de nuevo la música y Rodrigo me tendió la mano, un gesto tan natural que el salón se deshizo a nuestro alrededor. Baile tras baile, palabra tras palabra: sabíamos que aquello era mucho más que un encuentro fortuito en un balneario gallego. Era una grieta en el tiempo: nos asomábamos juntos a un abismo lleno de luz suave y tibia.

Al final de la velada salimos a la terraza. La niebla jugueteaba sobre el mar, las farolas tejían túneles dorados en la noche salada. Rodrigo murmuró, como quien recuerda un acertijo: ¿Te acuerdas? Te prometí que bailaríamos juntos a los sesenta.

Me detuve; ese pacto al borde del absurdo, dicho entre risas hace mil años y enterrado como una concha bajo la arena, de repente ardía en el presente. Y ya ves dijo él, con la voz temblando de alegría, aquí estamos.

Sentí la garganta apretada. Creí siempre que los primeros amores eran hermosos porque se terminaban, porque permanecían intocados en el recuerdo. Pero ahora, mirándolo con cabellos plateados y líneas dibujadas en los ojos, era capaz de ver, de verdad, al chico que conocí en 1984.

Regresé a mi habitación con el corazón golpeando como en aquellos veranos salvajes en Valladolid, convencida de que la casualidad estaba tramando algo mayor. Que la vida, a veces, nos ofrece una segunda oportunidad para vivir lo que una vez soñamos, pero esta vez sin la confusión del miedo o la prisa.

Por eso, cuando Rodrigo me propuso un paseo por la playa al amanecer, acepté sin pensarlo. El sol apenas nacía, pintando el agua de oro y coral. Caminábamos descalzos, con las olas como caricia fría, y las gaviotas danzando torpes sobre el horizonte. Más allá, una pareja visible solo a medias recogía conchas en la arena mojada.

Rodrigo hablaba de sus intentos por ser feliz, de los viajes a las islas Canarias, de la felicidad efímera. Yo escuchaba y, en cada palabra, el peso del tiempo se disolvía, como si cada sílaba deshilachara las décadas de silencio entre nosotros.

De pronto, Rodrigo se agachó, recogió del barro un trozo diminuto de ámbar y me lo entregó, como un conjuro silencioso.

De pequeña pensaba que los ámbares eran retales de sol que caían al mar me confió. Lleva este, que sea tu amuleto.

Apreté la piedra entre los dedos. Estaba caliente, como si guardara calor de otra galaxia. Miré a Rodrigo y descubrí, al mismo tiempo, al hombre de ahora y al chico de entonces, con la ternura imposible de quien ve tres vidas en un solo rostro.

El paseo duró horas que parecieron minutos, o quizá fue al revés, como solo pasa en los sueños. El viento me enredaba el pelo y Rodrigo, una y otra vez, apartaba un mechón de mi cara, idénticamente a como lo hacía en aquel banco de la plaza universitaria. Me di cuenta entonces de que no quería resignar este encuentro a la nostalgia. Quería lanzarme a esa segunda oportunidad, sin miedo.

Por la noche, sentados en la terraza del balneario, observamos juntos el sol hundirse en un horizonte de cobre. No hubo grandes palabras; solo un silencio lleno de misterio y promesa. Rodrigo posó su mano sobre la mía, y musitó, quedo:

Quizás la vida sabe sonreír una segunda vez.

Por primera vez en mucho tiempo, y aunque la lógica se me escapase como arena entre los dedos, supe que era verdad.

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