EL ALTAR INVISIBLE. SOBRE AQUELLA QUE PERMANECIÓ COMO LA ÚNICA

A cualquier mujer le ha pasado: en su vida existe un hombre que la quiso de verdad, siempre, sin esperar nada a cambio. Y no, no fue ni su marido, ni su pareja, ni siquiera un amigo cercano…

Simplemente, un día se cruzaron. Fueron un poco cómplices, se hicieron los valientes con el amor durante un tiempo breve, y después siguió cada uno su camino. Pero aquella chispa se quedó, como una astilla en el corazón de él, para siempre.

Después vinieron otras mujeres a su vida. Habrá dicho que las quiso, habrá creído que era cierto. Pero solo eran reflejo pálido de ELLA, la única, la irrepetible.

No anda llamando a deshoras, ni busca casualidades por la Gran Vía, ni hace gestos grandilocuentes. Su amor tiene otra forma: es ese estremecimiento discreto cuando huele un aroma familiar en un vagón de metro, o esa mirada huidiza cuando una risa le recuerda tanto la de ella. Para él, ella está fijada como una fotografía antigua: fuera del tiempo, fuera de rutinas, fuera de canas o arrugas. Mientras el mundo le exige ser el tipo fuerte, seguro, el ganador, él guarda ese pedacito íntimo donde sigue siendo aquel chaval de barrio, el que rozó la eternidad con la yema de los dedos.

Ella fue testigo vivo de su época más auténtica, cuando aún no se había enfundado esa armadura de cinismo. Lo suyo, lo que quedó inconcluso, no se vio manchado de discusiones ni facturas por pagar: esa historia permanece perfecta, brillante, sin desgaste.

Después, claro, todas las mujeres que llegan pasan por el «filtro» de su memoria. No las busca a ellas, busca aquella sensación rara, esa paz luminosa que solo consiguió cerca de su musa. Y ella… ni se entera. Vive tranquila, saca adelante a sus hijos, trabaja, a veces se acuerda de él como de un capítulo divertido, casi ingenuo de su juventud.

Él, en cambio, lleva esa llama con él año tras año. No hay pesar, no es drama: es su manera de sentirse vivo. Y mientras esa pasión imposible le acompañe, sabe que en su interior hay algo magnífico: la certeza de que su corazón es capaz de fidelidad y de guardar, aunque solo sea un recuerdo, algo grandioso y puro.

Y mira, este saber imperceptible, esta energía escondida, se convierte para ella en un halo invisible que la rodea. No alimenta su vanidad, pero la mantiene en pie y le templa el alma, sobre todo en esos días malos, en los que cree que ya no es suficiente para el mundo, cuando todo le sale mal. Porque entonces, aunque sea entre líneas, vuelve la seguridad: En algún rincón, sigo siendo perfecta. En alguna parte, alguien me sigue queriendo solo porque existo.

Esta convicción es su secreto, su refugio silencioso.

Alguna vez, mientras tiende una lavadora en Madrid, piensa: ¿Qué diría él si me viera así, cansada, con este jersey andrajoso?. Y sonríe por dentro, porque la mirada que imagina no es la de su pareja actual ni la de su jefe: es la de aquel chico que la admiraba como quien mira a una constelación, sin juicio ni condiciones. Da igual el paso de los años o el saldo en la cuenta; para él, ella sigue brillando como entonces.

Puede amar profundamente a su marido, valorar su apoyo, su ternura, su presencia constante. Pero bien sabe que hay un abismo entre ese amor activo del día a día, y aquel otro, casi místico, que le basta con saberla viva en este planeta.

A veces, escuchando casualmente SU canción en la radio, o viendo a alguien que lleva el pelo igual, se detiene un instante. No hay nostalgia, ni deseo de volver. Solo agradecimiento: por haber sido, para alguien, un universo entero.

Pero también, chica, tiene un reverso esa moneda. Porque ser la única en el corazón de otro lleva una carga sorda, una especie de responsabilidad misteriosa. Es raro, pero sabe que él no quiere a quien es, con sus mil defectos reales; quiere una fantasía. Siente que guarda, sin querer, un tesoro ajeno. Uno que no le pertenece, pero que no debe romper.

Para ella, él es como una estrella fugaz. Su luz no le fríe las croquetas ni le ayuda a organizar las facturas, pero, sin embargo, la acompaña cada día, dándole una seguridad pequeña y constante. Y gracias a eso, avanza por la vida con otro aire, sabiendo que, en la historia privada de alguien, ella es, y será siempre, una diosa sin manchas ni errores.

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