Mamá querida

– ¡Ey, bigotes! ¿De quién eres tú? Exclamé, quedando paralizada al ver al gran gato pelirrojo sentado tranquilamente en el felpudo de mi puerta.

Por supuesto, el felino no se dignó a responder. Ni siquiera pareció inquietarse por mi presencia, manteniéndose inmóvil en su lugar. Sólo una oreja desgarrada se movió ligeramente, como diciendo: Te oigo, te oigo, pero no tengo intención de hablar.

– ¡Pues no hace falta! musité ofendida mientras rebuscaba en mi bolso las llaves.

El gato, como si comprendiera mis intenciones, se apartó apenas un poco, pero no se marchó, manteniendo su atenta mirada sobre mí, Clara.

Por fin encontré las llaves y empecé a forcejear con la cerradura, de reojo, siempre observando al visitante indeseado.

Aquella casa la habíamos comprado Salvador y yo apenas unos meses atrás; era modesta, dos habitaciones, pequeña pero nuestro máximo sueño. Algunos decían que vivir en un antiguo bloque de cinco pisos en Madrid era conformarse con poco, que había que aspirar a más. Nos reíamos de esas opiniones. Siempre recordábamos aquella habitación compartida con mi abuelo en el piso de Lavapiés, donde por primera vez habíamos sentido algo parecido a la independencia y la dicha.

– Clara, intenta no discutir con los vecinos me había dicho mi suegra, doña Rosario, ayudándome a limpiar antes de la boda Son buena gente, a pesar de que les pierde el vino.

– Pues entonces, ¿dónde está lo bueno? bromeé, escurrí el trapo y me aparté el pelo de la cara.

Mis rizos siempre fueron la devoción de Salvador, pero a mí me resultaban insoportables para las tareas de la casa; daba igual cuántos pasadores o diademas utilizara, acababa con el pelo arremolinado sobre la frente como un diente de león alterado.

– Es complicado de explicar respondió Rosario suspirando. Les tocó sufrir mucho, y no todos saben lidiar con la vida como toca.

Eso sí podía entenderlo yo. Yo, Clara, huérfana desde niña, criada en una familia de acogida en Albacete que no dudó en dejarme marchar al cumplir los dieciocho. Sabía de sobra cómo las personas se compadecen de sí mismas, olvidando a quienes dependen de ellas.

Mi madre me abandonó cuando tenía tres años. Me dejó sentada en un banco de la estación de Atocha, con una nota en el bolsillo de la chaquetita y un conejo de tela desorejado, Jacinto, mi fiel compañía. Permanecí allí tal y como me había ordenado, conteniendo las ganas de ir al baño porque me daba miedo que, al moverme, mamá se enfadase. Buscaba a mi madre con la vista y abrazaba fuerte a Jacinto.

Mamá nunca volvió. En su lugar llegó un guardia enorme con uniforme impecable. Me preguntó algo, pero yo sólo negaba con la cabeza, ya incapaz de llorar por el frío, el hambre y el cansancio. Finalmente, el hombre acarició la oreja de Jacinto y me preguntó:

– ¿Cómo se llama tu orejudo?

– Jacinto susurré.

Me acarició el pelo y preguntó:

– ¿Hace mucho que se fue mamá?

Ahí, entre sollozos, finalmente rompí a llorar de verdad, asustando no sólo al policía, sino también a quienes llevaban horas conmigo en la sala de espera, y a nadie hasta entonces se le ocurrió preguntarse cuánto tiempo llevaba sola una niña en medio de tanta gente.

Por qué mi madre actuó así lo supe mucho tiempo después. Una desconocida se me acercó a la salida del colegio, poco antes de graduarme, abriendo los brazos y murmurando:

– ¡Hija mía! ¡Por fin te encuentro! ¡Dame un abrazo, que te he echado tanto de menos!

En ese entonces yo formaba parte de una familia de acogida en la que éramos siete niños en total, cada uno más travieso que el anterior. Comida, ropa y educación no nos faltaban, pero todos sabíamos que al cumplir la mayoría de edad tendríamos que marcharnos para dejar sitio a otros.

Esa familia no conocía el cariño. A su entender, querer sólo era un deber: atender y ayudar. Por eso, ante aquella mujer llorosa, ni me moví. Aunque, para qué negarlo, aquella noche, entre sábanas, soñé con un abrazo de verdad. Pero entendí que vivir esperando eso sólo daba lugar a decepciones. Al final, mi única familia era Jacinto bajo la almohada. Tan ajado y desorejado como siempre, pero el más fiel de todos…

Soñaba con una madre que me viniera a buscar y me llevase con ella a algún rincón cálido y me quisiera, sí, me quisiera…aunque no supiera muy bien cómo era eso. Lo veía en mis compañeros: existía.

Pero cuando por fin apareció, llorando y abrazándose a mi cuello, ni un segundo creí en aquellas lágrimas. A menudo me dijeron que yo no podía recordar la estación, la lluvia, los bancos mojados, porque era demasiado pequeña; y dejé de intentar responderles. Mejor así. Pero dentro, muy hondo, el recuerdo estaba allí: un lugar ruidoso, temible… y yo, abandonada.

Una de mis hermanas, Lucía, compañera de clase, intervino cuando me aparté de la desconocida.

– ¿Clara, quién es esta persona? se plantó delante de mí desafiante.

– No tengo idea murmuré aturdida, el mundo girando a mi alrededor.

– Señora, se equivoca. Esta es mi hermana. No la conocemos. ¡Adiós! Lucía me agarró y me sacó del patio a empellones. ¡Ya contaré a mamá! ¡Déjenos en paz!

A Lucía no le caía yo especialmente bien, pero ese día estreché fuerte su mano. Así, juntas, llegamos a casa, sorprendiendo incluso a la madre de acogida con nuestro súbito compañerismo.

Desde entonces, Lucía fue mi hermana. Su historia sólo difería de la mía; ella no tenía madre que la abandonara, sino un padre alcohólico que desapareció también. Ella, igual que yo, soñaba desesperadamente con tener a alguien cercano, sangre o no.

Volví a ver a mi madre una semana después. Acudía cada tarde al colegio, pero, viendo que ya no tenía mi atención fácil, sólo me rogaba:

– ¡Habla conmigo, hija mía!

El dichoso hija mía me molestaba, pero Lucía no le daba importancia.

– Déjala, son sólo palabras sentenció con indiferencia.

Fue ella quien me convenció de enfrentar mi pasado y preguntar.

– No tienes nada que perder. Averigua por qué. Pregúntale. Así dejarás de culparte a ti misma.

– ¿Y por qué dices que me culpo? balbucí atónita.

– Porque todos lo hacemos. Uno piensa qué le faltó, qué hizo para ser dejado atrás…

– ¿También tú?

– También.

– Nunca lo habías contado.

– Y tú tampoco. Son cosas que se callan y se lloran. Yo, por ejemplo, lloro… Pero ya me toca dejarlo. Hay que madurar.

Hablar con mi madre no me sirvió para hallar verdad ni consuelo.

– Me abandonaste.

– Perdóname, hija mía.

– ¡No me llames así, que me sacas de quicio!

– Vale, está bien. No te enfades.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Era todo muy difícil. Sola, sin apoyo. Tu padre me echó…

– ¿Por qué?

– Le dije que no eras su hija.

– ¿Era eso cierto?

– No.

– ¿Y por qué lo dijiste?

– Me enfadé mucho. Peleábamos. Éramos jóvenes y tontos. Al final me fui de casa y… con un niño, sin tener a dónde ir… Dejé una nota, pensaba que volvería por ti.

– ¿Y creíste que el papel lo arreglaba todo? ¿Qué clase de persona eres?

– Estoy arrepentida… Si me dejaras arreglarlo…

– ¿Y piensas devolverme todos estos años? No quiero verte más.

– ¿Nunca me perdonarás?

– No lo sé. Pero aunque te perdone, olvidar no podré. ¿Cómo quieres que lo haga?

– Si eras tan pequeña, apenas puedes recordar nada.

Me levanté y me marché con esa convicción no dejaría que nadie más decidiera por mí.

Lucía me comprendió.

– Tú decides. Si crees que así es mejor, no mires atrás.

– Eres muy lista…

– No tanto, pero lo intentaré. Quiero estudiar para ser psicóloga, a ver si así aprendo a vivir.

Años después, cuando Lucía se casó y se convirtió en madre, recordamos aquello entre risas.

– Nadie sabe vivir bien, Clara. Ni tú, ni yo, ni nadie.

– ¿Y entonces, cómo se hace?

– Pues, se vive contenta. Haces tu vida para que los tuyos estén a gusto y no seas tú la telenovela en la que otros buscan drama.

– Tú lo consigues…

– ¡Lo intento! reía Lucía, meciendo a su niña en brazos.

Viéndola, yo también empecé a ser más indulgente conmigo misma.

¿Quién iba a quejarse de un cuarto en una corrala céntrica, al lado del trabajo? El esfuerzo propio lo hacía todo mejor. Tenía razón mi suegra: los vecinos solían ser correctos. Habían perdido a una hija y, ahogados por la pena, se volcaron en el vino, pero al menos no daban mala vida y respetaban la paz. Había que aprender a compadecer.

Me costó tiempo comprender esa verdad. A mí, nadie me había enseñado a sentir compasión. Salvo, quizás, Lucía.

Con el tiempo, doña Rosario se volvió fundamental. Fue persistente y generosa: me acogió como a una hija más, algo que Lucía llamaba una proeza.

– No esperes nada de ellos, Clara me decía Lucía antes de presentarme ante la familia de Salvador Para ellos eres sólo una chica huérfana, sin futuro seguro. No menciones tus expectativas de vivienda social; hasta que sea tuya, olvídalo. Mejor cuenta con lo que tienes.

Esto, al menos, entendía yo: los lazos verdaderos sólo se forjan con el tiempo y mucho roce.

Rosario imponía con su voz y carácter, pero su deseo era hacer la vida mejor a quienes la rodeaban. A mí, que no estaba acostumbrada a que me cuidaran, sus atenciones me desconcertaban.

– Clara, ¿me ayudas a comprar un abrigo nuevo? Salvador odia ir de tiendas y yo necesito consejo. ¿Te vienes?

Accedía a regañadientes pero al volver a casa, los paquetes que portábamos eran siempre para mí: un abrigo, zapatos nuevos o una bolsa que ni me hubiese planteado escoger. Cuando intentaba protestar, me sacaba una sonrisa y me arrastraba al siguiente escaparate.

Sabía que, de algún modo, era raro para mí recibir esos regalos e invitaciones. Todavía guardaba la prudencia que Lucía me había enseñado y respondía con cortesía, pero mantenía una distancia.

Aun así, Rosario lo entendía y nunca insistió demasiado. Quizá por eso respetó nuestro deseo de mudarnos en cuanto pudimos.

– Tu abuelo ya está mayor, Salvador. Mejor que venga a vivir conmigo y les dejamos el piso a los jóvenes.

Y así fue como, un domingo, mi abuelo se fue con Rosario y nosotros libres por fin, ocupamos nuestro pequeño reino en Vallecas.

El abuelo era de los que justifican cada cosa con sabiduría de pueblo.

– Deja que aprendan solos, Rosario. No te entrometas a menos que te lo pidan. Y a Clara, cuídala pero sin pasarte. Es orgullosa, no abuses.

Rosario le dio la razón. Iba a vernos sólo cuando la invitábamos, nunca para mandar y siempre recordando sus días de juventud, cuando ella misma odiaba los consejos ajenos.

Un día, al preparar el papeleo para vender la habitación de la corrala, ayudando a mi abuelo, me sentí desanimada.

– ¿Estás triste por venderla? preguntó él.

– No sé, abuelo. Ya veremos dónde nos lleva la vida. Al menos hemos podido ahorrar un poco, aunque sólo sean monedas, como dice Lucía.

Y él, acariciándome la mejilla, pidió té y conversación:

– ¿Te incomoda Rosario?

– ¡No, abuelo! Todo lo contrario…

– Tranquila, sé que ella te quiere como a una hija. Déjala que se acerque sin miedo, es una mujer compasiva.

– ¡Conmigo nadie necesita compasión!

– ¿Y por qué no?

– Porque es algo malo

– Eso depende. ¿Qué se necesita más cuando uno está enfermo, el amor con flores, o que te cuiden y te comprendan?

– Supongo que lo segundo…

– Exacto, y tu compasión es valiosa cuando nace del cariño, no de la lástima.

– Y yo a usted lo quiero, abuelo.

– Lo sé. Y por eso venir aquí me hacía bien: porque es mutuo.

Y continuó:

– Si tienes ganas de cuidar, hazlo de verdad. No basta con alimentar a un animal callejero una vez, hay que acogerlo en casa. Eso es compadecerse de verdad.

Ahora, ese consejo me vino a la cabeza. Aquel gato pelirrojo enorme esperaba allí sentado, como si pidiera una muestra de compasión. Cuando alargué la mano, se dejó acariciar sin un atisbo de miedo, pero en cuanto le invité a pasar, salió disparado escaleras arriba.

– Pues vaya, qué dignidad, resoplé, apunto de cerrar la puerta, cuando reapareció el gato… acompañado.

Llevaba en la boca, por el pellejo, un diminuto gatito que era una copia suya.

– ¡Anda! exclamé, recogiendo el minúsculo bulto que maullaba. Para mi sorpresa, el gato volvió a ausentarse y reapareció trayendo un segundo cachorrillo, aún más revoltoso. Parecía que la ley de la gravedad no aplicaba aquel día, porque el pequeñín no se dejaba portar y el padre necesitó varios intentos para traerlo ante mí.

– Pero bueno, ¡menuda madre estás hecho! reí, abriendo más la puerta Anda, pasad todos. ¿Es toda la familia o queda alguno por rescatar?

El gato entró despacio, alerta, mientras yo cogía a los cachorros en brazos.

– Venga, venga, no tengas miedo. Aquí nadie os va a echar. ¿Y vuestra madre, dónde está?

El gato no contestó, sólo enseñó a un gatito el uso del arenero improvisado que le preparé con una bandeja y resto de diarios. Se notaba que en la casa no sobraban cosas, pero el corazón se me ensanchó de pronto.

– Este sí que es todo un padre murmuré, conteniendo la risa para no asustar a los cachorros. Voy a ver qué encuentro en la nevera para alimentaros.

El gato, complacido, se acurrucó junto a sus crías mientras yo iba y venía con leche y restos de jamón.

Por la noche, organicé un consejo familiar.

– Doña Rosario, si no le parece bien, buscaré casa para ellos, pero no vuelven a la calle. Son muy pequeños y no sé qué le sucedió a su madre. Lo extraño es que sea el gato quien los cuide conté mientras acariciaba a uno en su regazo.

– ¿Pero por qué me preguntas a mí, Clara? sonrió, acariciando al gato. Esto es cosa vuestra, la de Salvador y la tuya. Vosotros decidís, hija. Yo aquí sólo vengo a mimar.

– Les di leche, menos mal que ya saben beber solos.

– Yo me quedaría uno cuando crezcan, pero vosotros tenéis la última palabra rió doña Rosario. Salvador me miró y me animó a contar la noticia que llevábamos semanas guardando.

– Aprender de este gato cómo ser una buena madre… Pronto voy a tener dos maestros: usted, doña Rosario, y este canguro bigotudo

Al final, no pude contener las lágrimas cuando Rosario me abrazó. A veces, pensaba, la suerte sonríe no a quien más lo espera, sino a quien cae y sigue esperando Aunque sea a la puerta de una casa en Madrid, mucho después de que un tren partiera y la historia se reescribiera por fin.

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Mamá querida
¡Apártate de mí! ¡Yo no te prometí casarme contigo! ¡Y además, ni siquiera sé de quién es ese niño! ¿O acaso ni siquiera es mío? —Así que, mejor vete por tu camino, que yo me marcho por el mío—, decía Víctor, que estaba en su pueblo por trabajo, a una atónita Valentina. Y ella se quedó allí, sin poder creer lo que oía ni lo que veía. ¿Era aquel el mismo Víctor que le declaraba su amor y la llevaba en volandas? ¿Era este el Víctor que la llamaba Valentita y le prometía el cielo? Frente a ella se encontraba un hombre confuso, encolerizado, completamente desconocido… Valentina lloró durante una semana, despidiéndose de Víctor para siempre, pero por su edad—ya tenía treinta y cinco años—por no ser agraciada y con pocas posibilidades de encontrar la felicidad de una mujer, decidió convertirse en madre. A su debido tiempo, Valentina dio a luz a una niña muy llorona, a la que llamó María. María creció tranquila, sin dar problemas y sin causar a su madre mayores quebraderos de cabeza. Como si supiera que de nada servía llorar… Valentina trataba bien a su hija, pero se notaba que carecía de ese amor maternal profundo: le daba de comer, la vestía, le compraba juguetes. Pero abrazarla de más, acariciarla o salir a pasear con ella, no. Eso nunca. Marita, de pequeña, a menudo estiraba los brazos hacia su madre, pero ella la apartaba. O estaba ocupada, o tenía demasiados quehaceres, o estaba cansada, o le dolía la cabeza. Nunca despertó en ella el instinto de madre. Cuando María cumplió siete años sucedió algo insólito: Valentina conoció a un hombre. ¡Y no solo eso, lo llevó a vivir a su casa! ¡Todo el pueblo cuchicheaba! ¡Qué ligera de cascos es Valentina! Un hombre nada serio, ni siquiera era del pueblo, sin trabajo fijo, ¡y nadie sabía dónde vivía! Tal vez era un sinvergüenza… ¡Menuda historia! Valentina trabajaba en el ultramarinos local y él llegó un día ayudando a descargar mercancías. Y así empezó su romance. En poco tiempo Valentina invitó al flamante pretendiente a quedarse con ellas. Los vecinos no dejaban de criticarla: —¡Ha metido en casa a un desconocido! ¡Podría pensar en su niña!—, decían. Además, era callado, no sacabas una palabra de él. ¡Algo ocultará! Pero Valentina no hacía caso. Sabía, o sentía, que era su última oportunidad de encontrar la felicidad de una mujer… Sin embargo, la opinión de los vecinos pronto cambió respecto a ese hombre que en apariencia era huraño y reservado. La casa de Valentina, sin unas manos masculinas, había ido deteriorándose: fue Igor, así se llamaba él, quien arregló primero el porche, después el tejado y enderezó la valla caída. Cada día reparaba algo y la vivienda iba transformándose a la vista de todos. Viendo que era un manitas, la gente empezó a pedirle ayuda, y él respondía: —Si eres mayor o no tienes dinero, te ayudo igualmente. Pero si no, págame en dinero o en especie. A algunos les cobraba, a otros les pedía conservas, carne, huevos o leche. Valentina tenía huerta, pero no animales, y ahora la nevera ya no faltaba ni nata ni leche fresca. En resumen, Igor tenía manos de oro. Y Valentina, que nunca había sido guapa, se iluminó a su lado; parecía incluso más dulce y cercana. Hasta empezó a ser más cariñosa con María. Sonreía y hasta se le descubrieron hoyuelos que nadie había visto antes. Y María iba creciendo, ya había llegado al colegio. Un día, sentada en el porche, observaba cómo el tío Igor trabajaba, y luego fue a casa de una amiga. Volvió más tarde, al anochecer, y al abrir la cancela, se quedó sorprendida… ¡En el centro del patio había un columpio! Oscilaba al ritmo de la brisa, llamándola sin cesar… —¿Es para mí? ¡Tío Igor! ¿Lo ha hecho usted para mí? ¿¡Un columpio!?— gritó María sin creérselo. —Por supuesto que es para ti, Marita. ¡Disfruta!—, sonrió por primera vez el normalmente silencioso Igor. María se sentó y se impulsó fuerte, y el viento silbaba en sus oídos—no había niña más feliz en el mundo— Valentina salía temprano a trabajar, así que cocinar era labor también de Igor. Preparaba desayunos, comidas… ¡y qué tartas y pasteles hacía! Él le enseñó a María a cocinar bien y a poner la mesa como nadie. Cuántos talentos escondía ese hombre sencillo y taciturno… Cuando llegó el invierno y los días se acortaron, Igor acompañaba y recogía a María del colegio. Le llevaba la mochila y le contaba historias de su vida. Narraba cómo había cuidado a su madre enferma, vendió su piso para ayudarla, y cómo su propio hermano lo echó cruelmente de casa. Le enseñó a pescar. En verano, al amanecer, iban juntos al río y esperaban en silencio la picada. Así aprendió María la paciencia. Y en plena temporada, Igor le regaló su primera bici infantil y le enseñó a montar. Le curaba las rodillas con mercromina cuando se caía y se lastimaba. —Igor, que se va a matar la niña—protestaba la madre. —No se mata. Debe aprender a caerse y levantarse sola—contestaba él muy serio. En una ocasión, para Nochevieja, le regaló unos patines de verdad. Por la noche se sentaron a la mesa que Igor había preparado junto a María. Esperaron la medianoche, brindaron y rieron juntos. Todo estaba delicioso y la atmósfera era inmejorable. Por la mañana Valentina e Igor se despertaron sobresaltados por el grito de felicidad de María. —¡Patines! ¡Viva! ¡Tengo patines de verdad! ¡Blancos y nuevos! ¡Gracias, gracias!—chilló rebosante de alegría, abrazando su regalo. Las lágrimas de felicidad bajaban por sus mejillas. Después, con Igor, fue al río helado. Él le ayudó a limpiar la nieve, la cogía de la mano enseñándole a mantenerse en pie. En poco tiempo ya patinaba sola; no había niña más pletórica. Al volver a casa, María se le colgó al cuello: —¡Gracias por todo! Gracias, papá… Esta vez fue Igor el que lloró. De alegría. Se apartó las lágrimas de hombre, para que ella no lo viera, pero le caían solas… María creció, se fue a estudiar a la ciudad. Afrontó muchas dificultades, como todos, pero él siempre estuvo allí. Fue a su graduación, le llevó bolsas de comida, para que su hija, su María, nunca pasara hambre. La llevó del brazo al altar cuando se casó. Junto a su marido, esperó bajo la ventana del hospital las noticias del nacimiento de sus nietos, a los que cuidó y amó con todo el corazón —a veces más incluso que un padre biológico. Al final, Igor se fue para siempre, como un día nos iremos todos. En su despedida, María y su madre lo despidieron desconsoladas; al dejar caer un puñado de tierra sobre la tumba, María murmuró con un suspiro: —Adiós, papá… Has sido el mejor padre del mundo. Siempre te recordaré… Y él quedó en su corazón para siempre. No como el tío Igor, ni siquiera como el padrastro, sino como el PADRE… Porque padre no es siempre el que da la vida, sino el que te cría, el que comparte tus alegrías y tristezas. El que está a tu lado… ¡Así es esta emotiva historia de la vida! Gracias por vuestros comentarios y “me gusta”. ¡Síguenos para leer más historias conmovedoras!