El veneno de la envidia
Javier tengo miedo susurra Jimena, apretando nerviosa la servilleta entre sus manos. Su voz tiembla casi imperceptiblemente en la última palabra. Levanta la mirada, buscando la de él, y la inquietud brilla límpida en sus ojos. Otra vez esos mensajes
Saca el móvil del bolso con manos temblorosas, lo desbloquea y se lo acerca a Javier. Él lo toma con calma, repasa los mensajes con detenimiento: Gracias por una noche maravillosa; Ya te echo de menos; ¿Cuándo volvemos a vernos?; Dentro de poco, en nuestro sitio; Te esperaré después del trabajo donde siempre Frunce el ceño, una arruga profunda le cruza la frente.
¿Cuándo han llegado? pregunta con serenidad, devolviéndole el teléfono.
El último, hace cinco minutos. Justo cuando hemos pedido la cena Jimena traga saliva, sintiendo cómo algo le oprime el pecho. Es cada vez igual, siempre cuando estamos juntos como si nos vigilasen, como si alguien supiese en todo momento dónde estamos y qué hacemos.
Javier se recuesta en la silla, se acaricia la barba pensativo. Sus ojos se vuelven agudos, alertas, como si ya analizara posibilidades.
Enséñame todos los mensajes, con las fechas y horas su tono suena firme, tranquilo, casi cortante.
Jimena abre la conversación y desplaza el dedo hacia arriba, mientras Javier se fija en cada mensaje, absorto en el móvil. Los repasos a detalle, leyendo el contenido, el horario. Su rostro no refleja emociones, pero en la mirada se percibe la concentración del que acecha un adversario invisible. Junto a aquellos mensajes, hay otros: No puedo dejar de pensar en ti, ¿Te acuerdas de nuestra última charla? Espero el siguiente capítulo, Sabes dónde encontrarme si cambias de idea. Cada notificación refuerza en Jimena la sensación de estar rodeada: una mano invisible y obstinada que intenta romper la confianza en pareja.
Curioso Javier rompe finalmente el silencio y su voz tiene tono de cuchilla. Es todo muy intencionado. Alguien quiere dejar claro que tienes a otra persona y lo hace con método, aprovechando justo cuando tienes testigos o podrías verte comprometida.
Jimena deja caer los hombros, derrotada bajo ese peso invisible. Tiene veinticinco años, es diseñadora gráfica en un pequeño estudio del centro de Madrid y desde hace años sueña con una relación de verdad: no por aparentar, no por dinero, sino por calor humano y apoyo. Y Javier, abogado de treinta y cinco, representa esa promesa: atento, confiable, discreto, con quien se siente segura. Ese sentimiento es tan raro y valorado que le duele imaginar perderlo.
Llevan medio año juntos. En este tiempo, Jimena ha aprendido a admirar la manera sensata en que Javier resuelve los problemas, su sentido del humor, el interés sincero que muestra por ella. Él no la presiona, da espacio, pero no oculta que la ve como posible esposa. Y aunque Jimena no tiene prisa, sabe que está lista para ese futuro juntos.
No entiendo quién haría algo así musita ella, con la voz casi rota. No tengo ningún admirador secreto, y mucho menos daría pie a esto. Esas palabras nuestro sitio, nuestra última charla, son como guiños inventados, mensajes para crear un teatrillo de relación inexistente. Como si quisiesen movernos a su antojo.
Déjame investigarlo Javier está decidido. Conozco gente que puede tirar del hilo. Averiguaremos de dónde vienen, quién compra esos números. Es demasiado perfecto, seguro que no es casualidad.
Durante varios días, Javier se vuelca en rastrear mensajes, preguntar, comprobar. Jimena trata de distraerse en el trabajo, en paseos con amigas, en cualquier cosa que le dé tregua a la ansiedad que le roe desde dentro. Pero la inquietud no se va: cada vez que abre el móvil, su corazón da un vuelco, comprobando si hay otra amenaza invisible. Si el móvil brilla sin mensajes, suspira aliviada; aunque solo sea por unos minutos, hasta que el temor regresa aún más fuerte.
La llamada llega al quinto día, ya caída la tarde.
Jime, ya sé quién ha sido la voz de Javier suena seca, sin su habitual calidez. Usaron varios números anónimos, pero han rastreado los pagos. Es Lucía.
Jimena se queda helada. Casi deja caer el móvil. Lucía, su amiga desde la universidad, veintiocho años, divorciada y madre de dos. Han compartido secretos, penas y alegrías. Pero últimamente, algo se ha roto entre ellas; una sensación sutil, pero cada vez más palpable. Lucía se queja de su soledad, del trabajo, de que los hombres huyen de ella porque tiene hijos, de la rutina, las decepciones.
¿Lucía? susurra Jimena, con el alma encogida. ¿Por qué? ¿Cómo puede?
Lo sabes perfectamente le responde Javier, y la amargura se filtra en su tono. Es pura envidia. Eres libre, tienes éxito, ahora estás feliz. Ella siente que la vida la dejó de lado. Además, pensó que así sembraría dudas, que yo desconfiaría de ti.
Semanas atrás habían coincidido en una fiesta de unos amigos en Malasaña. La música suave flotaba en el aire, había olor a tapas y cava y el ambiente era de risas y paseos de grupo en grupo.
Jimena llevaba un vestido verde esmeralda que caía de forma impecable, resaltando sus ojos y la figura delgada. Javier estaba siempre al lado; le ofrecía cava, la llevaba de la mano a las conversaciones, se aseguraba de que no le faltara de nada.
Sois como de portada de revista apuntó Lucía con una sonrisa forzada, quedándose de brazos cruzados, tocándose el jersey beige sin gracia. Todo perfecto, vestido, pareja
Gracias respondió Jimena, sonriendo y dando importancia al cumplido. La verdad, el vestido queda mejor de lo que esperaba.
Ya quisiera yo esas oportunidades. Pero con dos hijos, una no va de tiendas. Todo el dinero se va en otras cosas
Lu, nada de eso intentó animarla Jimena, acercándose para tomarle el codo. Tienes tu propio estilo, y siempre luces genial.
Sí, claro Lucía se ríe nerviosa y aparta la mirada. Hay gente que lo tiene todo; otros, ya sabes, se debaten entre ropa nueva o botas para los niños, o entre ir a la peluquería y pagar la extraescolar de Daniel
Su voz se queda al borde de romperse y, aunque Javier cambia la conversación hábilmente, Jimena nota el resentimiento en la forma en que Lucía las observa desde una esquina de la sala, llena de ansias por disfrutar de algo que para ella no existe: apoyo, ligereza, alguien con quien compartir.
Esa alarma volvió a sonar unos días después, tomando café juntas mientras la lluvia salpicaba los ventanales del local. Jimena contaba ilusionada la excursión reciente, la risa entre hojas caídas, la barbacoa con Javier en el campo a las afueras de Segovia, las promesas de volver en invierno a esquiar, las ganas de compartirlo.
Suena a cuento de hadas bufa Lucía, removiendo el azúcar en el café con movimientos bruscos. Naturaleza, plan romántico, hombre ideal
Fue precioso Jimena sonríe, aferrada a su taza de capuchino. Vamos a repetirlo ¿te apetece venir con nosotros la próxima?
¿A esquiar? Lucía levanta las cejas. Si tuviera tiempo, tal vez. Pero entre Daniel, la guarde, pediatras, deberes, llevar a Marta a danza, cenas para algunas la vida es eso, para otras, la realidad.
Habla sin acritud, pero con tal cansancio y resignación que todo se enfría.
Katy, otra amiga, interviene suavemente:
Lu, no lo dice a mala fe. Solo comparte su alegría, y eso es bonito.
No es que la acuse Lucía deja la taza; casi derrama el café. Es que la vida de unas es una fiesta y la de otras, un bucle. Jimena se va al campo cuando le da la gana. Yo tengo que planificar hasta el último euro
Jimena siente que algo se le rompe dentro. Quiere consolarla, pero no encuentra palabras. Solo alcanza a ponerle la mano en el dorso.
Sabes que quiero ayudarte. Cuando quieras organizamos una escapada con los niños al parque, montamos un picnic
Lucía asiente sin ganas, los ojos empañados, y se aparta.
Al recordarlo, Jimena ve claro que aquella envidia se venía cociendo desde hacía mucho. No con rabia, sino con profundo dolor, como una herida que Lucía no supo cómo expresar.
¿Qué hacemos? pregunta, entre nervios y determinación.
Vamos ahora mismo. Es hora de poner fin a esto dice Javier, tajante.
Suben al coche con silenciosa determinación. Llaman al timbre de Lucía. Ella abre la puerta, ve a los dos y palidece; las manos se le cierran en puños, la piel blanca.
¿Vosotros? ¿Ha pasado algo? la voz vacila entre el miedo y la incomodidad.
No disimules corta Javier. Sabemos que has sido tú. Tenemos pruebas.
Lucía da un paso atrás y se apoya en la pared, como si la fuerza le fallara. Su rostro oscila entre rabia y lágrimas.
¡Sí, he sido yo! grita, la voz quebrada. ¿Y qué? ¿Tenía que mirar cómo a ti todo te va bien mientras yo me las apaño sola con dos niños? ¡Tú siempre has caído en gracia a todo el mundo! Guapa, libre, sin problemas. Y yo un lastre.
Llora, desgarrada, la cara húmeda de resentimiento y soledad.
No tienes idea lo que es sentirse invisible continúa, cada palabra le pesa. Oírte hablar de tus planes con Javier En fin, solo deseaba que supieras lo que es vivir con un nudo en el pecho, como yo. Que por una vez tu mundo ideal hiciera agua.
Jimena escucha y le duele todo por dentro. La mujer delante de ella, la que lloraba en su hombro tras el divorcio y compartió tantos cafés, ahora es irreconocible.
¿Por envidia buscaste romper mi vida? susurra, no hay reproche, sino honda tristeza. Solo porque tú sufres, ¿me preferías igual de infeliz?
¿Qué podía hacer? Lucía se ríe con amargura. Siempre tuviste la atención de todos, yo era la secundaria. Los hombres me duran dos meses como mucho; acaban yéndose por los niños, por mis problemas. Porque yo no soy ligera.
Javier avanza hasta quedar junto a Jimena, protegiéndola.
Ya basta dicta Javier, su voz rotunda. Lo que has hecho es ruin, y tendrás que afrontar las consecuencias.
En los ojos de Lucía asoma el remordimiento, fugaz, antes de volver a cubrirlo de rabia.
¿Y qué haréis? ¿A denunciarme? ¿De verdad le importan a la policía estos mensajitos? reta.
No necesitamos denunciarte replica Javier. Solo queremos que dejes en paz a Jimena y no se repita. Nunca.
Lucía mira a Jimena y, por un instante, aparece una tristeza infantil en su expresión. Pero inmediatamente se rehace.
Vamos, como si no supieras que te tengo envidia dice, con la voz entrecortada. Recuerda mi cumpleaños el año pasado: todos pendientes de tu ascenso, tu vestido nuevo Yo sola de pie con la niña, nadie preguntó ni cómo estaba.
Jimena revive esa noche, como si fuese ayer: la estupidez de no reparar en la soledad de Lucía, la alegría despreocupada, la fila de admiradores bailando a su alrededor Ahora entiende.
Lucía susurra, dolida. No quise eclipsarte jamás. Solo estaba feliz ese día pensé que éramos iguales, amigas de verdad.
¿Y cómo iba a sentirme? responde Lucía, casi sollozando. Eres todo lo que yo no. Yo tengo una hipoteca que me ahoga y recuerdos de mi marido feliz con otra. Claro que tenía envidia. Deseé que tu burbuja estallara, para no sentirme siempre invisible.
Javier la escucha, serio.
La envidia se lleva por dentro. Has elegido mal, has hecho daño a quien te quería. Eso no te hace justicia, Lucía.
Ella baja la cabeza, los hombros le tiemblan y rompe a llorar, apenas en silencio.
Perdón susurra. No pensé que se iría tan lejos. Solo se fue acumulando. El divorcio, la rutina, la soledad Me superó todo.
Jimena nota un pinchazo de compasión; Lucía parece más una mujer agotada que una traidora. Recuerda, de golpe, una conversación reciente en La Latina, entre café y quejas:
A veces creo que tú vives otra vida, Jime. Todo te sale fácil, trabajo, pareja Yo, en cambio, cada día es igual: cole, compras, deberes, lavadoras.
Intentó animarla, pero Lucía solo masculló:
No soy nadie con dos niños. A ti todo te va bien y eso me amarga.
Entonces tampoco entendió el alcance de sus palabras.
Lucía Jimena habla, la voz temblorosa. Ni idea tenía de que lo pasabas tan mal. Si me lo hubieras contado, habríamos buscado soluciones, de verdad. Pero con lo que has hecho estoy herida. Necesito distancia.
Lo entiendo musita Lucía, limpiándose los ojos. No te pido perdón, solo que comprendas que no quería tanto daño. Solo me perdí pensé que tu infelicidad me haría menos sola. Qué tontería
Javier posa una mano en el hombro de Jimena:
¿Te basta esto? pregunta con suavidad.
Jimena tarda en responder, mira a Lucía, su rostro abatido, derrumbada en su propia batalla.
Puedo comprender que tuviste un mal momento, que tu dolor se desbordó en envidia. Pero la amistad necesita de honestidad y alegría compartida, no de sombras ni competencia. Ahora no puedo retomar el lazo. Necesito tiempo.
Lucía asiente, deja caer otra lágrima.
Gracias por escucharme al menos. Siento no haber sabido pedir ayuda.
Salen del edificio en silencio. Madrid crepuscular brilla con la primera fila de faroles sobre las aceras aún húmedas; el aire fresco, con aroma a hojas recién caídas, calma y limpia.
Me siento vacía admite Jimena, buscando el brazo de Javier. Todo claro, pero como si algo se rompiera dentro.
Es normal responde él, abrazándola con calor. Cuando te traicionan, cuesta recomponer el alma. Pero ahora ya tienes la verdad, y no estás sola.
No, no lo estoy murmura Jimena, los ojos húmedos pero llenos de nueva esperanza. Paso a paso juntos.
Echan a andar y, a cada paso, el peso se aligera. Hay heridas por cerrar y caminos que reconstruir, pero mientras ande al lado de alguien que ve su verdadera esencia, Jimena sabe que puede con todo. Eso, en el fondo, es lo más valioso de la vida.







