El pájaro arcoíris: un canto de alegría y color

A la pelirroja y vivaz Carmen la apodaban, en su infancia, Solete. Brillante, alegre, y llena de energía, de niña era puro torbellino, siempre dispuesta a arrancar una risa.

Carmen creció envuelta en el cariño de sus padres, abuelos y abuelas. Recibió tantas atenciones y mimos que, incluso al hacerse mayor, le nacía de modo natural repartir calidez a su alrededor.

La edad avanzaba y el espíritu juguetón de la infancia se mantenía intacto. Todo le salía bien, todo se le daba con facilidad. Estudiaba con pasión, ayudaba en casa como si fuera un juego, y no conocía la obstinación ni el capricho.

Mira que mi nieta no es ninguna beldad reflexionó una vez la abuela Pilar, pero no hay quien aparte la mirada. ¡Ese cabello de cobre, parece hecho de oro! Y los ojos, siempre chispeantes como los luceros. Tiene un temple tan ligero

El carácter de Carmen es mucho mejor que la belleza asintió Mercedes, la madre. Así habrá menos envidias y líos.

A ella las envidias quizá no le falten tampoco apuntó la abuela; hay gente de intenciones turbias, y seguro que alguno vendrá buscando su calor, y otros querrán apagar su llama.

Mercedes calló, pensativo el corazón, pero sabía que su hija, aunque risueña y chispeante, tenía lengua afilada: nunca provocaba el conflicto pero, ante una afrenta, sabía responder enérgica defendiendo lo justo y honrando su dignidad.

A casa de Carmen venían a montones amigos y amigas. Los padres resoplaban ante el bullicio, pero siempre daban la bienvenida a los chavales. Era complicado dar de comer a todos y meterlos en el piso pequeño de Vallecas, pero el alma se les calentaba sabiendo que su hija tenía tanta gente a su alrededor.

Llegó un día en que los muchachos comenzaron a fijarse en la pelirroja de hoyuelos. La invitaban a pasear, le llevaban flores, intentaban robarle un beso de sus labios alegres, pero nadie llegó a tocar el alma de Carmen. Ella respondía con su risa cristalina y despachaba, con una palabra firme, al atrevido. Tenía buenas amistades con los chicos, pero el corazón seguía libre.

Hasta que el sentimiento floreció de repente. Rafael no era como los anteriores. Por eso, quizá, Carmen cayó en el lazo que, hábil, tendió el joven de ojos oscuros; quedó atrapada como un pajarillo.

Ella estudiaba Filología en la Universidad Complutense, pensaba en ser profesora de idiomas. Se conocieron en una jornada universitaria multitudinaria: él ya tenía su licenciatura, hacía el doctorado y trabajaba en una empresa de éxito de Madrid.

Cuando Rafael, elegante, alto y con un aire encantador, se puso a conversar con Carmen, ella no se cohibió. Ya otros chicos así se le habían acercado; sin embargo, cuanto más hablaban, más evidente quedaba que él era distinto a todos los que conocía.

Dominaba bien la palabra, podía hablar de cualquier cosa: literatura española y extranjera, música, pintura, política. Y lo hacía sin presunción ni pose, hablando de verdad, mostrando interés sincero también por la opinión de Carmen.

¿Y si nos tuteamos ya? propuso Rafael. Llevamos una hora hablando y seguimos usando el usted como si estuviéramos en un examen.

Me parece bien respondió Carmen con una sonrisa radiante. Le caía muy bien ese joven tan respetuoso, y sentía dentro algo que antes jamás había sentido.

Tienes una mirada en la que uno podría perderse para siempre dijo él en voz baja. No he visto nada igual. Y esa sonrisa es como una ola de calor por todo el cuerpo. Perdona mi sinceridad.

No pasa nada repuso Carmen, ruborizada, y pensó que aquellas palabras no le molestaban en absoluto, más bien todo lo contrario.

Se sorprendía a sí misma la chica. Siempre había sido atrevida y dicharachera y, de repente, sentía algo de timidez y las piernas le temblaban. Se enfadó consigo misma y hasta se pellizcó intentando recomponerse, sin darse cuenta de que Rafael lo vio.

¿Por qué te pellizcas? se quedó boquiabierto él. Debe de doler.

Entonces a Carmen le dio la risa, y Rafael la siguió. Los que estaban a su alrededor se giraban, intuyendo que entre aquellos dos había algo especial: la joven, chispeante; el muchacho, incapaz de apartar la mirada.

Comenzó entre Carmen y Rafael una relación. Ella supo que él venía de buena familia, que sus padres, de clase acomodada, le habían comprado ya un piso. Antes pensaba que chicos así serían altivos y jamás capaces de amar de verdad.

Pero Rafael era sencillo, afectuoso, siempre atento, sin imponerse jamás. Bastaba que Carmen comentara una lección interesante para que él ofreciera charla, preguntando, compartiendo, explorando juntos los temas.

Nunca en la vida me había pasado esto confesó Rafael una tarde. Te veo todos los días y, apenas me despido, ya te echo de menos.

A mí me ocurre igual respondió Carmen, sonrojándose. Y aunque era todo muy natural, Rafael le removía algo en lo más hondo del alma.

El chico presentó a Carmen a sus padres. El padre, que viajaba a menudo por trabajo, la aprobó en la primera comida juntos. Pero fue la madre, Soledad, quien no cabía en sí de gozo con la joven.

¡Esto es un milagro de chica! repetía. No sabía que quedasen chicas así: sencilla y sincera. Tiene algo en el rostro, no es una belleza pero no puedes dejar de mirarla y escucharla hablar, que es como música.

Ni yo sabía que me toparía con un tesoro así le confiaba Rafael. Es como una abubilla de colores vivos. Cuando está cerca, todo se ilumina.

¿Ya tiene dieciocho? preguntó Soledad.

Sí, madre, pronto cumplirá veinte.

¿Entonces a qué esperas? suspiró Soledad. Pídela en matrimonio, que si no lo haces aparecerá alguien y tendrás que pelear por tu tesoro.

Pero siempre me habéis dicho que no tuviera prisa con el matrimonio recordó el hijo.

Eso era porque hay mucha joven interesada que, si te casas con una, te cuelga dos críos y no quiere doblar la espalda en casa. Te come la vida y lo mejor que puedes hacer es mantenerla si logras echarla. Pero Carmen no es así, ¿verdad?

No, madre. Es sencilla, alegre, atenta, y seguro que buena ama de casa.

Eso es, hijo concluyó Soledad. No lo dudes, nosotros apoyaremos vuestra boda.

Carmen nunca había pensado casarse siendo aún estudiante, pero cuando Rafael se lo propuso, aceptó sin vacilar. Sabía que, en su familia, todos lo aprobarían. Los padres conocían y apreciaban a Rafael, y las dos abuelas, a coro, le dieron su bendición, aunque al anunciarlo, sobre la mesa se hizo un denso silencio.

Hija, ¿no crees que es demasiado pronto? susurró Mercedes. A ella le caía bien Rafael, pero no suponía que el primer amor de Carmen acabaría en boda.

Mamá, ¡pronto cumplo veinte!, tú a esa edad ya me tenías respondió Carmen.

Mercedes suspiró sin saber por qué algo se le encogía en el pecho.

La abuela Pilar calló. Sabía que la nieta no haría caso. El corazón joven es indómito. No la desanimó, aunque le pesara verla abandonar tan pronto su despreocupación de niña.

El padre tampoco puso objeciones nunca imponía su criterio a nadie. Besó a su hija, acarició los cabellos de oro viejo y prometió ayudar en lo que pudiera.

Carmen entendió que su familia no quería verla casarse tan pronto, pero era tan feliz que no dejó que la tristeza le aguara el ánimo. Se lo contó a su mejor amiga, Lucía, quien también reflexionó.

Rafa es muy apuesto frunció el ceño Lucía. Encantador y parece que te quiere, pero apenas le conoces.

¡Sí le conozco, y bien! rió Carmen.

¿Apenas lleváis juntos unos meses! insistió Lucía. ¿Y si resulta ser tacaño?

Es el más generoso que he visto, siempre tiene un detalle. Hasta me regaló hace poco un anillo. El peligro es que gasta demasiado en sorpresas.

¿Y si su madre es una arpía? ¿Te hará la vida imposible?

Soledad es un amor. Dice que fue ella la que le animó a pedirme la mano.

¿Y no será que bebe? aguzó la mirada la amiga.

¡Ni gota! Ni fuma, ni sale de juerga Carmen reía encantada.

¿Desastre en casa? ¿Deja todo tirado?

Carmen rompió a carcajadas, contando que Rafael era maniático del orden, siempre impecable en casa y en su ropa.

Pues solo me queda desearte suerte concluyó Lucía encogiéndose de hombros. Que seas feliz.

Se dieron un abrazo y Carmen volvió a casa con la mente puesta en las clases: con la boda habría menos tiempo para los estudios.

La boda fue alegre pero sencilla. Los suegros querían gran fiesta, pero los jóvenes decidieron guardar esos euros de más (que no eran pocos) para su nido. Mejor gastar después como prefirieran.

En verano nos vamos de viaje, cariño anunció Rafael. Cuando tú tengas vacaciones y yo días libres, y mientras disfrutamos juntos en nuestro hogar.

Me parece perfecto respondió la joven, iluminando la habitación con su sonrisa única.

Rafael no podía dejar de mirarlaesa risa le volvía loco. Menos podía imaginar que, con los meses, esa sonrisilla iba a extinguirse y la luz de sus ojos, apagarse.

Sabía Carmen que la vida doméstica no era sencilla siempre. Lo que jamás pensó es que los primeros problemas aparecerían ya al día siguiente.

Carmen, cocinas de modo un poco sucio, ¿no crees? reprendió Rafael en la cocina. Aquí restos de zanahoria, allá de remolacha.

Estoy preparando cocido, Rafa. Cuando termine, recogeré todo respondió ella en tono calmado.

Cuando termines, la cocina parecerá un vertedero refunfuñó él, levantando escoba y trapo, y comenzó a limpiar mientras murmuraba sobre el orden y la limpieza.

Por la mañana, Carmen preparó café para dos y lo sirvió en las tazas. Cortó queso y jamón, preparando el desayuno para ambos.

Hija ¡has salpicado la mesa de café! regañó Rafael. No me da la vida para fregar antes de salir todos los días.

Sienta, desayuna, que ahora limpio dijo Carmen, viendo apenas una manchita. Apenas se ve, ni me había dado cuenta.

Porque no eres atenta, Carmen suspiró el joven.

No te quejes, que lo limpio después. O mejor, friega tú sonrió Carmen.

Rafael la miró, ofendido. ¡Su madre jamás habría dejado así la cocina!

Suspiró, fregó él mismo las tazas, pero se quedó con mal sabor de boca.

¡Ya sé qué podemos hacer este fin de semana! propuso Carmen durante la cena, viendo a Rafael saborear el pollo asado que preparó.

¿Una limpieza general? soltó Rafael sin levantar la cabeza.

Muy gracioso Para nada contestó ella.

Lo dices y no lo dices Yo ya esperaba que pidieras limpieza a fondo.

¿Y por qué íbamos a hacerla? Si limpias regularmente, no hace falta tanto.

Justamente, limpiar regularmente cosa que tú no haces fustigó Rafael.

Carmen frunció el ceño. Ella pasaba el polvo, aspiraba, fregaba lo justo para que la casa estuviera recogida, como había hecho toda la vida: sin dedicarse horas y horas. Solo hacía limpieza general dos veces por año, y ya iba bien.

¿Sólo dos veces al año? se horrorizó Rafael.

Cariño, no te entiendo replicó seria Carmen. Llevas la limpieza a un límite Yo también aprecio el orden, pero lo tuyo es casi obsesión.

No, el problema es tuyo, Carmen. Esperaba que con el tiempo fueras aprendiendo, pero la casa está cada vez más descuidada.

Carmen miró a su alrededor, extrañada: la casa relucía, no había polvo ni desorden. Las ventanas, limpias desde anteayer. Si Rafa quería aún más, necesitaríamos mejor equipamiento.

Si quieres limpieza absoluta, deberíamos comprar una limpiadora de cristales. Hay baratas, y nos queda dinero de la boda.

¿Una limpiadora de cristales? sonrió agrio Rafael. Una mujer de verdad es feliz cuidando su nido, no confiando en máquinas sin alma.

Bueno, si nos ponemos así, tampoco tendríamos aspiradora, ni lavadora. Es absurdo, Rafa. Vivimos en el siglo XXI y tenemos aún dinero ahorrado; podríamos comprar también un lavavajillas pequeño.

¿Y ya que estamos, quieres un robot de limpieza? saltó él.

Rafael miró a su mujer como si no la reconociera. Mejor que Carmen hablara con su madre, seguro que ella le hacía entender cómo tratar la casa.

Soledad, al oír los lamentos de su hijo, asintió y llamó a Carmen a tomar un té. Le contó cómo, cuando se casó, fue a vivir a una casa de campo sin agua corriente ni lavadora, y que, al mudarse a Madrid, limpiar y fregar le resultaba una alegría, un placer cuidar del hogar y de los suyos.

Salió Carmen de allí confundida: le habían hablado amablemente, pero sentía un peso en el pecho. Igual que cuando pensaba en Rafael. Era buen marido: no bebía, no salía, no pegaba; solo amaba la limpieza. ¿Cómo iba a quejarse?

Rafael empezó a llamarla “desordenada” entre mimos y besos, mientras señalaba con el dedo una esquina que solo él veía sucia.

Ir al campo, pasear o ver amigos cosas que antes Carmen ansiaba pasó a segundo plano. Ahora su mayor preocupación era dejar la casa lo suficientemente limpia para que Rafael aprobara.

Hasta soñaba que, tras horas inacabables de fregar, Rafael y Soledad aparecían con linterna buscando motas de polvo. Esperarla a él en casa ya no era alegría, sino nerviosismo.

¿Hace cuánto no limpias la lámpara esa? preguntó Rafael después de cenar. Todo resplandecía, pero él encontraba algo nuevo.

Un día, para el cumpleaños de Carmen, Rafael invitó a todas sus amigas. Incluso pidió a su madre un bizcocho. Pero tras la fiesta, volvieron las recriminaciones:

Vinieron quince personas y no has limpiado el váter rezongaba.

¡Sí que lo he limpiado! respondía Carmen, harta. Si limpió la casa entera por eso.

Pero mal. ¿No ves que es foco de infecciones?

A veces Carmen cedía para evitar pelea; otras respondía con cansancio. Hasta empezó a imaginar cómo sería despertar y sentirse libre, sin esos ojos escrutadores.

Irse, tal vez, si la cosa no mejoraba. Pero se imaginaba la conversación con su madre o la abuela:

¿Bebe? ¿Grita? ¿Te engaña? ¿Se va de casa y no vuelve?.

No. Solo quiere la casa perfecta y yo soy una dejada, se decía Carmen, mientras seguía frotando el suelo.

Rafael pronto sumó otras quejas. Según él, su mirada ya no tenía brillo y su sonrisa ya no era cálida.

Ya no luces como antes, Carmen se lamentaba. Tu alegría me daba alas. Ahora se ha apagado el fuego.

Carmen intentaba sonreír, pero la risa le salía forzada, y los ojos, por mucho que lo buscara, seguían tristes.

Un día Rafael se fue de viaje de trabajo y Mercedes decidió visitar a su hija. Se acercó y casi no la reconoció: Carmen la recibió con la bayeta en la mano, y ni sentándose a merendar dejaba de limpiar.

Siéntate, hija, tómate el té tranquila y charlemos dijo Mercedes tiernamente.

Tómalo tú, mamá, yo sigo, está todo muy sucio, perdona.

¿Sucio? exclamó la madre mirando a su alrededor. Si no hay ni una mota, los cristales relucen pero

¿Pero qué, madre?

Tus ojos, Carmen, no brillan. Antes parecías un solete, ahora te has marchitado. ¿Qué ocurre contigo?

Carmen dejó caer la bayeta, se sentó y se lo contó todo a su madre.

Mercedes escuchó en silencio, sin interrumpir: no podía creer cómo su hija, que había traído tanta luz, estaba ahora opacada por el agobio. Hasta el pelo parecía haber perdido el dorado y su sonrisa, los hoyuelos.

¿Por qué no me lo contaste antes? le susurró la madre. Pensé que todo iba bien y no quería entrometerme.

Y justo que hiciste bien respondió Carmen triste. ¿Cómo me ibas a ayudar? Si es que soy una dejada, como dice Rafa.

¡Menudo necio te ha tocado! explotó Mercedes y, aunque no dijo más a Carmen, empezó a pensar cómo ayudarla.

Carmen la abrazó, agradeciéndole solo eso: escucharla sin juzgarla.

Gracias, mamá, por escuchar y no juzgar murmuró.

Mercedes lo contó a su marido, el padre de Carmen, que inesperadamente estalló:

¡Mañana traemos a nuestra hija de vuelta, y ni media palabra más! Ya está bien.

Nunca has impuesto tus opiniones sonrió Mercedes.

Una vez hay que saltarse los principios por el bien de la hija repuso él. ¡Le voy a decir a Rafael cuatro cosas!

A la mañana siguiente, ambos recogieron a Carmen. Rafael seguía de viaje y no pudo interponerse. A ella la descolocó, pero la determinación de su padre le hizo sentirse protegida y, por primera vez en mucho tiempo, agradecida por dejarse guiar: él deseaba su felicidad, quería sacarla de una jaula en la que su juventud y falta de experiencia la habían metido.

A Carmen le dolía dejar a Rafael así y le llamó para anunciar el divorcio.

Perdóname, Rafa. Esto no funciona. No pude ser la esposa que esperabas, ni conseguir mi propia felicidad.

Para Rafael fue un golpe. La llamó sin éxito; al volver a Madrid, intentó hacerla volver y prometió comprar todos los aparatos del mundo si hacía falta. Pero Carmen tenía clara su decisión.

Meses después, Rafael cruzó con ella en la calle y apenas pudo creer lo que veía: volvía a lucir aquellos ojos radiantes, la sonrisa luminosa y el cabello resplandeciente. Como si fuera, de nuevo, esa abubilla de mil colores y la luz pintase el mundo a su paso.

Carmen le devolvió una sonrisa amplia y sincera. A Rafael le cruzó fugaz el pensamiento de que quizá tendrían una segunda oportunidad. Pero enseguida supo que había perdido para siempre a su pequeña abubilla de colores.

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El pájaro arcoíris: un canto de alegría y color
— ¡Don Vasilo, que se le han vuelto a pegar las sábanas! — La voz del conductor del autobús resuena amable, aunque con un pequeño reproche. — Es la tercera vez esta semana que le veo correr detrás del bus como alma que lleva el diablo. El pensionista, con la chaqueta arrugada, respira con dificultad, apoyado en la barra. Su pelo canoso está alborotado, las gafas caídas hasta la punta de la nariz. — Discúlpame, Andrés… — dice el anciano, recuperando el aliento, mientras saca de su bolsillo unos billetes arrugados. — Parece que el reloj se retrasa. O quizá sea yo, que ya no… Andrés Victoria —conductor de larga trayectoria, unos cuarenta y cinco años, curtido por el sol de tanto recorrer la ruta— lleva transportando a la gente desde hace veinte años, y conoce a muchos pasajeros de vista. A este abuelo lo recuerda especialmente: siempre educado, callado, viaja cada día a la misma hora. — Anda, suba, no se preocupe. ¿A dónde hoy? — Al cementerio, como siempre. El autobús arranca. Don Vasilo se acomoda en su sitio habitual: tercera fila junto al cristal. Lleva una bolsa de plástico ajada con unas cuantas cosas dentro. Hay pocos pasajeros: es un día laborable por la mañana. Unas estudiantes charlan animadamente, un hombre con traje absorto en su móvil. La vida de siempre. — Oiga, Don Vasilo —Andrés mira al anciano por el retrovisor—, ¿usted va todos los días allí? ¿No se le hace pesado? — ¿Adónde voy a ir, hijo? —contesta bajito, mirando por la ventanilla—. Mi mujer está allí… Lleva ya año y medio. Y le prometí que iría cada día. Algo se le encoge al conductor. Él también está casado y adora a su mujer. Ni siquiera puede imaginar… — ¿Le pilla muy lejos de casa? — Qué va, media hora en bus. A pie tardaría más de una hora, las piernas ya no acompañan. Y la pensión me da justo para el autobús. Van pasando las semanas. Don Vasilo es un fijo en el primer viaje de la mañana. Andrés se acostumbra; hasta le espera. Hay veces que el abuelo se retrasa—Andrés aguarda un par de minutos adrede. — No hace falta que me espere —le advierte un día Don Vasilo, consciente de que el conductor le ha estado aguardando—. El horario es el horario. — Bah, por un par de minutos no pasa nada —Andrés le resta importancia. Una mañana, Don Vasilo no aparece. Andrés espera… quizá llegue tarde. Pero no viene. Tampoco el día siguiente, ni el otro. — Oye, la verdad que echo de menos al abuelo ese que iba al cementerio —le comenta Andrés a Tamara, la revisora—. ¿No habrá enfermado? — Quién sabe —ella se encoge de hombros—. Igual tiene familia de visita, o vete a saber… Pero algo le inquieta a Andrés. Ya estaba acostumbrado al pasajero callado, a su “gracias” educado al bajar, a su sonrisa triste. Una semana pasa. Y nada de Don Vasilo. Andrés, decidido, en su descanso del mediodía va hasta la última parada, el cementerio. — Disculpe —le pregunta a la mujer portera de la entrada—, por aquí venía siempre un señor mayor, Don Vasilo… canoso, con gafas, siempre con una bolsita. ¿No le habrá visto usted últimamente? — ¡Ah, claro que sí! —la mujer asiente—. Venía todos los santos días, a ver a su señora. — ¿Y ya no aparece? — Lleva una semana sin venir. — ¿Habrá enfermado? — Quién sabe… Él me dio una vez la dirección: vive cerca, en la calle Jardín, número tal. ¿Usted es familiar? — Soy el conductor del bus. Le traía cada día. Calle Jardín, 15. Un edificio antiguo, pintura descascarillada en el portal. Andrés sube al segundo piso, llama a una puerta cualquiera. Le abre un hombre de unos cincuenta años, adusto. — ¿A quién busca? — Busco a Don Vasilo. Soy el conductor, venía siempre conmigo en el autobús… — Ah, el abuelo del piso doce —le suaviza el gesto—. Está en el hospital. Le dio un ictus hace una semana. A Andrés se le cae el alma a los pies. — ¿En qué hospital? — En el general, el de la Avenida Lorca. Dicen que lo pasó mal al principio, pero que va mejorando poco a poco. Por la tarde, al salir de trabajar, Andrés va al hospital. Localiza la planta, pregunta a la enfermera de guardia. — ¿Don Vasilo? Sí, está aquí. ¿Y usted es…? — Un amigo… —titubea, no sabe cómo explicarlo. — En la habitación seis. Pero está muy delicado, no se alargue mucho. Don Vasilo está tumbado junto a la ventana, pálido, pero despierto. Al ver a Andrés, tarda en reconocerlo, luego abre mucho los ojos, sorprendido. — ¿Andrés? Pero tú… ¿cómo me has encontrado? — Nada, te buscaba —sonríe tímido el conductor, mientras deja una bolsa de fruta sobre la mesilla—. Me preocupara. No aparecías y… — ¿Te has preocupado por mí? —en los ojos del anciano brilla algo húmedo—. Si yo no soy nadie… — ¿Cómo que no? Eres mi pasajero de siempre. Hasta te echo de menos cada mañana. Don Vasilo calla, mirando al techo. — Al cementerio… no he ido ya en diez días —murmura—. Es la primera vez en año y medio. He fallado a mi promesa… — Qué va, mujer suya lo comprenderá. La salud es lo primero. — No sé… —niega el anciano—. Siempre iba, le hablaba del día, del tiempo… Y ahora aquí, y ella sola allí… Andrés ve lo que sufre el hombre y la decisión le viene fácil. — Si quieres, voy yo. A ver a tu esposa. Le digo que estás en el hospital y que pronto te repondrás… Don Vasilo le mira, con mezcla de duda y esperanza. — ¿Lo harías? ¿Por una persona que ni conoces? — ¿Que no te conozco? —ríe Andrés—. Después de un año y medio viéndonos cada día, eres más de la familia que muchos. Al día siguiente, Andrés va al cementerio en su día libre. Busca la tumba: en la lápida, la foto de una mujer de mirada bondadosa. «Ana Moreno Pérez. 1952-2024». Al principio no sabe qué decir, pero las palabras salen solas: — Buenas, Doña Ana. Soy Andrés, el conductor del autobús. Su esposo viene cada día… o venía. Ahora está en el hospital, pero se está recuperando. Me pidió que le dijera que la quiere y que pronto vendrá él mismo… Habla más —de lo buena persona que es Don Vasilo, de cómo le echa de menos, de su fidelidad irreductible. Se siente torpe, pero algo dentro le dice que hace lo correcto. En el hospital, Don Vasilo ya está más fuerte, el color de la cara le ha vuelto. — Ya he ido —dice Andrés simplemente—. Le he contado todo. — ¿Y… cómo estaba? —le tiembla la voz. — Todo bien. Alguien le ha puesto flores frescas, seguro que algún vecino. Todo cuidado. Ella espera su vuelta. Don Vasilo cierra los ojos, las lágrimas silenciosas le caen por la cara. — Gracias, hijo. Mil gracias… A las dos semanas le dan el alta. Andrés le recoge en la puerta y le lleva a casa. — ¿Nos vemos mañana? —pregunta al despedirse, cuando el anciano recoge la bolsa. — Por supuesto —asiente Don Vasilo—. A las ocho en punto, como siempre. Y así, a la mañana siguiente, allí está en su sitio de siempre. Pero entre él y Andrés, algo ha cambiado: ya no son solo conductor y pasajero, hay algo más. — Mire, Don Vasilo —le dice Andrés un día—, los fines de semana le llevo yo al cementerio en mi coche. No por trabajo, sino porque sí. Mi mujer y yo no tenemos inconveniente. — Qué va, cómo te voy a hacer eso… — Ya estoy acostumbrado, hombre. Además, mi esposa siempre dice: «Si es buena gente, hay que ayudar». Y así se queda la costumbre: en los días laborables, bus; los fines de semana, Andrés en su coche particular lleva al anciano. A veces va su mujer también, y todos se hacen amigos. — ¿Sabes? —le dice un día Andrés a su mujer—. Yo pensaba que esto era solo un trabajo: horarios, rutas, pasajeros… Pero ahora sé que cada persona en este autobús es una vida, una historia entera. — Bien lo sabes —le responde ella—. Qué suerte que no pasaste de largo. Y Don Vasilo les dice un día: — Cuando murió Anica, pensé que para mí la vida se acababa. Que ya no importaba. Pero resulta… resulta que a la gente sí le importo. Y eso significa mucho. *** ¿Y vosotros qué opináis? ¿Habéis visto en alguna ocasión cómo la gente corriente es capaz de hacer grandes cosas?