En 1951, un chico madrileño de 14 años, Jaime Herrero, despertó en la cama de un hospital… con más de cien puntos en el pecho. Los médicos acababan de extirparle un pulmón. Para sobrevivir, necesitó nada menos que trece transfusiones de sangre de completos desconocidos personas cuyos nombres jamás conocería.
Su padre, Rogelio, estaba sentado a su lado y dijo una frase que marcaría la vida de Jaime para siempre:
«Sigues vivo sólo porque alguien decidió donar su sangre».
En aquel instante, Jaime hizo una promesa: cuando cumpliera los dieciocho, él sería donante de sangre. Devolvería aquello que una vez le salvó la vida.
Pero había un problema: Jaime tenía un terror irracional a las agujas.
A pesar de ello, el día que cumplió la mayoría de edad y pudo donar sangre legalmente en España, fue al centro de donación. Tomó asiento, fijó la mirada en el techo y dejó que la enfermera hiciera lo suyo.
Nunca miraba la aguja. Ni una sola vez.
Así lo haría durante los 64 años siguientes.
Lo que no sabía entonces era que su sangre era única.
Tras unas cuantas donaciones, los médicos descubrieron algo asombroso: el plasma de Jaime contenía un anticuerpo extremadamente raro probablemente desarrollado gracias a las transfusiones recibidas en la infancia. Ese anticuerpo podía prevenir una peligrosa afección conocida como incompatibilidad Rh.
Antes de este descubrimiento, miles de bebés españoles morían cada año por este motivo. Cuando una mujer con factor Rh negativo quedaba embarazada de un hijo Rh positivo, su cuerpo podía atacar los glóbulos rojos del feto.
Abortos. Bebés nacidos sin vida. Daños cerebrales.
Y la solución estaba en la sangre de Jaime.
Los médicos le preguntaron si estaría dispuesto a donar, no sólo sangre, sino también plasma. Eso significaba procesos más largos noventa minutos en lugar de veinte, visitas frecuentes al hospital. Durante toda una vida.
Jaime pensó en su miedo.
Y luego pensó en los niños.
Y aceptó.
Durante 64 años, Jaime Herrero no faltó ni una sola vez.
Donaba plasma tanto en días felices como cuando su mundo se oscurecía. Lo hacía mientras trabajaba en Renfe, la compañía ferroviaria, y continuó al jubilarse. Ni siquiera la muerte de su esposa Bárbara en 2005 el periodo más difícil de su vida, como él mismo decía lo detuvo.
En cada sesión todas y cada una de las 1173 veces Jaime contaba baldosas, conversaba con las enfermeras, miraba el techo… cualquier cosa para no ver la aguja.
El miedo nunca desapareció.
Pero él siempre volvía.
El destino le preparó otra sorpresa: cuando su propia hija se quedó embarazada, necesitó el medicamento obtenido a partir del plasma de su padre. Su nieto, Samuel, vive hoy gracias a una decisión que su abuelo tomó décadas atrás.
En mayo de 2018, con 81 años, conforme a la ley española, Jaime donó plasma por última vez.
Aquel día, en la sala, varias madres sostenían a sus bebés sanos en brazos prueba viva del heroísmo silencioso de Jaime. Muchas le agradecieron con lágrimas en los ojos.
Jaime se sentó una última vez, volvió la mirada y donó plasma por la vez 1173.
Desde 1967, se han producido más de tres millones de dosis del medicamento Anti-D a partir de componentes de su sangre. Científicos estiman que su generosidad ha ayudado a salvar la vida de unas 2,4 millones de bebés solo en España.
Cuando le llamaban héroe, Jaime sólo sonreía y decía:
«Lo único que hago es sentarme en una sala cómoda, donar sangre, tomarme un café y un trozo de bizcocho y luego irme a casa. No tiene más misterio.»
Jaime Herrero falleció plácidamente mientras dormía el 17 de febrero de 2025, a los 88 años.
A menudo buscamos héroes en el cine o los libros de historia: personas con superpoderes, fortuna o fama.
Y a veces, el héroe es simplemente quien cumple una promesa durante 64 años.
Alguien que siente un miedo profundo, paralizante, y aun así hace lo correcto.
Porque millones viven hoy porque una persona decidió que su miedo era menos importante que la vida de otros.
Y tú, ¿qué pequeño pero valiente paso podrías dar, incluso aunque te aterre?






