¡Vaya con el papelito, qué poco hecho, Egorín! ¡Merecerías una azotaina de las de antes, pero ya no hay quien pueda, ni es el momento! ¡A tu edad y sin una pizca de seso en la cabeza!
La abuela Sima escupió al suelo delante de su vecino y, arrastrando su pierna mala, se marchó a su casa. Ella ya había hecho su parte, y lo demás… que la conciencia de él diga cómo debe vivir. Si la gente no pudo meterle juicio, igual el destino se encarga.
¡Mira tú! ¿A quién se le ocurre? ¡Tratar de meter a su propia madre en una residencia! ¡Pero esto dónde se ha visto! Sí, doña Claudia ya está encamada ahora, pero ¿es que acaso no es él su hijo y no un extraño? ¡No hay derecho! Si Sima se valiera, ni un minuto lo pensaba; se llevaba a su amiga a su casa. Pero así…
Pena le da Marianita. Buena chica, claro, pero tampoco es una mula para llevar todo a cuestas. Ella se quedó en el pueblo, no se marchó a estudiar cuando su madre enfermó. Bueno, en realidad se fue al principio, pero luego regresó: no pudo dejar solas a su madre y a su abuela. Ayudaba porque sabía que ella, Sima, ya no podía cuidar a su hija; bastante tenía ella misma. Después de aquel accidente y la pierna rota hace dos años, Sima está peor aún. Si ya antes casi no podía andar, ahora ni eso.
La hija más joven quiso llevarse a Sima a su piso en la ciudad, pero ella se negó. ¿Dónde iban a meterla? El piso es de esos de Madrid, pequeño, no caben ni todos juntos. El yerno, sí, buen hombre, pero muy callado y sin empuje. Trabaja y trabaja, pero nunca avanza. Tienen dos niños, y cuesta salir adelante. Y Sima, ahora, no es ninguna ayuda. Antes sí, controlaba el corral y apoyaba a los hijos, pero ahora… una ruina. Marianita se enfada cuando ella habla así, pero es la verdad, ¿para qué mentir? Salud no tiene, y la poca fuerza, se le va. Por la mañana, levantarse ya es difícil. Abre los ojos, piensa en el día, y tiene que recoger los restos de energía como quien barre carbón en una pala. ¡En montoncito! Y allá va.
Eso sí, Marianita, la nieta, es más rápida que una cabra montesa. Cuando Sima se despereza, la chiquilla ya ha hecho la casa, ha atendido a su madre y ha salido corriendo al curro. Una chispa. Siempre fue así.
Sima tuvo a su hija mayor, la madre de Marianita, bien tarde. Ni lo esperaba ya. Solo a un paso de resignarse.
El primer marido no le perdonó la esterilidad, se fue. Sima lo lloró, pero no mucho; sabía que él no la quería tanto. Ella ardía, él ni chispa.
De joven, Sima era guapa, de las que no se ven. Brillaba entre todas las mozas del pueblo. Los chicos la cortejaban ya en la escuela, pero ella era reservada, esperaba el amor de verdad. Pensaba que el indicado llegaría pronto, pero nada. El tiempo pasaba: la madre la regañaba.
¡Mucho elegir, y te vas a quedar para vestir santos!
¿Y cómo explicar el desinterés, si el chico no llenaba su corazón?
Hasta que vino del servicio un chaval de un pueblo vecino; de esos que nunca has visto. Volvió a casa de los abuelos, nadie sabía bien por qué. Y Sima… se enamoró al verlo. Alex le correspondió y pronto pidió la mano. La madre de Sima, feliz: ya era hora.
Tuvieron una boda alegre y grande. Sima era tan feliz, que ni notó el cuchicheo en las mesas. Solo al sentir la mano de su suegra y ver a la señora del pañuelo negro junto a un carrito de bebé, lo entendió: Alex tenía un hijo de antes, un lío al volver del ejército. Lo contó luego, pero Sima nunca prohibió el trato con el niño. Pronto vio que su Alex solo se quería a sí mismo. Los demás… solo para que el cuadro quedara bonito.
No había motivos concretos para quejarse: buen trabajador, la casa abundante… pero faltaba algo. En quince años juntos, Sima no sintió el calor del marido. Y cuando él, de pasada, le dijo que una mujer estéril no servía, Sima comprendió que su vida no llevaba a ningún lado.
Se separaron rápido, sin grandes dramas. Alex dejó la casa a Sima y se marchó.
No guardes rencor, la culpa es de ambos, pero quien tenía que afrontar esto era yo.
No fue perdón completo, pero a Sima se le aligeró el alma. ¿Qué hacer si esa es tu suerte? Belleza de sobra, felicidad… no tanta.
Pasó dos años sola: trabajaba y paseaba con la cabeza alta, sin prestar oído a las habladurías. Pero el corazón dolía: anhelaba un hogar con voces, no tantas paredes vacías.
No se unió de inmediato a Nicolás. Lo observó mucho tiempo. No era joven, ni del pueblo. Nadie sabía de él, vivía como un ermitaño en la vieja casa de su abuelo, sin molestar a nadie, ayudando donde podía, pero nunca pidiendo nada.
Al final, Sima aceptó siquiera para no abonar la soledad; peor no podría ser, pensó. No esperaba nada, pero el destino quiso darle una alegría: se quedó embarazada, sin imaginarlo, pasados cinco meses. Ni síntomas, ni molestias. Fue la vecina Claudia quien se dio cuenta:
Pero si estás encinta, Sima le dijo un día.
¿Yo? ¡Si siempre fui estéril…!
Eso no siempre es culpa de la mujer. Igual era cosa de Alex. Ve al médico, a ver si tienes suerte.
Sima volvió de Madrid radiante. La miraban por la rebosante alegría.
Una hija, luego otra. Sima enderezó la espalda. Ya no había vergüenza, era madre. Amó a sus hijas con locura. Todas las niñas de la aldea parecían suyas: siempre limpias, vestidas de domingo, aunque se subieran a los olmos o chapotearan en el arroyo. Sima no regañaba, enseñaba. Lavado, costura, de todo: lo práctico era ley.
Nicolás faltó cuando la menor se casó. Fue a visitarla a la ciudad y ya no volvió. Un accidente de tráfico acabó con él. Sima cayó en la tristeza, pero las niñas la mantuvieron en pie. La mayor fue madre y nació Marianita, y Sima revivió.
La nieta creció igual de guapa y terca. Si se le metía una idea, no había quien la parara.
Mientras Marianita solo pensaba en el estudio, Sima estaba tranquila. Pero cuando se enamoró, fue un drama. Y nada menos que del vecino Egor, cinco años mayor. Él ya tenía sus cosas, ni se fijaba en la chiquilla que aún no tenía dieciséis. Ella, firme, insistía: “Lo amo”, y ni con una estaca en la cabeza cambiaba de opinión.
Egor miraba a Lucía, que tampoco era ninguna belleza, pero vestía como en los desfiles de Salamanca, todo porque su padre la mimaba. Pero Lucía tenía otro galán de un pueblo cercano, tan mimado y caprichoso como ella. Salían y un día, regresando en moto, desaparecieron. Nadie supo la verdad, pero Lucía volvió al alba, molida, con el vestido roto. Solo Sima la vio cruzar el huerto al amanecer, sin atreverse a hablarle.
Y una semana después, boda urgente: los padres de Lucía la marronaron a casarse con Egor, rápido y sin preguntas. Egor era el más feliz, pero Claudia su madre se temía lo peor:
Sima, aquí pasa algo. Lucía no va a Egor por amor. Y él, que la adora, ni dormía ya.
Sima escuchó y calló, no era cosa de airear desgracias ajenas. Bastante tenía en casa: Marianita llorando todo el día, mirando la boda desde la ventana, inconsolable. Sima la animaba a irse a la ciudad con la tía, estudiar, olvidar. Pero la nieta no hacía caso. ¿A qué esperaba?
Hasta el día de la boda: fue con Sima y su madre, silenciosa y con los ojos secos. A mitad del convite se marchó. Su madre, preocupada, corrió tras ella. Pero Marianita, calmada y firme, hizo la maleta, abrazó a las dos y se fue a la ciudad. Lloraron tras ella, y rezaron para que el tiempo curara.
Pero la desgracia llegó pronto. Su madre enfermó y no volvió a caminar. Marianita regresó a cuidar de Sima. Y, por suerte, Egor y Lucía se habían marchado del pueblo tras la boda.
Marianita se puso manos a la obra: cuidó la casa, pidió trabajo en la granja. No era delicadita, nunca le dio miedo ensuciarse. Montó su propio corral y así vivieron. Marianita también cuidaba de Claudia, la madre de Egor, que estaba sola: el hijo lejos, mandando euros cuando podía, pero poco más. Lucía le dio dos niños, un chico y una chica, pero Claudia nunca los vio: Lucía no quería saber del pueblo, y Egor, metido en su camión de mercancías, apenas daba señales de vida. Claudia, consumida de preocupación, enfermó.
Tan pronto hospitalizaron a Claudia, Sima escribió a Egor, pero nunca llegó respuesta. Sima volvió a escribir, y luego dijo:
Quizá renunció a su madre. ¡Hijo, mira qué papelito nos ha salido este chico! Y eso que yo lo tenía por buena gente.
Abuela, espera. Si no estás segura, no lo juzgues tan duro. Ya verá su conciencia.
No sé, hija mía Nunca creí que Egor haría esto. Si era tan tierno con Claudia…
¿Por qué le llamas “papelito”?
Historia vieja, por eso jamás pensé que Egor acabaría así.
¡Cuéntame!
Cuando era niño, Egor coleccionaba papeles de caramelos como todos, valían casi su peso en oro por lo escasos que eran. Claudia tenía dos gallinas preciosas, blancas, con una cresta de plumas que era la envidia de todos. Un día, el perro del amigo de Egor las mató. Claudia lloró mucho. Egor, para compensar, intercambió toda su colección de papelitos con otro muchacho que iba a la ciudad, rompió la hucha y le trajo a su madre una gallina igual.
¡Olé!
¡Eso sí era tener buen corazón! Por eso duele tanto verla así…
Pasó el tiempo, y Egor no daba señales. Pero una semana después de que Claudia volviera del hospital, Egor apareció, inesperado. Marianita se había acostumbrado a cuidar a dos enfermas, y aunque Sima refunfuñaba por el esfuerzo, lo hacía por pura generosidad.
Un día, mientras Marianita limpiaba la casa de Claudia, un niño entró corriendo y le preguntó:
¿Eres mi mamá?
Fue tan directo, que Marianita se quedó helada. Egor llegó tras él, con una niña de la mano.
Perdona que haya tardado dijo Egor. Máximo estaba ingresado, y no podía dejar sola a la pequeña Milagros. Lucía ya no está. Se fue con otro. Ahora me tocó hacerme cargo solo.
A Marianita se le escapó un comentario:
¿Y Lucía?
Ya no está. Ahora soy yo el que se ocupa de todo.
¿Solo? ¿Y los niños? preguntó Marianita, ya sin rubor ante aquel hombre que ahora veía de otra manera.
Tienes razón. Estoy hecho un lío, pero aquí estoy. Mamá está mejor. Voy a quedarme.
Mientras tanto, Claudia pidió a Sima que su hijo la llevara a una residencia, no quería ser una carga. Sima se indignó tanto que ni escuchó razones. Salió a la puerta, llamó a Egor, le escupió y se fue. No quiso ni hablar.
Marianita, en bata, salió corriendo a la casa de al lado.
¡Egor! ¿Pero tú qué te crees? ¡No te llevarás a tía Claudia! ¡No lo permito! ¡Ya me las arreglo yo con dos! ¡Si hace falta, meto otra cama! ¡Vete donde quieras! ¡Y yo que…
Se paró en seco al ver a Egor y Claudia riendo. Habían tendido la trampa a Sima.
¡Deja de armar jaleo, Marianita! dijo Claudia. No me va a dejar, quiere quedarse. Lo que pasa es que yo misma le pedí irme, pero él no quería.
Voy a arreglar lo de la ciudad, pero los niños se quedan contigo. No pienso llevármelos de aquí. Además, te espero.
Lo has entendido le dijo Marianita, mirándolo a los ojos. Y sácate unas gafas en la ciudad, que igual no te enteras de nada.
Se llevó a la niña a casa de Sima, que estaba amasando para empanadillas, y dijo:
¿Os gustan los bollos? ¡Pues rápido, que hoy hay para todos!
Años después, Egor ayuda a sacar a Claudia y a su suegra al porche.
Vamos, mamis, poco a poco, que os he traído unos sillones de Madrid. Sentaos, descansad, que aquí se está de lujo.
Escuchando el alboroto dentro, dice:
¡Ya se han despertado los pequeños! Pero Marianita no llega… Voy a ver.
¿Falta mucho?
Hoy tenía su último examen. Dice que saldrá de las primeras. Pronto está por aquí.
El coche de Marianita suena en la puerta. Los pequeños, subidos al cerezo, recogen cerezas para la confitura de Sima, y bajan corriendo:
¡Mamá, mamá ha vuelto!
Y Marianita, tan distinta ya de la niña que fue, los recibe en brazos mientras guiña un ojo al marido:
¡Un sobresaliente!
¡Faltaría más! responde Egor con orgullo.
Los gemelos, cabezones como su padre, no tienen paciencia para esperar. De tal palo, tal astilla.
¡Menudos papelitos!©Sima, desde su silla en la sombra, observa a todos moverse bajo el cielo claro. Sonríe por dentro. El aire trae olor a bollos y huerta; el griterío de los niños, la risa fácil de Marianita, el resonar de los pasos de Egor trayendo más leña. Siente el calor de la tarde, el peso liviano de la costumbre, todo entreverado como una vieja colcha de patchwork cosida con paciencia.
Por un instante, Sima cierra los ojos y recuerda otros días, los años de espera, los fríos, la pérdida. Todo lo que dolió parece ahora lejano, una historia contada junto al fuego. Y piensa, tranquila, que la vida puede ser dura, pero a veces, cuando menos se espera, ofrece su mejor cara. Cada uno tiene sus papelitos, sí, pero al final, incluso los más arrugados pueden tejer algo hermoso.
Los pequeños gritan desde el cerezo, y uno cae entre risas en brazos de Marianita, Egor chilla desde la puerta: ¡Sima, ven, que empieza la merienda!. Todos acuden, torpes y alegres, al reclamo de pan caliente y familia.
Sima se apoya en el bastón, se incorpora, y antes de entrar mira atrás. Piensa que si la suerte fue esquiva al principio, ahora repara con generosidad. Y, sin decir nada, le da las gracias al pueblo, a la casa, a los suyos y al destino. Porque la memoria está en cada esquina y el futuro, por fin, suena a bullicio de casa llena.
Y así, con un suspiro y una sonrisa, empuja la puerta y entra. Porque sabe y siempre supo que, pese a los sustos, la vida, igual que un papelito bien guardado, a veces termina sabiendo dulce.







