Trabajo en un pequeño puesto de reparación de móviles en un centro comercial.

Trabajo en un pequeño puesto de reparación de móviles en el centro comercial de Salamanca.
Ayer se me presentó un señor mayor. Llevaba en la mano un viejo móvil con tapa, de esos que ya solo se ven en los recuerdos o en películas. El pobre cacharro parecía haber pasado por debajo de una rueda de tractor, pantalla hecha trizas y la bisagra aguantando a base de milagros.
¿Puedes arreglar esto? me preguntó, esperanzado.
Le miré y le dije sinceramente que le saldría mucho más barato comprarse uno nuevo.
Pero él negó con la cabeza.
No quiero uno nuevo respondió, y la voz se le quebró. Mi mujer falleció la semana pasada. El último mensaje de voz que me envió está guardado aquí. Solo quiero escuchar su voz una vez más.
Ahí ya se me hizo un nudo en la garganta, ese de los que no se deshacen con agua.
Le pedí que volviera en una horita.
No me molesté con la pantalla.
Con sumo cuidado, extraje la placa con la memoria, hice un micro-soldado con piezas de un móvil destartalado que tenía en la caja mágica y, con mano artesana, pasé los archivos de audio.
Cuando volvió el señor, le entregué un pendrive y un reproductor MP3 de esos baratos del mercadillo.
Le di al play.
Del diminuto altavoz brotó la voz de su esposa.
El hombre se desplomó en la banqueta y se puso a llorar a lágrima viva.
No le cobré ni un euro.
A veces la tecnología no está para llevarnos al futuro.
A veces sirve simplemente para no soltar el pasado.

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