Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad, entrada la noche, tras haberse tomado una generosa ración de buen vino. ¿A dónde le llevaban sus pasos? Poco le importaba. Madrid es su hogar y sabía que sus pies le guiarían de vuelta. Tenía asuntos más urgentes: se dedicaba a filosofar, en voz alta.

Caminaba tambaleante por las calles de Madrid, ya entrada la noche y con el cuerpo impregnado de buen vino. ¿Dónde había acabado? Realmente poco le importaba; conocía la ciudad como la palma de su mano y confiaba en que sus propios pasos lo llevarían de regreso a casa. Estaba ocupado en menesteres más profundos: filosofaba en voz alta, inundando la calle de pensamientos pesados.

¿Por qué, por qué me ha tocado vivir así? Veintisiete años… Mis amigos ya tienen hijos en primaria y a mí, si una muchacha me aguanta más de un mes, ya doy gracias en el mejor de los casos. ¿Soy brusco? Bah, no creo… Bueno, sí que lo soy. Pero el hombre, para algo, ha de serlo y Ernesto sonrió, casi con ironía. El único terreno en que he triunfado es el negocio. No seré millonario, pero me llega para vivir bien.

De repente, se detuvo, llevándose las manos a la cabeza y rompiendo en un llanto silencioso:

Cuánto dinero le he pagado a ese doctor, y al final: No puedo hacer nada por usted. Le doy la dirección de un especialista en la capital, pero dudo que él pueda ayudarle tampoco. ¡Pues mira tú! Mañana mismo viajo a ver a ese lumbreras.

Se acercó al Puente de Segovia. Observó el agua oscura del Manzanares:

¿Y si me lanzo? El río es profundo saltar y ya. Le dio otra mirada al río. No, ni hablar, hace frío. Además, Sócrates aún no ha cenado. Mejor me regreso.

Cruzaba el puente cuando, de pronto, vio a una joven mujer detenida a mitad de camino. Llevaba un niño pequeño en el portabebés y su mirada perdida se hundía en las aguas. De pronto, trepó a la barandilla, estirando los brazos hacia el vacío. Ernesto corrió y logró atraparla por la cintura; ambos rodaron por el suelo polvoriento mientras el niño rompía en llanto.

¿Estás loca o qué? gritó Ernesto, ya sobrio de repente.

¿Y a ti qué te importa? ¿Por qué te metes donde no te llaman? y rompió a llorar.

Me ha parecido que aún no es tu hora, señaló al niño, ni mucho menos la de ese pequeño. Venga, levántate, y vuelve a casa con tu marido o tu madre. ¿Quién te espera?

No tengo ni casa, ni marido, ni madre. No tengo a nadie.

Vaya cruz la mía, la levantó a la fuerza, con todo y niño. Andando.

No voy a ningún sitio contigo. ¿Quién sabe si eres un loco?

Mujer, para tirarse al río siempre hay tiempo, ¿pero te da miedo un loco? le agarró la mano. ¡Vamos!

***

Cruzaban la ciudad nocturna, acompañados del llanto insistente del bebé. Al cabo de un rato, Ernesto no pudo más:

¿Por qué llora tanto?

¿No ves que tiene hambre? ella apretó al niño contra su pecho.

Pues dale leche.

No tengo leche, ni dinero para comprarla.

Desde luego… y cerebro, tampoco resopló él. Mira, allí hay un supermercado 24 horas. Vamos a por leche.

***

La cajera y el vigilante los miraban con desconfianza, pero Ernesto agarró una cesta y se dirigió a la joven:

Vamos se volvió a la cajera. ¿La leche?

Por allí señaló ella con el dedo.

Al llegar a la estantería, Ernesto ordenó:

Coge la que necesites.

Esta me sirve ella tomó un brik pequeño.

Coge más, lo que haga falta. ¿Algo más?

Pañales.

¿Y eso qué es?

Están allí por primera vez, la mujer esbozó una sonrisa.

Coge.

¿Y toallitas húmedas, se puede?

Se puede.

En la caja, Ernesto ofreció su tarjeta.

Aquí solo aceptamos efectivo anunció la cajera.

Buscó entre sus bolsillos y sacó un fajo de billetes de cien euros. Entregó uno.

No tengo cambio contestó la empleada.

Pues deme esa tableta de chocolate señaló con irritación.

***

Ya en el piso, la mujer miraba a su alrededor, asombrada. Ernesto se descalzó y fue directo a la nevera, sacó un buen pescado y lo lanzó al gato, que se acercó ronroneando. Luego, bebió zumo con ansia. Al terminar, se acercó a la invitada:

Vas a dormir en esa habitación y señaló. Cocina, baño, lo que necesites. Yo me voy a la cama.

En la puerta, se detuvo:

¿Cómo te llamas?

Marina.

Yo soy Ernesto.

***

“No parece un loco…,” pensó al entrar a la cocina, encendiendo el gas. “Qué imbécil, casi me lanzo al río. Si no llega a ser por este desconocido… ¿y si yo y Gabriel nos hubiéramos quedado en la calle? Seguro que nos helábamos vivos. Mañana seguro me echará, pero al menos esta noche dormiremos calientes.”

Cuando el agua hirvió, corrió al cuarto. Puso al pequeño sobre la cama, sacó un biberón del bolsillo de la mochila y se apresuró a preparar la leche, diluyéndola con agua caliente. El niño bebió con ansia y pronto cayó dormido. Lo limpió con una toallita, le puso el pañal y lo arropó.

Al rato, fue al baño a asearse. Recordó entonces que no había cenado; abrió la nevera y cogió un trozo de chorizo y pan, comiendo de pie. Solo cuando el estómago dejó de protestar, se sintió un poco culpable, pero encogió los hombros, se tendió junto al niño y se durmió.

***

La mañana siguiente fue una sucesión de despertares para alimentar al pequeño, que no quería dejarla en paz ni un instante. Oía a Ernesto levantarse y moverse por la casa; ahora estaba trajinando en la cocina.

“Será mejor que me prepare,” pensó al levantarse sigilosamente. “Nada bueno dura para siempre.”

Entró, vio a Ernesto ya en marcha con los fogones.

Siéntate le ordenó él, señalando una silla. Ahora te preparo unos huevos.

Mejor déjame a mí lo apartó suavemente.

Picó eneldo fresco y lo espolvoreó sobre los huevos, observó los vasos, los lavó bien y puso a hacer café. Ernesto, mientras tanto, telefoneaba: daba órdenes, discutía, ni parecía notar su presencia. Comió, bebió café y se levantó.

Marina permaneció rígida, esperando el veredicto: “Ahora me echará, seguro”.

Marina, escúchame bien. Me voy una semana de viaje. Lo más importante: dale de comer a Sócrates el gato. Ni se te ocurra darle esas porquerías de supermercado. Solo pescado y carne fresca. No entres en mi despacho. En el resto de la casa, haz lo que quieras.

En ese momento, el niño empezó a llorar desde la habitación. Marina acudió y al regresar, en la mesa había varios billetes de cien euros.

Creo que te bastará para la semana dijo Ernesto señalando el dinero. Me voy.

Ya en la puerta, el bebé estiró los brazos hacia él y dijo algo parecido a pa-pa. Quizás Ernesto lo imaginó, pero el corazón se le encogió: padre, nunca llegaría a serlo.

Marina, ¿puedo cogerlo un momento? preguntó titubeando.

Claro ella le sonrió por primera vez. ¿Nunca has llevado un niño en brazos?

Jamás.

Así se hace.

El pequeño se alegraba y reía. Ernesto no podía apartar la vista: “Nunca tendré un hijo,” pensó, con el corazón sombrío, y devolvió el niño a su madre.

Y se marchó.

***

Recuerda que volvió a casa, semanas después, y el famoso doctor de Barcelona había sentenciado lo mismo: hijos, nunca. El ánimo por los suelos.

“¿Para qué quiero tanto dinero, un piso enorme en el centro, ese coche familiar? Un hombre debería trabajar por y para los suyos. En mi casa siempre hay desorden, suciedad, soledad…”

Abrió la puerta. Todo relucía a su alrededor. Marina, temblorosa, sonreía disculpándose.

¡Pa-pa! la voz risueña del niño, los brazos extendidos.

La maleta cayó al suelo. Y sin saber cómo, sus brazos ya rodeaban al pequeño.

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Caminaba tambaleándose por las calles de la ciudad, entrada la noche, tras haberse tomado una generosa ración de buen vino. ¿A dónde le llevaban sus pasos? Poco le importaba. Madrid es su hogar y sabía que sus pies le guiarían de vuelta. Tenía asuntos más urgentes: se dedicaba a filosofar, en voz alta.
OLVIDA DE MÍ PARA SIEMPRE