Durante 35 años trabajé como presidenta del tribunal médico en España y retiré la discapacidad a quienes podían trabajar. Me sentía orgullosa de proteger el dinero público.

Durante treinta y cinco años trabajé como presidenta en el Tribunal Médico de Valoración de Incapacidades de Castilla, y con mano dura negaba la discapacidad a quien consideraba capaz de trabajar. Yo estaba convencida de estar salvando los euros del Estado. Pero cuando a mi marido le dio un ictus, y mis propias compañeras, con esa sonrisilla administrativa tan característica, le negaron los pañales diciendo: ¡Si todavía mueve la mano!, entendí que toda mi vida había sido la fiera guardiana de un sistema que aborrece la vejez y la fragilidad.

En este país, la discapacidad no se concede: tienes que arrancarla de las garras del sistema, demostrando que poco menos que estarías mejor en un marmolillo. Y yo era justo ese muro contra el que tantos se dejaban los dientes.

Me llamo Asunción Cifuentes. Tengo sesenta y ocho años. Hasta el año pasado fui la presidenta del Tribunal de Valoración de discapacidades en una gran capital de provincia, Valladolid. Por mi despacho pasaron miles de personas: amputados, ciegos, oncológicos, diabéticos.

Mi fama era de dama de hierro. Conocía todos los trucos, todas las simulaciones posibles. Veía perfectamente cuándo alguien solo quería una ayuda para el agua caliente o un plus en la pensión.

La consigna venía de arriba y tenía la delicadeza de una breva verde: ahorrar presupuesto público. Menos discapacitados, más pluses para los jefazos de la comisión.

Retiraba la incapacidad a quien, por ejemplo, le faltaban los dedos, diciendo con una mirada de acero:
Le queda la otra mano. Puede trabajar de portero, puede contestar el teléfono. El Estado no está para mantenerle. Le cambiamos a tercera categoría, la de los válidos para trabajar. ¡Siguiente!

Negaba a madres de niñas con parálisis cerebral las sillas de ruedas buenas, prescribiendo los modelos españoles, que a las pobres crías les hacían llorar de dolor.
Son las normas decía con voz de ministra de Sanidad. Lo español también vale. Hay que aguantar.

Y yo dormía como una bendita. Creía ser una heroína de lo público, un muro frente a los caraduras. Tenía un salario espléndido, buenos informes, coche oficial y un pisito con terraza.

Hasta que la vida decidió vacunarme de humildad a cañonazos.

Pam.

Mi marido, Manuel, tenía sesenta y nueve años. Era un hombre fuerte y simpático, ingeniero de fábrica. Queríamos jubilarnos juntos, comprar una casita en el pueblo y dedicarnos a los nietos y a la huerta.

Todo terminó de golpe, una mañana soleada de julio en la casa de campo: un ictus isquémico masivo.

Cuando llegué corriendo a la UCI, el neurólogo me miró con lástima y bajó la voz:
Asunción, tú eres médica, lo entiendes El lado derecho está paralizado. Ni tragar puede. Ya no habla. Vivirá, pero se ha quedado profundamente discapacitado.

Me llevé a Manu a casa después de un mes. Mi hombre, mi pilar, convertido en un niño grande, dependiente de todo, mirando el techo con un ojo lúcido y permanentemente babeado por la comisura de la boca.

Arrancó entonces el infierno que tantas conocen: darle la vuelta cada dos horas para que no se escarare, cambiarle los pañales, alimentarle con jeringuilla de puré. En dos meses adelgacé diez kilos, me fastidié la espalda y olvidé cómo era dormir más de tres horas.

El dinero volaba. La pensión de Manu se iba entre la auxiliar que yo pagaba cuando tenía que ir al tribunal y las medicinas. Necesitábamos la incapacidad absoluta, la categoría 1. Y la IPR (programa individual de rehabilitación) para tener derecho a pañales gratuitos, colchón antiescaras y cama ortopédica del Estado.

Entonces reuní la documentación y fui al tribunal. ¡A mi propio tribunal! Solo que al despacho de al lado. Ahora al otro lado de la mesa.

Presidía la comisión mi exsubalterna, Teresa, a la que yo misma formé para ser firme.

Entré con Manu en una silla prestada de segunda mano. Teresa nos miró por encima de las gafas. Su mirada componía ese frialdad de máquina registradora que tanto cultivé durante décadas.

Se acercó a Manu, le pidió que levantara el brazo izquierdo, el sano. Con muchísimo esfuerzo, tembloroso, logró hacerlo.

Venga, Asunción dijo ella con un entusiasmo postizo. ¿Ves? Hay avance. El lado izquierdo responde. Hay reflejos.

Teresa, que se hace sus necesidades encima dije suplicante, casi sin voz. ¡No puede ni hablar! ¿Qué mejora hay? Necesitamos la incapacidad absoluta y el colchón: ya le han salido llagas.

Teresa suspiró y sonrió con ese aire de superioridad paternalista que ya conocía tan bien.
Asunción, las normas son las normas. La incapacidad absoluta se da cuando la persona ha perdido toda, absolutamente toda, capacidad de valerse por sí misma. Y Manuel, mira, aún puede llevarse una cuchara a la boca con la izquierda. Es autosuficiencia parcial. Segunda categoría.

¿Y los pañales? se me quebró la voz. ¡Necesito cinco al día! ¡No hay pensión que lo aguante!

Sanidad sólo cubre tres al día para segunda categoría. El colchón, de momento, no se puede tramitar. Debías haberle movido más a menudo. El presupuesto no da para más, Asunción Tú misma me enseñaste cómo funcionan las cosas aquí. ¡Siguiente!

El karma.

Saqué a Manu al pasillo.

En ese pasillo estaban decenas de personas: abuelos con andador, mujeres sin pelo tras la quimio, madres con niños en silla. Todos apiñados durante horas en esa sala oscura y mal ventilada, esperando su turno para suplicar a señoras muy bien peinadas con bata, para que reconocieran su sufrimiento. Para poder seguir viviendo.

Les miré uno a uno, de golpe los recordé a todos.

Al veterano de la mili en Afganistán, sin pierna, al que negué una prótesis alemana alegando que ya tiene usted una edad, para estar por casa le basta la española. El pobre lloró en mi despacho.

A la señora con cáncer terminal, a la que le di la segunda categoría asegurando que desde casa puede usted coser, el cáncer ahora tiene tratamiento. Murió a los dos meses.

Y fue entonces cuando vi la verdad: no estaba ahorrando dinero público, sino robando a nuestra gente su dignidad. Era el engranaje de una máquina cruel, una máquina que hace sentir culpables a los enfermos.

Ahora esa trituradora pasaba por encima de mí.

Me agaché frente a la silla de Manu. Mi Manu, fuerte y guapo, que antes podía alzarme del suelo, estaba allí, babeando, sin poder hablar. Su ojo vivo me miraba, y de ese ojo caía una lágrima, amarga y solitaria. Lo entendía todo. Sabía que el sistema lo había desechado. Que toda una vida pagando impuestos no le llegaba ni para un pañal extra.

Perdóname, Manolo sollozaba yo, la cabeza entre sus rodillas, allí, en medio del pasillo de los condenados. Perdóname tú. Y perdonadme vosotros, todos. Y perdóname, Dios mío.

El mea culpa.

Al día siguiente, firmé la renuncia. Me largué de la función pública, renuncié a la pensión privilegiada, monté un escándalo.

Vendí nuestro coche, pagué una cama articulada y un colchón alemán para Manu. Y compro yo misma todos sus pañales.

Pero hubo algo más.

Ahora trabajo gratis. Me he hecho abogada voluntaria para personas con discapacidad.

Cada día acompaño a ancianos maltrechos a esas odiosas comisiones. Sé de memoria todos los trucos, los protocolos, incluso los agujeros de las ordenanzas que esconden los funcionarios.

Cuando una dama de hierro intenta negarle los pañales a una abuela recién salida del hospital, planto la ley encima de la mesa y amenazo con Fiscalía. Peleo por sillas, medicinas y estancias. Combato al sistema con sus propias armas.

Manu nunca se levantó. Los médicos dicen que no le queda mucho.

Pero cada vez que consigo la incapacidad absoluta para otro abuelo paralítico, vuelvo a casa, me siento a la cabecera de Manu, le tomo la mano inerte y cálida y le susurro:
Hoy hemos salvado a otro, Manolo.

Y diría que sonríe, o eso quiero creer.

Vivimos en un país donde la vejez y la dependencia se consideran un fallo moral. Pero algún día ese campanario sonará para todos. Ni cargos, ni contactos, te salvarán del ictus o la enfermedad.

Si hoy le niegas la compasión al más débil, mañana no te sorprendas cuando el sistema te pase por encima como un tranvía.

¿Os habéis topado con la crueldad o la burocracia a la hora de tramitar la discapacidad de algún familiar? ¿Por qué creéis que la gente con un poco de poder olvida tan deprisa la humanidad, o es que la propia estructura del sistema les obliga a hacerlo?

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Durante 35 años trabajé como presidenta del tribunal médico en España y retiré la discapacidad a quienes podían trabajar. Me sentía orgullosa de proteger el dinero público.
Fui la empleada del hogar sin sueldo de mi familia, hasta que, por mi aniversario, me trasladé al extranjero por negociosAl llegar al nuevo país, descubrí una oportunidad inesperada que transformó mi vida y me permitió valorar mi propio talento.