El hijo ajeno

Hijo ajeno

No has llamado en dos días. Ya empezaba a pensar que algo había pasado.

Todo bien. Solo mucho trabajo. Reuniones, llamadas… ya sabes cómo es esto.

Lo sé. Claro que lo sé.

Ella coloca el plato de sopa en la mesa y se retira hacia la ventana. Fuera es marzo. Gris, húmedo, con ese olor tan particular que sólo aparece al principio de la primavera, cuando la lluvia ya vence al frío, pero la tierra aún no sabe qué hacer con tanta humedad. Ella mira la calle sin verla de verdad. Solo escucha la voz de él al teléfono. Esa voz que hoy le suena distinta. Un poco más neutra. Más precisa.

Veintidós años casados enseñan mucho. Enseñan a escuchar lo que ocurre entre las palabras, no solo las palabras.

No le comenta nada de eso. Simplemente le desea buenas noches y cuelga.

Su marido regresa el viernes. El tren llega a las siete y media de la tarde, y como siempre, ella planea ir a buscarlo a la estación. No porque él lo pida. Así ha sido siempre. Veintidós años y cada vez ella espera en el andén del segundo vagón, con unas empanadillas de la panadería de la calle Mayor, la que él siempre llamaba la nuestra.

El jueves por la tarde hornea una tarta de manzana. Limpia los espejos del recibidor. Cambia las sábanas de la cama. Hace todo sin prisas, con el orden de siempre, y sólo en el fondo de su mente algo pequeño y agitado no la deja en paz. Algo a lo que todavía no pone nombre.

El viernes llega con lluvia fría.

Ella se pone el abrigo gris, el que él llama el bonito, agarra la bolsa con las empanadillas y va a la estación. Espera junto al segundo vagón, observa a la gente bajar uno tras otro, y sonríe antes de tiempo. Por costumbre. Sonríe como quien sabe quién aparecerá entre la multitud.

Él aparece. Con abrigo azul marino, maleta con ruedas, un poco cansado, un poco sin afeitar. La ve, le sonríe. Se acerca, la abraza y le da un beso en la sien.

Ya estoy aquí.

Ya estás, dice ella, y se acurruca un instante en su pecho.

En ese segundo sucede algo. Algo pequeñísimo, apenas perceptible. Su mano, que lo rodea, roza la palma izquierda de él. Y allí donde durante veintidós años estuvo la alianza dorada que se colocaron en el pequeño registro civil de la calle Mayor, sólo hay piel. Solo una mano sin anillo.

Ella no dice nada. Lo toma del brazo y caminan juntos. En la otra mano lleva las empanadillas. La lluvia cae monótona y precisa.

¿El viaje bien?

Sí, dormí casi todo el trayecto.

¿Tienes hambre?

Un poco. ¿Qué hay en casa?

Tarta. De manzana.

Perfecto.

Él habla, ella contesta. Todo fluye como siempre. Todo está en su sitio. Todo salvo el anillo.

En el taxi, ella mira por la ventanilla. Él cuenta anécdotas del trabajo, de su estancia en Barcelona estos días, del colega Ramón, que siempre hace reír en las reuniones. Ella escucha, asiente, dice de vez en cuando claro o imagínate. Pero sólo piensa en una cosa: los anillos no se quitan por descuido. No se olvidan puesto. Se quitan con intención. O se sustituyen por otro.

En casa él se quita el abrigo, se lava, se sienta. Ella pone el té y la tarta, toma asiento frente a él.

Qué bien estar en casa, comenta él. Y ella siente que lo dice de verdad.

Me alegro.

Guardan silencio. Ella mira sus manos sobre la mesa. La izquierda, con la palma hacia abajo. Como si fuera casualidad. Pero después de veintidós años, las casualidades no existen.

Oye, dice en voz baja.¿Dónde está tu anillo?

Él levanta la cabeza. Por un instante algo pasa por sus ojos. Esquiva y se va. Luego llega una sonrisa: un poco culpable, un poco tímida.

Qué despistado soy. Me lo quité en el hotel, al echarme crema. Seguro que lo olvidé en el cajón de la mesilla. Mañana llamo y que me lo envíen.

En el cajón de la mesilla, repite ella.

Sí. Ya sabes cómo soy.

Lo sé, dice ella. Come un poco de tarta, que se enfría.

Se levanta y va a la cocina. Se queda allí tres minutos, agarrada al fregadero, mirando la pared. Luego se sirve agua y bebe despacio, vaso tras vaso. Regresa, se sienta y sonríe.

Él habla de Barcelona. Ella escucha.

Por la noche le cuesta dormir. Tumbada junto a él, escucha su respiración tranquila y piensa. No tanto en el anillo. Más bien en cómo ha estado él en los últimos seis meses. Más prudente con las palabras. Un poco más pendiente al regresar de los viajes. Siempre un poco más. Como si compensara algo.

La intuición femenina no es magia. Sólo una memoria larguísima para los detalles. Ella no se inventa nada. Sólo suma lo ya visto.

A la mañana siguiente él se levanta temprano, se ducha, toma café y se va a la oficina. Un sábado. Dice que tiene documentos urgentes tras el viaje.

Ella desayuna sola mirando por la ventana. Ya no llueve. El cielo es blanco, plano.

El móvil de él lo deja cargando en el dormitorio. Esto es extraño. Nunca sale sin el teléfono. Ella entra en la habitación por hábito, solo para hacer la cama.

El teléfono, boca arriba, muestra una notificación. Ella no busca nada. Simplemente lo ve.

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Se queda mirando la pantalla. Después, dobla la manta, acomoda la almohada y sale.

La alegría del peque.

Ellos no han tenido hijos. No porque no quisieran, simplemente la vida no lo dio. Hace tiempo lo aceptaron, dejaron de hablar del tema y aprendieron a vivir juntos en ese piso de tres habitaciones donde la tercera era su taller con bocetos de diseño de interiores y su colección de telas.

La alegría del peque.

Quizá un regalo. Tal vez para alguien, como Marta, la sobrina de él, que tuvo un niño el año pasado. Puede ser.

Va a la cocina, agarra un trapo y comienza a limpiar la vitrocerámica. Friega con esmero, hasta que los pensamientos se acallan un poco.

Puede ser.

Pero ya algo dentro de ella sabe que ese puede ser no existe. Algo lo tiene claro. Y es tan tranquilo que da miedo.

Él vuelve a la hora de comer. Trae una bolsa, la deja en la entrada, no dice qué hay dentro. Después la bolsa desaparece. Ella no pregunta.

Durante la comida le dice:

¿Llamaste al hotel? ¿Por el anillo?

Ah, no. Se me pasó. Mañana.

Está bien.

Él come. Ella mira sus manos. En la izquierda se marca una línea pálida, allí donde estaba el anillo. Más clara. O sea, se lo quitó hace poco. Significa que lo llevaba puesto hasta no hace mucho. En algún sitio.

Después él duerme la siesta en el sofá. Ella hojea muestras de telas en el taller, sin ver nada, pasando las páginas en blanco.

Toma la decisión en silencio. Sin llorar, sin drama. Solo entiende que debe saber. No por descubrir la verdad ni montar una escena. Simplemente porque la mentira de un marido que sientes pero no puedes nombrar es lo peor. Como caminar a oscuras teniendo miedo no de caer, sino de no saber dónde caes.

El lunes él vuelve a salir. Dice que tiene una reunión con socios y regresará por la tarde. Ella se prepara veinte minutos después de que él se marche. Toma las llaves del coche, abrigo gris. Lo sigue.

No es difícil. Conoce de sobra el coche. Sabe que él conduce sin prisas, nunca se salta una norma. Se mantiene a una o dos calles de distancia. Sus manos en el volante, sorprendemente tranquilas.

Él no va a la oficina. Toma la carretera de circunvalación, sale de la ciudad. Ella sigue. El tráfico se aligera. Difícil continuar sin que la note, pero él ni mira el retrovisor. Conduce seguro, como quien va a un sitio habitual.

Tras cuarenta minutos, él toma un desvío hacia una urbanización entre pinares. Ella se detiene, espera, luego avanza despacio. El camino pasa entre casas con jardín.

El coche de él está aparcado frente a una verja de madera beige. Abierta. Detrás, un chalé amarillo pálido, con porche y columpios en el jardín.

Ella para el coche a cierta distancia, junto a una valla ajena, y camina un poco hasta encontrar ángulo para mirar.

Él ya ha salido. Está junto al porche. Entonces se abre la puerta del chalé. Un niño pequeño, de unos cuatro años, sale corriendo con un abrigo azul y botas de agua, risueño y bullicioso.

¡Papá! chilla el niño. ¡Papá ha llegado!

El marido se agacha, lo abraza fuerte, esconde la cara en su cuello. El niño se ríe, le tira del cuello de la camisa.

Ella observa.

Entonces aparece una mujer joven, de unos treinta y cinco, en pantalón cómodo y jersey de punto. Baja, morena, con esa tranquilidad de quien está en su propia casa. Con naturalidad.

El marido se incorpora. El niño va al jardín. La mujer se acerca y el marido la besa. Sin prisa. No a escondidas. Con la familiaridad de quien ama y está acostumbrado a amar así.

En la mano izquierda de él, brilla una alianza.

No la de siempre. Otro anillo.

Ella no recuerda cómo vuelve al coche. Solo que se sienta dentro, huele el pinar, huele a primavera. Y hay un silencio absoluto.

Doble vida. Así se llama. Una doble vida vivida al lado tuyo, en tu cama, a tu mesa, junto a tu tarta de manzana.

El niño tiene cuatro años. Eso significa que todo empezó hace cinco. O antes. Cinco años atrás, ella pintaba la cocina y le consultaba el color. Él le dijo elige tú, eres la diseñadora. Ella eligió terracota. Él dijo que era bonito.

Cinco años.

Vuelve a casa despacio, sin música. No piensa en él. Piensa en el niño del abrigo azul. En cómo gritaba papá. En que ese niño no tiene ninguna culpa. Ninguna.

En casa se quita el abrigo y va directa al dormitorio. Abre el armario de él. Empieza a doblar ropa. Camisas, pantalones, jerséis. Ropa interior. Calcetines. Las corbatas que casi no usaba pero guardaba. Los documentos ni los toca. Solo lo personal.

Tienen tres maletas. Llena dos del todo. La tercera a medias. Las coloca junto a la puerta del recibidor.

Se quita su anillo. Lo mira. Veintidós años en ese dedo, y hace tiempo se volvió invisible, como todo lo demasiado familiar. Lo deja en la repisa de la entrada. Junto a él, sus propias llaves de repuesto, que él le había dado por si acaso.

Luego va a la cocina y pone agua a calentar.

Se sienta a la mesa, toma té y mira la ventana. Afuera ya oscurece. Marzo anochece deprisa en la ciudad.

No llora. Cree que debería, pero no puede. Solo siente un vacío grande y sereno. Sin rabia. Sin reproche. Solo vacío.

A las ocho y media suena la puerta.

Ya estoy, dice él desde la entrada. Lo mismo de cada día durante veintidós años.

Pausa. Ella escucha cómo se queda quieto al ver las maletas.

¿Qué es esto? pregunta.

Ella sale de la cocina. Se detiene en la puerta. Lo mira.

Tus cosas, dice con calma.

¿Qué…? ¿Qué pasa?

Tú ya sabes.

Él la mira. Luego mira las maletas. Después la vuelve a mirar. Su cara cambia. No de inmediato. Primero sorpresa, después algo más difícil de nombrar.

Espera. Hablemos, ¿qué sucede?

Nada. Ya lo sé todo.

¿Qué es lo que sabes?

Estuve hoy en la urbanización Los Pinares. En el chalé amarillo con columpios en el jardín. Te vi. Vi a la mujer. Vi al niño.

Silencio. Largo, denso.

Vi cómo corría hacia ti y gritaba papá, sigue ella. Se llama Lucas. Se lo leí en la chaqueta, cuando lo abrazaste. Letras amarillas en el cuello. Lucas.

Él cierra los ojos.

Escucha, empieza. No es lo que piensas.

No hace falta.

No, espera. Te lo puedo explicar. Es complicado. Quería decírtelo hace tiempo…

No, repite con voz plana. No quiero explicaciones. No hoy.

Pero tienes que…

No tengo que nada.

Él se calla. La mira. Sus ojos ya no son de culpa, solo de agotamiento. Como quien carga con algo demasiado tiempo y ya no puede más.

Vete, por favor, dice ella.

¿Dónde voy a ir?

Tú ya lo sabes.

Da la vuelta y entra a la habitación. Coge el abrigo. La bolsa.

¿Vas a irte tú también?

Saldré un rato. Tú te habrás ido cuando vuelva.

Cierra la puerta con sigilo. Sin portazos. Solo cierra.

En la calle el aire es frío. Ella camina, respira profundo. Bajo la farola hay un charco; en él se refleja el cielo. Lo rodea y sigue adelante.

Va sin rumbo. Solo avanza. Por una avenida de farolas encendidas, con poca gente. Se oye el tranvía a lo lejos.

Su amiga vive en el barrio de al lado. Marca el telefonillo sin pensar.

¿Sí? responde una voz.

Soy yo.

Pausa.

Sube.

Su amiga abre la puerta y la mira. No pregunta nada. Solo se hace a un lado y dice:

¿Un té?

Sí.

Se sientan en la cocina grande y un poco caótica, donde siempre huele a café y a gato. La amiga sirve té, pone una bandejita de pastas, calla.

Tiene otra familia, dice ella al fin.

La amiga apoya la taza en la mesa.

¿Cuánto tiempo?

Un niño. Cuatro años. Así que al menos cinco. O más.

Madre mía.

No quiero reacciones. No ahora.

Vale. ¿Y tú?

No sé. Es raro. No lloro.

Es normal.

Será. Solo pienso que veintidós años es mucho. Toda una vida. Y ahora no sé qué hacer con esa vida.

La amiga no dice nada. Solo le cubre la mano con la suya.

Se queda a dormir allí, en un sofá diminuto. No descansa bien. Se despierta mucho por la noche, queda en la oscuridad. No llora.

Por la mañana regresa. Las maletas han desaparecido. El anillo sigue donde lo dejó. Las llaves también. Él se llevó solo lo suyo.

La casa está vacía y en silencio. Ella camina por las habitaciones, se detiene en el dormitorio. Luego va a la cocina, prepara un café.

Comienza el divorcio. No es inmediato, ni sencillo. Lleno de papeles, firmas, notarios y esperas. Él llama varias veces. Primero para explicarse. Ella no responde. Otra para repartirse la casa. Ella contesta. Es un diálogo breve y práctico. Él suena apagado.

La casa quédate tú, dice él. No la quiero.

Vale.

¿Estás bien?

Sí.

Lo siento.

Yo también, responde ella. Y cuelga.

En realidad lo siente. No por él. Por esos veintidós años. Por las tartas, las charlas de desayuno, los viajes al sur, que ahora tienen otro color. Todo parece recubierto por una película de duda. Cuando él le sonreía, había a la vez otra casa con columpios. Cuando le decía te quiero, un niño le esperaba en otra parte. ¿Cómo se puede vivir así veintidós años?

No intenta responderse. Solo deja que las preguntas estén.

Su vecina, doña Gregoria, setenta y dos años, la intercepta en el portal:

Hace tiempo que no veo a tu marido. ¿Todo bien?

Nos hemos separado, doña Gregoria.

Vaya… Tantos años juntos.

Tantos años.

¿Y ahora qué?

Vivir.

Gregoria niega con la cabeza y se va. Ella sube al piso y, por primera vez en todo el mes, se ríe. Porque ¿y ahora qué? es lo más honesto que nadie le ha preguntado. Y vivir es la respuesta más sincera.

Pasan los meses. Llega un verano caluroso, con tormentas. Ella mantiene abierto el taller, trabaja con las ventanas abiertas. Hay encargos, no muchos pero constantes. Hace años que se dedica al diseño de interiores. Empezó antes de casarse, luego lo dejó un poco, ahora se vuelca más. Eso la ocupa y le ayuda.

En junio llega un nuevo cliente: una pareja joven que ha comprado piso y quiere darle calidez. Ella los visita, escucha lo que buscan. Él todo el rato agarra la mano de su chica. Sin pensarlo, por costumbre. Ella observa y siente solo interés profesional.

Eso es buena señal.

En verano viaja a Madrid sola unos días. Sin motivo. Simplemente porque ya no hay razones para posponer lo que quiere. Pasea por museos, toma cafés, contempla el Manzanares. Compra un cuaderno de acuarela y dibuja en la Plaza Mayor, aunque hacía años que no dibujaba. Sale fatal, pero da igual.

En una cafetería coincide con una mujer de su edad. Charlan por un error del camarero y ambas se ríen. Se llama Carmen, es de Salamanca y también viaja sola.

¿Viajas sola? pregunta Carmen.

La primera vez, se podría decir.

Yo llevo tres años así. Desde el divorcio.

¿Y qué tal?

Al principio es raro. Luego te acostumbras. Luego descubres que no está tan mal.

Hablan otro poco. Después cada una sigue su camino. Pero esa conversación ella la recordará mucho tiempo.

En otoño reforma el taller. Pinta de blanco, compra una mesa nueva y una lámpara grande que siempre quería pero antes no parecía necesaria. Ahora sí.

Una amiga pasa y al ver el taller renovado, dice:

Bonito. ¿Lo has diseñado tú?

Sí.

Te pega mucho. Es muy tú. La tú de verdad.

¿Y eso?

Pues… claro, luminoso, sin adornos innecesarios.

Luego ella reflexiona qué significa la tú de verdad. Antes también era ella misma, quizá más pequeña. Más silenciosa. Un poco más adaptada a lo que él quería.

Ahora es más intensa, en el buen sentido. Pide la comida que le apetece y no la que pega. Escucha la música que le gusta y no la que no molesta. Se acuesta cuando quiere. Se levanta cuando le da la gana. Tonterías, sí, pero de esas tonterías se construye cada día, y de los días, una vida.

En invierno llama la hermana de su ex, con quien siempre se entendió bien. Su voz es cauta.

Solo quería saber cómo estás.

Bien, Teresa. De verdad.

Él… me lo ha contado. No lo sabía antes. Solo quiero que sepas que no lo sabía.

Te creo.

Fue muy injusto lo que hizo.

Pasó lo que pasó. Ya no pienso en ello todos los días.

Pausa.

Eres muy fuerte, dice Teresa suavemente.

No sé. Solo vivo.

Conversan un rato más. Teresa ofrece estar disponible si la necesita. Ella agradece.

Una traición matrimonial suena a algo dramático, devastador. Pero es silenciosa. Llega en trocitos. Un anillo quitado. Un silencio al teléfono. Un ticket de tienda de bebés. Y un día miras todo junto y comprendes que tu mundo ya cambió tiempo atrás. Solo que tú no lo sabías.

Aprende a pensar en ello sin dolor. No ocurre de golpe. Casi cuatro meses después de aquella tarde en la estación. A veces sueña que está en el recibidor, rodeada de maletas y no reconoce de quién son. Se despierta y, después de quedarse quieta un rato, todo pasa.

Una noche piensa en el niño. En Lucas. Ahora cinco años. Quizá ya va a la guardería. Él seguramente corre aún al encuentro de su padre. No tiene culpa. Tampoco la mujer del chalé. O sí. O tampoco pensaba. Cada persona es distinta.

No siente rencor hacia ella. Es raro, pero no lo siente. Solo cansancio. Cansancio de una historia ajena en la que ella ha terminado sin buscarlo.

Llega la primavera otra vez. Ha pasado justo un año.

Ella está sentada en una cafetería de barrio. Le gusta por su paz durante las mañanas de los días entre semana, el olor a bollería y café fresco, y las mesas junto a la ventana. Trabaja en la tablet en bocetos de un nuevo encargo. Un piso céntrico, la propietaria quiere estilo nórdico, luz y limpieza. Ya han discutido varias veces el proyecto, han debatido detalles. Es un trabajo interesante.

Bebe café, de vez en cuando mira afuera. Hace fresco, pero en el aire flota la primavera. Ese olor inconfundible. La lluvia cedió, la tierra duda.

En la mesa vecina una joven trabaja con el portátil. Levanta la vista y pregunta:

Perdona, ¿eres diseñadora de interiores?

Sí. ¿Cómo lo sabes?

Por la tablet. He visto de reojo los bocetos. Muy bonitos.

Gracias.

¿Coges encargos? ¿O tienes estudio?

Trabajo por mi cuenta, pero estoy buscando local para montar estudio.

Qué bien. ¿Me das tu contacto? Justo nos mudamos y necesito ayuda.

Le pasa su tarjeta. La joven la lee, sonríe.

Gracias. Te escribiré.

Ella asiente y sigue con sus bocetos.

Lleva dos meses buscando local. Un espacio pequeño, en la planta baja, grandes ventanales. Aún no encuentra el adecuado. No hay prisa. Ahora vive sin correr a ningún sitio, es nuevo para ella pero le gusta.

Bebe café y observa su mano izquierda. El dedo anular apenas más claro, casi idéntico a los demás. En un año la piel se ha igualado. No hay alianza. Solo la mano, los dedos que sujetan la taza.

Creía que ese hueco dolería. Creía ver el dedo y sentir algo agudo. Pero no. Ahora lo ve y no siente nada especial. Solo su mano. Solo reconoce que es suya. Que está sentada en una cafetería, afuera es primavera, el proyecto avanza y el café sigue caliente.

Entran una mujer y su hija pequeña. La niña lleva un abrigo rojo, señala los pasteles en el mostrador.

Mamá, ese, ¡ese!

Espera, que acabamos de llegar.

¡Porfa, mamá!

La madre sonríe, se agacha y le susurra algo. La niña ríe, corre a la mesa.

Ella las mira y no siente nada extraordinario. Solo observa. Simplemente ve. La vida alrededor: diversa, imperfecta, pero real.

A media tarde llama su amiga:

¿Dónde andas?

En un café. Trabajando.

¿Cómo estás?

Bien, de verdad.

¿Por fin?

Sí. Te lo aseguro.

Menos mal. Oye, ¿recuerdas que te hablé de Miguel Ángel? El viudo de la empresa. Ha preguntado por ti. Le gustaría conocerte. Yo no he prometido nada, solo te aviso.

Guardan silencio.

Lucía, ahora no. No quiero, ¿vale? No hace falta.

De acuerdo. Sólo te informo.

Gracias, de veras.

¿Seguro que todo bien?

Seguro. Trabajo, café y primavera tras la ventana. Estoy bien.

La amiga se ríe.

Es que te noto distinta. No en mal sentido.

¿Distinta cómo?

Más tranquila, segura… Como si supieras algo nuevo.

Lo piensa.

Puede ser, responde. Te lo contaré un día.

Cuando quieras. Un beso.

Otro.

Guarda el móvil. Del otro lado de la cristalera pasa una mujer en chubasquero amarillo, con café en mano, revisando el móvil. Detrás, un hombre pasea un perro enorme y peludo, que olisquea un árbol y sigue su camino.

La vida sigue. La tuya, la ajena, toda.

Ella retoma el trabajo en el tablet. En pantalla el salón: paredes gris claro, suelo de madera, sofá color nata. Mueve el sofá en el dibujo. Mejor. Añade una lámpara de pie junto a la ventana, aún mejor.

Cuando empezó en serio a diseñar interiores tenía veintiocho años. Al principio creyó que era un trabajo más. Terminó entendiendo que es algo mayor. Que los espacios y las casas muestran el mundo interior de quienes los viven. Que si alguien está bien en su casa, lo está dentro de sí. Que la luz, el aire, los objetos elegidos cambian el ánimo.

Piensa en eso en su piso. En el arreglo del taller, en cómo quitó de la sala detalles que sentía ya ajenos: cojines bordados que él trajo de un viaje, el gran cuadro familiar de la playa. No fue un impulso, no por despecho. Solo comprendió que prefiere otra cosa.

En su lugar colgó un cuadro pequeño, comprado a un artista callejero en Madrid. Simple, una vista a un canal. Le gusta.

Las cosas también hablan de nosotros. De lo que fuimos y de lo que queremos ser.

La clienta envía un mensaje: ¿Cuándo podrás enseñarme los nuevos bocetos? ¡Tengo muchas ganas! Ella responde y quedan para el miércoles.

El café se enfría. Lo bebe igualmente. Pide la cuenta.

El camarero trae la notita en una funda negra. Ella pone la tarjeta, espera. Cuando la recibe de nuevo, la guarda en el bolso.

Simpleza. Todo en orden.

Un año atrás, bajo la lluvia y con empanadillas, no sabía nada. O sí, pero no le ponía nombre.

Ahora lo sabe. Y lo nombra. Y vive con ese conocimiento. Sin peso. A secas.

Recoge el tablet en el bolso. Se pone el abrigo. Sale a la calle.

La primavera huele igual que hace un año. La lluvia cedió, la tierra decide. Anda y piensa en el miércoles, en los bocetos, en la lámpara de pie. En pasar por la tienda. En pedir comida para cenar. En que mañana llamará a Teresa para decirle que está bien, que no finge.

En un semáforo, se detiene. Espera la luz verde. A su lado espera un hombre con maletín. Se miran apenas. Dos desconocidos en un cruce.

Se enciende el verde. Cruza.

A la altura de la siguiente esquina le alcanza la joven del café, la del abrigo rojo.

¡Perdona! Te he escrito pero por si acaso no lo ves. Me encantaría trabajar contigo. ¿Cuándo podrías tener la primera reunión?

La semana que viene. Martes o jueves.

Jueves me va perfecto. Te escribiré.

Bien.

¡Gracias! La mujer sonríe luminosa y se aleja corriendo.

Ella la ve irse. Continúa su camino.

La mano izquierda agarra la correa del bolso. El anular. Solo un dedo. Solo una mano.

No piensa en el futuro. No si habrá algún día otro anillo. Tampoco en Miguel Ángel, el viudo de la empresa. No piensa en su ex, ni en sus veintidós años, ni en el chalé amarillo, ni en Lucas y el abrigo azul.

Piensa en el jueves. En la nueva clienta. En la cita interesante que le espera.

Y eso basta. Es más que suficiente.

Al doblar la esquina está la cafetería La Mañanita, donde a veces va los viernes. Hoy es miércoles pero decide entrar. Porque quiere.

Dentro huele a vainilla y a calor. Tras la barra, una chica joven. La reconoce, sonríe.

¿Lo de siempre?

No, hoy distinto. ¿Qué me recomiendas?

La chica medita.

Hoy estrenamos nueva bebida. Café con cardamomo y piel de naranja. Lo llamamos Marzo.

Marzo, repite ella. Perfecto, lo pruebo.

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