Ella es demasiado mayor para mí y, además, tiene un hijo

Córtalo, madre, o lo hago yo misma con las tijeras lloraba la hija, sentada en el taburete. Las olas de su cabello rubio caían por la espalda y rozaban el asiento. ¿Es que voy a quedarme soltera toda la vida solo porque tengo un hermano?

María Dolores miró a su marido, pero no cogió las tijeras.

No digas tonterías interrumpió el padre, quitándole las tijeras de las manos. Qué berrinche te has cogido. Yo no he dicho que no debas casarte, solo que debes encontrar a una persona que lo merezca, después ya se decidirá.

Papá, yo ya lo tengo todo claro desde hace tiempo.

Solo tienes dieciocho, hija. Sigues siendo una cría.

Tengo mi documento, eso significa que puedo hacer lo que quiera. Pues nada, me corto yo misma la trenza.

Mujer, dile algo tú, que yo ya no sé qué hacer. ¡No va a pasarse la vida protestando!

La madre solo sonreía, recordando su propia juventud. Apoyaba la mejilla en una mano, vestida con su bata vieja de flores y asintiendo silenciosa. Su marido le pidió matrimonio justo después de la fiesta de graduación, y en otoño se casaron porque ella ya llevaba en su vientre a su hijo.

El padre, en cambio, seguía viendo en su hija a la risueña Marianita de los dos lazos en la cabeza. La recordaba yendo de la mano al colegio, saltando de alegría. ¿Cuándo había crecido tanto?

Don Tomás levantó la mano y salió a la calle.

¿Para qué agobias así a tu padre? Con lo ocupado que está, y tú venga a dar vueltas con los vestidos. Ya tendrás tiempo. Ni siquiera tienes aún el ajuar preparado. Saca el título del bachiller primero, anda.

Como si tú tuvieras problemas. Tienes a tu padre, yo si me quitan a Luis, ¿qué hago?

¿Y si te lo quitan? Pues buscas otro novio, alguien responsable de verdad. Si tu Luis es de los que se deja pasear de aquí para allá, igual ni merece la pena. Hazte valer.

Marina se quedó un rato en la misma banqueta, la mirada perdida, pensativa. En la casa de los Fernández vivían dos hijos: el mayor, Javier, y la pequeña Marina.

A los siete años de diferencia, jamás lograron una verdadera cercanía entre hermanos. Javier siempre la consideró la niña, sin dar valor a sus consejos sobre noviazgo y advertencias.

Javier aún no sabía qué quería. Ninguna de las chicas a su alrededor tocaba su corazón. Y para galantear, menos tiempo tenía: trabajaba con su padre en el campo como tractoristas, cuidando vacas, gallinas, cerdos, conejos, plantando el huerto, siegas todo entre los dos.

A Marina, parte de las prisas por casarse le venían del deseo de escapar de aquella vida de sudor diario. Luis, su novio, soñaba con mudarse a la ciudad, y la simple idea de un futuro paseando por parques, con peinados y manicura, la hacía suspirar.

Por eso, la conversación sobre bodas era constante con sus padres, aunque ellos ya ni se la tomaban en serio.

***

Familia Fernández, os traigo el periódico le tendió el ejemplar una joven a Marina.

Gracias respondió Marina, pero se quedó observando a la cartera.

“Seria, bien plantada, cara amable, y ningún anillo. Ni habla, ni mira a los ojos. Toda una ejecutiva”, pensó.

Solo llevaba un mes en el pueblo y ya destacaba respecto a la difunta señora Carmen, que había sido el alma de la oficina de correos mientras Marina recordaba: simpática, regordeta, la primera en traer todos los chismes. Desde que faltó, solo quedó su bicicleta y el viejo bolso de cuero.

¡Javi! Ven, corre.

¿Ahora qué pasa? ¿Por qué gritas?

¿Y esa? ¿La ves cómo da a los pedales? ¿Te gusta?

Pero bueno, ¿ahora qué? Pensé que había pasado algo grave. Otra vez con lo mismo, vete a dar de comer a los conejos.

Bueno, yo me voy, pero luego no digas que pierdes el tren de la felicidad burló la hermana.

Pero si es mayor que yo, ¡y ya tiene un crío!

¿Ves? Lo sabe todo, pero dice que no le interesa. ¿”Mayor”? Lo que pasa es que lleva puesto un pañuelo, que hace frío. Vive con el niño, que tendrá catorce años, así que mira tú. ¿Tú que sacabas en mates?

Un notable. Pero para ti, ¿una mujer con un hijo no merece ser feliz?

Claro que sí. Pero tú no presumas tanto, a ver si te va a tocar la última de la fila dijo él, extendiendo los brazos.

Riéndote ahora, pero ya verás, los buenos se los llevan pronto.

Javier pensó en decirle que ella tampoco tenía pretendientes haciendo cola, pero se calló. Observó a su hermana: alta, delgada como la madre, ciudadana antes que aldeana. Perfecta para Madrid, modelito fino, y esa forma de mirar

Javier se parecía a su madre, como si la naturaleza se hubiera encargado de barajar genes. Él era bajo, fuerte, de esos que valen para trabajar sin descanso, como decían.

La primavera se fue entre siembras y tareas, de pronto el verano llenó los campos de colores y el aire del dulzor de las fresas maduras.

Javier, ayudando a su padre a preparar la maquinaria para la siega, fue enviado a la ciudad a por recambios. Cuando regresaba, la carretera daba una curva, pero él siguió recto hacia el pueblo.

En una colina, vio a la cartera. Estaba sentada junto a la carretera, con la bicicleta a un lado. Al acercarse el viejo Land Rover, ella no se giró, solo bajó su pañuelo hacia la frente. Javier paró y se acercó.

Buenas tardes, ¿necesitas ayuda? Puedo acercarte dijo, señalando el coche.

No, gracias. Solo estoy descansando respondió, aunque con disimulo intentó tapar un pinchazo en la rueda.

Anda, tienes pinchada la rueda Javier se agachó a mirarla.

¿Ah, sí? Ni me di cuenta, solo quería sentarme y mirar el paisaje.

Se quitó el pañuelo y, en ese instante, Javier se quedó inmóvil. Sostenía la llanta entre las manos, pero lo único que veía eran aquellos rizos castaños cayendo libres sobre sus hombros, y sus ojos, que parecían grises pero, al mirarlos ahora, brillaban de un verde claro. Ella sonrió. Javier sintió cómo la vida se le detenía.

No le importó ni la edad, ni si tenía hijos, ni ningún otro detalle. Fue en ese momento, como si hubiera entendido de golpe qué era el amor. No podía apartar la mirada, el corazón galopaba, y apenas era capaz de respirar.

Mejor te inflo la rueda logró balbucear al cabo de un rato.

No hace falta, mi hermano me la arregla dijo cortante.

Javier se incorporó, tembloroso. Quiso llevar la bicicleta al coche.

La cartera también se levantó, peleando por el manillar. Se miraron.

Soy más fuerte, dijo Javier. Aquí andar con esa rueda hasta casa son siete u ocho kilómetros. Te llevo.

Por el atajo es menos, suéltala.

Pero Javier no podía soltar. Era la primera vez en su vida que le negaban algo. Cualquier chica del pueblo se habría subido al coche sólo para dar una vuelta. Pero aquí

Por ahí, solo hay barrizales soltó de mal humor, empujando la bicicleta y yéndose sin mirar atrás.

Aún sintiendo la ofensa, siguió hasta la tienda de la oficina de correos, muerto de sed.

¿Vienes de la ciudad? le preguntó la empleada.

Sí respondió, mitad botella de agua vacía.

¿No te has cruzado con Sandra? Hay que entregarle un telegrama urgente.

¿A la cartera? Sí, la vi. Paré a ayudar, tenía una rueda pinchada. Casi me muerde, sacó la bici a tirones.

La mujer suspiró.

Eres tonto. Sus padres murieron en accidente, solo vive con el hermano. Por eso no quiere coches. Ay, criaturas

No lo sabía, mujer. ¿Por qué nadie lo cuenta?

Vamos, acompáñame, hay que llevar esa carta a los Morales.

Javier la acercó y volvió con recambios a casa, pero aún veía ante sí la imagen de Sandra.

¿Qué te pasa, hijo? Cámbiate, echa una mano le reclamó el padre.

Tengo que hacer un recado, vuelvo en dos horas.

Ve, ve asintió el padre.

Javier voló por el camino de cabras. Encontró otra vez a Sandra avanzando a pie con la bici. Se bajó del coche, cerró y fue a por ella.

Dame el manillar.

No quiero que me lleves dijo, tensa.

No te voy a llevar. O meto la bici en el coche, o la llevo a pie.

Toma Sandra la soltó y echó a andar.

Javier entendió que podía empujar.

Al principio, silencio. Luego, Javier se armó de valor:

Me llamo Javier.

Ya lo sé, sois los Fernández.

Eso es.

Yo soy Sandra. Sandra Fernández.

Lo sé. Ya dimos el telegrama a los Morales, no te preocupes.

¿Era urgente?

Sí, pero está hecho.

No sabes el favor que me has hecho. No imaginaba que una rueda pudiera ser tan traicionera. Tengo que ir al pueblo de al lado. sonrió.

Javier se detuvo.

Te lo debo. ¿Prefieres tarta o panqueques?

Pan, tarta, lo que sea Javier notó que quedaba como un crío. No tengo manías.

Yo no soporto la cebolla cocida. La sofrío con zanahoria, y así sí la meto en la sopa.

Mi madre también lo hace así dijo él.

Sandra bajó el ritmo, y la conversación fluyó. Javier la acompañó hasta correos, aún mirando la puerta cerrarse tras ella.

Javier, ¿qué haces ahí parado? Sandra salió a la calle.

Tengo que arreglar la bici.

Mañana ya. Gracias, puedes ir le contestó sonriendo.

Javier no quería marchar. Se quedaría allí cien años, esperando verla salir cada tarde. Era una locura.

El coche.

¿Qué? preguntó él.

Te has dejado el coche en el bosque.

Cierto. Ahora voy.

Javier y su padre lo fueron a buscar. Ya en casa, cenando tarde, la madre le lanzó una mirada extraña. Marina se volvió hacia ella y dijo:

¿Ves?

La madre se sentó, se sirvió una taza de té y miraba primero al padre, comiendo sin enterarse, y después al hijo, con una pequeña sonrisa y la cabeza en las nubes.

Pues nada, a ver si invitamos pronto a los parientes, o esperamos a que el águila se digne avisarnos.

Javier miró a su hermana y cerró el puño.

No hace falta, ya lo sé. Me lo dijo un pajarito.

La madre, prudente, pasó la mano por el brazo de la hija:

Luis hace tiempo que no viene, ¿cómo le va?

Buscando buen trabajo en Madrid. Hace falta mucho dinero para una boda respondió Marina mirando al hermano.

Hubiera ganado un buen jornal en la campaña, si se hubiera quedado contestó Javier.

Nos vamos a vivir a la ciudad aseguró Marina, sorbiendo su té.

El padre, sin entender nada, iba siguiendo la charla, de uno a otro.

¿Tú lo sabías, Dolores?

Ella asintió.

Pues ya me lo contarás.

Javier se quedó un buen rato en el porche, mirando las estrellas, inmóvil. La madre salió a buscarle en silencio.

Mañana toca madrugar, hijo.

No puedo cerrar los ojos.

La madre lo abrazó por los hombros.

No te preocupes, Javier. Lo tuyo es verdadero. Solo está empezando, pero crecerá y se hará fuerte. Así me pasó a mí también.

Javier suspiró.

Nunca creí que pudiera pasarme, y solo estoy empezando.

¿Y ella?

No lo sé confesó. Por cierto, dice que la cebolla siempre bien sofrita, en la sopa ya no está mal.

La madre sonrió:

Eso es buena señal. Sabes de ella más que nadie. Me alegro, hijo.

Y le acarició mientras entraba en casa. Javier se quedó mucho rato allí afuera, reviviendo cada detalle de aquel día y soñando despierto el desenlace de los días por venir.

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Ella es demasiado mayor para mí y, además, tiene un hijo
A la perra ya casi le era indiferente, estaba a punto de abandonar este cruel mundo…