Todos ayudan, pero tú eres nuestra persona especial

Inés, ¿por qué no venís hoy a casa? pregunta su hermana con una esperanza evidente. Mi marido está de viaje y se me hace eterno estar sola con los niños.

Valentina se frota el puente de la nariz. Mil excusas revolotean en su cabeza, cada una más absurda que la anterior. Decir que tiene trabajo urgente Lucía no lo creería, hoy es sábado. Escudarse en el cansancio, solo provocaría preguntas, consejos y lecciones. Valentina se muerde el labio y suspira, buscando las palabras.

Lucía, hoy va a ser imposible Valentina intenta que su voz suene apenada. Carmen está algo pachucha, llevamos todo el día en casa, sin salir.

Del otro lado del teléfono se hace un silencio incómodo, seguido de un suspiro resignado.

Vaya, qué pena responde Lucía con tono lánguido. Habríamos pasado la tarde charlando, mientras los niños jugaban juntos…

Valentina pone los ojos en blanco y agradece que su hermana no la vea. Jugar juntos. Claro. Carmen terminaría corriendo detrás de los pequeños, mientras las adultas toman café en la cocina.

Sí, una pena asiente Valentina, aunque su voz ya es un poco más firme. Cuando Carmen esté mejor, nos llamamos y quedamos.

Lucía suspira un poco más, le desea mejoría a Carmen y cuelga. Valentina deja el móvil en la mesilla junto al sofá y se queda mirando la pantalla, con una mezcla de diversión y resignación. Todo esa llamada ha durado apenas cuatro minutos y ni una sola vez Lucía se ha interesado por cómo estaba ella. Ni por su trabajo, ni por su salud, ni por su ánimo. Lucía solo quería saber si iban. Ni más ni menos: mano de obra gratuita.

Carmen aparece en la puerta del salón. Mira a su madre, entre seria y expectante.

¿Te ha llamado otra vez tía Lucía? pregunta.

Valentina asiente, dejando el móvil a un lado. La niña se acerca y se acurruca junto a ella, con gesto entre molesto y aliviado.

Mamá, no quiero volver a ir a su casa afirma Carmen, muy resuelta.

Valentina la mira, esperando que se explique. Carmen se muerde los labios y al final suelta de golpe lo que lleva dentro.

Siempre me toca a mí cuidar de los pequeños protesta. Me obliga a vigilarlos, correr, entretenerlos ahí todo el santo rato. Y el mayor solo tiene cinco años. Mamá, yo no soy su niñera.

Valentina contempla a su hija de nueve años y no puede evitar sonreír. Carmen ya sabe defender lo que siente y pedir lo que quiere. Es capaz de decir en alto qué le incomoda. Valentina siente una oleada de orgullo.

No te preocupes le acaricia la cabeza con ternura. No va a volver a pasar, te lo prometo.

Carmen sonríe agradecida y vuelve a su cuarto.

Valentina se queda mirando el techo, dejando que los pensamientos vuelen. En su familia, todo siempre ha sido peculiar. Lucía tiene cuatro años menos que ella, pero ha tenido ya cuatro hijos. ¡Cuatro! Valentina niega con la cabeza. Ella solo tiene a Carmen, y bastante le cuesta. Cuánto por enseñar, por dar; todo el amor, tiempo y esfuerzo que aún quedan por delante. Y Lucía, en cambio, rodeada de niños, siempre espera que los críen entre todos.

Se frota las sienes, cierra los ojos. Lucía siempre ha creído que la educación de sus hijos es cosa de toda la familia. Los padres, Pilar y Esteban, fueron los primeros en cargar con ese peso. Luego se sumaron los padres del marido de Lucía, los vecinos, conocidos, familiares lejanos. La familia entera trabaja para los cuatro niños de Lucía, menos la propia Lucía.

Valentina sonríe para sí y abre los ojos. Ella siempre ha hecho las cosas de otra forma. Solo recurre a su madre en casos excepcionales: cuando está enferma, cuando el trabajo amenaza con dejarla en la calle, cuando no puede más. En todo lo demás, se basta por sí sola. Costó, sobre todo los primeros años, pero pudo con ello. Y Carmen ha crecido estupenda. Autónoma, lista, con carácter.

Lucía, en cambio, no deja de aprovecharse cada vez más.

Sacude esos pensamientos lúgubres y se levanta del sofá. Hoy ha conseguido zafarse de su hermana; ya es una pequeña victoria. Delante, la rutina de los sábados la espera con el menú de siempre. Se dirige a la cocina y empieza a sacar el lavavajillas.

Los días pasan entre el trabajo, la casa, las idas y venidas. El viernes por la tarde, el móvil vibra y en la pantalla ve el nombre de su hermana. Valentina resopla y contesta.

Inés, ¿cómo sigue Carmen? dice Lucía, con voz azucarada. ¿Está buena ya?
Sí, todo bien Valentina se apoya en la pared. Lleva toda la tarde brincando como si nada.
¡Perfecto! Lucía se anima. Entonces tenéis que venir este fin de semana a dormir, ¡no hay excusa!

Valentina pone de nuevo los ojos en blanco. Empieza otro asalto de regateo.

Estoy aburridísima, los niños están horribles, mi marido sigue de viaje
Lucía, lo de dormir no va a ser posible corta Valentina rápidamente. Pero si quieres, mañana por la mañana paso a verte.

Lucía hace una pausa de decepción evidente. Esperaba más. Pero tras un ridículo tira y afloja, da su brazo a torcer y pactan la visita matinal.

…El sábado amanece gris y algo fresco. Valentina se pone una chaqueta ligera y sale sola del piso. El trayecto hasta casa de su hermana consiste en media hora de autobús y diez minutos más a pie.

Lucía abre la puerta y en seguida asoma la cabeza, buscando detrás de Valentina.

¿Y Carmen dónde está? pregunta, frunciendo el ceño.
Tiene deberes explica Valentina al pasar al recibidor. Hace un examen esta semana y quiere estudiar tranquila.

Lucía engola el gesto, como si hubiera chupado un limón. Cierra la puerta con irritación.

Tu hija está muy rebelde últimamente sentencia. No viene a vernos, no llama, ni un Whatsapp.

Valentina cuelga su chaqueta y se encamina al salón, mientras desde el fondo se oyen gritos y ruidos de críos. Mira a Lucía a los ojos antes de contestar.

Carmen simplemente está harta de hacer de niñera en tu casa responde con calma.

Lucía reacciona como si le hubieran echado vinagre en una herida. Le cambia el color de la cara y la voz le tiembla de rabia.

¡Es lo normal! alza el tono. Que los mayores ayuden con los pequeños, siempre ha sido así.
No, Lucía, no es lo normal Valentina aguanta su mirada. No con los hijos de otros, no con tus hijos.
¡Pero si son primos! Lucía gesticula. ¡Es familia!
Carmen solo tiene diez años, Lucía. Es una niña, no tu criada.

Lucía se acerca, los ojos centelleando. Se escucha llorar al más pequeño al fondo, pero ella ni se inmuta.

¡Le hace bien! insiste Lucía. Así aprende a cuidar niños.
No necesita esas lecciones. No tiene ni hermanos.
¡Justamente! Por eso tiene que estar con los míos. Que sepa lo que es.

Valentina da un paso atrás, asombrada de escuchar esas cosas de su propia hermana. Lucía ni siquiera lo disimula.

¿Te das cuenta de lo que dices? Valentina niega con la cabeza. Lo que buscas es tener una niñera gratuita con mi hija.
¿Y qué? Lucía se cruza de brazos. ¡No puedo sola!
¿Y entonces, para qué tuviste cuatro hijos? le sale casi sin pensar.

Lucía se queda sin aliento, roja hasta las orejas. Se le marcan las venas del cuello.

¡Tienes una hija que ya es casi mayor! chilla. ¡Podría venir tras el colegio, aunque sea día sí, día no, a ayudar!

Eso colma la paciencia de Valentina. Algo hace clic en su interior y toda la rabia contenida estalla.

Te has pasado, Lucía le escupe. Descargas tu responsabilidad en todos menos en ti.
Solo pido ayuda repite Lucía.
No, lo exiges Valentina coge su chaqueta. Piensas que todo el mundo te debe algo.
¡Y claro que me ayudan los padres! ¡Y la suegra también! ¡Pero tú siempre vas a tu aire!
Los padres ya no están para estas cosas, Lucía suspira Valentina, abotonándose. Necesitan descansar, no criar a tus hijos.
¡Ellos encantados! grita Lucía, agarrándola por la manga.

Valentina se zafa y marcha hacia la puerta. Lucía queda plantada en mitad del recibidor, furiosa.

No vamos a volver, Lucía Valentina abre la puerta. Búscate otra niñera.

Sale sin mirar atrás, dejando a su hermana chillando y portazos tras de sí.

…Esa misma tarde, suena el teléfono de Valentina. Ve que es su madre, Pilar. Contesta ya resignada.

Valentina, ¿pero qué has hecho? Pilar está indignada. ¡Lucía está hecha polvo, llorando a mares! ¡Le has dado un disgusto horrible a tu hermana!
Mamá, solo le he dicho la verdad Valentina se deja caer en el sillón.
¿Qué verdad? ¿Que no quieres ayudar a tu hermana?
Una cosa es ayudar, otra es ser la esclava, mamá.
¡Está sola con cuatro niños, Valentina! ¡Y el marido viajando siempre! ¡Es mucho para ella!
Fue su elección, no la mía ni la de Carmen Valentina no cede.
¡Carmen podría ayudarle de vez en cuando! insiste Pilar. ¡Todo el mundo hace lo que puede por Lucía, pero tú siempre eres la especial!
No, mamá le interrumpe Valentina. Mi hija no tiene por qué cuidar a los hijos de nadie.
¡No son extraños! ¡Son familia! chilla casi Pilar.

Valentina se levanta y se planta junto a la ventana. Afuera, la noche cae y las farolas se encienden una a una.

Mira, mamá dice grave, si tú y papá queréis vivir por y para los hijos de Lucía, adelante. Pero yo, no.
¡Eres una egoísta! la acusa Pilar, dolida.
Tengo mi propia familia dice ella tranquila. Mi marido, mi hija. Y no pienso vivir por la tuya.

Cuelga antes de oír la réplica. El móvil acaba en el sofá y Valentina se cubre la cara.

Unos brazos pequeños la rodean. Carmen la abraza fuerte por la espalda y apoya la cabeza en su hombro.

Mamá, lo he oído todo susurra la niña.

Valentina se gira y la abraza fuerte, olfateando el olor a champú infantil en su pelo.

Todo lo que hago es por ti le acaricia la cabeza. Y lo seguiré haciendo.

Carmen la mira, con una sonrisa cálida, sincera, rebosante de cariño.

Lo sé, mamá le aprieta la mano. Gracias.

Quedan abrazadas junto a la ventana, contemplando el Madrid anochecido. En otra punta de la ciudad, Lucía llorará, despotricando contra ella a su suegra. Su madre andará llamando a la familia, contando lo mala que es la hija mayor. Pero en ese pequeño piso, reina la calma y la ternura.

Valentina ha tomado una decisión de la que no va a arrepentirse. Aunque le cueste la relación con su madre y su hermana, Carmen es lo primero. Su infancia, su libertad y su derecho a ser simplemente una niña.

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