Mi marido vivía en la habitación y mi amante en el salón

Mi marido vivía en su cuarto, y el amante en el salón

Joaquín, escúchame un momento y no te alteres me dijo Clara, de pie en el umbral de la cocina, con ese gesto suyo práctico, como si estuviese anunciando la compra de una lavadora. Martín va a venir a vivir con nosotros. Se muda este fin de semana.

Aparté el ABC, incrédulo.

¿Hablas en serio? ¿Dónde va a quedarse? ¿En la terraza?

En el salón, naturalmente. El sofá es cama. Vete acostumbrando, viejo. Será mejor para todos.

La miré despacio, quitándome y poniéndome las gafas; lo hago siempre que estoy nervioso. Me preguntaba si había escuchado bien. A mis sesenta años, ya no tengo el oído de antes.

A ver si lo tengo claro, Clara Quieres decir que tu ese Martín… ¿va a vivir aquí, en nuestro piso?

No ese Martín. Simplemente Martín corrigió, con voz firme. Y sí, aquí. El piso es grande, tú tienes tu habitación, yo la mía. Y él, en el salón. ¿Qué cara pones?

No supe qué decir. Todo en mi cabeza era un galimatías. Treinta y cinco años casados Ni más ni menos. Yo había trabajado toda mi vida como ingeniero en la Seat y llevaba tres años jubilado. Clara enseñaba música en la Escuela Municipal del barrio de Salamanca, dirigía el coro infantil. Nuestra vida era tranquila, quizá algo monótona, como ella solía decir. Yo pasaba las tardes leyendo El País, montando maquetas de aviones, fumando en la terraza. Ella tejía, veía culebrones. Los hijos, mayores, hacían su vida. El varón en Valencia, la chica en Barcelona. Llaman sólo en fiestas y cumpleaños.

Pero hace medio año, Clara cambió. De pronto comenzó a arreglarse más que nunca, a perfumarse con lociones carísimas, pegada al móvil todo el día. A mis preguntas, me quitaba importancia. Hasta que una noche se sinceró: había conocido a alguien. Martín. Camionero, diez años más joven. Dijo que se había enamorado, que quería vivir, sentir antes de que fuera tarde. Me ofrecía el divorcio, pero yo no quise. Lo tomé por una crisis tardía, esperando que pasara. Pero la crisis era real, muy real. A sus cincuenta y ocho.

Y ahora esto.

Clara, eres consciente de lo que dices? Esto es es un disparate. Ya he aceptado la infidelidad, pero ¿que viva aquí? ¿Delante de mí?

¿Delante tuya o no? ¿Qué más da? alzó los hombros. Si pasas el día encerrado en tu cuarto. Pues sigue. Martín y yo viviremos como personas. Es un buen hombre, por cierto. De fiar. No como algunos y me clavó la mirada.

Apreté los puños bajo la mesa. Sentí deseos de gritarle, de tirar algo, pero yo no soy así. Siempre lo fui prudente, templado. ¿Para qué? Ella ya había decidido.

No lo consiento dije con calma. Este es mi hogar también. No permitiré que ese hombre venga a vivir aquí.

¿Ese hombre? Clara esbozó una sonrisa desdeñosa. Para ti será un extraño; para mí, no. Además, el piso está a nombre de los dos. Si quieres, nos divorciamos, dividimos y cada uno a su lado. Pero yo me quedo con Martín, pase lo que pase.

Comprendí el callejón sin salida. ¿Vender el piso, buscar un alquiler, vivir de mi pensión de ingeniero, que apenas da para la compra? ¿Irme a casa de mis hijos? Bastante tienen con sus vidas. ¿Y por qué tengo que marcharme yo? Llevaba treinta años aquí; cada estante, cada tornillo, los coloqué yo mismo.

Está decidido zanjó Clara, dando media vuelta. El sábado se traslada con sus cosas. Procura comportarte con normalidad. No montes escenas.

Salió de la cocina. Me quedé sentado, mirando la nada. La maqueta del DC-9 llevaba semanas sin terminar encima de la ventana. Me serví té, encendí la pipa en la cocina Clara siempre prohibía fumar ahí, pero ya me daba igual. Que se enfadase si quería.

El sábado, el timbre sonó al alba. Abrí la puerta. Allí estaba él. Martín. Alto, recio, el pelo algo canoso, mochila al hombro y una bolsa de viaje. Alrededor de cuarenta y ocho, como decía Clara. La cara curtida, manos de trabajar. Vaquero y camisa de cuadros. Sonrió y me tendió la mano.

Joaquín, soy Martín. Ya sabes de mí, supongo.

No le di la mano. Me hice a un lado para dejarle pasar. Clara salió de su cuarto, radiante.

¡Ven, Martín, pasa! Mira, Joaquín ha salido a recibirnos.

A recibirnos. Buena palabra. Me fui a la cocina, fingí preparar té. Los oí en el recibidor, Martín quitándose las botas y colgando su chaqueta junto a la mía. Absurdo.

¡Joaquín, échales un té, hombre! me gritó Clara.

Sírvetelo tú dije sin mirarle.

Se instalaron en el salón. Clara le enseñaba el sofá, dónde estaba cada cosa. Luego vinieron a la cocina. Cuando quise irme, Martín me detuvo:

Joaquín, que no haya mal rollo, ¿vale? Sé que es raro, pero somos gente adulta. Podemos entendernos.

Me volví. Él sentado en mi mesa, en mi cocina, sonriente. Clara le llenaba mi taza favorita, la que decía Mejor Ingeniero.

¿Entendernos de qué? ¿De que te acuestas con mi mujer bajo este techo?

¡Joaquín! protestó Clara. No faltes.

No falto; describo hechos me quité las gafas, las limpié y me las puse de nuevo. No sé cómo vivir con esto.

Te acostumbrarás dijo Clara con desdén. Hay cosas peores.

Durante la primera semana apenas salí de mi cuarto. Antes era de mi hija mayor, ahora mi pequeño refugio: cama, mesa, estantería y mis maquetas. Oyendo cómo reían al otro lado, la tele, las charlas. Martín se levantaba temprano, canturreando mientras se afeitaba. Marchaba a trabajar a la agencia de transportes Rápido Madrid. Volvía de noche. Clara preparaba la cena, a veces me invitaba, pero no iba. Mi menú: pan con chorizo, té, en mi cuarto.

Pero no se puede esquivarles siempre. Cuarto de baño y cocina son comunes. Una mañana fui a cocer huevos. En el fogón, la sartén de ellos. Clara freía jamón, Martín leía mi periódico.

Buenos días murmuré.

¡Hombre, Joaquín, por fin sales! Clara sonrió. ¿Quieres desayunar con nosotros?

No, gracias.

Cogí una sartén pequeña, rompí los huevos. Friendo, pegados, codo contra codo. Absurdo. Martín pasaba páginas de El País.

Joaquín, ¿tu pipa está aquí? Me apetece fumar.

Me giré en seco. Me miraba curioso.

La tengo yo. Y no te la presto.

Vaya, cuánto apego sonrió. Espero que hagamos buenas migas.

No somos amigos, ni lo seremos jamás.

Joaquín, por favor dijo Clara. Martín te trata bien.

No aguanté más. Quité la sartén del fuego, la tiré al fregadero. Volví al cuarto. Los huevos seguirían crudos. Sentado, los puños cerrados de vergüenza y rabia. Me sentía un fantasma en mi propia casa.

A los días, peor aún. Martín se afianzaba. Trajo herramientas, colgó su estante para llaves en la entrada. Movió los muebles del salón, diciendo que le resultaba más cómodo. Mi lámpara favorita, que compré en el 98, la llevó a la terraza: No pega aquí. Clara, en vez de reñirle, le daba la razón.

Tiene razón, Martín. Hay que cambiar, esto parece un museo.

Si protestaba, nadie me escuchaba. Un día fui a la ducha: estantería llena de botes suyos, gel, espuma, desodorante con olores que me herían la nariz. Con los míos resultaban invasivos, amenazantes. Cogí el gel, olí. Empalagoso. Lo tiré de nuevo con rabia.

En el salón, el sofá repleto de cosas suyas. Ropa, mantas. Todo olía a otro hombre. Perdía la cabeza. Me aislé aún más, pero las risas y conversaciones llegaban a cualquier rincón. Oía sus besos, sus caricias. Ponía la radio muy alta para ahogar ruido.

Los vecinos, por supuesto, se enteraron enseguida. En nuestros bloques, las habladurías vuelan. Doña Carmen, del piso de al lado, me paró en la escalera, llena de compasión.

Joaquín, ¿cómo llevas lo tuyo? Sabemos lo que pasa. Ánimo, hombre.

Le devolví un gesto y seguí. No quería hablar, pero notaba las miradas inquisitivas por los pasillos. La señora Asunción incluso me abordó:

¡Joaquín, echa a ese fulano! El hombre es el dueño de su casa.

Gracias por el consejo repliqué, avanzando.

¿Pero cómo echarle? ¿A la fuerza? Con el corazón débil, ya mayor, mientras él parece un toro. Y Clara de su lado. Era como estar atrapado en una novela surrealista.

Una noche, en la cocina, mientras ellos veían cine en el salón, Clara apareció y sacó una botella de Rioja:

Joaquín, ¿te importa?

A estas alturas toma lo que quieras.

Se sirvieron copas, unas lonchas de manchego, y se fueron. Sólo quedaban en la nevera sus cosas. Chorizo para Martín, yogures para Clara. Mis latas, arrinconadas en el fondo.

Miré a la calle, los faroles encendidos, Madrid bulliciosa. Había familias normales, sin maridos y amantes compartiendo piso. Para mí, en cambio, la realidad era esa.

Regresé a mi cuarto, me senté con la maqueta. Intenté pegar el ala, pero tenía las manos tan temblorosas que no pude. Encendí la pipa. El humo subía, y pensaba en otros años: los domingos con Clara en el Retiro, sus tartas, los telediarios juntos. ¿Aburrida rutina? Quizá. Pero era vida. Nuestra vida.

¿Ahora? Encerrado, esperando el fin.

Lo peor fue un día a la mañana. Salí a la cocina y encontré a Martín cocinando con mi bata vieja, la de cuadros, que llevaba quince años usando.

¿Y eso? le señalé.

¿Esto? rió. Clara me la ha dejado. Dice que tú ya no la necesitas.

¿Cómo que no? ¡Es mía!

Tómala, si te molesta.

Agité la mano.

Quédatela.

Giré sobre mis talones. Oí a Clara reír en la cocina. Se reían de mí.

Semanas después, sucedió lo definitivo. Entré al salón para coger un libro. Ellos en el sofá, Martín abrazando a Clara, miradas de enamorados. Los vi, sin apartarse.

¿Quieres algo, Joaquín? preguntó Clara.

Un libro.

Cógelo, no te quedes ahí.

Tomé un tomo de Baroja. Se besaron delante de mí, largo y tierno. Me sentí invisible allí mismo. Ella clavó sus ojos en mí:

¿Sigues ahí?

Ya me marcho susurré, saliendo al pasillo.

Me encerré, temblando. Un dolor absoluto. No era sólo la traición; era el desprecio por todo lo compartido.

Recordé la boda en San Sebastián de los Reyes. Yo con mi traje, ella de blanco. Los nacimientos de los niños. Sueños. Años de trabajo. Clara enseñando música, yo llevando el pan a casa cada mes. Y ahora confrontando este presente.

Los hijos nada sabían. No quise contarles, tampoco Clara. ¿Para qué amargarles? Tienen sus propios líos, sus familias. Alejandro es contable en Sevilla; Teresa, gestora en Barcelona. Llaman por Navidad. ¿Qué decirles? ¿Que su madre metió a su amante y yo soy el payaso de la casa?

El tiempo se volvió lento y pegajoso. Evitaba coincidir. Me levantaba temprano, desayunaba solo, salía a andar Madrid. Iba a la biblioteca. Al volver, directo al cuarto. La soledad, inexorable.

Una velada, fui por agua. Ellos cenaban, se reían. Platos de lomo, ensalada y vino. Una estampa hogareña sólo que, en vez del esposo de siempre, junto a Clara estaba otro. Martín me hizo un gesto:

Joaquín, siéntate, hay sitio.

Me serví agua y me fui sin responder.

No quiere compartir comentó Clara. El orgullo, demasiado.

Tú mismo dijo Martín.

Hambre, volví a mi armario: pan duro y una lata de leche condensada. Unté el pan, bebiendo agua. De la cocina, su risa y los tintineos de copas.

Días después, Clara entró en mi cuarto.

¿Hasta cuándo vas a seguir así?

¿Así cómo? sin mirarla.

Tanta ofensa, tanta rabieta. Somos adultos, podríamos convivir

Levanté los ojos.

Trajiste a tu amante aquí. ¿Cómo quieres que actúe?

Podrías aceptarlo, comprender. La gente cambia. Yo he cambiado; necesito otra vida.

¿Y yo? ¿Qué necesito yo?

Tus maquetas, tus periódicos, tu pipa rió con algo de pena. Siempre tan gris, tan predecible. Estoy harta.

Me acerqué a la ventana.

¿Por qué, entonces, treinta y cinco años juntos?

Porque no podía elegir. Ahora sí.

Se marchó, cerrando. Me quedé en silencio, sintiendo una opresión muda, de esas que mezclan pena y derrota. Quizá no le faltaba razón. Quizá sí fui aburrido; pensé que aquello era el amor: rutina, responsabilidad, cuidado.

Unos días después, Martín ganó aún más terreno en la casa. Cambió mi estante de zapatos, instaló uno suyo y tiró el anterior, que me había hecho mi padre.

¿Qué es esto? pregunté cuando lo vi.

Martín lo trajo, el otro era horrible respondió Clara sin inmutarse.

Me dolió físicamente. Agarré la chaqueta y salí a caminar por Chamberí, sin rumbo, hasta acabar sentado bajo los árboles del parque de la Dehesa de la Villa. Volví de noche. Ellos dormían. Me preparé té bajo la luna. ¿A dónde huir? No lo sé. Es mi cruz, y la llevo como puedo.

Lo peor fue una mañana. Martín en mi silla, al lado de la ventana donde siempre me sentaba en el desayuno desde hace treinta y cinco años.

¿Puedes quitarte? pedí.

Levantó la ceja.

¿Por?

Es mi sitio.

Joaquín, no seas niño intervino Clara. ¿Qué más da?

A mí sí me importa.

Martín se encogió de hombros y no se movió.

Perdona, pero aquí estoy a gusto.

Giré y me marché. Oí sus carcajadas. En mi cuarto, por primera vez en años, lloré largo. El dolor era miserable y limpio. Había tocado fondo.

Desde entonces, me rendí. Vivía en mi cuarto. Clara a veces venía a preguntar cómo estaba. Martín intentaba hablarme, yo no respondía. Éramos tres náufragos en islas diferentes bajo el mismo techo.

Me abandoné. Ya no me cuidaba, ni me afeitaba. Las maquetas no progresaban; los libros, apilados. Sólo fumaba a oscuras, viendo el humo esfumarse por el aire. Mi relato, mi vida: una historia que nadie quería escuchar.

Una tarde, Clara entró sin avisar:

Joaquín, Martín y yo vamos a casarnos.

Levanté la cabeza.

¿Casaros? ¿Y yo?

Nos divorciamos, está claro. Los papeles ya están en marcha.

¿Y el piso?

Se vende y se reparte, lo que toca por ley. Con tu parte, te buscas algo. O te vas con los niños.

Me senté al borde de la cama.

¿Cuándo?

Un mes. El expediente ya está en trámite.

Se fue. Me quedé solo, repitiendo: divorcio, piso a medias. ¿Qué haría con mi parte? Ni para un estudio en Usera. O una habitación en Carabanchel. Sesenta años, corazón débil, pensión mínima. ¿Qué futuro?

Me miré en el espejo: canas, arrugas, los ojos apagados. Un anciano sobrante y cansado, limpiando con el pañuelo los cristales de las gafas. Rutina de siempre.

No dormí esa noche, oyendo sus murmullos en el salón. Risas, confidencias. Una pareja que, tras mi muro, planeaba la vida sin mí.

Por la mañana me adelanté en la cocina. Quería estar solo un rato con el té y la ventana abierta a la vida madrileña de la calle Segovia. Clara apareció aún en bata.

Tenemos que hablar, Joaquín.

¿De qué más?

Del piso, está claro que se vende. Pero, mientras tanto, hay que convivir. No puedes seguir encerrado.

¿Y por qué no? No os molesto.

Martín dice que deberías socializar. El aislamiento es malo.

Sonreí amargamente.

¿Ahora Martín se preocupa por mí? Muy tierno.

No te pongas así. Es buena persona. Podríais hasta llevaros bien.

¿Llevarme bien con el amante de mi mujer? ¿Oyes lo que dices?

Apretó los labios.

Creí que ya te habías resignado. Ha pasado tiempo.

Resignado, sí. ¿Elección? No me queda otra.

Me tocó la mano. Nada quedaba de ternura en ese gesto. Sólo el protocolo de dos desconocidos.

Clara, aún pienso dónde fallé. Si fui demasiado gris, si faltó algo. Pero siempre creí que el amor era cuidar, ser fiel, sostener…

Eso es deber, no amor. El amor es otra cosa. Pasión. Lo que siento con Martín.

¿A los cincuenta y ocho, Clara?

¿Qué importa la edad?

Me marché al cuarto sin más. Tumbado, revolvía recuerdos buscando cuándo fui, de verdad, feliz. No supe hallar el momento.

Los días fueron idénticos. Martín trabajaba, pasaba tardes pegado a Clara, yo apenas era una sombra. A veces sentía que ya había muerto y nadie lo había notado.

En la entrada apareció una nueva cajonera para zapatos. Mi vieja repisa, herencia de mi padre, desaparecida. Pregunté y Clara me respondió indiferente: Estaba vieja.

Esa mañana salí a caminar sin rumbo, por el Retiro, hasta el atardecer. Sentado bajo los árboles, pensé que la vida ya se había acabado para mí. Volví tarde, ellos dormían. Me preparé té bajo la luz de la luna, preguntándome qué destino me esperaba los años por venir.

Un día, muy de mañana, llegué a la cocina y Martín ocupaba mi sitio junto a la ventana.

¿Podrías moverte? pedí.

¿Por qué? respondió, atónito.

Siempre he desayunado aquí.

¡Jo, Joaquín, qué más da! intervino Clara.

A mí me importa.

Martín no se removió.

Aquí estoy bien, si quieres busca otra silla.

Me senté de nuevo en el cuarto y lloré otra vez, derrotado. Todo orgullo, dignidad, enterrados.

Tras eso, dejé de resistirme. Vivía en mi esquina y apenas salía. Clara preguntaba por cortesía. Martín intentaba entablar conversación, la ignoraba. Éramos planetas distintos. La vida, otro universo.

Pasé semanas sin afeitarme, vestido de cualquier modo. No tocaba las maquetas ni los libros. Sólo fumaba, soñando con nada.

Una tarde, Clara me trajo los papeles del divorcio.

Firma, por favor. Ya lo he hecho yo.

Leí por encima: palabras secas, técnicas, que resumían una existencia compartida. La rutina reducida al trámite.

¿Y si no firmo?

Se encogió de hombros.

Iré al juzgado y harán la partición. Joaquín, ¿para qué estirar esto? Sabes que lo nuestro acabó hace mucho.

Tomé el boli y firmé. Treinta y cinco años, reducidos a una línea. Se lo entregué. Ella me dedicó una sonrisa suave.

Te deseo lo mejor, de verdad.

¿A mi edad? ¿Después de esto?

¿Por qué no? La vida no se acaba nunca.

Se fue. Me quedé solo pensando en el futuro incierto: una habitación pequeña en Vallecas, pasando los días solo. ¿Qué otra opción tenía?

A los pocos días, pusieron la casa en venta. Vinieron parejas y agentes inmobiliarios, curiosos. Martín y Clara atendían; yo, encerrado. Ni abría cuando llamaban. Un día, la agente me golpeó la puerta.

¿Puedo mostrar su cuarto a los compradores?

No respondí seco.

Ella se fue. Al rato, Clara vino a quejarse. No me importaba.

Una noche, Martín se sentó frente a mí con cara grave.

Joaquín, sólo quiero hablar entre hombres.

Le miré, asintiendo.

Sé que todo esto es muy duro, que he destruido tu vida. Pero, créeme, lo que siento por Clara es real. No era mi intención destrozarte.

Pero lo hiciste dije.

Sí. Y me duele. Pero no puedo dejarla. Me niego.

¿Quieres que te comprenda o te absuelva? No cuentes conmigo.

Se fue. Me quedé solo con mi café.

El piso lo compró una pareja joven. Firmamos el trato, ellos felices, nosotros yo sobrevivía. Martín y Clara planeaban mudarse cerca de Salamanca. Mi parte me daba para un estudio diminuto, o alquiler modesto. Empecé a mirar anuncios de habitaciones en la Latina.

Una semana antes del traslado empaqueté mis cosas: libros, aviones de maqueta, ropa. Todo en tres cajas y una maleta. Sesenta años, en tres cajas. Lástima.

El camión vino temprano. Hallé una habitación exterior en Chamartín; quinto sin ascensor, pero económica.

Antes de irme, recorrí la casa: el salón donde celebramos Reyes, cumpleaños… Ahora viviría otra familia. Clara salió a despedirse.

¿Te vas?

Sí.

Pues suerte.

Nos miramos sin reconocernos. Recordé los viejos días: besos matutinos, caricias, las manos entrelazadas en el hospital al nacer los niños. Todo eso ya era otro mundo.

Adiós, Clara.

Adiós, Joaquín.

Bajé las escaleras y el chófer preguntó:

¿Listo?

Listo.

Miré por última vez hacia las ventanas. Allí vivían ahora ellos, felices. Yo iba hacia otra vida.

El estudio era pequeño, pero sólo mío. Monté mis cosas, puse los aviones en la repisa, colgué la ropa, organicé los libros. Me senté a beber té en mi ventana viendo bajo el crepúsculo a los niños jugar en el parque.

A los días, llamó Teresa, mi hija.

Papá, ¿cómo estás? Mamá me ha contado.

Todo bien, hija, no te preocupes.

¿Dónde vives? ¿Voy a verte?

Está bien así, cielo. Ven cuando quieras, yo me arreglo.

Ella insistía, pero no quería preocuparla más. Ella tiene su vida.

Me adapté pronto. Compraba, cocinaba, a veces leía o miraba la tele antigua. Los vecinos no daban guerra.

Una tarde conocí en la biblioteca a Soledad, también jubilada, separada. Nos hicimos compañía, charlando de libros y vida. Sin pretensiones; sólo amistad amable.

No olvidaba el pasado. Por las noches, recordaba a Clara y a Martín: a veces dolía, cada vez menos.

Medio año después, tenía mi rutina. Compré una butaca cómoda y, a veces, Soledad venía con bizcochos, tomábamos té y hablábamos de libros. La vida, lo que da de sí.

Un anochecer sonó el teléfono. Era Clara, voz temblorosa.

Joaquín Martín se ha ido. Dice que soy demasiado mayor. ¿Puedes creerlo?

Guardé silencio.

¿Me oyes? Me siento fatal.

Te oigo.

No sé qué hacer.

Oí el llanto al otro lado. Llamaba a su exmarido pidiendo consuelo.

Clara, lo siento. No puedo ayudarte.

Pero Joaquín

Elegiste, Clara. Ahora te toca vivir con ello.

Colgué. No sentí rencor, sólo vacío. Un poco de compasión, quizá.

Esa noche nevó en Madrid. Vi a los niños haciendo muñecos de nieve y sonreí. La vida sigue.

Empecé a quedar más con Soledad. Paseos, palabras amables. Me invitó a su casa a merendar.

¿Ves, Joaquín? Tras el divorcio pensaba que todo había acabado. Sólo era otra vida, nueva.

Sí, otra vida respondí.

Salí de allí paseando despacio, bajo el frío con el corazón algo más ligero.

Entré en mi habitación. Calor, silencio, luz amable. Me senté, abrí un libro. Fuera caía la nieve, la ciudad blanca y nueva.

La vida seguía. Era distinta, pero seguía. Y aprendí a vivir de nuevo, a los sesenta. Quizá, sólo quizá, eso también era felicidad.

Y aún a veces muy de cuando en cuando recordaba la frase de Clara:

Joaquín, Martín vendrá a vivir con nosotros. Acostúmbrate.

Y, sí, acabé acostumbrándome. Pero no como ella había querido. Me acostumbré a vivir solo. Sin ellos, sin esa casa. Y eso no fue el fin, sino el comienzo. El comienzo de mi segunda vida.

Y la anterior quedó allá, sepultada en esa casa donde nunca volvería. Ya no me pertenecía.

Cerré el libro, apagué la luz. Mañana sería otro día. Y lo afrontaría, porque la vida, siempre, continúa.

Pasaron los meses, llegó la primavera. Me adapté. Soledad venía a menudo, traía pastas y sonrisas. Paseábamos, hablábamos de lecturas, del tiempo. Nada formal, sólo amistad y calor humano.

Un atardecer, mientras cenaba en la cocina, se asomó doña Manuela, la vecina.

Joaquín, ¿un té? Acabo de hacer.

Gracias, ya he tomado.

No te quedes tan solo siempre, ¿eh? Si quieres, pasa por casa.

Asentí, sonriendo.

Te he oído, Manuela. Gracias; me estoy acostumbrando.

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Mi marido vivía en la habitación y mi amante en el salón
¡Esto todo es mío y tú no eres nadie aquí! – exclamó la hija al exigir que desalojaran la habitación