La trampa de la confianza

La trampa de la confianza

¡Ni te imaginas! La dueña del piso horrendo que tengo el infortunio de alquilar me exige que me largue entró Amadora hecha un vendaval en casa de su amiga, se desplomó en el sofá y se quedó mirando al techo con cara de pocos amigos, como si el culpable de todas sus desgracias fuera la lámpara.

Bárbara resopló con la energía de quien lleva soportando dramas ajenos desde el desayuno. El tono de Amadora rozaba el apocalipsis: ojos relucientes a punto de llorar, labios temblorosos Vamos, un retrato digno para el Museo de las Quejas.

¡Me ha dado dos días! continuó Amadora, gesticulando como una presentadora del telediario más dramático de Salamanca. ¿Pero tú ves normal esto? ¿Dormir en la calle o qué?

Bárbara frunció el ceño y fue sin prisas hacia la ventana, como consultando a los dioses del vecindario. Conocía bien a doña Carmen Domenech, la casera: una señora sensata, discreta, que sólo perdía la compostura si se le quemaba la leche. ¿Qué podía haberla hecho perder los papeles así?

¿Pero qué ha pasado? preguntó con delicadeza mientras espiaba el fresco del patio. La señora Carmen siempre me ha parecido muy justa, la verdad…

Miró, por quinta vez en una hora, lo que pasaba abajo. Eso le molestó mucho a Amadora. ¿Pero qué pasa aquí, que mi tragedia no interesa?

¡Me estás escuchando o estás organizando la romería desde la ventana! Estoy abriéndote mi alma y tú, mirando mariposas…

Perdón se disculpó Bárbara, apartándose de la ventana. Es que estoy esperando a alguien Pero sigue, sigue, te escucho con toda mi atención.

Amadora bufó, pero retomó el relato con tanto aspaviento que parecía estar interpretando a Penélope Cruz en versión barrio obrero.

¡Se ha puesto celosa de su marido por mi culpa! ¿Tú ves esto medio normal? ¡Si a mí su marido me da una pereza…! dijo, dramática. Vino a arreglar el grifo, que llevaba dos días goteando y yo a punto de lanzarlo por la ventana. ¿Tú sabes? Goteo, goteo, goteo Por el día y por la noche. Iba a terminar yo a martillazos, por la desesperación.

Bárbara no pudo evitar imaginarse a su amiga armada de alicates y a punto de cargarse la fontanería media de Valladolid. Pero Amadora, enfrascada en el relato, ni se inmutó.

Total, que apareció el tío a primera hora. Yo estaba en modo zombi, recién levantada, así que le abrí la puerta en mi bata. ¡Bata, ojo! No iba desnuda hizo una pausa teatral chocando la taza de té contra la mesa. Media hora después aparece la propia doña Carmen, como una Pedrita en modo guardia civil. Nos pilla a los dos: él en mono y yo en bata. Y, bueno la mirada esa ¿entiendes, verdad?

Ahora sí, Bárbara logró meter baza:

O sea, ¿que piensas que cree que hay algo entre tú y su marido?

¡Claro! Amadora tiró las manos al cielo. ¡Como si yo tuviera algún interés en ese hombre! Que si se le cae el pelo, que si ese barrigón y lo de hablar sólo de tuberías y goteras. Pero claro, ¿Cómo iba a saberlo ella? Te ve ahí y todo lo demás se lo monta en su cabeza

Se dejó caer aún más en el sofá, cruzando los brazos, la ofendida encarnación.

Ahora me dice que tengo dos días para largarme. No quiero comprometer la reputación de mi piso, dice. ¡Comprometer! Parece que tuviera un burdel. Y ahora a ver dónde vivo yo

¿Pero de verdad no te cambiaste de bata en todo ese rato? preguntó Bárbara, poniendo el foco en el detalle que para muchos sería anecdótico.

Amadora agitó una mano como si estuviera espantando moscas:

¡Qué pereza! Me levanté, abrí la puerta y ni me di cuenta de lo que llevaba. Y si sólo es una bata, la de toda la vida, ¡no es para tanto!

A Bárbara se le escapó una sonrisilla. Recordaba la tarde en la que las dos fueron a comprar esa bata tan de andar por casa. Amadora girando delante del espejo, repitiendo ¡Pero mira qué femenine, qué elegancia! Lo cierto es que la bata era transparente, con encaje y no llegaba a mitad de muslo.

Sí, sí, tus batitas ironizó Bárbara. Ese pobre hombre debió acabar babando y con un ojo mirando a Cuenca. Si vas a la ferretería así, hundes el sector.

Amadora puso cara de ultrajada.

¿Pero en serio, Bárbara? Que igual me veo en la calle y tú con las bromas

Bárbara resopló de nuevo, la mano en la cara tratando de desatorar las neuronas.

Perdona, Amadora. Es que llevo un día… Todo mal por culpa de Rodrigo confesó enseguida, mirando a sus pies.

Amadora, que tan pronto dramatizaba como empatizaba, cambió el gesto enseguida y se sentó más cerca, dispuesta a escuchar como una buena amiga.

¿Por tu exmarido? ¿Vas a decir que echas de menos al calvo que tanto te hizo sufrir? Yo ya te advertí que lo de divorciarte tenía tela; ahora él no te va a perdonar jamás que lo dejaras tú.

Lo dijo sin rabia, más bien con esa resignación de sabio en bata que siempre sabe que sus consejos caen en saco roto.

Bárbara se enderezó, la mirada muy seria. ¿De verdad era necesario echar sal en la herida? Si Amadora lo sabía todo.

NO. ME. ARREPIENTO dijo, muy clara, en sílabas bien separadas. Ni un segundo. Y si tuviera que hacerlo otra vez, lo haría antes y mejor.

La seguridad era absoluta, la cabeza inclinada hacia delante como una pequeña declaración de guerra.

Amadora se encogió de hombros, cruzó los brazos y puso cara de dímelo a mí:

Allá tú, chica. Como si los hombres buenos anduvieran colgados de los árboles

Sí, sí, buenos respondió Bárbara, esta vez con un toque de amargura.

La conversación se congeló. Bárbara volvió su atención a la ventana, siento que algo acechaba. De pronto, vio un coche blanco aparcado justo debajo: tal cual el de Rodrigo. El corazón se le aceleró, las palmas sudorosas, y empezó a buscar el móvil como si se le fuera la vida en ello.

¿Dónde está mi teléfono? murmuró con voz entrecortada. ¿Dónde…?

Se puso de rodillas, revisó debajo de la mesita, luego se enderezó bruscamente y fue derecha a la estantería, rebuscando con los dedos temblorosos.

Amadora la miraba intrigada, sin moverse del sofá, una ceja en alto: ¿Pero esta ahora qué le pasa?

Por fin Bárbara dio con el móvil, escondido tras el respaldo. Agarró el aparato como quien se aferra a un salvavidas.

Amadora, ahora sí, empezó a perder la paciencia.

¿Se puede saber qué haces? ¿Has visto un fantasma o qué?

Se acercó a la ventana y miró la calle. Coche normal y corriente, una mujer rubia conduciendo, acompañada de un señor con barriga. Nada que ver con Rodrigo, que siempre iba de traje planchado y dieta estricta.

Mira, relájate. No es su coche. Y menos aún es él: ni musculitos de gimnasio, ni corbata. Todo bien.

Bárbara intentó abrir la botella de agua, pero las manos no le respondían. Soltó la botella antes de que se le cayera al suelo y, por fin, pudo contar en voz baja:

Rodrigo me amenazó después del juicio. Dijo que pagaría caro haberle hecho quedar en ridículo.

Amadora se le acercó, esta vez con preocupación sincera.

Bah, sólo quiere asustarte. Eso de amenazar es lo único que les queda a los cobardes.

Bárbara sonrió amargamente. Si supiera que el asunto venía de lejos: primero fueron los mensajes, luego las amenazas directas, cada vez más concretas.

El divorcio fue sonado, de los de portada en el Hola local. Tuvo que mostrar partes médicos: lesiones, moratones, esguinces. Todo acumulado desde el día en que decidió que no podía más con Rodrigo.

Recordaba el momento exacto en que entendió que aquello no podía continuar. Al principio lo intentó todo: hablar, razonar Pero Rodrigo sólo se reía o explotaba en gritos. Luego llegaron los golpes a la pared, las amenazas auténticas. Por una temporada, casi consiguió que Bárbara se conformara y volviera a la rutina. Pero llegó el día en que apareció su hermano Martín, exmilitar y con pocas bromas, por casa. Cuando Rodrigo levantó la mano, Martín no se lo pensó. Rodrigo acabó con dos costillas rotas y un ojo morado.

Mientras Rodrigo estaba hospitalizado, Bárbara recogió sus cosas, dejó el trabajo y se mudó a casa de sus padres, lejos de Madrid, sin dar pistas. En cuanto pudo, se instaló en el piso antiguo de su abuela: reformado, bonito, seguro. Sobre todo, Rodrigo no sabía donde estaba y eso fue, durante un tiempo, la mejor noticia.

Poco duró la paz: el primer paquete sorpresa llegó la semana en que Bárbara empezaba a acostumbrarse a la vida independiente. Llamó el mensajero, traía aparentemente un par de libros pedidos por internet. Pero al abrirlo encontró su viejo osito de peluche, el que tenía guardado en un trastero, decapitado. Y una nota: ¿Quieres acabar igual? Lo puedo arreglar.

La angustia fue tal que casi no abrió la puerta durante días. Poco después llegó una foto suya tachada con bolígrafo y el mensaje: No podrás esconderte.

El hermano iba cada día, revisando cerraduras, el vecindario pero la tensión no desaparecía.

Y finalmente ocurrió lo que más temía: una mañana, mirando por la ventana, vio a Rodrigo parado en la acera. Llamó al 112. Cuando llegó la policía, él se fue de rositas, saludándola con sarcasmo desde abajo.

Bárbara se derrumbó tras la cortina. Sabía que no era el final.

Se quedó callada. Amadora rompió el silencio, muy seria.

Y yo cabreada porque no querías salir de casa… dijo, apretando la mano de Bárbara al otro lado de la mesa. Perdona. Mis problemas parecen de chiste al lado de esto.

De pronto, Bárbara se iluminó con una idea:

¿Sabes qué? ¿Por qué no te quedas en mi piso unas semanas? Tú ganas tranquilidad y yo, compañía. Total, lo voy a vender pronto.

Amadora abrió los ojos, entre sorprendida y aliviada.

¿En serio vendes el piso? ¡Pero si es ideal!

No quiero seguir mirando por encima del hombro. Me voy lejos, donde Rodrigo no pueda encontrarme. No quiero vivir con miedo.

¿Y dónde vas a ir?

No sé. Quizá Cádiz, quizá a los Pirineos. Allí tengo conocidos, puedo empezar de cero.

Amadora dudó pero aceptó. Era mejor que dormir en un cajero.

Las semanas siguientes fueron tranquilas. Rodrigo sólo mandó algún mensaje rencoroso y nada más. Todo el vecindario disfrutaba de la calma: hasta el repartidor del súper parecía menos nervioso.

Un día, Bárbara se atrevió a ir sola a comprar el pan. No pasó nada hasta que una mano la agarró del brazo. Era Rodrigo.

¿Pensabas que no te encontraría? susurró. Ahora vienes conmigo y te callas, si no quieres pasarlo mal.

El vigilante del supermercado, que la conocía, salió enseguida.

¿Algún problema, señorita?

Rodrigo, teatral, contestó: Sólo quiero hablar con mi mujer.

Pues ella no quiere. ¿A que no, Bárbara?

NO QUIERO respondió ella en voz alta.

El vigilante llamó a la policía y Rodrigo salió de allí despeinado, pero triunfal.

Bárbara volvió a casa temblando, convencida de que aquello sólo era el principio.

*******

Aquella noche no podía dormir. Le daban vueltas las imágenes del super. ¿Cómo narices había sabido que estaría justo ahí, ella que ni siquiera salía mucho de casa?

Decidió ir a la cocina, a preparar té. Al pasar delante del cuarto de Amadora, escuchó su voz, susurrando al móvil:

Mira, Rodrigo, si haces esas payasadas nadie se va a fiar de ti. Tranquilízate y espera, que no quiero que la líes otra vez. Cuando saque a Bárbara de casa te aviso.

Bárbara sintió un escalofrío atroz. Volvió a su cuarto y marcó el número de su hermano.

Martín vino por ella a la velocidad del rayo. Cuando la puerta sonó, Amadora pareció, por primera vez, confusa.

¿Quién viene a estas horas?

Mi hermano dijo Bárbara, apoyada en su cuerpo protector. Y tú, Amadora, fuera de mi casa. Polvo has sido, polvo te vas.

¡Pero si es de noche y no tengo a dónde ir!

Vete con Rodrigo zanjó Bárbara.

Martín la miró con un brillo de a la próxima le parto la cara yo mismo.

Amadora recogió sus cosas y se fue. Y la tensión tardó unos minutos en disolverse en el aire.

*******

Al final, Bárbara y su familia se trasladaron a un pueblo pequeño en la costa de Asturias. Nadie sabía su nuevo apellido, sus perfiles en redes desaparecieron, y la vida empezó de nuevo, sin dejar rastro.

Rodrigo, durante un tiempo, removió Roma con Santiago buscándola, pero todo fue inútil. Hasta que, por fin, la dejó en paz, ocupado como estaba en meterse en líos. Un día, agredió a una nueva novia confiada, cuyo padre resultó ser nada menos que el presidente del club de fútbol local. Rodrigo acabó en prisión, donde según rumores el karma le enseñó alguna que otra lección.

Amadora, por su parte, intentó pescar otro benefactor, pero la suerte se le dio la vuelta: le partieron la nariz, quedó marcada para siempre y terminó con un novio borracho que le daba más disgustos que alegrías. Entre moratones y alquileres imposibles fue añorando los días en que sólo tenía que preocuparse por sus batitas y una amiga leal.

Bárbara, en cambio, reconstruyó su vida. Encontró trabajo en una gestoría, hizo nuevas amistades y, por fin, empezó a disfrutar los pequeños placeres: el pan con tomate en el desayuno, el olor de la brisa marina, el murmullo de la gente en el puerto.

A veces recordaba lo vivido, y el miedo reaparecía. Pero ahora sabía que su nueva vida no tenía lugar para gente así. No más trampas. Y ni de broma, más confianzaUna tarde, sentada en el rompeolas con un café entre las manos y la mirada perdida en el horizonte, Bárbara sonrió sin darse cuenta. El reflejo del sol iluminó su rostro, marcando las líneas de quien ha llorado demasiado, pero ha aprendido a reír otra vez. En el bolsillo sentía el peso de las llaves de su nuevo hogar, un simple llavero de madera con la inscripción: Confía. Todo pasa.

Cerró los ojos, dejando que la brisa juguetona le despeinara el flequillo, y respiró profundamente. Sintió por primera vez que estaba completa, no por lo que le faltaba ni por lo que había perdido sino por todo lo que había recuperado: la calma, la dignidad y la certeza inamovible de que nunca más entregaría su confianza sin merecerla.

Al incorporarse, hubo quien la saludó desde el faro; ella contestó con un gesto lento, parte de esa coreografía silenciosa y tranquila que ahora era su vida. Allí, entre la sal y las calles empedradas, Bárbara entendió por fin que la verdadera libertad no consiste en vigilar puertas y ventanas, sino en aprender a dejarse llevar, sabiendo que una mala etapa solo es la antesala del nuevo capítulo.

Y así, paso a paso, Bárbara dejó atrás el eco de las amenazas y las amistades venenosas. Ya no hacía falta mirar atrás. Su corazón, recosido y valiente, tenía la mayor de las certidumbres: no importa cuán oscura haya sido la noche, siempre llega el amanecer… y esta vez, era suyo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nine + twenty =

La trampa de la confianza
La que tuvo el valor de decir «no»