La que tuvo el valor de decir «no»

La que dijo no

Inés Fernández Sanjuán estaba sentada en el borde de un taburete, cortando pan. Fino, muy regular, como a él le gustaba. Ocho rebanadas, idénticas. Después dejó el plato con las rebanadas en la mesa y se fue a remover el cocido, que hacía burbujas en la olla. Esperaba a los invitados a las seis, pero ya eran las seis menos diez.

Valentín estaba tirado en el sillón, frente al televisor, cambiando de canal como quien desgrana aceitunas. No preguntaba nunca si podía ayudar. Nunca lo había hecho. Para qué, si al final todo terminaba hecho y listo.

Inés tenía ya cincuenta y cuatro años. Trabajaba de contable en el Instituto Técnico número siete, aquí en Valladolid. Un empleo tranquilo, nada de líos. Números, balances, nóminas. Veintidós años en el mismo sitio. Los compañeros la respetaban, el director nunca se quejaba. En casa, de todo eso ni se hablaba.

Los invitados llegaron a eso de las seis y media. Subió la consuegra, Remedios García, con su marido Antonio; también vino el hermano de Valentín, Sergio, con su mujer, Lidia. Llegaron todos ufanos y ruidosos, sentándose cada uno donde más fresco le daba, hablando todos a la vez. Inés servía platos, reponía los vacíos y recogía sin dejar de oír las conversaciones de fondo.

En la mesa se discutía de precios, de los vecinos, de que en el barrio de al lado habían abierto un mercado nuevo. Inés escuchaba y callaba. Ya era costumbre, eso de callar a la mesa.

Remedios sacó el tema de la nueva clínica que el ayuntamiento prometía abrir en la calle Labradores.

Pues a ver si así hay menos listas de espera decía, recolocándose el cuello del jersey. Que ahora ir al médico de cabecera es una odisea.

Qué va, si va a ser igual en todas partes añadió Antonio. Doctores no hay y los que hay huyen.

Pero yo leí que iban a mandar médicos jóvenes con una beca, por el plan del ayuntamiento dijo Inés. Lo vi en El Norte de Castilla, el martes salía.

Valentín dejó el vaso sobre la mesa. Lo posó con tanto cuidado que no hizo falta golpear para que todos lo notaran.

Inés, trae los encurtidos ordenó.

Ahora mismo, es que estaba comentando la noticia…

Que te he dicho que traigas los encurtidos. ¿Y qué haces interrumpiendo con el periódico? ¿Te ha preguntado alguien?

Remedios de pronto se atragantó disimulando, y se puso a observar el mantel como si fuera una obra de arte. Lidia levantó los ojos pero enseguida los bajó. Sergio se sirvió más pan como quien cambia de conversación.

Inés se levantó, fue a la nevera, sacó el bote de pepinillos, lo dejó en la mesa, volvió a sentarse. Por dentro estaba en calma. No ardía, ni hervía. Sólo un silencio como el de una casa vacía, cuando te quedas solo y ni recuerdas por qué volviste a entrar.

Miró sus manos, sobre las rodillas. Ya no eran jóvenes, con los nudillos levemente hinchados y las uñas cortas, prácticas. Esas manos habían hecho de todo en treinta años. Cocinar, lavar, planchar, cortar, limpiar, acarrear. Treinta años.

El bote de pepinillos que había cerrado en agosto, sudando en la cocina, quemándose con las tapas de los botes. Nadie preguntó si pesaba, nadie dio las gracias. Los encurtidos estaban ahí, se comían, y ya.

La conversación en la mesa siguió como si nada. Antonio hablaba de un conocido que había comprado un coche de segunda mano. Remedios reía. Valentín asentía, rellenando vasos.

Inés seguía pensando en sus propias manos.

Pensaba en las cortinas que había cosido ella sola hacía veinte años, para ese salón. Había ido a por la tela con su dinero, porque él dijo que no había para tanto. Cosía de noche, después del trabajo, porque de día había que limpiar. Las cortinas seguían ahí. Él jamás reparó en ellas.

Después del postre Valentín espetó:

Inés, a recoger, ¿qué haces ahí sentada?

Y ahí, de pronto, algo cambió. No un portazo, simplemente un clic, como al apagar la luz en el pasillo, pero al revés: no se encendía una bombilla, se apagaba la oscuridad.

No dijo Inés.

Valentín se giró, como sin entender nada.

¿Cómo?

Que no. Estoy cansada. Quiero sentarme.

Un silencio gélido se adueñó de la mesa. Remedios la miró, Lidia dejó de masticar.

¿Te has vuelto loca? preguntó Valentín, con esa voz baja de amenaza sorda que usaba siempre para imponer.

No. Sólo estoy cansada. Voy a sentarme.

Y se levantó, pero no hacia el fregadero, ni la mesa. Fue directa al dormitorio, cerró la puerta con llave. Esa llave llevaba años asomando en la cerradura, nunca la había girado. Hoy sí.

Detrás de la puerta se oían las palabras de Valentín que intentaba hacer chistes con los invitados, risas nerviosas, el tintinear de platosahora Lidia recogía. Buena Lidia, que lo entendía todo con sólo una mirada.

Inés estaba sentada en la orilla de la cama, mirando por la ventana. Calle abajo, la farola, un pedazo de cielo. Octubre, las hojas caídas, ramas negras, feas pero sinceras.

Se quedó allí mucho rato. Escuchó cuando los invitados se fueron, cuando sonó el portazo, cómo Valentín merodeaba enfurruñado por la casa. Luego se paró junto a la puerta:

Abre.

No contestó.

Inés, que abras la puerta, que tenemos que hablar.

Mañana dijo ella. Hoy quiero dormir.

Él esperó. Ella podía oír su respiración tras la puerta. Luego se fue.

Inés no se cambió, se tumbó sobre la colcha y se puso a mirar el techo. Pensaba que aquella noche no sentía miedo. Lo descubría con una extrañeza total. Porque cada vez que hacía algo mal, por dentro tenía un temor leve, incesante, como el zumbido en las tuberías. Ahora, silencio.

Quizás porque por fin había hecho algo bien.

Por la mañana Valentín salió para el trabajo a las ocho. Era jefe de turno en la Renault, madrugaba. Inés oía sus murmullos en la entrada, sus toses, el portazo.

Esperó a escuchar cómo se perdían los pasos por la escalera.

Luego se levantó, se lavó la cara y abrió el armario.

Maleta, sólo una: vieja, marrón, con esquinas de metal. La sacó, la colocó sobre la cama. Olía a polvo y, extrañamente, a pasado.

Empaquetó sin prisa pero sin titubear. Ropa interior, algunos jerséis, pantalones, un suéter gordo. Los papeles estaban en el cajón de arriba: DNI, libro de familia, la libreta de ahorros de la Caixa. Echó una pequeña caja de lata con los pendientes de su madre y un anillo de la abuela. Los zapatos de trabajo y unas zapatillas.

Se paró en mitad del dormitorio.

Nada era suyo allí. El armario lo había escogido él. El sofá, igual. La alfombra la compraron juntos, pero ella hubiera elegido otra. Las cortinas las cosió ella, pero ya formaban parte indiscutible de aquel piso. De él.

Cerró la maleta.

Se sirvió un té en la cocina, lo bebió de pie. Miró la olla del día anterior, el cocido intacto. Lo dejó.

Se vistió, cogió la maleta, la bolsa con los papeles. Salió. Cerró la puerta, dejó la llave sobre el felpudo. Él la encontraría.

En la calle hacía frío, olía a hojas podridas. Inés posó la maleta en la acera, respiró hondo. El cielo, blanquecino. Por la calle, la gente rumbo al trabajo, nadie se fijaba en ella.

Abrazó la maleta y se fue a la parada de autobús.

Gabriela Moreno vivía en la calle Jardines, tercer piso, dos habitaciones. También trabajaba en el instituto técnico, daba Economía, le sacaba ocho años a Inés y eran, lo que se dice, amigas o al menos algo parecido. Tomaban el café a media mañana, a veces volvían juntas a casa, charlando. Gabriela era viuda, sin hijos, vivía sola y, por lo que se intuía, le iba estupendamente así.

Inés llamó al timbre a las diez y media.

Gabriela abrió en bata y con el café en la mano, ojerosa, pues estaba de vacaciones hasta el lunes siguiente.

¿Inés? miró la maleta, la cara de Inés, calló un segundo. Pasa.

Y ya. Sin preguntas teatrales. Sólo: pasa.

Entró. El piso olía a café recién hecho y libros viejos. Pilas de libros por todas partes, hasta en la entrada. Gata gris que asoma, huele la maleta y se va.

Siéntate dijo Gabriela. Te pongo café.

Sentadas en la cocina, Inés empezó a contarle las cosas. No todo a la vez, ni por orden; a trozos, según fuera surgiendo: la velada de la víspera, los encurtidos, el famoso ¿te ha preguntado alguien?, las cortinas. Treinta años.

Gabriela escuchaba sin interrumpir. Eso era un don en ella.

Te entiendo acabó diciendo. No me preguntes si has hecho bien. No me toca a mí decirlo. Quédate aquí el tiempo que necesites.

No quiero ser una carga contestó Inés. Haré las tareas, cocinaré, limpiaré lo que haga falta.

Inés la miró Gabriela con ternura rotunda. Has venido a mi casa, no contratada. Aquí eres bienvenida.

Inés bajó la vista a la taza. Se le atenazó la garganta. No era llanto, era como soltar por fin un peso después de cargarlo años.

Gabriela le cedió el cuarto pequeño, que antes fue despacho: un sofá-cama, escritorio, y de nuevo estanterías llenas de libros. Inés puso allí la maleta, ordenó las cosas en el armario, hizo la cama.

Se tumbó pensando: este cuarto es mío.

Por fin, después de tantos años, tenía un sitio solo suyo.

Naturalmente, cocinaba y limpiaba, pero porque le nacía, por costumbre y gratitud, no por obligación. Gabriela al principio protestaba, luego se rendía con una sonrisa. Tomaban café por la mañana, a veces charlaban, otras sólo compartían el silencio y las páginas de un libro.

El silencio, con compañía, ya no daba miedo. No había que explicarse. Qué novedad.

El lunes volvió al trabajo. La contabilidad del instituto quedaba en manos de ella y dos chicas jóvenes. Alguna compañera la miraba raro, olfateando el cambio, pero sin preguntar. Inés trabajaba como siempre, sin tacha.

El director, don Mariano Salado, la llamó a su despacho el viernes.

¿Todo bien, Inés? le preguntó, con humanidad y sin rodeo.

Sí, don Mariano. He tenido cambios personales, me he mudado de casa. No afectará el trabajo.

No me preocupo por el trabajo dijo él. Me preocupo por usted.

Inés le sonrió. Don Mariano era ya mayor, acostumbrado a batallar con expedientes, pero siempre atento a la gente.

Gracias. Estoy bien.

Y era verdad. Respiraba mejor. Literalmente, como si le hubieran quitado de encima un abrigo húmedo.

Los alumnos iban de los dieciséis a los diecinueve, ruidosos y a veces demasiado directos, pero honestos a su manera. Ella no daba clase, sólo hacía la contabilidad. Aun así, en los pasillos veía a los chavales, los oía reír, y eso de pronto también le resultaba agradable: vida, energía, futuro.

Pensaba que igual a ella todavía le quedaban cosas por delante. Era una sensación extraña, nueva, como unos zapatos de estreno.

Las llamadas de Valentín llegaron al tercer día.

Al principio llamaba al móvil. Inés contestó una vez:

Valentín, estoy bien. Necesito tiempo. No llames más, por ahora.

Siguió llamando. Ya no contestó.

Después llamó a la centralita. Una jovencita, Carla, se la pasó con cara de susto:

Inés, es tu marido…

Dile que no estoy dijo con tranquilidad.

Carla la miró perpleja, pero obedeció.

En noviembre se instaló el frío. Gabriela sacó un radiador viejo para la habitación de Inés. Por las noches tomaban té y comían galletas, o simplemente charlaban.

Gabriela contaba a veces historias de su difunto marido, de cómo había aprendido a vivir sola, que la soledad y la libertad, a veces, eran casi lo mismo.

No digo que haya que buscar la soledad explicaba Gabriela, moviendo el té. Sólo que no conviene temerle. Mira cómo estás ahora. ¿Asustada?

No decía Inés.

¿Ves?

Le daba vueltas a eso, a no sentir miedo. Valentín había repetido toda la vida que sin él no valía para nada. Que no aguantaría sola. Que su sueldo de contable no daba ni para pipas. Que ya estaba mayor, que a quién iba a interesar. Todos esos fantasmas habían anidado dentro, como okupas imposibles de echar legalmente.

Pero ahora, vivía. Y no se hundía.

El sueldo era modesto, pero Gabriela no le pedía renta. Inés compraba la compra, cocinaba, todo iba rodado. Cada mes apartaba unos eurillos, aunque aún no supiera para qué. Para algo.

En diciembre, justo antes de Navidad, se le plantó Valentín.

Volvía del trabajo. Era viernes, el cielo ya oscuro a las cinco y ella caminaba hacia casa de Gabriela cuando lo vio, junto al portal.

La misma cazadora vieja, sin gorro a pesar de que hacía un frío de esos que se cuelan hasta los huesos. Parecía haber envejecido, o tal vez ella jamás lo había visto bien en detalle.

Inés dijo él.

Se detuvo a tres metros.

¿Cómo me has localizado?

Todo el mundo te ha visto por aquí. Siendo Valladolid…

Inés asintió. Pueblo grande, infierno chico.

Tenemos que hablar dijo él.

Habla.

Miró alrededor, incómodo en mitad de la acera.

¿Podemos entrar en calor en algún sitio? Yo tengo frío.

Ponte un gorro si tienes frío contestó ella. Habla aquí.

Él vaciló. Al final largó:

Mujer, ¿qué ha pasado? La casa parece una tumba. No queda nada de comer. Todo es un desastre. No sé llevar esto yo solo.

Aprenderás.

Hablas como si nada dijo él, cambiando el peso de pierna. Inés, sabes que yo soy así, un poco brusco, pero no es para romper una familia.

Treinta años, Valentín repuso Inés. Treinta años haciéndote caso, cocinando, limpiando, acogiendo visitas, callando cuando me cortabas en público. Treinta años.

Bueno, alguna vez me he pasado… balbuceó él.

En la última reunión soltaste ¿y a ti quién te ha preguntado?. No era la primera vez. Siempre igual cada vez que intentaba opinar. Y yo como la criada, para servir. Nunca pensaste que era persona.

No exageres rezongó él, medio enfadado, medio acobardado. Mira que ideas… Eso seguro te lo ha sembrado Gabriela.

Son mis ideas dijo ella tranquila. Las tenía desde hace mucho, simplemente ahora las digo.

Abrochó el abrigo. Empezó a caer aguanieve.

No voy a volver, Valentín. No es por una bronca ni por rencor. Me he ido porque allí era infeliz. Y lo veo ahora más que nunca.

Vas a quedarte sola amenazó él. Sola, en lo peor. ¿Eso quieres? ¿A quién vas a importarle?

A mí me importo. Y con eso vale.

Se giró hacia el portal.

¡Inés, espera! ¡Inés!

No miró atrás. Tecleó el portero, abrió la puerta y subió mientras la nieve le caía encima.

Gabriela estaba advertida; abrió antes de que pudiera llamar.

He visto desde la ventana.

Sí dijo Inés. Se acabó.

¿Quieres un té?

Por supuesto.

Se sentaron en la cocina.

Inés rodeó la taza con las manos, notando una pequeña vibración. No de miedo ni de frío. Sólo el temblor de quien ha cerrado una etapa, el cuerpo lo entiende antes que la cabeza.

¿Cómo estás? preguntó Gabriela.

En realidad, bien contestó Inés después de pensarlo. Como si me hubiera quitado un peso antiguo, algo que llevaba esperando que cambiara y al final sólo era lo de siempre. Ha venido para quejarse de que no tiene qué comer.

Eso es, de alguna forma, sinceridad sonrió Gabriela.

Sí, lo es.

Pasó el invierno. Inés resolvió sus papeles. Fue a la oficina del abogado, una señora mayor, con gafas, muy eficiente, muy discreta. No había mucho que dividir: el piso era de él, comprado antes, ella no discutió. Tomó sólo lo que era suyo propio.

Hubo días difíciles: noches de enero en las que pensaba que ya tenía cincuenta y cuatro años, que estaba sola, y delante no había mapa. Era inquietud real, pero no la apartaba, simplemente la vivía.

Por las mañanas se despertaba, iba al trabajo. Y volvía a estar bien.

Una noche de enero, de repente, se dio cuenta de que hacía mucho que no le dolía la cabeza. Antes le dolía cada día, pensaba que era la edad, la tensión. Resultó que había dejado de doler, sin más. No era poca cosa.

En febrero cambió el profesor de taller en el instituto. Se jubilaba el anterior, y llegó Andrés Martínez Blanco, de cuarenta y ocho, desde un Politécnico en Salamanca. Enseñaba tecnología industrial. Vino sin aspavientos, todo discreción.

Inés lo vio por primera vez en el comedor. Comía solo, con un libro fino en la mano y meticulosidad con la cuchara.

Ella pasó con su bandeja, él levantó la cabeza y le asintió. Sin posturas, natural.

A la semana siguiente coincidieron junto al despacho del director. Inés cargaba carpetas.

¿Sabe dónde se puede imprimir? El de la sala de profesores está frito.

En la contabilidad tenemos uno. Si es algo urgente, sin problema.

Gracias.

Al día siguiente apareció con un pendrive. Inés le imprimió tres hojas, él lo agradeció:

¿Lleva aquí mucho tiempo?

Veintidós años.

¡Eso es un mundo!

Ya sonrió ella. Ya.

Entonces lo conoce todo esto al dedillo.

Dónde está cada cosa y a quién hay que pedirle un sello, sí. Lo demás la vida se parece aquí y en Cuenca.

Andrés se rio, contenido, sin lucimiento.

Pronto, a la hora de comer, charlaban cada vez más. Le preguntaba su opinión sobre cosas. Y lo hacía en serio. No era charla vacía.

Un día hablaron de libros. Inés confesó que le encantaba leer aunque últimamente lo tenía aparcado.

¿Y ahora?

He vuelto. Gabriela tiene muros de libros. Voy poco a poco.

¿Cuál ahora?

Le dio un poco de vergüenza; era una novela antigua de Delibes, rural, y temía que pareciera aburrida.

Delibes, Las ratas. Enganchada.

Gran elección dijo él de verdad. Lo suyo es retratar la gente de verdad.

Eso. Personas de verdad.

Después le llevó un libro de Miguel Delibes, le dijo: Si te ha gustado el anterior, este te va. Lo dejó en la mesa, sin ceremonia.

Inés miró la portada, luego la puerta por donde él salió. Por dentro, algo tibio y ligero. Aquello era la felicidad discreta, un poco desconcertante, como el primer sol de abril. Allí estaba, pero no había por qué correr.

La vida le enseñaba que ir despacio no era mala receta. Todo llegaba a su hora.

La primavera apareció a finales de marzo. La nieve desapareció en dos días y el parque floreció. Inés se detuvo a mirar los brotes en el arbusto. Pequeños, duros, llenos de vida.

Recordó que el año anterior, por esa fecha, también volvía a casa. Pero entonces sólo pensaba en comprar patatas y cebollas, plancharle las camisas a él, llamar al fontanero cuando le tocara, rutina sin respiro.

Ahora miraba brotes en vez de lista de tareas.

Andrés apareció junto a la puerta, salían a esa hora los dos. Caminaron juntos hasta la parada.

Hoy da gusto dijo él.

Una maravilla contestó ella.

Quería preguntarle ¿le gustaría venir al museo el domingo? El de historia de Valladolid. Llevo tiempo queriendo ir y solo es un rollo.

Inés lo miró.

¿Ese museo?

Han abierto una sala sobre la industria. Soy un friki de eso, ya ve.

Vale dijo ella. Vamos.

Lo dijo y no tuvo miedo de decir que sí. No tuvo que justificar nada dentro. Dijo vamos, sin más.

El domingo hizo sol, fresco pero amable. Pasearon, él le explicaba máquinas, piezas, fábricas; Inés preguntaba. Luego un café de hospital, aguado, pero lo fingieron con elegancia.

¿No le aburro con todo esto? preguntó él.

¿Y eso?

Dicen que soy monotemático.

¿Quién lo dice?

Bueno, alguien.

No me aburres. Si algo no me interesa, lo digo.

Él sonrió.

Eso está bien. Así tiene que ser.

Ella sabía a qué se refería. No a lo del aburrimiento, sino a decir lo que se piensa. A tener ese derecho y ejercerlo. Para él era importante. Y para ella, nueva rutina.

Así, despacio y con pocas palabras, surgió algo entre ellos. Nada de fuegos artificiales, sólo el bienestar de estar juntos.

A veces, Inés pensaba: esto es la felicidad real. Esa que no sale en las películas, sin música ni planos bonitos. Esa que te despierta con ganas de empezar el día.

Esa en la que alguien te pregunta ¿tú qué piensas? de verdad.

En la que nadie te espeta ¿te ha preguntado alguien?.

A principios de mayo, sábado de mercado, fue a comprar verdura fresca. El aire olía a tierra mojada y a cebollino.

Y allí, junto al puesto de carne, divisó a Valentín.

Había adelgazado, la ropa colgaba, ojos ojerosos, miraba la carne como si fueran jeroglíficos. Le preguntó al carnicero, que le contestó con paciencia.

Inés se detuvo. No era miedo. Observó.

Creyó sentir lástima, rabia, ese algo viejo que la había perseguido durante años.

Pero nada. Absolutamente nada.

Era sólo un hombre más en la charcutería. Un desconocido en medio de la vida. Treinta años juntos, sí, parte de su historia. Pero sólo eso, parte.

Cambiando de pasillo, compró cebollino y rabanitos para Gabriela, que los adoraba para el salmorejo. Salió a la calle.

El mayo se estaba echando encima, cálido, alegre. La bolsa le calentaba la mano, y el olor a verde era auténtico, vital.

Eso era empezar de nuevo después de los cincuenta. No un acto, una salida valiente, sino mil pasos: la mañana con la maleta, el té con Gabriela, el trabajo que se volvió respirable, el libro en la mesilla, el museo con café malo y ese mayo.

Irse de un marido autoritario fue solo la puerta. Lo difícil era vivir después. Aprender de nuevo a mirar alrededor. Decidir: aguantar o marchary acertar, aunque la telenovela estuviera bien servida.

Realismo psicológico, se le vino de pronto, y no pudo evitar sonreír. Ahora entendía el término: vivir en verdad, sin adorno ni catastrofismo. Vivía como podía, luego ya no pudo, se fue y, después, a otra cosa. Con miedos, sí, y soledad y cansancio. Pero también con alivio, incluso alegría.

Las historias de mujeres, qué diversas son. Inés nunca se creyó heroína ni mártir. Sólo era la suya.

Subió la escalera de la calle Jardines. Llamó cuando llegó al tercero. Gabriela abrió, en delantal y con una fuente.

Ya estás aquí. Estoy con la ensaladilla.

Te he traído cebollino dijo Inés sacando el manojo.

Muy bien. Lávate las manos.

Dejó el abrigo, se lavó en la cocina. Miraba el agua correr por sus dedos.

El domingo, con Andrés, excursión a la presa antigua de fuera de Valladolid; él se lo explicaría todo, ella quería escuchar.

Una situación extraña y hermosa.

Secó las manos, volvió a la cocina.

¿Ayudo?

Pica los huevos.

Inés cogió el cuchillo, los cortó menudos, perfectos. Las manos no han olvidado.

Pero ahora lo hacía por gusto. Por Gabriela. No porque tocaba, sino porque le apetecía. Era fácil sentir la diferencia, aunque con palabras no se pueda expresar.

El sol entraba a raudales. Los niños gritaban en el patio, montaban en bicicleta. A olor a primavera y a cebollino.

Gabi preguntó Inés. ¿Tú nunca te arrepentiste de quedarte sola, después de lo de Alejandro?

Gabriela reflexionó, como siempre.

Hombre, claro que sí. Fue buen compañero, y eché de menos muchas cosas. Pero de la soledad no me arrepentí. Eso ya te lo he contado.

Sí respondió Inés. Me lo has dicho.

¿Y tú? ¿Sola?

Inés sonrió, mirando el plato de huevos.

No del todo.

Gabriela asintió, sin añadir nada. Siguió con la ensaladilla.

No hay moraleja aquí. Solo vida. La corriente, a veces llevada a empujones, de una mujer llamada Inés Fernández Sanjuán, contable, cincuenta y cuatro años, que un día no recogió la mesa y se maravilló de lo simple que había sido.

Y de todo lo que había detrás.

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