Te cuento, vaya vergüenza que tenemos. Todo el mundo del pueblo ya tiene la huerta limpia y arreglada y la nuestra parece un campo abandonado. Qué ojo nos han puesto encima Nosotros lo haríamos, de verdad, pero el reuma no me deja ni пальmo y a la madre le duele la espalda desde hace días.
Mira, Juanito, he venido porque, bueno ahí estaba mi padre, dándole vueltas a la gorra en las manos ¿podríais echaros una mano tu madre y tú para sacar las patatas este año? Que de verdad, da un apuro… Todos ya acabaron y nosotros como si no quisiéramos trabajar. Nosotros lo haríamos solos, pero ya te digo, yo con mis males y tu madre que apenas puede andar
Juanito, poniéndose las botas a regañadientes, gruñó:
¿Pero para qué plantáis tantas? Si tampoco pasáis hambre, vamos. Hoy no puedo, padre, que tengo que ir a Ávila, asuntos del trabajo.
Mi padre estuvo a punto de soltarle una bordería, pero al final suspiró y se marchó. En el patio, cogió la horca y, cojeando, se fue hacia la huerta.
Rosalía, que llevaba una toquilla cubriéndole la espalda dolorida, fue tras él, más deprisa que podía:
Qué, Nicolás, ¿tú crees que al final vendrán los chicos?
Él le contestó con voz ronca:
Sí, sí, espérate sentada. Anda, coge el cubo y vente a recoger las patatas. Mira que tuvimos cinco hijos y a ninguno le viene bien ayudar a los padres Venga, mujer, a ver si para el atardecer al menos adelantamos un poco.
Mientras tanto, en casa de Juanito, su mujer Carmen le echaba la bronca:
¿Pero qué tipo de gente sois, de verdad? Siempre cada uno a la suya, y los padres ahí, todo solos, ¡qué poquita vergüenza! Si los míos vivieran, volando iba yo a ayudarlos
Juanito la abrazó, viéndola tan sentida:
Pues tienes razón, la verdad. Es feo, vivimos al lado y casi no vamos nunca. Hagamos una cosa: yo pido mañana el día libre en el trabajo y tú llamas a los demás.
Carmen se puso seria y sacó la libreta de teléfonos:
¿Que no podéis? ¿Que el trabajo no se acaba nunca? Pues pedid el día como todo el mundo, que no está bien que los mayores se dejen la espalda y vosotros ni pestañeéis. ¿Los niños? Los traéis, que al aire libre es mejor que con el móvil clavados en el sofá. Os esperamos a todos, ¿eh?
Entre cariños y algún que otro ultimátum, Carmen consiguió convencer a todos.
Mientras tanto, Nicolás se sentó a descansar al borde la huerta:
Te lo digo, Rosalía, al final vamos a estar recogiendo patatas hasta que nieve. ¿Para qué plantamos tanto? Siempre tú, con el por si a los niños no les llega. ¿Dónde están tus hijos ahora? Ni uno viene. Antes, ¿te acuerdas? Nos juntábamos todos y para el mediodía estaba hecho. Eran otros tiempos…
Rosalía se detuvo y entornó el oído:
Oye, Nico, ¿no parece que viene alguien? Anda, asómate.
Nicolás, despacito, se fue hacia la puerta. Y de pronto, risas y voces. Rosalía, cogiéndose la espalda, salió también al barullo.
¡Virgen santa, cuánta gente! Los hijos, los nietos Qué alegría verlos aquí.
Venga, padre, ¿dónde están las herramientas, el cubo, la azada? Juanito ya daba órdenes.
El padre, secándose una lágrima, contestó en voz seca:
Están donde siempre, chaval. No te hagas el despistado.
Y en eso empezaron: unos cavando, otros recogiendo, otros llevando las patatas al cobertizo. A Rosalía la mandaron a la casa para que descansara.
Las nueras se remangaron, preparando luego una comida rica para todos. Pero ella, inquieta, salía de vez en cuando a dar cuatro indicaciones y a vigilar. ¡Cómo va a estar quieta sin mirar que todo se haga como Dios manda!
En la huerta se oía jaleo y risas.
¡Te acuerdas, Juanito, cuando me diste con una patata en la frente de pequeño! bromeaba Sergio. ¡Ahora vas a ver, toma revancha!
El abuelo, a medias refunfuñando y a medias bromeando:
¡Pero bueno! Con la edad que tenéis y aún haciendo el gamberro como críos
¡Y lo lograron! Huerta limpia, patatas bajo el porche, la maleza toda recogida. Y qué hambre Montaron una mesa larga en el patio, charlando, recordando anécdotas de cuando eran pequeños.
A Rosalía se le escapaba alguna lagrimilla. Qué buenos hijos, pensaba. Los vecinos pasaban, saludaban y daban algún piropo. Más de uno suspiraba, acordándose de los suyos, que nunca vienen por el pueblo
Carmen, en voz bajita, preguntó a Juanito:
¿Y tú qué dijiste en el trabajo?
Él la rodeó con el brazo:
Que los padres tenían faena y necesitaban ayuda. Y en cuanto lo oyeron, me dieron el día libre. Como dicen aquí, ayudar a los padres es sagrado.
Así que, amigo, no te olvides de los tuyos entre tanto quehacer diario. Que aunque a veces parecen no pedir nada, siempre estarán agradecidos por pasar tiempo con la familia.






